¡Usted, sí, usted! ¡Identifíquese! (y II)

por Rafael Núñez Florencio

La verdad es que las consideraciones anteriores sobre la identidad me surgieron el otro día, después de ver en el Teatro Español de Madrid el montaje que ha realizado en castellano Josep Maria Flotats de la comedia dramática de Jean-Claude Grumberg Serlo o no. Para acabar con la cuestión judía. Dos personajes –vecinos− se encuentran, uno subiendo y otro bajando, o viceversa, en la escalera de la casa que habitan. Un escenario –la escalera, el descansillo, el portal− que va a mantenerse invariable a lo largo de la función, ámbito único de los encuentros físicos y desencuentros (en casi todo lo demás) de los dos únicos personajes de la representación. Podría decirse que la obra empieza en el más puro estilo cómico, con un diálogo chispeante, lleno de equívocos y un tanto vodevilesco. Pudiera decirse eso si no fuera porque la frase inicial tiene unas resonancias culturales y políticas que la asemejan más a un disparo que al comienzo de un vodevil: «¿Es usted judío?»

Por ello mismo, inevitablemente, la reacción del interpelado es ponerse en guardia. Al principio, ganar tiempo, como si no hubiera escuchado bien, como si se hubiera producido un malentendido. ¿Cómo dice? ¿Habré oído mal? Cuando ya no hay duda de que la pregunta ha sido la que ha sido, antes de contestar aún caben algunos recursos: ¿Por qué lo pregunta? ¿Qué quiere usted saber? La actitud de quien pregunta se parece mucho a la del agente antidisturbios que les mencioné en la entrega anterior: «¡A ver, usted! ¡Sí, usted! ¿No me ha oído? ¡Identifíquese!» El margen de maniobra del interpelado se reduce considerablemente. Siendo absurdo o inviable en ambas circunstancias decir que «Sólo hablaré en presencia de mi abogado», únicamente cabe afrontar la cuestión de la identidad cogiendo el toro por los cuernos. O sea, sacando el carnet de identidad en uno de los casos, o contestando a la pregunta impertinente en el otro.

En la obra de Grumberg, el protagonista encarnado por Flotats –que efectivamente es judío, alter ego del propio autor− se permite antes del propio reconocimiento una pirueta sarcástica, ayudado por la torpeza de su interlocutor. Cito de memoria, en términos aproximados: «¿Por qué dice usted que soy judío? ¿Por qué cree que soy judío?» «¡Porque lo dice Internet!», responde el otro. «¡Ah, bien, si lo dice Internet…!» El tono y la gesticulación de Flotats son muy efectivos para desencadenar aquí las carcajadas del público. Si lo dice Internet, ya no hay más que hablar. La risa no anula la percepción de una realidad desasosegante. La identidad nos la adjudican los otros. En este caso, un monstruo omnipresente como Internet decide por nosotros. Internet dice que soy judío. Por tanto, en efecto, sí, lo admito, no me queda ya otro remedio: ¡soy judío!

Como les decía en la primera parte de esta reflexión, parece que hemos llegado al final y ni siquiera hemos empezado. En efecto, soy judío. Esa es mi identidad. Primer problema: ¿es realmente esa mi identidad? ¿Me define la condición de judío? Si me define, ¿lo hace de un modo pleno y excluyente? ¿Debo decir, por tanto: soy judío? Si tengo que decir lo que soy, ¿debo usar el concepto judío antes, por ejemplo, o por encima de mi condición de francés, heterosexual, casado, dramaturgo, intelectual y no sé cuántas otras cosas más? Aun en el supuesto de que me ponga el mundo por montera y grite a los cuatro vientos que sí, que soy judío, que esa es la identidad que me define, no hemos avanzado nada. La obra de Grumberg lo pone de relieve de modo explícito y hasta recurrente: ¿qué es ser judío? ¿En qué consiste ser judío? ¿Qué es lo que caracteriza, lo que distingue, lo que individualiza el ser judío? ¿La religión, la etnia, la cultura, las costumbres? ¿El hecho de estar circuncidado?

Puede parecer que estamos rizando el rizo, pero nada más lejos de la realidad. Sobre todo de la realidad concreta, de la experiencia trágica de cientos de miles, quizá millones, de judíos europeos en el siglo XX. Aquellos que estén familiarizados con la historia y la literatura de la pasada centuria, recordarán bien ese elemento estremecedor que se repite en tantos y tantos testimonios de la época. El antisemitismo exacerbado en general y la persecución nazi en particular son los factores que llevan a innumerables personas a tomar conciencia de su condición de judíos. Eran judíos, pero casi no lo sabían. No eran conscientes de ello. No vivían como judíos, no se sentían judíos. Muchos no eran religiosos, ni hablaban yidis, ni conservaban sus lazos ancestrales. No se consideraban distintos de sus conciudadanos alemanes, austríacos, franceses o polacos. La identidad −su identidad− no fue ni siquiera una simplificación elegida y aceptada, sino una brutal imposición venida de fuera. Aunque sea incomparablemente más blanda, es la misma imposición de Internet antes mencionada. A menudo son los otros quienes nos definen. ¡Qué paradoja! ¡Ni siquiera mi identidad me pertenece!

¿Puede hablarse de todo esto con humor? Sí, claro que se puede. El gran mérito de la obra de Grumberg es que lo hace. Trata todos estos temas despertando risas y sonrisas. Eso no quiere decir que sea un gran texto, ni siquiera un buen texto. Sus defectos saltan a la vista desde el primer minuto, empezando por lo fundamental: que sobre el escenario no hay personajes, sino estereotipos. El judío es un intelectual paciente y comprensivo; su vecino, un patán casi analfabeto. El desequilibrio es patente: en los diálogos, uno tiene toda la verdad y el otro representa la ignorancia que ni siquiera es consciente de sí misma. El contraste humano lleva a un maniqueísmo bastante elemental desde el punto de vista ideológico, con implicaciones políticas evidentes: la tesis proisraelí gana por goleada. Y, en última instancia, un esquematismo tan pedestre no puede orillar las reiteraciones: a menudo el diálogo no avanza, sino que cae en el eterno retorno de lo mismo. No voy a seguir, empero, por ese camino, porque no pretendo hacer aquí una crítica del espectáculo, sino algo más personal: tratar –seguir tratando− los temas que me interesan.

Y hay una cosa que me gusta especialmente en la caracterización de la identidad. En un momento determinado, ante la insistencia de su interlocutor, el personaje de Flotats ensaya una definición de judío. Es una definición muy imperfecta, pero, al mismo tiempo, profundamente sagaz. «A ver −le dice el otro−, si usted resulta que no profesa la religión judía, sino que es ateo; si no se viste como un ortodoxo, sino como una persona normal; si ni siquiera sigue los preceptos kosher y come lo que da la gana, entonces…, ¿qué queda de su judaísmo o, más directamente, qué es un judío en su opinión?» Entonces, el intelectual responde con una marcada ironía que judío es el que, siéndolo, no niega que lo es. Obviamente, el otro queda descolocado. ¿Cómo dice? El personaje de Flotats se lo repite en dos o tres ocasiones, casi en plan didáctico. En momentos como este la obra cobra fuerza sin perder su levedad. La identidad, viene a decirnos Grumberg, consiste en asumir libre y racionalmente lo que se es. Soy judío porque he nacido así, hijo de padres judíos. No lo he elegido, obviamente. Pero no tengo por qué rechazarlo. No me siento orgulloso de ello, porque no hay motivo para el orgullo: yo no he hecho nada para merecerlo. Pero por la misma razón no tengo por qué avergonzarme. Ni, por supuesto, tengo por qué negarlo. Sí, soy judío.

Les diré que, personalmente, no sólo asumo ese planteamiento, sino que lo he defendido en numerosas ocasiones al tratar el problema nacionalista. Cuando uno critica el nacionalismo, antes incluso de la consideración desapasionada de cualquier argumento, recibe una andanada, como una especie de enmienda a la totalidad: toda crítica al nacionalismo −dice el nacionalista− se hace en nombre de otro nacionalismo. Aunque tú no lo sepas o quieras reconocerlo, arguye el nacionalista, también tú lo eres. Todos somos nacionalistas. No hace falta que les diga que yo respeto el planteamiento nacionalista si se expone y manifiesta con razones. Pero yo me niego a adscribirme a ese bando. Como el personaje judío de la obra de Grumberg, diré que soy español y no niego que lo soy. No me siento orgulloso de ello, pero tampoco me avergüenzo. Lo asumo. Mi lengua es el español. Conozco otros idiomas, pero, obviamente, prefiero el castellano para expresarme. Disfruto con la literatura en español y me intereso por la historia y el presente de mi país. ¿Me convierte eso en un nacionalista español?

Todo esto remite a otro aspecto importante que también cobra un gran protagonismo en el escenario. En un momento determinado resulta evidente que el personaje de Grumberg-Flotats ha conseguido vencer las incomprensiones y recelos del vecino patán acerca de la condición judía. A partir de ahí, como pasa en tantos iletrados vociferantes en nuestra sociedad, el rechazo se trueca en atracción. Obvio es decir que tan poco fundamentada es esta última actitud como lo era la hostilidad inicial. Se trata tan solo del típico vaivén, el deslizamiento pendular que lleva a tantas cabezas huecas de la A a la Z. Y aquí entra en juego el mecanismo del converso, la afectación, la impostación. El exceso, en una palabra. El vecino aparece disfrazado de judío ultraortodoxo, con todas las señas específicas de identidad (y de diferenciación del resto de los mortales). Mientras que el intelectual −¿ podríamos llamarlo el judío auténtico?− vive su condición y su identidad con discreción, sin alardes de ningún tipo, el vecino que acaba de convertirse al judaísmo necesita hacer ostentación de su nuevo estado: ¿su nueva identidad? No es ya sólo salir con la kipá, sino adornarse de todos los elementos que delimitan su territorio identitario, con la indumentaria negra, sombrero del mismo color y hasta tirabuzones. Como pasa con todos los conversos, hasta se permite en un momento dado pedir explicaciones al otro por su escasa judeidad, desatando naturalmente las risas del público. Pero, si tenemos en cuenta las lecciones de la historia, es una risa amarga, espejo de la condición humana: reír, sí, para no llorar.

El monólogo final de Flotats eleva el nivel de la obra y dignifica lo que podía haber quedado en simple comedia fallida. Sin perder del todo el tono humorístico, pero con un registro progresivamente grave (hasta casi hacer saltar las lágrimas), Flotats habla directamente en nombre del propio Grumberg y este hace una especie de apunte biográfico que encierra una profunda lección sobre el tema de la identidad. Su nieta (de piel negra por azares del destino) elige como tema de investigación… ¡el Holocausto! La vida discurre trazando meandros insospechados. Pero, a pesar de ellos, el ser humano puede encontrar o elegir su identidad, no de forma gregaria, como parte de un rebaño, sino como resultado de una decisión racional, consciente, meditada. No se trata de ser a toda costa lo que otros han decidido o nos han asignado. Se trata, simplemente, de llegar a ser lo que queremos ser. Con ese tipo de identidad no tengo inconveniente en identificarme.

24/11/2016

 
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