El gato montés

por Julio Aramberri

Leo la historia en un despacho de Associated Press (12 de marzo de 2014). Lee Palmer, un vecino de Portland (Oregón), en Estados Unidos, llamó al teléfono de urgencia de la policía local para pedir ayuda. Su gato, un himalayo de raza, de nombre Lux y con diez kilos de peso, notable corpulencia para un felino casero, había arañado en la frente a su hijo de siete meses después de que el niño le tirase de la cola. «Le di al gato una patada en el trasero», explicaba Palmer a la policía, «pero se revolvió contra mí. Iba a atacarnos… Es muy fiero». El aguerrido Palmer decidió no provocarlo y se encerró con su familia, perro incluido, en una habitación contigua. Desde su improvisado fortín llamó a la policía local, que apareció al poco y redujo con rapidez al sanguinario gato. La agencia de noticias no aclara si en la refriega se produjeron bajas entre los miembros de la patrulla policial.

Pocos días antes, tropas rusas, inicialmente desprovistas de distintivos que las identificasen como tales, habían ocupado Crimea e instalado allí como nuevo primer ministro a Serguéi Aksyonov, un político proruso cuyo partido, Unidad Rusa, había obtenido un 4% del voto en unas elecciones autonómicas anteriores. El 16 de marzo se celebró en la península ucraniana un referéndum bajo la ocupación rusa. La votación se llevó a cabo a toda prisa, sin la presencia de observadores internacionales y sin libertad de expresión para los oponentes de la propuesta. Con una cuasi unanimidad que recuerda los fastos tradicionales de la antigua Unión Soviética (más del 95% del cuerpo electoral ha votado a favor de la propuesta), el referéndum ha legalizado el programa de la invasión: separar a esa región de Ucrania y unirla a Rusia. «Una farsa y un crimen contra [nuestro] Estado organizado por Rusia», en palabras del presidente en funciones de Ucrania, Oleksandr Turchynov.

No es la primera intervención armada rusa en un país extranjero desde el final de la Unión Soviética. En 2008, Rusia mantuvo una rápida guerra con Georgia, una antigua república soviética, tras la cual se aseguró el control de Abjasia y de Osetia meridional, dos regiones de Georgia que optaban por independizarse. Para esas operaciones, al igual que en Crimea hoy, el Gobierno ruso había invocado como argumento básico la defensa de las minorías étnicas rusas cuyos derechos, supuestamente, se veían amenazadas en esos lugares por sus gobiernos respectivos. En estos días se ha recordado que es una excusa similar a la que esgrimió Hitler para apoderarse de los Sudetes en 1938.

La decisión de Vladímir Putin ha sorprendido en su ímpetu a muchos políticos y periodistas occidentales, que no recuerdan la afonía que les provocó la pequeña guerra de 2008 en Georgia. En este año de 2014 se conmemora el centenario del inicio de la Gran Guerra o Primera Guerra Mundial (1914-1918), según el gusto, y con ese motivo habían comparecido en los medios de comunicación numerosos toreros de salón para disertar sobre la posibilidad de que fuera China el país que desencadenara una nueva guerra mundial. Humillada, resurgente, nacionalista, deseosa de aumentar su peso en el concierto mundial, China, decían, era la reencarnación de la Alemania del Káiser en el siglo XXI. Pero la realidad no ha perdido su infinita capacidad de sorprender. Ha sido Rusia, una potencia a la que pocos se tomaban en serio desde la implosión de la Unión Soviética, quien ha dado un sesgo imprevisible a la inestable situación internacional actual. La bipolaridad con empate de la Guerra Fría ha dado paso a un mundo más complicado en el que la hegemonía de Estados Unidos se ejerce con cada vez menor nervio y permite jugar sus arriesgadas bazas a otros actores.

Quienes se interesan por el abolengo intelectual de las acciones humanas no dejarán de ver un sesgo teórico posmoderno en la intervención rusa en Crimea. No sé si Putin habrá leído a Foucault, pero su decisión sigue fielmente el espíritu del tiempo tal y como lo entendía el pensador francés. Toda relación social, sea la gobernación de un país o la política internacional, sea una interacción entre individuos, encubre un desequilibrio de fuerzas, con sus ganadores y sus perdedores, es decir, carece por definición de legitimidad. Lo que hoy es de una manera, mañana será de otra y cualquier desenlace de una acción es igualmente válido o, lo que es lo mismo, igualmente legítimo o ilegítimo según el punto de vista de quien la narre. No hay forma posible de escapar a esa realidad ontológica. Tan solo cabe una respuesta ética. Dado que cada Ego trata de imponerse por la fuerza al Otro, la buena conciencia sólo puede ponerse a salvo tomando partido por el desfavorecido o, con la terminología más al uso, por el oprimido. Cuando se define a una persona o a un grupo social como tal, cualquier acción que contribuya a cambiar la relación de fuerzas en su favor será justificable. Si se oprime a los grupos étnicos de origen ruso, como –según Putin– está sucediendo en Crimea y, posiblemente, en toda Ucrania, la intervención militar tiene a la moral en su favor. Como la tendría si esas minorías rusas son objeto de opresión también en las repúblicas exrusas del Báltico, en Polonia, en Chequia o en Miami Beach, donde tantos rusos adinerados, como lo ha recordado la última novela de Tom Wolfe, tienen su segunda, tercera o cuarta residencia.

Pero no es Putin el único posmoderno en este lance. John Kerry, el secretario de Estado norteamericano, también lo es a su manera. Kerry es un patricio de Boston, lo que allí llaman un brahmín. Lo de brahmín trae causa de la casta sacerdotal hindú (los brahmanes en castellano) y refiere a una minoría rica e ilustrada, es decir, a la elite egregia de la que hablara Ortega, que considera tener mejores cuarteles de nobleza que el resto de los mortales para manejar los asuntos comunes. John Collins Bossidy los retrató a principios del siglo XX en una coplilla que pronto se convirtió en eso que hoy llamamos viral. «And this is good old Boston / The home of the bean and the cod / Where the Lowells talk only to Cabots / And the Cabots talk only to God» («Así es el viejo, querido Boston / tierra de judías y bacalao / donde los Lowell sólo se hablan con los Cabot / y los Cabot tan solo se entienden con Dios»). El brahmanato bostoniano se ha hecho hoy global de la mano del World Economic Forum y sus inefables saraos de todos los eneros en Davos. Davos reúne a lo mejor de cada casa y allí tienen soluciones para cualquier problema que se tercie. El suyo es un mundo panglossiano en el que, indudablemente, hay también perdedores y hasta oprimidos. Pero estos deben saber que su condición mejorará si siguen los consejos de tan augusto sanedrín. Entre gente bien, todo puede resolverse con paciencia, diálogo y discreción. Nada de peor gusto que entregarse, como ha hecho Putin, a los hábitos, tan antiguos, de la violencia y la intimidación que recuerdan lo peor del siglo XX. Angela Merkel también ha afeado la conducta del presidente ruso con razones muy similares. Vive en otro tiempo.

Putin, sin embargo, sólo se fía de su propio reloj. Sabe por experiencia que los europeos tienen poco con lo que respaldar su contrariedad. Ha visto a Obama empeñarse en conducir desde el asiento de atrás cuanta crisis internacional le ha salido al paso (Irak, Afganistán, Egipto, Libia, Siria, Irán, ahora Ucrania) y trazar líneas rojas que nadie toma en serio. Al mismo tiempo que una soldadesca sin distintivos invadía Crimea, con el beneplácito de su presidente, Chuck Hagel, el secretario de Defensa estadounidense, proponía una notable reducción del presupuesto militar. Los gastos básicos en defensa para 2015 deberían quedarse en 496 millardos de dólares (un total que no incluye otras partidas complementarias). En definitiva, los políticos posmodernos, europeos y americanos, parecían disponerse, antes de Crimea, a hacer lo que Lee Palmer, el vecino de Portland, con su gato: refugiarse en la habitación de al lado. Y Putin y muchos otros actores internacionales sacaban las consecuencias.

¿Cómo interpretan estos acontecimientos los dirigentes chinos? Por las mismas fechas de la propuesta de Hagel y de la invasión de Crimea, el presidente Xi hacía público el presupuesto para el año fiscal entrante. Los gastos de defensa aumentarán en un 12,2%, a un ritmo superior al crecimiento esperado del PIB del país (7,5%) y al del presupuesto del año pasado (10,7%). El total para 2014-2015 será de unos 132 millardos de dólares (incluye sólo los gastos básicos). Estará aún muy lejos de Estados Unidos, que se estima que gastó 645,7 millardos en 2012 (gastos básicos más complementarios), pero la tendencia a disminuir rápidamente las distancias, de conservarse el impulso actual, es indudable. Pese a los augurios de los poncios, China no va a ocupar pronto el papel de la Alemania del Káiser, pero se plantea hacer notar con vigor su presencia militar en los asuntos del Asia oriental, una de las zonas decisivas del mundo actual. Por lo que hace al fondo de la situación, Global Times, la expresión en inglés de la visión oficial china, era tajante: «Estados Unidos y Europa parecen un tigre de papel en su confrontación con Rusia y con Putin. ¿Por qué? La potencia militar rusa aterroriza al Oeste. Los gastos militares rusos en 2013 fueron tan solo de unos 70 millardos de dólares, pero su impresionante capacidad de ataque heredada del pasado soviético es suficiente para sostener su poderío militar. Ese poderío le veda al Oeste recurrir a la guerra para contener a Rusia» (13 de marzo de 2014). Traducido al español, los planes del posmodernismo occidental pueden poco frente a los del posmodernismo ruso.

Tenía razón Mike Tyson: todo el mundo tiene un plan hasta que le meten el primer puñetazo en la boca.

18/03/2014

 
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