¡Usted, sí, usted! ¡Identifíquese! (I)

por Rafael Núñez Florencio

Mi primera experiencia política no fue correr atropelladamente delante de los grises, como sucedió a tantos de mis compañeros de los primeros cursos de Filosofía y Letras de la Universidad de Sevilla. Lo mío fue algo no sé si más nimio, más sutil o más alambicado. Les cuento. Si no recuerdo mal, se cumplía por aquellas fechas el primer aniversario de la revolución portuguesa, ya entonces «la revolución de los claveles». Nos corría un escalofrío tarareando Grândola, Vila Morena, adorábamos a Otelo Saraiva de Carvalho, mitificábamos el Movimento das Forças Armadas −el ejército al servicio del pueblo− y, por si fuera poco, nos complacíamos en aquellas imágenes idílicas de claveles en la bocacha de los fusiles.

Debía de ser, por tanto, el 25 de abril de 1975. Mientras nuestros vecinos peninsulares disfrutaban, pues, a esas alturas de un año de libertad, nuestro dictador seguía en pie, a pesar de la flebitis, y sin síntomas claros de que la estaca cayese, o ni siquiera decayese. A alguno de los grupúsculos izquierdistas que pululaban por la facultad no se le ocurrió mejor idea para celebrar la efeméride que, antes de la mani de rigor, repartir claveles rojos para que nos los pusiéramos cada cual donde pudiese, pero siempre desde luego en sitio bien visible. (Aclaro, aunque sea superfluo, que la mani no pasaba de ser una especie de salto que era disuelto en cuestión de minutos por las bien pertrechadas fuerzas represivas).

Estando como estaba el centro urbano tomado por los antidisturbios, a mí aquello no me pareció en principio la mejor de las ideas, porque era como enfrentarse a un francotirador dibujándose un corazón rojo en medio del pecho. Además, perdónenme, eso de los claveles en los ojales, o donde cupieran, le daba al asunto, en mi opinión, un toque cañí: me traía a la mente la famosa canción de María Dolores Pradera y, en cualquier caso, me parecía un tanto ridículo, un poco como disfrazarse de Lola Flores. Pero, visto que todos mis compañeros –los engagés, claro− acataban la consigna (y las chicas lo hacían además de modo ostentoso, en pleno escote), no me iba a poner purista ni, mucho menos, a arriesgarme a dar una nota de tibieza o cobardía. Así que cogí el clavel y me lo puse entre los botones de la camisa, sobresaliendo la flor hasta el punto de hacerme cosquillas en la garganta. Un cromo. Sólo me faltaba el sombrero de ala ancha para irme a la Feria.

Tampoco hacía falta ser un genio para adivinar lo que iba a pasar. No recuerdo cómo, pero, al poco de salir del recinto universitario, en plena avenida (entonces de José Antonio), frente a la catedral, nos vimos rodeados o, mejor dicho, flanqueados por dos hileras de grises. Con admitir que eran más ellos que nosotros, queda dicho todo. Además, frente a los nuestros, inermes o, a lo sumo, armados de claveles, ellos habían desenfundado unos impresionantes vergajos negros. Un combate desigual podría decirse, si realmente hubiera habido alguna oportunidad y no una sucia refriega en la que unos ponían los palos inmisericordes y otros quedaban deslomados. Al final la cosa quedó en algo parecido a una fila india –la nuestra−, que, según avanzaba, iba recibiendo una acongojante tunda de palos, literalmente a diestro y siniestro.

Bastaba simplemente que los agentes constataran la presencia del clavel famoso para que descargaran toda su furia en las partes del cuerpo que fueran más vulnerables. Antes de que me llegara el turno tuve la sangre fría, o la suerte, de poder deslizar mi clavel por el bolso abierto de una compañera: se llevaban entonces unos bolsos rústicos, muy grandes, sin cremallera. Acababa de deshacerme del arma del crimen cuando un gorila de cerca de dos metros me dio un empujón que casi me tumba, al tiempo que me gritaba amenazante: «¡Identifíquese!» Debí de poner cara de bobo, porque antes de que hubiera hecho el más mínimo movimiento, la voz tronó de nuevo, ahora más impaciente: «¡Usted! ¡Sí, usted! ¿No me oye? ¡Identifíquese!» Lo más rápido que pude saqué mi carnet de identidad y se lo enseñé al agente. «¿Qué hace aquí? ¡Vamos, váyase! ¡Circule! ¡Circule!»

Todo había sido tan rápido, y yo estaba con las piernas tan temblonas, que me costó un rato hacerme cargo de la situación. No podía creer que me hubiera librado de la quema. Por un extraño mecanismo psicológico, el grito destemplado del agente resonaba una y otra vez en mi cabeza, como si estuviera rebotando entre las paredes de mi cráneo: «¡Identifíquese! ¡Usted, sí, usted! ¡Identifíquese!» Estaba tan nervioso que empecé a pensar fruslerías. «¡Identifíquese!» ¿Qué quiere decir «¡Identifíquese!»? ¿Decir «yo soy yo»? No era eso lo que quería el agente, claro. La clave estaba en el clavel. Si tenías el clavel, no te hacía falta identificarte. Ya estabas identificado. Y, por ello mismo, te sacudían una manta de palos. Y luego de los palos, con un poco de mala suerte, o si tenías cara de comunista, te llevaban a comisaría. Se supone que para identificarte mejor. Tres días de identificación: era lo que se llevaba entonces. Entre pregunta y pregunta para saber quién eras y qué hacías –es decir, para identificarte plenamente− te inflaban a leches, de la cara a la entrepierna (vulgarmente, patada en los cojones). También –sigamos con lo del suponer− para que no quedara ninguna parte de tu cuerpo sin identificar.

Ya he advertido que aquello fue –por lo menos en lo que a mí personalmente me afectaba− una tontería, un incidente baladí, pero la experiencia se me quedó grabada y fue durante mucho tiempo un tema recurrente. Luego, cada vez que en alguna situación de la vida alguien –policía, funcionario, guardia de seguridad o hasta conserje de un edificio− me ha interpelado o me ha pedido la documentación con esa o parecida expresión, no he podido dejar de evocar el famoso «¡Identifíquese!» Aunque el celador de turno me conociera, yo no podía decirle –o no era suficiente− «Soy yo, ¿no me ves?» No, tenía que sacar un trozo de plástico que certificaba que yo era yo. Tenía que ser otro, no sé como llamarle: el Estado, la Administración, quien certificara que yo era yo. ¿Es que el Estado sabía mejor que yo mi identidad? ¿De qué me conocía a mí el Estado para asegurar, a los demás y hasta a mí mismo, que indubitablemente yo era yo? Y, en todo caso, ¿adónde nos llevaba esa tautología? Vale, yo soy yo. ¿Y...? Lo que no aceptaríamos en ninguna secuencia lógica o en ninguna otra circunstancia, aquí era válido y hasta definitivo. Yo soy yo, está claro. Ya está. Hemos acabado. Es tan absurdo como el hecho de que el policía me gritara «¡Identifíquese!» porque no llevaba el clavel. El clavel me identificaba. Sin el clavel, necesitaba el carnet de identidad. ¿Y qué decía el carnet acerca de mí? ¿Qué vio el agente en mi carnet que le llevó a dejarme libre en vez de molerme a palos o a detenerme, como a mis compañeros?

Nunca olvidé del todo el incidente y más de una vez lo he sacado a colación cuando explicaba a mis alumnos los problemas de la identidad. Hace algunos años, Fernando Savater publicó un artículo sobre las identidades en el conflicto vasco. Lo tituló, miren por dónde, ¡Identifíquese!. Aunque el contenido propiamente dicho no recogía la razón del título, era obvio que se trataba de un guiño generacional. El imperativo de identificación delata siempre la ausencia o el déficit de libertad. Quienes han vivido bajo una dictadura –bajo cualquier tipo de dictadura− lo saben bien.

No es solo que «tú seas tú», sino sobre todo que «tú tienes que ser tú y ninguna otra cosa más que tú». En determinados ambientes opresivos, eso significa una etiqueta determinada: por ejemplo, tienes que ser vasco y ninguna otra cosa más que vasco. Esa es tu identidad. Tu deber es perfeccionar esa identidad. Tienes que ser buen vasco. Como antes se nos decía, tienes que ser buen español, español de pura cepa. O buen cristiano. Da igual: las etiquetas son intercambiables. Permanece, en cambio, el sustrato, la exigencia. Tienes que ser lo que eres. Si no, eres un traidor, un renegado. Un mal vasco, un mal español, un mal cristiano: da igual. Luego, siempre hay quien se siente llamado a hacer justicia, su justicia: mereces un castigo por no ser lo que deberías ser. Ya saben adónde nos conduce todo eso.

Déjenme que lo diga sin ambages y con la contundencia debida: no existe la identidad. No existe. Yo no soy yo. O, si me apuran, aunque yo sea yo, eso no significa nada. Yo soy múltiples yoes: europeo y español, pero también andaluz y, más concretamente, sevillano; marido, padre, hijo, abuelo, sobrino y no sé cuántos parentescos más; historiador, profesor de filosofía, editor y crítico, pero también viajero impenitente, buen gourmet y, por encima de todo ello, un vago redomado; un cachondo, un sentimental, un pesimista, un maniático, un fabulador y algunas otras cosas más que no revelaré aquí por si alguno de mis amigos o conocidos me lee.

Me resisto a ser lo que los demás me exigen que sea, sobre todo cuando esa exigencia adopta formas conminatorias, expeditivas o contundentes. Me repele igualmente tener que hacer en la vida lo que otros han decidido que debo hacer. Estamos rodeados de organismos políticos, instancias públicas y hasta conciudadanos que ponen todo su afán en encuadrarnos, clasificarnos e identificarnos con una etiqueta excluyente: si eres catalán (buen catalán), no puedes ser español, pongo por caso. En este ámbito, considero que el ejercicio de la libertad individual debe empezar por el rechazo o, al menos, el cuestionamiento de esa jerarquía rígida y preestablecida (por otros) de nuestros múltiples yoes. ¿Por qué va a ser más importante mi nacionalidad que mi profesión? ¿Por qué va a definirme mejor mi adscripción política que mis convicciones morales? Las dictaduras, los integrismos y los fanatismos tienen en común esa aspiración a reducir la pluralidad de identidades de cada ser humano a una sola, socialmente establecida, que se convierte en determinante y, al final, siempre termina siendo motivo o excusa de persecución y exclusión. De esto quiero hablar más tranquilamente el próximo día.

10/11/2016

 
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