Artes marciales (II)

por Julio Aramberri

Los chinos son esdrújulos. No lo digo por sus palabras monosilábicas, que lo harían imposible. Tampoco porque entre ellos haya odontólogos, paleontólogos, filatélicos, otorrinolaringólogos o, por supuesto, sifilíticos. Gente así la hay en todas partes. Si los creo esdrújulos a los chinos es por su forma de razonar y comunicarse. Porque son enigmáticos, esotéricos, problemáticos, incógnitos, herméticos y paralelepipédicos. Hace unos días le preguntaba a mi profesora de mandarín, que es joven y, en mi opinión, muy atractiva, cómo se avanza en una relación con una mujer que le gusta a uno. «Pongamos que quiero invitarte a tomar una copa o a cenar mañana. ¿Me dirías que sí o que no directamente?». Sonríe. «Bueno, tómatelo como una hipótesis de trabajo y no te hagas ilusiones. Hablamos en teoría. Si no estoy interesada, nunca diría no directamente, sino algo como esto: “Qué alegría. Muchas gracias. Eres muy amable, pero, mira, mañana estoy muy ocupada. Tengo que cenar con mi madre”». Trago saliva. «Bueno, y ¿si sigo “Ya, ya. Yo estoy libre pasado mañana y al otro. ¿Nos vemos uno de esos dos días?”». Continúa con el guión. «Diría: “De verdad, es una pena. Pasado mañana me han invitado a un concierto y al otro he quedado para ir al cine. Tal vez la semana próxima. Llámame”. Y, si no eres un mendrugo, te habrás dado cuenta de que no pienso verte ni en pintura. Ya no llamarás más». «Vale. ¿Y qué pasaría si, en vez de esquivarme, te apetece verme? ¿Me dirías que sin más?». Vuelve a sonreír. «Cómo sois los occidentales. Todo blanco o negro. ¿Cómo piensas que iba a decírtelo abiertamente? ¿Para que creas que estoy lela por ti y me invites a tu apartamento y no precisamente para cenar? Te diría algo así como: “Qué alegría. Muchas gracias. Eres muy amable, pero, mira, mañana estoy muy ocupada. Tengo que cenar con mi madre”». Me quedo de piedra. «Pero Jing, eso ya me lo has dicho antes para preparar el finiquito». Ahora se ríe. «Ten paciencia, hombre. Llámame otra vez. Y no pongas esa cara de pánfilo». Pánfilo, recuerdo, es una palabra esdrújula.

Lo cuento porque he estado buscando cosas para ilustrar al lector sobre tai chi y así compartir mi propia pasión senil; un poema, una conseja, un sucedido, algo que mostrase apodícticamente sus ventajas. Y esto es lo que he encontrado. En tiempos de la dinastía Qing había en un pueblo del sur un campesino acomodado que se llamaba Wang Yuanwai. Un día lo sorprendió en su granja una cuadrilla de bandoleros y le conminaron a entregarles su dinero y sus joyas. Wang les entretuvo y mandó un mensajero a Chen Suole, un maestro de tai chi, que vivía allí cerca para pedirle ayuda. Chen no estaba en casa, pero sí sus hijos Chen Shenru y Chen Xunru, que tenían quince y dieciséis años, respectivamente. Los chicos aconsejaron al enviado que Wang diera de comer y, sobre todo, de beber en abundancia a los bandidos mientras discutían los detalles de la entrega. Esa noche se llegaron a casa de Wang, que les anunció que los ladrones, unos veinte, estaban durmiendo la borrachera. Así que se fueron al granero en que roncaban, apagaron las lámparas de aceite con que se alumbraban y formaron un gran estruendo, mientras Xunru gritaba: «Tirad las armas, insensatos. Rendíos. El dios número uno y el dios número dos os van a dar vuestro merecido». Y los bandidos huyeron despavoridos. «Bueno –dirá el lector–, ¿y qué demonios pinta el tai chi en esa historia?». Eso mismo quisiera saber yo. Atónitos andamos ambos, atónitos, que es también una palabra esdrújula.

La primera complicación con el tai chi para los que no escribimos con caracteres chinos es la ortografía. Tai chi, al parecer, es una expresión sin demasiado sentido con la que los occidentales nos referimos a algo que se llamaba t’ai chi ch’uan en la transliteración, ya en desuso, de Wade-Giles y que, hoy, en la del pinyin es taijiquan («puño supremo», o «boxeo definitivo», o algo así). Tai chi o taiji, a secas, no significan gran cosa; apuntan sólo a algo superior por oposición a todo aquello que sea wuji (algo que no es por completo supremo). Mucho cuidado, además, porque el ji en taiji no tiene que ver con qi, que, aunque se pronuncie de forma muy parecida, es otra cosa. Si yo supiese escribir los caracteres correspondientes y mi lector leerlos, todo esto quedaría tan claro como el agua de un río truchero, pero ni una cosa ni la otra. Qi es la energía primordial que está en la sustancia de todo lo existente, aunque se comporte de forma diferente según sea yin o yang. A veces yin y yang son extremos excluyentes dentro del qi, otras veces complementarios. En la mayoría de las cosas predomina uno de los dos y eso es lo que hace que sean como son. Pero eso no quiere decir que esas formas sean supremas, porque entonces serían ji. ¿Lo han entendido? Yo no, y eso que he tomado estas nociones de Wikipedia, que entre las ratas de ordenador ha sustituido con muchas ventajas a la vetusta mente divina. Sigo, pues, impertérrito en mi ignorancia, es decir, esdrújulo.

Taiji, pues, no debe confundirse con qigong, que sí tiene que ver directamente con el qi (significa «cultivo del qi o energía vital»). La cosa se complica, empero, porque los elementos fundamentales del qigong son la respiración, la flexibilidad corporal, la concentración mental y la meditación, que definen también al taiji. Antes de pensar seriamente que ha perdido la razón, el lector puede encontrar un punto de apoyo que le reconforte. Qigong puede también escribirse como chi kung y ahí surge la luz de un nuevo amanecer. El kung de chi kung es el mismo que aparece en kung fu o qongfu, una forma de referirse a las artes marciales chinas en general. La mente puede ahora solazarse en regiones menos hiperbóreas.

Quede, pues, claro tras de tanto circunloquio. Taiji es, ante todo, un arte marcial, algo que fortalece el cuerpo y la mente, una parte del qongfu genérico. Porque, para los chinos, las artes marciales no se definen, sobre todo, por su objetivo de defenderse o atacar. Son un estilo de vida que gira en torno al entrenamiento, al esfuerzo por mejorarse a uno mismo, a la práctica de rutinas que se consideran beneficiosas para el equilibrio personal. En Dalian, cuando salgo de paseo sobre las siete de la mañana, el parque de Xinghai rebosa de grupos de gente, sobre todo de la tercera edad, que se dedican a mejorar su taiji. Ni están locos ni son por naturaleza agresivos, aunque alguno habrá. Pura y simplemente, quieren mantenerse en forma mientras el cuerpo aguante. No hay, pues, más allá de la selva semántica, ninguna otra finalidad oculta, pérfida o iniciática.

No recuerdo haber leído la cosa en Joseph Needham, pero, tal vez, entre las muchas contribuciones de China a la ciencia, también deba de estar la de haberse adelantado al psicoanálisis. Me explico. A menudo, cuando me invitan a un banquete chino, veo que mi compañero de la derecha se abstiene de probar este o aquel plato. Si le pregunto por qué, suele explicar que tienen mucho yin o mucho yang, más de lo que a él le conviene. Vamos, que no le gustan, pero no quiere que la cosa quede como una mera opción de su real agrado y trata de darle un fundamento objetivo. Tal que Freud con la interpretación de los sueños. Lo hiperbólico de esta justificación, como el taiji mismo, no deja de tener sus ventajas. Ante todo, le evita a uno el dar explicaciones. Y, de paso, le pasa la carga de la prueba al interlocutor, al paciente o, en el caso de mi profesora, al pretendiente.

Bárbaro. Hiperestésico. Esdrújulo.

04/02/2014

 
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