La espantá

por Julio Aramberri

Fue el viernes pasado. Había quedado en verme esa tarde en Hong Kong con una colega de mi universidad. Yo iba de paso y ella aún más. Era su primera visita a la ciudad, unas cuarenta horas en total, de las que tenía que descontar los trayectos al aeropuerto. Pensé en llevarla a Luk Yu Tea House, que es mi restaurante favorito y uno de los más antiguos de la ciudad. Cuando se fundó en 1933, Hong Kong no podía competir en modernidad con Shanghái. El dinero, la moda, la buena mesa, las intrigas políticas, las doctrinas reformistas, los arrechuchos revolucionarios, las vampiresas sedientas de sangre vivían de consuno en Shanghái. Hoy, ochenta años después, han cambiado las tornas y Hong Kong se ha convertido en la única ciudad verdaderamente global de China. Mantener allí una añeja fonda provinciana indiferente al bullir cercano de los más deslumbrantes edificios del mundo y a la agresión de los incontables comercios de marcas de postín no me parece una gesta menor. A mi colega le gustaría conocerla, pensaba yo.

Pero no. Ella es mucho más joven que yo. La suya es la generación del milenio y vive pendiente de su móvil, al que extrae toda la información que necesita y desde donde capta el mundo para compartirlo con sus amigos. «Eso de un restaurante tradicional es cosa de tarrillas. Lo que yo quiero es ir a The Peak y ver anochecer sobre la ciudad». The Peak es como llaman los chinos jóvenes a lo que los tarrillas conocíamos como Victoria Peak, cuyo solo nombre les huele a naftalina imperial. Allá que nos llegamos al funicular que sube desde Central.

Nunca lo hubiéramos hecho. «Con esta cola bíblica, tú no coges el avión mañana». «No seas impaciente, esto es cosa de poco». Y se pone a hurgar su teléfono. «La previsión de espera son noventa minutos». «¿Noventa? Eso es toda una vida». «¿Acaso tienes un plan mejor? No empieces con la Luk Yu Tea House. Yo me quedo en la cola». Y noventa y cinco minutos más tarde –que para ella fueron sólo un par de llamadas y numerosos intercambios de mensajes en WeChat, la aplicación nacional de mensajería que se ha quedado con el mercado chino– estábamos en The Peak Tower. «Ahora, las fotos», dice en la escalera mecánica que lleva a la Estación 428 (por los metros ganados sobre el nivel del mar).

Cuánto candor. Yo nunca había visto tanta gente en The Peak. El espectáculo mientras cae el sol por Lantau y la ciudad se incendia con el fulgor de infinitas luces y anuncios –Kowloon al fondo y Hong Kong a los pies– siempre ha atraído a un gran gentío, pero la última vez que yo había estado allí fue en 2010, antes de que los chinos tuvieran el tiempo libre y la renta disponible para convertir a Hong Kong en una galería comercial de su propiedad. Entonces uno podía campar por sus respetos. Esta vez la hilera a lo largo de la terraza de la Estación 428 era de tres en fondo y había que esperar lo suyo para abrirse paso y sacar una foto. Pero los chinos son pacientes y la gran mayoría de los turistas en The Peak ese día eran chinos. Tres horas más tarde, mi joven colega y yo salíamos de allí; ella alborozada con sus fotos y varios vídeos que había enviado instantáneamente por Meerkat, la aplicación de moda de la gente más joven, yo tan aplastado por la presión demográfica que, en vez de esperar otros noventa minutos para el funicular de bajada, me abalancé sobre el primer taxi a mi alcance y con un gesto imperioso la invité a subirse o quedarse en la azotea de The Peak para siempre, como una improbable holandesa errante. Pese a su querencia de milenarista, no se lo pensó dos veces. En diez minutos logramos librarnos de la agorafobia, llegar a la ciudad baja y despedirnos hasta el año próximo, cuando yo vuelva a Dalian.

He hablado de presión demográfica china en Hong Kong. Unas cuantas cifras. En 2010, el año de mi anterior visita a The Peak, los turistas chinos del continente fueron 22,7 millones, o el 63% del total de llegadas a Hong Kong. En 2014, ese total fue de 60,8 millones, con una subida del 12%. De ellos 47,3 millones (78% del total) provenían de China continental. Durante los cuatro primeros meses de 2015, Hong Kong ha recibido 20,2 millones, con 15,9 millones de chinos continentales, un 79% del total.

Hace veinte años, el flujo de personas y, sobre todo, de capitales iba prácticamente en una sola dirección: de Hong Kong al interior de China. Hoy marcha hacia un equilibrio creciente entre ambos destinos. A los inversores hongkoneses en las fábricas de Cantón o en los desarrollos inmobiliarios de Shenzhen se les han sumado todos estos millones de chinos continentales que vienen a Hong Kong a comprar apartamentos, a beneficiarse de las ventas libres de impuestos, a parir en la ciudad con la ventaja añadida de un pasaporte local para el nasciturus, a ver al médico, a arreglarse la nariz o las tetas, o simplemente a pasear por las galerías comerciales con sus tiendas idénticas de marcas idénticas.

Como sucede en todas partes, a la parte de la población que vive de vender productos y servicios a los turistas, su incremento, así sean americanos, europeos o chinos, les alegra las pajarillas. Para quienes no se benefician de ese tráfico, lo que cuenta es la presión sobre los servicios, la lentitud del tráfico, la inflación de precios (en este viaje, en Stanley, una zona residencial de alto copete, vi anunciado un apartamento de cien metros cuadrados y vistas al mar con un alquiler mensual de diecinueve mil euros), las calles abarrotadas. Si a una densidad ya de por sí brutal de 6.544 habitantes/km2 se añaden otros 440 (media diaria de turistas en estancias de tres días), Hong Kong está a la par con Shenzhen, dobla en densidad a Shanghái y a Cantón, y cuadruplica a Pekín.

Al Gobierno de Pekín también le interesan la presión demográfica y el creciente equilibrio entre Hong Kong y las ciudades costeras de China, donde el desarrollo económico se hace sentir con mayor fuerza. Amén de las ventajas económicas, ambas tendencias le permiten acariciar su meta de completar la unificación del país en una sola Gran China donde Hong Kong, Macao y Taiwán volverían a su soberanía. En definitiva, en el Pekín de Xi Jinping se vería con buenos ojos caminar rápidamente hacia el final de la política «un país, dos sistemas», con la que Deng Xiaoping endulzó el futuro de los habitantes de las antiguas colonias europeas (Gran Bretaña y Portugal) y llegar a ella incluso antes del límite de cincuenta años apuntado por él. ¿Por qué no un solo país y un solo sistema cuando las diferencias entre sus partes constituyentes se difuminan? ¿No deberían reunirse «todas bajo el cielo», como lo quería la fórmula tradicional de dominación imperial?

Pekín, empero, tiene un problema: que sólo concibe esa unificación como una extensión de su sistema político totalitario. (Con la etiqueta de totalitarismo me refiero aquí a aquellos regímenes que, independientemente de la brutalidad con la que apliquen sus políticas represivas –extrema en el caso del nazismo y el estalinismo, algo menor en la China comunista de hoy–, impiden la existencia de cualquier tipo de instituciones mediadoras entre sus súbditos y el aparato político). Para Macao, para Hong Kong y para Taiwán eso sólo tiene un significado posible: renunciar a las libertades ciudadanas de las que hoy gozan y a las garantías que les ofrece el Estado de derecho. Esas libertades y esas garantías eran rudimentarias bajo el régimen colonial o en los inicios de la República de China (el Taiwán actual) y en ninguno de esos territorios hubo un régimen democrático digno de ese nombre, pero sus ciudadanos sabían que los gobiernos no podían privarles arbitrariamente de su libertad personal o de sus propiedades. Y eso no sucede en la China de Xi Jinping.

A corto plazo, Hong Kong es el asunto más complicado, pues Macao no tiene entidad suficiente para convertirse en un problema serio y Pekín sabe que la unificación con Taiwán habrá de esperar a tiempos más propicios. Hong Kong, definida como una Región Administrativa Especial por la Constitución china actual, se rige por una Ley Básica diseñada en 1990 por el Congreso Nacional del Pueblo de China y que empezó a aplicarse con la transferencia de la anterior soberanía británica en 1997. La Ley Básica establece una especie de minirrepública presidencialista con tres poderes: legislativo (Legislative Council o Legco), ejecutivo (Chief Executive) y judicial. La máxima autoridad recae sobre el ejecutivo en jefe, asistido en sus tareas por la legislatura y controlado por la judicatura. La elección de los miembros de Legco se hace por medio de un sistema mixto de representación territorial (con sufragio directo) y orgánica (representantes de instituciones económicas, culturales y otras). Por su parte, hasta la fecha, el jefe del Ejecutivo ha sido designado por un colegio de unos mil doscientos notables que dicen representar a diversos sectores económicos y sociales, y que suelen seguir mansamente las directrices que emanan de Pekín. Una vez investido, el jefe del Ejecutivo nombra a su gobierno (Executive Council).

La oposición al Gobierno cuenta con escasas posibilidades. La mayoría de sus miembros en el Legco representan a los electores que pueden votar en las circunscripciones territoriales, pero las cartas están marcadas en su contra por los representantes orgánicos, que son más numerosos. Con ellos, Pekín se asegura siempre una mayoría legislativa. En el Legco actual, cuarenta y tres de sus miembros suman a su favor. Los otros veintisiete representan a numerosos partidos y se agrupan en la corriente llamada pandemocrática, que favorece una ampliación de las libertades.

La práctica imposibilidad de cambiar las reglas del juego y las repetidas intentonas del Gobierno central de imponer sus políticas, especialmente en el terreno ideológico, han sido frecuente causa de choques con los sectores democráticos. Así que Pekín decidió jugar una carta complicada, prometiendo que las nuevas elecciones de jefe del ejecutivo en 2017 responderían a las exigencias de los partidarios del sufragio universal. Nadie iba a ganar a los comunistas en la defensa de los votantes. Por el contrario, quedaba igualmente claro que éstos no podrían elegir a su agrado, sino sólo de entre un máximo de tres candidatos designados por Pekín. El disgusto entre los pandemócratas, ahora ya desbordados en sus exigencias por grupos de jovencísimos opositores salidos mayormente de las universidades locales llevó a la ocupación de Central, la zona donde se hallan los organismos de gobierno, durante setenta y cinco días en los meses finales de 2014. Ese movimiento de desobediencia civil exigía que los votantes pudiesen elegir también entre un número ilimitado de candidatos a jefes del ejecutivo. Elecciones democráticas, pues, con sufragio activo (cada persona, un voto) y pasivo (candidaturas abiertas).

Aceptar esas condiciones hubiera llevado a Pekín a arriesgar su control político de Hong Kong y, una vez pasado el vendaval de Occupy Central, durante meses el Gobierno central ha desarrollado una activísima política de movilización de sus partidarios. Sólo los aventureros políticos –decía– podían oponerse al sufragio universal activo y se declaraba a su favor como no lo habían hecho nunca antes los gobiernos coloniales. Al tiempo, su oficina de representación local –de hecho, el cuartel general de los partidarios de Pekín– ha utilizado cuantos instrumentos tenía a su alcance para inspirar el miedo y la división entre las fuerzas democráticas. Pekín no transigía en que, para llevarse a cabo, la reforma sortearía todo intento de sufragio pasivo libre.

Sólo había un escollo en su camino: para reformar la Ley Básica, se necesita el voto favorable de dos tercios de Legco, es decir, contar con el voto favorable de alguno de los pandemócratas, y Pekín lo intentó hasta la última hora. Sin resultados tangibles. El pasado 17 de junio comenzó el debate de la propuesta de reforma en Legco y, tras un rápido debate, se pasó a la votación. A la vista de que el resultado no iba a ser favorable, los partidarios de Pekín recurrieron a un gambito procedimental y abandonaron la sala para así, creían, forzar el decaimiento del quórum, evitar la votación y ganar tiempo para obtener sus fines en otra sesión futura. No cayeron en la cuenta, sin embargo, de que con la presencia de los pandemócratas y la de algunos miembros distraídos de la mayoría el quórum se mantenía. Una espantá sin consecuencias, pues, la suya, porque la votación continuó hasta la derrota de la propuesta por veintiocho votos en contra y ocho a favor. Un completo ridículo de los defensores de la reforma castrada propuesta por Pekín.

El Gobierno central, por el momento, ha reaccionado con cautela ante el descalabro. Global Times celebraba que Leung Chun-ying, el jefe del ejecutivo hongkonés, hubiera desviado inmediatamente su atención hacia otros asuntos de más calado, como la mejora de la economía local y la puesta en marcha de una Oficina de Innovación y Tecnología para llevarla a cabo. Al tiempo, recordaba que las sociedades que politizan sus problemas sociales «acaban por caer en el estancamiento económico y el atasco político», aunque apuntaba que «lo que distingue a Hong Kong es su irremplazable papel dentro de China». Un galimatías.

Es difícil predecir la continuación de este episodio. Por un lado, la política en Hong Kong ante las elecciones de 2017 ha vuelto a la primera casilla. Sin cambios en la ley electoral, habrán de celebrarse con unas reglas de juego que el propio Gobierno central considera insostenibles. Por otro, parece difícil que Pekín pueda ofrecer una alternativa aceptable para la oposición democrática sin renunciar al autoritarismo que es parte principal de sus políticas. La pelota, pues, está en su tejado: con la misma falta de horizontes que abrumaba a los fotógrafos de la Estación 428 y a mi colega del milenio.

25/06/2015

 
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