Discurso de las artes y las letras

por Julio Aramberri

El pasado 15 de octubre, una atenta audiencia escuchaba a Xi Jinping en Pekín. El presidente chino presidía un Foro sobre Literatura y Arte y pronunció un discurso que Xinhua, la agencia oficial de noticias, calificaría de «importante». Es seguro que ese juicio lo compartieron sin la menor restricción mental los asistentes: no en vano estaban allí los más importantes funcionarios culturales del país. En primer plano destacaba Tie Ning, la presidenta de la Asociación de Escritores de China, de quien los medios siempre resaltan su apostura y su juventud. Nacida en 1957, fue nombrada para el puesto en 2006, a los cuarenta y nueve años, algo menos de la mitad de los de Ba Jin, su antecesor, que acababa de morir a los ciento uno. Entre tanto gerontócrata como pulula por la política china, Tie parece una niña prodigio. Bien es verdad que el Señor la ha llamado más por el camino del poder que por el de la creación. Su única novela traducida al inglés (The Bathing Women. A Novel) ha sido piadosamente celebrada por consideraciones de género, lo que debería de bastar al buen entendedor para formarse un juicio propio. Junto a la Asociación de Escritores, estaban igualmente bien representados otros organismos similares, como la Asociación de la Ópera de Pekín y de Shanghái, la Asociación de Bellas Artes, la Asociación de la Danza y la Academia de Artes Cinematográficas y Dramáticas, cuyas luminarias pronunciaron sendos discursos. También se dejaron ver por allí Mo Yan, el premio Nobel de literatura en 2012; Chen Kaige, el director de Adiós a mi concubina; y otros celebrados artistas, que contribuían con el lustre de su fama a reducir el espesor burocrático de aquel sanedrín de mandarines de nuevo cuño.

Según el modelo soviético, esas instituciones son, ante todo, mecanismos de control político, y hasta policial, sobre escritores y artistas. La defensa de sus intereses ocupa tan solo un lugar secundario, siempre subordinado a que sus miembros se comporten como lo quiere la línea de masas del Partido Comunista. No sólo manejan directamente sus mandarines una serie de importantes editoriales, publicaciones, estudios de cine y televisión, teatros y demás recursos culturales, sino que también establecen las normas de acceso a puestos de trabajo y a los privilegios de que disfrutan sus miembros. Quienes se enfrentan a sus decisiones tienen que acabar buscándose la vida en otros menesteres, si es que antes no les ha caído encima el peso de la represión.

En la cima de todos esos organismos se encuentra la Federación de Círculos Literarios y Artísticos de China (CFLAC, por sus siglas en inglés) y la responsabilidad de todo ese gran tinglado de actividad cultural y propagandística recae sobre Liu Yunshan, uno de los siete miembros del Comité Permanente del Politburó chino, la máxima instancia de poder en el país. Liu comenzó su carrera como periodista de la agencia oficial Xinghua y es el primero de esa profesión en haber llegado tan lejos. Pese a los recelos que tantos de sus colegas inspiran entre los dirigentes, ser uno de ellos parece haberle servido para su ascenso. Como apunta Kerry Brown, autor de un libro sobre los dirigentes salidos del Decimoctavo Congreso en 2012 (The New Emperors. Power and the Princelings in China), Liu «entiende al sector y a la gente con la que tiene que tratar. En el pasado fue uno de ellos. Conoce el percal». Y esto es de primera importancia en la situación actual de China, donde la competencia de las redes sociales dificulta la tarea de adoctrinamiento colectivo y empuja a los periodistas a forzar los límites impuestos por la censura oficial.

Por lo demás, con altibajos, Liu se había entrenado para sus tareas actuales entre 2007 y 2012, cuando se ocupaba de la propaganda con el anterior Politburó. Fueron tiempos difíciles, en lo que tuvo que lidiar con los autores de la Carta 08 (Liu Xiaobo a la cabeza), ocultar la enorme corrupción que agrandó las consecuencias del terremoto en Sichuan (2008) y presentar el mejor perfil posible ante los medios internacionales por la represión en Tíbet. En 2009 se vio obligado a hacer autocrítica por su mal manejo de esas situaciones, y nadie daba una higa por su futuro político cuando sus responsabilidades fueron transferidas a Ling Jihua, la mano derecha de Hu Jintao. A la historia, empero, le agradan las ironías. La caída de Bo Xilai en 2012 dio a Liu, con su experiencia periodística tras de sí, una nueva oportunidad de moverse entre telones y volver a saltar hacia delante. Hoy, como sabemos, es la cabeza visible del poder flexible (soft power) y de la diplomacia pública de China. Y seguramente no habrá sido la menor de sus satisfacciones la noticia de que Ling Jihua, su anterior archienemigo, sea hoy objeto de una investigación por corrupción .

Fue en cumplimiento de sus obligaciones como recayó sobre Liu el encargo de organizar el Foro que soportó el discurso de Xi Jinping sobre las artes y las letras. ¿Qué se le había perdido al presidente en semejante sarao? Cuando Hu Jintao, esa momia de su predecesor, se veía en algún trance semejante, lo despachaba con unas palabras de bienvenida y una invocación ritual a la armonía que debía reinar en el parnaso de las musas tanto como entre sus súbditos. Hu era un ingeniero que prefería ocuparse de economía. Si acaso, como en 2009, incluía algún Plan de Promoción de las Industrias Culturales para contentar a intelectuales y artistas, y sanseacabó.

Xi es más ambicioso… o más precavido. Quienes se inclinan por lo primero piensan que trata de obtener para sí un poder que ninguno de sus antecesores había logrado desde los tiempos de Mao. Una «gobernación colectiva» había sido el lema de todos ellos, pero Xi no parece cómodo con ella. Además de secretario general del Partido Comunista Chino y de presidente del Comité Militar Central, como lo eran los dirigentes anteriores, Xi mete cuchara en todas las salsas, presidiendo grupos de trabajo sobre economía, reforma militar, ciberseguridad, Taiwaán y asuntos exteriores, más una comisión de seguridad nacional. A Li Keqiang, el primer ministro, un cargo en el que tradicionalmente se delegaba la dirección de la economía, lo tiene cada vez más arrinconado. Y sigue muy de cerca todo cuanto tenga que ver con los militares. Elizabeth Economy recordaba en un reciente artículo en Foreign Affairs que «en la primavera pasada fue objeto de proclamas públicas de lealtad de cincuenta y tres altos mandos. Según uno de ellos, tantas adhesiones sólo se habían alcanzado tres veces en la historia de China». Hace poco se han puesto a la venta unos platos de cerámica con su imagen que rivalizan en ventas con los del Gran Timonel.

Es posible que a Xi Jinping no le disgustase ser objeto de un culto a la personalidad rival del de Mao y, como sabemos, casi todo es posible en el Imperio del Centro. Pero, aunque no sea contradictoria con esa pasión ególatra, lo que Xi necesita ante todo es una fórmula para redorar la legitimidad del Partido Comunista. La incesante campaña contra los tigres y las moscas puede satisfacer a algunos sectores, pero no basta, pues conduce directamente a preguntar cómo ha sido posible tanta corrupción, por qué pasó inadvertida durante tanto tiempo para los responsables de haberla controlado y si hay alguien, incluyendo al propio presidente y a su familia, que esté libre de sospecha.

En condiciones semejantes, suele imponerse entre los dirigentes un reflejo pavloviano de cierre de filas. Desde que Xi Jinping, bien jaleado por múltiples medios internacionales, prometiera profundas reformas en la sociedad china en el Tercer Pleno del Decimoctavo Congreso del Partido (noviembre de 2013), no se ha visto otra cosa. Se trata, ante todo, de reducir al máximo la circulación de información. De nuevo Elizabeth Economy: «Durante la presidencia de Xi, Pekín ha impuesto una barrera a las comunicaciones por Internet. Una ley amenaza con tres años de prisión a quienquiera que circule algo que las autoridades consideren un “rumor” si el mensaje lo leen más de cinco mil personas o se reenvía más de quinientas veces […]. En un período de cuatro meses, Pekín ha suspendido, borrado o sancionado a más de cien mil cuentas de Weibo [el equivalente chino de Twitter] por violar alguno de los siete límites de expresión permisible». Esos límites, que se aplican también a la investigación académica, son «los valores universales, la sociedad civil, los derechos ciudadanos, la libertad de prensa, los errores cometidos por el Partido Comunista, los privilegios del capitalismo y la independencia judicial». Cuando los internautas se pasaron masivamente a intercambiar mensajes de grupo en WeChat [un equivalente local de WhatsApp] el gobierno exigió que todos los participantes se registrasen con su nombre legal y renunciasen a intercambiar mensajes políticos.

El Discurso de las Artes y las Letras del 15 de octubre forma parte de una segunda hilera de ladrillos añadida al muro de contención. Xi Jinping parece creer en las virtudes regenerativas de las segundas representaciones y así se lo jalean los medios que controla. El Diario del Pueblo, Global Times y China Daily coincidieron en celebrar su discurso como una segunda edición del Foro de Yenán sobre Literatura y Arte presidido por Mao en 1942.

Tras la Larga Marcha (1934-1935), los comunistas chinos establecieron su cuartel general en Yenán, un área de unos treinta y siete mil kilómetros cuadrados al norte de la provincia de Shaanxi. El comienzo de la guerra con Japón en 1937 y la desilusión de un gran número de chinos con la política del Kuomintang (partido nacionalista liderado por Chiang Kai-shek) llevaron a muchos de ellos a afluir hacia esa zona bajo control comunista. Entre los recién llegados había gran número de estudiantes y graduados con una formación y estilos de vida muy diferentes de los de la base campesina del Ejército Rojo. Pese al nombre, el Foro de 1942 se proponía ante todo definir el papel de esos nuevos voluntarios en el proceso revolucionario y someterlos a una ideología y a una disciplina que a menudo chocaban con sus expectativas.

En suma, el problema de los artistas e intelectuales recién llegados se reducía, según Mao, a su falta de comprensión del comportamiento y de las necesidades de las masas. Como creían que esas necesidades eran todas iguales, los intelectuales se resistían a aceptar la dirección de los sectores revolucionarios –el proletariado, los campesinos y los soldados– y trataban de someterlos a los valores y a la guía de la pequeña burguesía urbana de que provenían. Comprender las necesidades de las masas, por el contrario, debería llevarles a ordenar adecuadamente sus prioridades de clase y, en definitiva, a adoptar sin discutirlo el punto de vista del proletariado.

Luego del tirón de orejas, Mao apuntaba la solución. La literatura y el arte, sus practicantes, en suma, tienen una gran influencia en la política, lo que, a su vez, les exige estar dispuestos a subordinarse a ella. Sólo cuando hayan entendido este principio, es decir, cuando se muestren decididos a someterse a la voluntad de las masas expresada por el partido de vanguardia, podrán los intelectuales contribuir a la tarea de dirigirlas: «Sólo podemos moldear el Partido y el mundo a imagen de la vanguardia proletaria. Esperamos, pues, que nuestros camaradas de los círculos artísticos y literarios caigan en la cuenta de la seriedad de este gran debate y se unan activamente a la lucha, de forma que cada uno de ellos demuestre su solidez y nuestras filas aparezcan unidas y compactas en ideología y organización», concluía el más rojo de los soles rojos.

La lectura de los extractos del discurso de Xi Jinping (no se ha publicado entero) debería llevar a las mismas conclusiones: hay que cerrar filas en torno a las decisiones del Partido en tiempos difíciles. Pero el lenguaje es mucho menos decisivo, mucho más cursi: «Los trabajadores del arte y de la cultura tienen que avanzar con la bandera de los valores socialistas»; o «tenemos que convertir al patriotismo en la principal melodía de la creación literaria y artística»; o «debemos establecer y defender conceptos correctos en historia, en la vida de la nación o del país o en la cultura y robustecer la firmeza y el orgullo de ser chinos» son formulismos que hubieran encrespado a Mao. A pesar de seguir exaltando la necesaria dirección de la elite comunista, dan por sentado que todos los chinos tienen las mismas necesidades y los mismos fines, es decir, que la lucha de clases se ha esfumado.

Y por la caridad entra la peste.

28/10/2014

 
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