El destete

por Julio Aramberri

Algo misterioso sucede con las tetas de las mujeres. La glándula mamaria tiene como misión fundamental en la mayor parte de los mamíferos secretar leche para alimento de los recién nacidos; una función mayormente utilitaria. Nuestra especie, me cuentan, es la única que, además, hace participar activamente a las tetas en sus juegos eróticos. Aunque las feministas de misa y olla crean que están ahí para los bebés, en la realidad, una mayoría de hombres y mujeres las vemos como si fueran los trenes eléctricos de antaño, que decían ser para los niños pero servían ante todo para el deleite de los mayores.

¿Cómo demonios se han convertido las tetas en parte sustancial de la selección sexual? Tal vez sea cuestión del efecto hándicap, es decir, que unas bufas de postín anuncien el éxito reproductor del pibón que las ostenta. En esta parte del mundo en la que vivo y por razones que ignoro, muchas mujeres tienen unas tetas mayormente parcas, así que Seúl, Singapur y Bangkok se han convertido en grandes centros del turismo cosmético. Una búsqueda en Google traía sesenta y nueve mil seiscientas entradas para clínicas de cirugía plástica en la primera ciudad, con costes de entre seis y ocho mil dólares. Sólo Gangnam, el barrio de los profesionales adinerados, cuenta con cuatrocientas treinta clínicas de cirugía plástica para su medio millón de habitantes. En Singapur aparecían trescientas ochenta mil entradas en Google con costes de entre diez y diecisiete mil dólares. Bangkok (noventa mil entradas en Google) promete las ofertas más asequibles, entre dos mil quinientos y seis mil dólares. A estos precios, cada vez hay más asiáticas que pueden permitirse pagar por el, en este caso, inestimable hándicap que acompaña a una mayor dimensión.

Algún biólogo amigo me comentaba –no me he ocupado de verificarlo– que cuando los pezones femeninos se sienten estimulados segregan oxitocina, una hormona que facilita los partos y estimula la lactancia. A la oxitocina, pues, suele conocérsela como la «droga del amor», por los lazos de unión y afecto que establece entre la madre y los recién nacidos. Larry Young, un profesor de Neurobiología en la Universidad Emory (Georgia, Estados Unidos) defiende que la oxitocina ha tenido un papel decisivo en el desarrollo de la cognición y, en general, en el despliegue de la sociabilidad humana. Su influencia en los genes receptores, que genera alteraciones en la función cerebral, podría explicar la variación entre conductas humanas. Tal vez Young haya desvelado de una vez por todas la relación entre las tetas y las carretas.

No sé si los censores chinos han leído a Young y a sus colegas neurobiólogos, pero cualquiera lo diría. Siempre atentos, la llegada al poder de Xi Jinping les ha animado a arreciar en sus campañas. No se trata sólo de reprimir la corrupción que anega al Partido Comunista. Eso es una condición necesaria pero no suficiente para lograr el rearme moral de la sociedad china. Por el lado positivo, hay que aunar los esfuerzos de la nación y canalizarlos en un conjunto armonioso, lo que en tiempos de Mao solía llamarse «la línea de masas», que empuje a perseguir las consignas partidarias en todos los ámbitos y a desprenderse de los apetitos individuales. Como a los censores tampoco se les pide que sean expertos en neurobiología, tal vez hayan seguido la línea del menor esfuerzo que anima a los burócratas en todas partes y, en consecuencia, hayan decidido que la oxitocina puede poner en peligro sus objetivos sin entrar en mayores dibujos. Que el estímulo de los pezones genera oxitocina, pues se prohíbe drásticamente todo aquello que pueda estimular su generación. Por si acaso, en la televisión china las mujeres se han quedado sin tetas.

El pasado 21 de diciembre debutaba en las pantallas caseras la serie La emperatriz de China. Era un culebrón historicista al uso centrado en la única mujer que haya llegado a la cima del poder en China. Otras muchas han sido muy poderosas en la historia del país, pero el suyo fue un poder vicario derivado de ser las favoritas del emperador o, en el caso de Ci Xi, la emperatriz consorte al final de la dinastía manchú, de un vacío de poder difícil de repetir. Wu Zetian fue la única fetén y reinó como emperatriz de China entre 690 y 705 d. C. Empezó como concubina de Taizong, uno de los grandes emperadores de la dinastía Tang (618-907 d. C.), a cuya muerte casó con su sucesor y noveno hijo, el emperador Gaozong. Pronto Gaozong sufrió una serie de ataques que lo dejaron incapacitado para gobernar y esa tarea recayó en su esposa. A su muerte, la emperatriz Wu se convirtió en la única emperatriz china con mando en plaza. Con los años, su herencia política ha sido objeto de grandes divisiones entre quienes ensalzaban sus dotes de gobernante y quienes denigraban los medios por los que había llegado al poder. A veces ambas voces hablaban a través de la misma persona. Liu Xu, principal autor del Antiguo Libro de Tang, una historia de la dinastía, criticaba «su disposición a aplastar a su propia carne y sangre mostrando cuán grande era su rudeza y vil su naturaleza», aunque, al tiempo, por lo que pudiera venir, destacaba que «también atendía las prédicas de los virtuosos y honraba a los honestos».

La serie televisiva, como es de rigor en el género, no se perdía en aclarar semejantes profundidades. Lo que le interesaba, ante todo, era conquistar audiencia con una producción de amor y lujo. Su presupuesto superaba los trescientos millones de yuanes (unos cincuenta millones de dólares) para convertirse en la serie más cara de la historia china, orgullosamente estrenada en exclusiva por Hunan TV, la cadena más vista en China tras CCTV-1, propiedad de la televisión central. La estrella de la serie era Fan Bingbing, una actriz y cantante de mandopop que en 2013 y 2014 abría la lista de chinos célebres de la revista estadounidense Forbes. En la serie, Fan aparecía con doscientos sesenta trajes diferentes, uno de los cuales –el vestido del dragón– costó medio millón de yuanes (unos ochenta mil dólares americanos).

El estreno del 21 de diciembre tuvo una recepción entusiasta y la audiencia fue creciendo en la semana siguiente hasta que el 28 de diciembre, sin previo aviso, desapareció de las pantallas para reiniciarse el 1 de enero. En esos cuatro días entró en acción el organismo que se encarga de censurar a los medios escritos y audiovisuales y la Gran Muralla se convirtió en el Gran Destete. Apoyados en una circular del pasado mes de noviembre que prohibía escenas cargadas de sexo o de desnudez, los líos extramatrimoniales, las relaciones «poliamorosas», los abusos sexuales o los contenidos pornográficos, los censores estuvieron muy atareados en suprimir aquellos planos donde las actrices aparecían con amplios escotes. Y, así, de Fan Bingbing y otras generosas espeteras sólo quedaban primeros planos de sus caras. En otra de las nuevas tomas, del provecto pero aún rijoso emperador Taizong, incapaz de contener su deseo de buscar en el escote de Fan los resortes que hubieran desencadenado la segregación de oxitocina, no quedaban más que los cuatro pelos de la coronilla que no habían podido pasar por la gatera. En días posteriores, los microblogueros difundían fotos de Scarlett Johansson o de la Venus de Milo igualmente destetadas. 

En un alarde de audacia, para China Daily un 95% de espectadores pensaban que el esfuerzo de los censores había sido «innecesario». Por su parte, Global Times pontificaba que, «aunque sean poderosos, los censores carecen de autoridad moral. Cuando va a ejercerse la censura hay que tener más en cuenta a la opinión pública para obtener su apoyo y evitar incidentes similares», como si la opinión pública tuviera que limitarse a estos chuscos menesteres.

Un usuario de Weibo, el equivalente chino de Twitter, iba más al grano: «Por qué no prohíben la emisión de programas de natación o de saltos de trampolín. Al cabo, sólo llevan un traje de baño. Seguro que eso no se atiene a las pautas de los censores». Le hicieron caso. A los pocos días, los organizadores de la exposición de automóviles de Shanghái anunciaban que probablemente este año no habría modelos escasamente vestidas promocionando los coches, «para crear una exhibición civilizada para expositores y visitantes».

Pero no son las tetas y las modelos escasamente vestidas los únicos objetos susceptibles de súbita desaparición. A finales de noviembre, el Diario del Pueblo publicó un mapa de la infidelidad conyugal que emparejaba fotos de funcionarios y políticos perseguidos por corrupción con una referencia a sus aventuras extraconyugales y, al tiempo, destacaba en color las provincias donde ambas cosas coincidían. Había muchas, demasiadas. Tantas que, al poco, los responsables del órgano oficial del Partido decidieron hacer desaparecer el mapa de sus páginas web. El adulterio no es delito en China, pero los miembros del Partido lo tienen prohibido.

Demasiada oxiticina para la mente.

05/02/2015

 
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