Casas de baños (I)

por Julio Aramberri

«¿Has estado alguna vez en una casa de baños? ¿No? Pues te voy a llevar. Hay que conocerlas», me decía un colega universitario en una de mis primeras visitas a Dalian. «¿Para qué quiero yo una casa de baños? En el apartamento que me dais en la universidad tengo una ducha estupenda. Por cierto, también tengo dos retretes. Nunca he sabido por qué. ¿Acaso es uno para las horas del día y el otro para las de la noche? ¿O uno de verano y otro de invierno? En cualquier caso, con tanto equipo higiénico, ¿para que tendría que ir a una casa de baños?» «Bueno, ante todo, lo de los retretes. Tu apartamento está en el edificio internacional en que alojamos a los profesores visitantes y también a estudiantes extranjeros que vienen a aprender chino. Los estudiantes, rusos sobre todo, pero también unos pocos japoneses, pagan buen dinero por residir allí, así que tenemos que estar atentos a sus necesidades. Habrás visto que los apartamentos tienen dos dormitorios. En general, los rusos y otros extranjeros no crean problemas con los baños. Pero los japoneses, especialmente las mujeres, se niegan a compartir retrete con sus compañeras de cuarto. Ya sabes que las japonesas son muy quisquillosas con su higiene corporal. Así que tuvimos que poner dos retretes en los apartamentos del ala japonesa que es donde tú estás». «Gracias por revelarme un nuevo secreto; pero ahora me dejas sin distracción para los ratos de insomnio. Tendré que contar ovejas en vez de devanarme los sesos con el misterio de los dos retretes. ¿Van las japonesas a las casas de baños? En España había muchas cuando yo era niño, pero hoy han desaparecido casi por completo». «Bueno, deja de incordiar. Yo qué sé si las japonesas van allí o no, pero a los chinos nos resultan imprescindibles. Piensa que hasta hace muy poco no había baños ni duchas en las casas y que en los hutong (viviendas comunales) los retretes había que compartirlos. Y eran un muladar. Todavía hoy mucha gente vive así. Pero las casas de baños son atractivas hasta para los que vivimos en apartamentos nuevos, a la occidental, porque sus instalaciones son mucho mejores que las de casa. Ya verás. Mañana, después de cenar, nos vamos a una que me gusta bastante».

Día siguiente sobre las siete de la tarde. «Dime, ¿y ésas qué hacen aquí?», le pregunto a mi amigo. Estoy refiriéndome a varias chicas jóvenes que se pasean entre los butacones de descanso del primer piso de la casa ofreciendo servicios que uno no pensaría encontrar en un lugar como el elegido por mi colega. Su casa de baños favorita era un edificio de unos cinco pisos, gris y adusto, sin más adorno exterior que un letrero de neón en caracteres chinos que decían algo así como luz de atardecer, rocío primaveral, rama de mirto, en fin, uno de esos nombres que suelen darse también a las mujeres del país y en los que sólo una imaginación muy ardiente podría encontrar connotaciones eróticas. Tampoco las tenía el barrio, de aspecto mayormente mesocrático (pequeños comercios, restaurantes familiares, hoteles de cuatro estrellas, sucursales bancarias), pero con un punto de distinción en algunas de las casas cercanas, supervivientes de la ocupación japonesa de Manchukuo, con sus fachadas neoclásicas rematadas en un pequeño cimborrio. Cuando llegamos a la recepción, el ambiente acartonado se hizo algo más cálido porque, además de nosotros, hacían cola para entrar varias parejas mixtas de diversas edades, cuya relación obviamente no era flor de un día. Algunas iban acompañadas por niños y niñas preadolescentes.

Una vez pagada la entrada, los sexos, perdón, los géneros se dividían, con una puerta para mujeres a la izquierda y otra para hombres a la derecha. Las niñas acompañaban a sus madres y los niños menores de ocho años también. El resto se iba con sus padres escaleras abajo, al sótano en que estaban los baños de los hombres. Mi colega tenía razón: eran estupendos. Los vestuarios, amplios y confortables, estaban equipados con taquillas provistas de un cierre electrónico que se activaba con la llave que nos habían dado a la entrada. «Póntela en una muñeca –me dice el colega– como si fuera una pulsera». «¿No podría meterla en el bolsillo del bañador? Sería más cómodo. Porque aquí nos darán un bañador, ¿no?» «Qué bañador ni qué bañador. Tu desnúdate y mete tu ropa en la taquilla». Lo hago y uno de los empleados uniformados que pululan por el vestuario la guarda y me pasa una toalla diminuta, pero no un bañador. «No es por presumir, pero con esto no puedo taparme», farfullo con un hilo de voz. «¿Quién quiere que te tapes? Aquí, salvo los empleados, todo el mundo va en cueros. Anda, anda, pasa a los baños», y me empuja más allá del umbral que los separa de los vestuarios.

Lo que él llamaba baños eran algo muy parecido a nuestras saunas. A la izquierda había un caldario seco, de amplias dimensiones, porque estábamos en China y, como en todas partes en ese país, había allí mucho personal; a la derecha, un baño turco no menor y entre ambas instalaciones cinco piscinas de diferentes dimensiones y temperaturas, desde cuarenta hasta unos diez grados. El resto de las paredes de aquella gran sala lo ocupaban unas duchas que me revelaron por fin la utilidad de las toallitas: los otros usuarios las empleaban para frotarse minuciosamente todo el cuerpo, sentados en unas sillitas diminutas sobre las que caía el agua de la alcachofa y cuyo caudal ellos aumentaban con el de una palangana que llenaban en un grifo próximo antes de echársela por la cabeza. Lejos de los tres o cuatro minutos que, según estadísticas, la mayoría de los occidentales empleamos en ducharnos, allí tardaban diez o quince en asearse antes de usar la sauna, el baño turco o las piscinas. Después de acabar, una nueva ducha de duración similar o mayor. Entretanto, en unas mesas de descanso podía encargarse té o algún refresco. O, de ser ése el gusto personal, uno se tumbaba en unas camillas en las que unos empleados armados con cepillos de cerdas aspérrimas te dejaban la piel como el culo de un niño. El coste de sus servicios va a la pulsera electrónica.

Una hora más tarde. «Bueno, esto ya no da más de sí. Estoy harto de estar tan limpio. ¿Nos vamos?», pregunto. «¿Irnos? ¿Adónde, a casa? Venga ya. Ahora vamos a tomarnos una copa o un tentempié en el restaurante o a descansar en el salón del primer piso». «Y con qué nos tapamos. ¿Con la toallita? ¿O es que estamos en un campamento nudista?». «El nudismo está prohibido en China. Cuando vienen en verano los turistas rusos y se empeñan en ponerse en la playa como su madre los trajo al mundo, los encerramos en un recinto rodeado de lonas que suben hasta cuatro metros. Ahora te tapas con el pijama que te va a dar el chico de los vestuarios». Y así vestidos, con un trajecito estampado, corto y ridículo, pasamos por el restaurante al que las mujeres han ido llegando desde sus dependencias vestidas de la misma guisa. Los niños juegan, las madres charlotean con sus amigas y los hombres se enzarzan en partidas de cartas o de majong.

En el primer piso hay un gran salón. La luz de la habitación está muy baja, casi en penumbra, lo que crea una sensación de relajo e intimidad. Hay varias hileras de butacones enormes, comodísimos, con una otomana a los pies. Del brazo izquierdo brota la pequeña pantalla de un televisor de plasma. El derecho acaba en un receptáculo en el que pueden ponerse las bebidas que traen del bar con cargo a la llave electrónica y hay un cenicero para los fumadores. Hace unos años fumar era en China una ocupación natural de los hombres y nadie protestaba por el olor de humo rancio que solía impregnar los espacios comunes. Lo mismo que ahora. Las parejas que han preferido reunirse en el salón descansan plácidamente en butacas contiguas. A veces cogidas de la mano, aunque las demostraciones públicas de cariño no están bien vistas en el Imperio del Centro; o chismorrean; o descabezan una siestecita. Los niños alborotan lo suyo, pero nadie protesta mientras corretean o meten la cabeza en tu televisor. Cuando te dejan en paz, compruebas que los canales que pueden verse son exclusivamente chinos. Tomas de algún gerifalte comunista inaugurando una presa, una autopista o un tren de alta velocidad; mesas redondas; atroces varietés; un chef que explica cómo hacer cerdo agridulce; algún acróbata. La salvación, en mi caso, era el antiguo canal 9, dedicado en exclusiva a la ópera de Pekín. Me encanta. Nunca sé por qué, pero los cantantes que entran y salen de escena sin tregua me fascinan. Ahora largan un aria y al poco vuelven con otra que me suena idéntica. Tal vez tanto trajín circulatorio les permita descansar del estruendo desenfrenado que organiza la percusión que acompaña sus cantos. Las barbas de los generales que en ningún momento intentan demostrar que no son postizas me resultan tan hechiceras como el complicadísimo maquillaje de las sopranos que hacen unos gorgoritos inverosímiles. El sonido sale de las orejas del sillón, invitando a reclinar la cabeza y cerrar los ojos.

Al fondo del salón hay una pantalla por la que pasan anuncios escritos que acaban en un precio. «¿Qué dicen?» Y mi colega lo explica con santa paciencia. «Los precios son el coste de los servicios adicionales al uso de los baños. Aunque no es fácil, mira a tu alrededor. ¿No ves que a tu lado pasa gente vestida como si fueran enfermeros y enfermeras? Esos hacen las uñas o dan masajes de cabeza o de pies aquí mismo, mientras estás sentado en el sillón. Si te fijas más, distinguirás que también pasan muchachas jóvenes vestidas con dos uniformes diferentes, uno como una bata de laboratorio y el otro un traje de colores vistosos igual para todas. Las chicas llevan también un broche con su número sobre el hombro izquierdo. Las de las batas son masajistas y su número en esta casa empieza con un cero. Si quieres un masaje, llamas a una de ellas, que te llevará a una habitación en el piso de arriba y te dará un shiatsu. No te equivoques. No les pidas un final feliz, porque se negarán. Su profesión son los masajes, nada más. Los servicios se los pagas con cargo a tu llave electrónica. El número de las de los trajes de colores vistosos empieza con un doble cero por aquello de las chicas Bond». «Ya. Me había imaginado algo sobre ellas, pero ahora dudo del porqué de ofrecerse así, entre parejas y niños… Dime, ¿y ésas qué hacen aquí?»

La respuesta, como en las novelas por entregas, la semana que entra.

18/02/2014

 
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