Amazing Thailand

por Julio Aramberri

La crisis política que vive Tailandia se ha agravado enormemente desde el pasado mes de noviembre sin suscitar demasiado interés en España. No es novedad que nuestros medios y la opinión pública no atiendan a los acontecimientos de Asia, con excepciones para China o Japón. Tailandia evoca mayormente imágenes turísticas de paraíso tropical, cocina exótica y aventuras sexuales a bajo precio que tanto y tan bien han explotado sus promotores con el eslogan Amazing Thailand (Asombrosa Tailandia). Los lectores de las revistas del corazón sabían que el país es una monarquía compuesta por la pareja Bumibhol Adulyadej y Sirikit, que son reyes benévolos y amados por sus súbditos.

Cuando escribo este blog la crisis más reciente aún no ha tenido un desenlace. Lo que ha sucedido hasta ahora puede describirse en pocas palabras. Tras una serie de amplias manifestaciones en Bangkok, el gobierno libremente elegido en 2011 por una amplia mayoría de tailandeses y tailandesas se ha visto obligado a convocar elecciones anticipadas. Serán el 2 de febrero, pero los dirigentes de la oposición han anunciado reiteradamente su propósito de evitar que se celebren con todos los medios a su alcance. Saber cuál va a ser el desenlace de este episodio tan enmarañado está fuera de mis capacidades. Lo único que cabe aportar por ahora a quienes se interesan por estas cuestiones son algunas reflexiones sobre cómo se ha llegado hasta este punto.

En 1932, el rey Prajadhipok (Rama VII) otorgó su primera constitución al país que, desde entonces, ha conocido una democracia muy recortada, a menudo interrumpida o anulada, y siempre estrechamente vigilada por los militares. Algún estudioso ha apuntado con una miaja de exageración que, desde 1932 hasta 1992, el golpe de Estado ha sido el procedimiento normal de cambio de gobierno. Durante cuarenta y siete años de esas seis décadas, los primeros ministros fueron militares. Las breves etapas democráticas se originaron, sobre todo, en conflictos inter élites, que a veces contaban con apoyo popular. Entre 1932 y 2007 se han promulgado dieciocho constituciones, una buena prueba de inestabilidad política.

La historia política de Tailandia desde 1932 podría resumirse como la construcción de una democracia ceremonial bajo la hegemonía de una elite ampliada a lo largo de los años por la incorporación de nuevos grupos poderosos, a veces con serios enfrentamientos entre sí. Para Federico Ferrara, en Tailandia, «el verdadero poder político no está en manos de los políticos elegidos, sino que se concentra en una red de altos burócratas, jueces, mandos militares, aristócratas y elites económicas, dirigidos todos ellos por el presidente del Consejo Privado real». Su núcleo inicial radicaba en la casa real y aún se encuentra allí. Personalmente, el rey cuenta con un impresionante patrimonio que la revista Forbes estimó en unos treinta millardos de dólares. La Oficina de Patrimonio Real controla más del cuarenta por ciento de los inmuebles en el distrito de negocios de Bangkok. La figura del rey justo, entregado a su pueblo y sólo atento a los intereses generales, celebrada de consuno por los medios de comunicación tailandeses, contribuye decisivamente a la narrativa legitimista del sistema, apoyada, por si acaso, con un feroz tratamiento penal del delito de lesa majestad que la blinda de toda crítica. No hay muchos más detalles, al menos que me resulten conocidos, sobre la composición del resto de la elite, aunque sepamos que buena parte de sus miembros se formaron dentro del ejército. Durante años la profesión militar ha sido un importante canal de movilidad social, aunque luego muchos de sus miembros la abandonaran al olor de mejores oportunidades de negocios. En cualquier caso, los militares se han convertido en los máximos garantes de este orden político.

Desde 1932 hasta 1992 el sistema funcionó, adaptándose con relativa flexibilidad a los cambios sociales. La coalición original entre burócratas civiles, mandos militares y aristocracia cortesana incorporó sucesivamente, no sin tropiezos, a nuevos sectores generados por el crecimiento económico, al tiempo que la representación parlamentaria adoptaba algunos símbolos de la democracia de masas. Pero la democracia ceremonial se ha hecho crecientemente inestable, porque ese régimen sólo puede funcionar sobre la desafiliación y la pasividad de la mayoría. Hasta finales del siglo pasado, la aseguraba un campesinado inculto que a menudo vendía su voto al mejor postor, pero un creciente bienestar económico ha impulsado a nuevos agentes a defender sus intereses.

La explicación más habitual, también la más banal, de los enfrentamientos políticos en el país desde el golpe de Estado anti-Thaksin en 2006 sostiene que se ha generado por un enfrentamiento de clase entre los campesinos pobres, por un lado, y la oligarquía más sus secuaces entre las clases medias de Bangkok, por otro. Una mirada al mapa electoral del país desde el año 2000 echa abajo esa fantasía. Mientras que el Norte y el Noroeste del país han votado masivamente por Thaksin Shinawatra o sus partidarios, los agricultores del Sur se han decantado por el Partido Demócrata, tradicional defensor de los intereses elitistas. Las clases medias de Bangkok, por su parte, son muy amplias. Muchos de sus miembros aborrecen, sin duda, a Thaksin y sus políticas populistas, pero muchos otros son acérrimos partidarios suyos. No todos los ocupantes del centro de Bangkok en marzo-mayo de 2010 eran campesinos.

Chris Baker y Pasuk Phonpaichit han apuntado una explicación más compleja. El éxito de la economía tai ha sido espectacular. Entre 1985 y 2005 el PIB per cápita se triplicó y la pobreza se redujo hasta un seis por ciento de la población. Pero la incorporación de Tailandia a la economía global, igual que ha sucedido en otros países asiáticos, reposa sobre la demanda internacional y no estimula el consumo interno. Eso explica que todavía un 41% de la fuerza de trabajo esté integrada por campesinos. Muchos de ellos han tenido que bregar con el declive de sus medios de vida, en tanto que otros han emigrado a las ciudades. Pero las ciudades (en realidad, Bangkok, que es la gran aglomeración urbana del país) no tienen mucho que ofrecerles y sólo encuentran trabajo en la economía informal. Al otro extremo, los servicios han crecido y ocupan alrededor de un 15% de la mano de obra. Son precisamente algunos sectores de este grupo, asentado mayormente en la capital, los que han experimentado aumentos de renta que les colocan cerca de sus congéneres de los países avanzados. Su fidelidad a la democracia ceremonial parece marcada por la inseguridad de combinar escasez numérica y privilegios. «Así pues», señalan los autores citados, «al tiempo que Tailandia prosperaba durante la generación anterior, se iba convirtiendo también en un país más desigual». Según sus datos, entre 1964 y 2000, el índice Gini pasó de 0,40 a más de 0,50, mientras que decreció considerablemente en Filipinas, Malasia e Indonesia. Más que la lucha de clases, el trasfondo de la situación actual en Tailandia lo marca el deseo de amplios sectores de participar en los beneficios del desarrollo que Thaksin fue el primero en activar políticamente.

Thaksin Sinawatra gusta de presentarse como un miembro de las clases excluidas, pero en eso hay poco de cierto. Como tantos otros aspirantes al ascenso social, al acabar el bachillerato, Thaksin eligió la academia de policía para proseguir sus estudios y luego consiguió una beca para doctorarse en Estados Unidos. Pero la burocracia no era su mundo y, de vuelta a Tailandia, empezó a buscarse la vida como empresario y se hizo supermillonario con una compañía de comunicaciones. La suya, como la de otros tantos, no fue una progresión basada en nuevas invenciones o en una gestión innovadora, sino en sus buenas relaciones con la burocracia reguladora del mercado de las comunicaciones y en su interacción con las compañías extranjeras que aportaban la tecnología. Nada de eso podía conseguirse sin participar a fondo en la corrupción organizada de las redes decisorias. Al tiempo que amasaba su fortuna empresarial (en 2006, Forbes la estimó en 2,2 millardos de dólares), Thaksin iba colocándose en la parrilla de nuevos políticos. Desde este punto de vista, podría decirse que sus enfrentamientos con otros grupos de la elite no eran sino una nueva representación de conflictos similares anteriores. Las críticas iniciales de Thaksin a la democracia ceremonial no ponían en cuestión sus fundamentos, sino su gestión. No tuvo, pues, empacho en que lo nombraran ministro de Exteriores en 1994 y vicepresidente del gobierno en 1997.

Parece poco verosímil que Thanksin y muchos de sus colaboradores quieran convertir a Tailandia en una democracia sin adjetivos, pero no hay duda de que sus muchos millones de votantes han hecho suyo ese objetivo. Tras la democracia ceremonial se escondía y se esconde una firme voluntad de grupos de interés tan poderosos como minoritarios por gobernar al país en beneficio propio. Thaksin sacó al tigre de su jaula, posiblemente con la intención de que sólo se diera un paseo. Sus adversarios políticos, empero, tenían buenas razones para pensar que la entrada en escena de la fiera iba a darles más de un disgusto, así que convenía devolverla cuanto antes al encierro del que nunca debería haber salido.

Pero la operación se ha revelado mucho más difícil de lo previsto. Tras el golpe de 2006, los partidarios de Thaksin volvieron a ganar las elecciones en 2007 y 2011. Con una serie de maniobras burocráticas y parlamentarias, los llamados órganos independientes (léase, del parlamento) impuestos por la constitución de los golpistas (Consejo Constitucional, Junta Electoral y Unidad Anticorrupción) consiguieron sacar del gobierno a los «camisas rojas» en 2008. En 2010, la represión de sus protestas en demanda de nuevas elecciones se saldó al final con más de noventa muertos y dos mil heridos. En noviembre de 2013, y con mejores razones para su movilización que en anteriores ocasiones (véase el blog Otro ciclón en Tailandia en esta serie), los adversarios de ensanchar la franquicia política han vuelto a la carga con todos los medios, por otra parte amplísimos, que tienen a su alcance.

El desenlace, en las próximas semanas.

14/01/2014

 
COMENTARIOS

Fernández 14/01/14 22:21
Lo siento, pero lo de tailandeses y tailandesas es demasiado. Ahí me quedo.

Carlos Campos 19/01/14 12:14
Un artículo interesante y con cita de fuentes. No es muy normal, y se agradece. Echo en falta un poco de la ironía habitual en el profesor Aramberri, aunque el tema no resulte idóneo para ella. Lo de tailandeses y tailandesas (tan políticamente correcto como gramaticalmente chirriante), me lo tomo como un gesto desenfadado por parte del autor.

Alejo 30/01/14 11:45
Para una visión alternativa (o complementaria) al Sr Aramberri:

http://www.atimes.com/atimes/Southeast_Asia/SEA-02-130114.html#.UunQY-Z9qss.twitter

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