Dragón Rampante

por Julio Aramberri

En el último piso de mi casa en Saigón hay una piscina estupenda, una sauna y un pequeño gimnasio con todos los aparatos imprescindibles. Ahí suele encontrárseme por las mañanas, al poco de levantarme. No es que me fascine la idea de convertirme en el fiambre más saludable del cementerio, pero mientras llega el trance he decidido que hacer ejercicio contribuye a mantenerle a uno en forma por más tiempo, y eso cuenta. Tal vez sea otra de esas ilusiones fugaces que acaban cortadas de raíz por una racha de achaques o por algún accidente, pero me sirve para justificar los malos tratos a los que, según la tradición ascética, conviene someter al cuerpo. Siento por ella un gran respeto y procuro allanarme a sus exigencias en la medida de lo posible. ¿Que me ataca el ardor de estómago por haberle dado sin duelo a la garnacha tintorera alentejana? Otras pocas copas más al coleto y así el cuerpo aprenderá lo que es sufrir y a mí me invadirá el bálsamo del arrepentimiento. O cuando me confirman qug mi hipercolesterolemia tampoco ha mejorado en la reciente revisión analítica, una centolla de añadidura alcanza los mismos objetivos. Pero esas decisiones heroicas suelo dejarlas para los grandes fastos; en la prosaica vida cotidiana me conformo con unos cuantos estiramientos, juegos de pesas y, ay, el trote cochinero en una cinta sin fin, en la que se apodera de uno un tedio igualmente infinito.

La gente de la casa suele defenderse de él con el mandopop o con la murga del coreano Psy que traen enlatada en el iPod, pero la música que a mí me gusta necesita de un ambiente relajado y no se lleva bien con el retumbar de mis pasos en la trotadora. Así que me pongo a andar por ella sin distracciones musicales, me asaltan cavilaciones sobre asuntos de mi propio interés y de ahí sale buena parte de estos blogs. Cuando no consigo que las musarañas den con algo productivo, me entretengo en la contemplación del panorama. La torre de apartamentos en que vivo es alta y el ventanal del gimnasio permite otear el sur de Saigón en un arco de más de ciento ochenta grados. A lo lejos, sobre un mar de casas bajas, resalta el Centro Financiero Bitexco que, con sus sesenta y ocho pisos, es por ahora el edificio más alto de la ciudad. Nadie ha sabido explicarme por qué, como un forúnculo, le sobresale, casi en el remate, un helipuerto. En mis largas veladas gimnásticas jamás he visto posarse en él a ninguno de esos aparatos voladores, pero las ganas de fardar de arquitectos y financieros suelen resultar insondables. Cuando me canso de contar edificios altos, medito sobre el diabólico trazado urbano de Saigón. Las ventajas evolutivas que puedan derivarse de ese laberinto de callejas, por las que a menudo no pueden pasar dos motos a un tiempo, y de casas bajas con fachadas, no ya estrechas, sino ridículas, también se me escapan, pero algún día escribiré un libro sobre esto.

Mis envidiables interludios atléticos se ven interrumpidos por la aparición, lamentablemente errática, de un cometa al que en los mentideros locales se le conoce como con rồng hung hăng, o Dragón Rampante. Se trata de una vecina de unos treinta años que, con periodicidad tan infrecuente como la expectación que suscita, se junta ocasionalmente a los escasos practicantes de la gimnasia matutina. No es muy guapa, pero tiene un físico especialmente sexy y abundante energía que dilapida en variados y audaces movimientos calisténicos que habrá aprendido en algún programa de autoayuda para la buena vida, aunque eso da poco motivo para la sorpresa. Suele vestirse con un atuendo propio de las gimnastas del presente, es decir, con una camiseta corta de tirantes bajo la que se anuncia un sostén deportivo y con unos pantaloncitos ajustados. Nada especial tampoco, salvo porque ella es vietnamita y no es habitual que las mujeres del país dejen a la intemperie tanta superficie dérmica. Aunque a uno, en Occidente, estas cosas hayan dejado de llamarle la atención desde hace tiempo, aquí, dada su improbabilidad y las horas mañaneras en que acontecen, no dejan de encenderle las pajarillas. A un par de colegas también mayores y al que suscribe, Dragón Rampante nos provoca una mirada que convertiría en casta a aquélla con la que los viejos miraban a Susana. Nada nuevo bajo el sol tampoco.

Lo verdaderamente singular en esta escena de comedia barata de costumbres es que buena parte de la piel de Dragón Rampante está cubierta de tatuajes y, aunque en general, tampoco esto dé motivo alguno para una especial sorpresa, uno de ellos es el que le da su nombre. En la cara interior del muslo derecho lleva dibujado medio cuerpo de un dragón cuya parte superior sube y sube y se pierde en el pantaloncito. Una gimnasta joven, de buena figura, vietnamita y tatuada de ese modo sí que explica las miradas torpes, como decían antaño, que le dedicamos. Pero como este blog no se ocupa de cosas procaces, pasemos del detalle a la categoría.

La psicología evolucionista, con el natural disgusto de las feministas que entienden que los sexos o géneros deben reaccionar igualmente ante la sexualidad, nos ha acostumbrado a ver las cosas con más rigor. Hembras y machos de la especie humana, como los de tantas otras, tienen estrategias reproductivas diferentes. El macho heterosexual, de cualquier edad y condición, es un copulador oportunista dispuesto a intercambiar sus genes con cualquier hembra que le acepte, en especial si ella se encuentra en la flor de su capacidad generadora, es decir, si es joven y lozana. Así se descarga gustoso de sus obligaciones con la especie. La casa-harén de Hugh Hefner, esa mítica y envidiada Playboy Mansion que posee en Beverly Hills, y las andanzas eróticas del dueño a su provecta edad –posiblemente hoy nada más que un ajado reclamo mediático– ilustran a la perfección esa deriva. Lamentablemente, las hembras no se comportan de la misma manera. Ellas cargan con la maternidad y todas sus complicaciones incluso cuando el macho que la provocó haya aprovechado un descuido para poner pies en polvorosa. Así que tienen que ser muy cuidadosas al elegir a sus compañeros sexuales. Durante siglos la figura del proveedor responsable, estable y, a ser posible, económicamente seguro, incluso aunque cuente con una edad muy superior a la suya, ha determinado la conducta de la mayoría de las hembras heterosexuales de la especie. Una diferencia biológica, aun matizada por formas culturales muy diversas, que no ha dejado de existir hasta el día de hoy. Hablando de esas formas culturales, las del Asia Oriental, han buscado el equilibrio para el sexo reproductivo en la poligamia, en tanto que en la Europa cristiana se impuso la monogamia y, luego, con el divorcio, la poligamia serial.

Este arreglo ha existido desde que los humanos empezaron a conquistar la Tierra, por eso lo consideramos como algo natural, de suyo inalterable. Y esto último es lo que ha empezado a no estar tan claro en los últimos tiempos. Hasta en Asia parece que aumentan las relaciones prematrimoniales; las mujeres virtuosas han empezado a dar de lado la antigua modestia en que se veían obligadas a encerrarse; y, como Dragón Rampante, se comportan más libremente, incluso en público. ¿Será la del Dragón Rampante la única excepción o, por el contrario, es una golondrina que sí anuncia el verano?

Me hubiera gustado conocer el parecer de Dragón Rampante sobre tan doctas materias. Si, de paso, mi brillante labia le hubiera convencido para que me mostrase dónde y de qué guisa reposa la cabeza del dragón que rampa por la cara interna de su muslo derecho, miel sobre hojuelas. Pero en sus erráticas apariciones, Dragón Rampante llega acompañada por un San Jorge de aspecto feroz. Algo me dice que él prefiere tener la exclusiva del derecho de acoso, derribo y alanceo que le reserva la tradición medieval y que no está dispuesto a compartirlo con oscuros monosabios.

La sindéresis no ha sido nunca mi fuerte, pero hay casos en los que más vale no cargar la suerte.

30/05/2013

 
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