Guerrillas

por Julio Aramberri

El Partido Comunista de la Unión Soviética permaneció en el poder durante setenta y cuatro años (1917-1991), un récord que sus colegas chinos ansían superar. No están lejos de conseguirlo. Han pasado ya casi sesenta y cinco desde que, en 1949, Mao Zedong proclamara el nacimiento de la nueva China ante los muros de la Ciudad Prohibida. Me hubiera gustado hacerme con el diferencial de las opciones a favor y en contra en esas casas de apuestas de Londres que aceptan envites sobre cualquier cosa, pero la censura china lleva varias semanas particularmente intratable e impide usar hasta el buscador de Google, así que no he podido encontrar la información.

Algunos no tienen dudas. El régimen chino ha propulsado su escalada represiva en todos los ámbitos, algo que confirma su debilidad. Lo primero está claro. El 16 de junio se anunció la ejecución de trece activistas uigures acusados de haber realizado atentados terroristas. A finales del pasado mes de mayo se informaba de una campaña conjunta de la Agencia de Información sobre Internet y el ministerio de Seguridad para controlar no ya los miniblogs públicos en las redes sociales, sino también los chats en plataformas de mensajería instantánea, como WeChat (trescientos cincuenta millones de usuarios). La agencia oficial de noticias Xinhua precisaba que la campaña se proponía evitar «la difusión de rumores», la violencia, el terror, el fraude y la pornografía. Unos días antes, los medios comunicaban la detención de Xiang Nanfu. Según Global Times (14 de mayo), un diario gubernamental en inglés, a Xiang se le acusaba de haber enviado informaciones «engañosas y seriamente nocivas para la imagen del país» a Boxun.com, un sitio web de Estados Unidos. El diario chino especulaba con la posibilidad de que el gobierno de Pekín demandase a Boxun por publicar esas presuntas falsedades, pues «los sitios web tienen la responsabilidad de verificar la información que publican». En abril, Qin Zhihui, otro bloguero, fue condenado a tres años de cárcel por difamación. En agosto de 2013 había caído Xue Manzi, cuyo blog en Weibo (un clon chino de Twitter) tenía once millones de seguidores. A todos ellos se les ha exhibido en los noticiarios de televisión reconociendo sus crímenes ante el público. Desde que, el pasado noviembre, los dirigentes chinos anunciaran a tambor batiente una batería de reformas, la lista de perseguidos ha incluido también a ecologistas y a dirigentes laborales.

A comienzos de junio, el organismo estatal que controla a los medios chinos hacía saber del inicio de una investigación criminal en cincuenta y dos sitios web por distribuir contenidos violentos o pornográficos. Poco antes, a Sina.com, un importante portal de Internet, se le había retirado la licencia al comprobar que en sus páginas podían encontrarse artículos y vídeos libidinosos. La campaña contra la prostitución no cesa. En la provincia de Guangdong, elegida, al parecer, para servir de ejemplo al resto del país, la policía ha detenido a más de tres mil sospechosos y ha desarticulado doscientas catorce bandas relacionadas con el negocio hasta el 10 de junio. «Matar un pollo para asustar a los monos», que dicen por aquí. El Partido Comunista no regatea, pues, sus esfuerzos para imponer su visión de una sociedad armónica.

Resulta menos evidente que todo eso sea una prueba de debilidad de la dictadura. La información necesaria para sostenerlo no está disponible y sólo dentro de algunos años podrán los historiadores hacerse con ella. De modo que lo más razonable parece aceptar que la represión, la bonanza económica, el respeto por la autoridad que el confucianismo ha inculcado durante siglos, el temor a lo que pueda pasar si el mandarinato pierde el control de la sociedad y a una eventual vuelta del maoísmo, la completa carencia de hábitos democráticos y el amplio desconocimiento del mundo exterior son cosas que conspiran todas ellas para abonar la pasividad política de la mayoría de los chinos. Pero en una sociedad tan compleja y autoritaria como la suya hay numerosos brotes de malestar que, si bien están lejos de generar una oposición organizada, estallan en guerrilla aquí y allá.

Evan Osnos, un periodista de The New Yorker, acaba de publicar un libro (Age of Ambition. Chasing Fortune, Truth and Faith in the New China, Nueva York, Farrar, Straus and Giroux, 2014) sobre el asunto. El neomandarinato ha logrado enormes éxitos económicos: una transformación cien veces mayor en escala y diez veces en velocidad que la Revolución Industrial creada por la Inglaterra moderna. Ese gigantesco esfuerzo ha desactivado la utopía agraria de Mao Zedong para presentar una legitimidad basada en la prosperidad, el orgullo y la fortaleza. Pero los chinos, dice, «han dejado atrás al sistema político que alentó ese desarrollo. El Partido ha hecho posible la mayor expansión de potencial humano que haya conocido la historia y, con ella, tal vez, ha activado la mayor amenaza a su propia supervivencia». Osnos pasa revista a varios aspectos de ese progresivo desencuentro. Dos de ellos –la formación de nuevas dinastías de dirigentes y la corrupción– merecen destacarse.

Los Ocho Inmortales son personajes míticos del taoísmo hechos suyos por la cultura popular china. Cada uno de ellos vuelca su generosidad sobre los humanos. De Zhongli Quan, no en balde el líder del grupo, se dice que convirtió las piedras en monedas de oro y plata para permitir a la humanidad librarse de la pobreza y las hambrunas. El Partido Comunista también cuenta con sus propios Ocho Inmortales. La pertenencia a este grupo es cuestión en disputa. Por ejemplo, al padre de Xi Jinping, el actual presidente, unos lo incluyen y otros no. En general, se trata de revolucionarios de la primera hora que colaboraron con Mao en la creación de la nueva China, aunque algunos fueran purgados durante la Revolución Cultural y luego rehabilitados. También ellos han sido generosos, si no con todos los chinos, sí al menos con sus propias familias. Sus hijos e hijas han estudiado en Estados Unidos y luego se han hecho con importantes puestos en la empresa, en las finanzas o en el aparato. Bo Yibo fue el padre de Bo Xilai, hoy en desgracia. Un hijo de Chen Yun, el artífice de los planes quinquenales, ha presidido el Banco Chino de Desarrollo; su nieto y su nieta dirigen empresas financieras. A Wang Zhen, que hizo habitable el reducto de Yan’an, donde los maoístas se refugiaron de los japoneses y de Chiang Kai-shek, sus tres hijos le salieron empresarios de éxito. E così via (datos tomados de Bloomberg News, 27 de diciembre de 2012). Los hijos de Bo Xilai y Xi Jinping no han resultado menos estudiosos. Ambos han pasado por Harvard. Por razones de seguridad, la hija de Xi no usa allí su verdadero nombre. Con estos principitos y princesitas se codean otros muchos miembros, menos conocidos, de la nueva nobleza revolucionaria. Sus andanzas deleitan e indignan, a partes iguales, a los usuarios de las redes sociales.

Para escribir sobre la corrupción en China haría falta, más que un libro, una enciclopedia. De entre la miríada de casos posibles, Osnos se queda con Liu Zhijun, el ministro encargado de los ferrocarriles entre 2003 y 2011, también conocido como Liu Salto Adelante y Liu el lunático, esto último por sus prisas. Un medio de transporte como el tren, cuyos mejores días pertenecen al siglo XIX, no había levantado grandes pasiones desde la llegada de la aviación. Los trenes bala en Japón o los de alta velocidad en Francia o España fueron acogidos con la complacencia de lo conveniente, pero poco más. En China, las distancias relativamente cortas entre los principales centros urbanos y la enorme densidad poblacional en las zonas costeras los han convertido en grandes competidores del avión.

Liu había ido escalando la pirámide burocrática desde los diecinueve años. Su matrimonio con la hija de una familia bien conectada y su destreza como calígrafo aceleraron su carrera. Sus jefes, no demasiado dotados para la presentación de ideas, apreciaban especialmente lo último. Cuando Liu llegó a ministro del ramo, su ministerio contaba ya con el segundo mayor presupuesto del país tras el de las fuerzas armadas. Rápidamente anunció un plan para construir siete mil quinientos kilómetros de alta velocidad. La primera línea se inauguró en 2008 y su coste inicial se desbordó en un 75%, pero pocos reparaban en esas pequeñeces cuando Liu había colocado a China en el máximo escalón de la pirámide tecnológica. Hasta el presidente Obama elogió ese logro en su mensaje sobre el Estado de la Unión de 2010. La suerte de Liu mejoró aún más cuando, en 2008, el Gobierno chino lanzó un plan de estímulo para controlar la crisis global. El plan reservaba un papel destacado para la alta velocidad. En los cinco años anteriores, Liu había manejado un presupuesto de unos cincuenta millardos de dólares; ahora ascendía al doble: cien millardos en 2010.

Salto Adelante no desaprovechaba ninguna ocasión de desviarlos a su propio bolsillo. No se llevaba el dinero físicamente, en sacos o en maletas, por supuesto. Pronto colocó a su hermano Liu Zhixiang en un puesto de responsabilidad que le permitió hacerse en un par de años con una fortuna de cincuenta millones de dólares. Cuenta Osnos que, cuando lo arrestaron, tenía en su casa pilas de billetes ya mohosos. Otro de sus conseguidores era una mujer, Ding Shumiao. Ding es uno de esos personajes directamente salidos de una novela negra de Qiu Xiaolong. No hay quien dé más. Una campesina analfabeta, dueña de una granja de gallinas, empezó vendiendo huevos por los caminos de su pueblo. Con las ganancias, Ding abrió un pequeño restaurante al que concurrían los cuadros de unas minas cercanas. Ellos le ayudaron a entrar en otro mercado, fletando camiones para trasportar carbón. Al poco conseguía concesiones exclusivas en algunas rutas de gran volumen y las revendía a precios diez veces superiores. En 2003 se hizo amiga de Salto Adelante. Para entonces ya había cambiado su nombre personal por el de Ding Yuxin. Lo de Shumiao dejaba entrever el pelo de la dehesa. También había creado una compañía (Broad Union) que se convirtió en uno de los principales proveedores de los ferrocarriles. En dos años, su valor se multiplicó por diez hasta los 680 millones de dólares. A partir de ahí, el mundo era suyo. Organizaba grandes fiestas a las que concurrían miembros del Gobierno; Tony Blair pasaba por el club para diplomáticos extranjeros que Ding patrocinaba; Forbes la clasificaba en el número seis de la filantropía china. Y ella se encargaba de que Salto Adelante se llevara la compensación que merecía. En 2011, cuando lo acompañó en su caída, Ding fue juzgada culpable de haberle pagado quince millones de dólares para hacerse con contratos por valor de treinta millardos.

Liu era un fanático de la velocidad. Sus trenes siempre estaban terminados antes de tiempo. También era muy trabajador, capaz de sacar adelante los más difíciles proyectos sin reparar en costes. «Una estación en Guangzhou, presupuestada en 316 millones de dólares, acabó costando siete veces más. Su ministerio estaba tan descontrolado que los burócratas creaban divisiones ficticias y se quedaban con los gastos que presupuestaban para ellas. Un vídeo promocional que duraba cinco minutos y casi nadie vio costó cerca de tres millones de dólares. El vídeo llevó a los investigadores hasta la subdirectora de publicidad del ministerio, que tenía en su casa un millón y medio de dólares en billetes y las escrituras de nueve apartamentos».

Salto Adelante parecía tener tiempo para todo. Un periódico de Hong Kong contó que tenía dieciocho amantes, a las que visitaba asiduamente. Liu cayó en desgracia en febrero de 2011, fue expulsado del Partido en mayo de ese año y condenado a muerte en julio de 2013. Entretanto, en otro de esos grandes proyectos suyos acabados a matacaballo, cerca de la ciudad de Wenzhou se produjo un choque de trenes en el que murieron cuarenta personas y ciento noventa y dos resultaron heridas.

No sería la primera vez en su historia en la que China se haya enfangado en la corrupción. La novedad ahora es que a los burócratas les resulta mucho más difícil guardar sus secretos. Por ejemplo, que en 2012 los setenta miembros más ricos de la asamblea consultiva china tenían un patrimonio conjunto de casi noventa millardos de dólares, más de diez veces el de todos los congresistas y senadores estadounidenses juntos. Osnos concluye con una anécdota reveladora. Unos periodistas preguntaban a unos niños de seis años qué querían ser de mayores. Uno de ellos contestaba que funcionario y el periodista le apuraba: ¿qué clase de funcionario? «Un funcionario corrupto. Tienen muchas cosas».

Dicen que en Zhongnanhai, el Kremlin de los comunistas chinos, está aumentando el consumo de tranquilizantes.

24/06/2014

 
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