Un mundo más divertido (y II)

por Rafael Núñez Florencio

Subrayé en el artículo anterior que este es un terreno minado de paradojas. Ahora tendría que añadir un matiz o una derivada que me parece igualmente insoslayable. Está bien eso de «revolución divertida» –yo mismo me he apuntado sin remilgos al marchamo‒ pero reconozco que usamos esa acuñación sencillamente porque no tenemos otra mejor. Se ha hablado muchas veces en términos alternativos de «revolución pop», pero, por lo menos en lo que a mí concierne, me parece una etiqueta equívoca y en el fondo tan insatisfactoria como la anterior. ¿Qué queremos decir con revolución pop? ¿A qué llamamos exactamente pop? Yo enseguida pienso en Warhol y en toda su patulea y reconozco que no es esa exactamente la realidad a la que quiero referirme.

Sí encuentro en el pop, en cambio, un componente esencial que me parece relevante para lo que deseo señalar. El pop era diversión. Pero, en el momento en que eclosiona, esa diversión presenta una dimensión transgresora. Ya sé, ya sé que van a argumentarme que esa transgresión era muy relativa, epidérmica, insustancial y hasta falsa en último término. Vale, lo concedo. Pero hagamos un esfuerzo para no contemplarla con los ojos de hoy. Si lo vemos desde la perspectiva actual, es indudable que lo que estoy llamando transgresión provoca la sonrisa, cuando no la franca carcajada. Ramón González Férriz, en el libro que me sirve de referencia, menciona la célebre anécdota de Los Beatles cuando actuaron ante la reina madre en 1963: «Lennon pidió la colaboración de los espectadores: que los de los asientos baratos aplaudieran, y que los demás, los ricos, hicieran ruido sacudiendo sus joyas». No cabe, en mi opinión, anécdota más reveladora de la esencia del pop.

Me refiero, claro está, a esa transgresión comedida, la bufonada que hace parecer superior, ese sentirse por encima de todo, pero que no quiere bajo ningún concepto renunciar a todas las ventajas inherentes al medio en que se inserta. Es el desprecio de las convenciones y las pautas sociales, pero poniendo el sombrero (¡a ver qué cae!). Una pose iconoclasta que no se toma nada en serio, empezando por ella misma. Una salida de tono –ma non troppo‒ que pone las reglas patas arriba, pero que al final se guarda siempre la carta de la complicidad con quien tiene el poder, como si le guiñara un ojo y le susurrara en plan cómplice: «¡Anda, no te cabrees! ¿No ves que era sólo una broma?»

Por eso podemos señalar que es revolución, porque no deja títere con cabeza en las convenciones sociales, pero también, por todo lo antedicho, es divertida, porque rebaja la tensión mediante el humor y, así, en el fondo, pretende contar con todos los beneplácitos. Si me apuran, podría decir exagerando un poco (pero sólo un poco) que arrampla con todas las ventajas sin necesidad de cargar con casi ninguno de los inconvenientes. Es un cambio sobre una base firme, esa confortable peana que ofrece el mismo sistema que desprecian. He dicho ese sistema que desprecian ¡y que les paga! Porque el pop y los revolucionarios divertidos viven a costa de esa sociedad que aborrecen y vituperan en sus obras inconformistas y combativas.

Eso nos lleva a una dimensión que interesa mucho a González Férriz y a la que dedica muchas páginas en el libro antedicho: ¿hasta qué punto este movimiento merece de verdad el calificativo de revolucionario? ¿Es esto ‒todo lo que sucede a partir del 68‒ una auténtica revolución, o es más bien una revolución de pacotilla? En términos más serios, ¿qué aportaban estos movimientos sociales y políticos de auténticamente revolucionarios? Ya sé que no debiera decir esto, pero a mí, la verdad, la respuesta que se dé a esta cuestión me interesó mucho en su momento, pero a estas alturas me resulta indiferente. Para contagiarme un poco de la onda frívola, les diré que me recuerda a las célebres polémicas historiográficas acerca de si existió o no una auténtica «revolución burguesa» en la España contemporánea. Dicho de otra manera, enredarnos a estas alturas en la idoneidad de las atribuciones conceptuales me parece tan absurdo como discutir sobre hechos que nunca ocurrieron. Vayamos, pues, a lo que, más allá de las palabras y las proclamas, sucedió realmente.

Los soixante-huitards ‒y toda la pesca que les siguió‒ pretendían aparentemente acabar con el capitalismo. De facto, lo primero y más evidente que consiguieron fue su fortalecimiento. Y de paso, como quien no quiere la cosa, sacaron buenos réditos de ese envite. Se incorporaron al sistema y el sistema les regaló un excelente acomodo en la cúspide. ¿Se creyeron realmente sus consignas o pretendían más bien que nos las creyésemos nosotros? Si es lo primero, entonces no supieron columbrar, como bien señala González Férriz, que la esencia del enemigo capitalista no radicaba exactamente en el conservadurismo de fachada, sino en su menos ostentosa pero más determinante dinámica transformadora. Es decir, que no había más y mejor fundamento del sistema mercantilista que la renovación, el inconformismo, la transgresión incluso. De este modo, los jóvenes agitadores aportaron más madera a la locomotora capitalista. Con sus propuestas rupturistas, tan chocantes primero como plausibles después, consiguieron dos cosas en apariencia –sólo en apariencia‒ contrapuestas: vigorizar el sistema, transformándolo. Se hicieron ricos y famosos a costa de presumir de pobres y rebeldes. ¿Una contradicción? ¡Anda ya!

El sendero de la protesta fue tan rentable que la inmensa mayoría se abonó a él. Otra contradicción en sus términos: el inconformismo poco menos que obligatorio. Los disconformes pasamos de ser una minoría a prácticamente todos. La protesta era la condición sine qua non para conseguir algo, lo que fuese. Por eso las primeras manifestaciones contestatarias quedaron pronto obsoletas. El pelo largo en los varones ‒Hair!‒ se convirtió en fenómeno generalizado. La minifalda, que tanto escandalizó en un primer momento, se hizo casi un uniforme, primero para las más jóvenes y para todas las mujeres más adelante. Las relaciones sexuales se liberalizaron hasta extremos impensables para la pacata sociedad de posguerra. El fumarse unos canutos –y luego algunas cosas más‒ se hizo un rito iniciático que prácticamente sustituyó al tabaco para varias generaciones de adolescentes y jóvenes en las sociedades opulentas. Y así veinte o treinta o cuarenta cosas más que dinamitaron el modus vivendi de las denostadas (de boquilla, claro) democracias burguesas. Como dice González Férriz, estaba claro que los jóvenes del 68 no se proponían acabar con el capitalismo, ni mucho menos, pero consiguieron una cosa nada desdeñable: hacerlo mucho más divertido.

Me apresuro a reconocer un factor que, por otra parte, es casi una obviedad. Cargar todas esas transformaciones en la cuenta de los jóvenes sesentaiocheros (y quienes siguieron su estela) no deja de ser un cierto abuso, con todo lo que ello implica de falseamiento de la realidad. No puede minusvalorarse el papel que desempeñó en todo el proceso la revolución ‒¡otra revolución!‒ tecnológica que vive todo el mundo y en particular el mundo occidental durante la segunda mitad del siglo XX, particularmente acelerada en los últimos decenios. Sin este cambio vertiginoso, muchas de las transformaciones sociales no podrían haberse dado o hubieran sido mucho más difíciles. Pongo un caso que me parece incontrovertible: sin la píldora anticonceptiva primero, y los modernos métodos de contracepción después, la revolución sexual (la disociación entre placer y reproducción) hubiera sido, como poco, mucho más problemática. Lo mismo podría decirse de otras muchas esferas de las relaciones personales y la vida cotidiana, desde las condiciones materiales de subsistencia (equipamiento tecnológico de los hogares) hasta los desplazamientos y las comunicaciones. También en este aspecto la propia dinámica interna del capitalismo vino a servir en bandeja las bases para que pudieran desarrollarse unas actitudes como las que estoy describiendo. Quiero decir que sólo en una sociedad rica, emprendedora y creativa podían darse las condiciones para estos movimientos juveniles.

Cuando vemos películas o documentales de hace tres y cuatro décadas, o cuando leemos las obras emblemáticas del momento, la sensación de naíf es casi inevitable. He oído decir a algunos amigos con manifiesto desdén que «cuesta trabajo tomarse todo aquello en serio». Pero es que, en efecto, no era serio ni pretendía serlo. Era el triunfo de la frivolidad. Pero también en este caso cabría argüir que no debe magnificarse el triunfo sesentayochista. No todo, ni mucho menos, se debe a sus iniciativas. Esa misma frivolidad que acabo de señalar o, en un terreno más amplio, la imparable extensión del hedonismo como ideología dominante no pueden atribuirse sin más a la dinámica de la protesta juvenil. El desarrollo del consumo como pilar fundamental del sistema capitalista proporciona el caldo de cultivo para que todo lo demás fluya en consonancia. Por decirlo más a lo bruto, en el altar del consumismo puede sacrificarse todo. La protesta, el rechazo o la rebelión se convierten a su vez en objetos de consumo. Aún más, la transgresión vende y, cuanto más osada e irreverente, mejor. No descubro nada que no hayan descubierto (y rentabilizado) desde hace tiempo las grandes estrellas de la contracultura.

¿Contracultura he dicho? ¡Menuda antigualla! El solo uso de ese término nos delata como poco menos que alienígenas. No me quiero poner medallas que no me corresponden. Copio literalmente lo que dice González Férriz: «La contracultura goza de tanto predicamento que es un poco raro seguir llamándola contracultura». ¡Y tanto! ¡Hasta se queda corto! La contracultura es, como dice más adelante, «un pedazo importante de la cultura a secas». Yo matizaría que lo que en un momento empezó a llamarse así es hoy en día la parte más exitosa y rentable de la oferta cultural de las democracias avanzadas. La provocación vende. Esta afirmación constituye tal obviedad que el problema hoy día es hacerse un hueco en la cultura de la provocación. Ya se ha dicho y hecho de todo, hasta tal punto que lo difícil es hallar algo que siga provocando. Se ha abusado tanto de nuestras tragaderas –peyorativamente calificadas de burguesas‒ que ya casi nada nos incomoda. No hay valores intocables. Todo es relativo y, por ello mismo, todo nos es un poco indiferente. Hoy en día hasta la derecha más rancia y los sectores conservadores más recalcitrantes apelan en el campo cultural a unas expresiones que hace relativamente poco parecían poco menos que apocalípticas (y que hoy están perfectamente integradas). ¿Qué performance puede escandalizarnos? ¿Qué valores quedan por poner en la picota?

Espero que me entiendan. No intento juzgar si eso está bien o mal. Simplemente digo que es. Y, sobre todo, subrayo que eso mismo nos da la medida exacta del triunfo de esa revolución divertida. Si ampliamos la perspectiva, puede entenderse mejor el cambio copernicano que se ha producido en unas breves décadas. Como dirían en muchos países fuera de nuestra órbita, en Occidente no creemos en nada. No se trata solamente del hedonismo que antes señalaba, sino de algo más profundo, aunque hablar de profundidad cuando se trata de esto constituya una nueva contradicción en sus términos. La perspectiva del consumo como único acicate nos ha llevado a que todo lo que hacemos y pensamos pertenezca al ámbito de usar y tirar. Todo es reciclable en nuestro mundo blando y maleable. La frivolidad es nuestro horizonte cultural, pero el asunto trasciende las meras coordenadas culturales y se convierte en una referencia vital. Según aumenta la esperanza de vida, la antes llamada madurez se pospone como si estuviésemos toda la existencia esperando a Godot. La adolescencia, por ejemplo, antaño un breve período vital, se convierte en un período indefinido y algo así como un comodín. En el fondo, todos o casi todos nos hemos hecho un poco adolescentes sine die. La cultura, la sociedad o la política en su conjunto se han hecho también un poco adolescentes.

A esto se le ha llamado el triunfo del espectáculo. Gran parte de los sucesos que acontecen en nuestras vidas se rigen por las leyes clásicas del espectáculo. Por ello, en primer lugar, y por encima de todo, pedimos diversión. No hay peor calificativo para un político, una película o un programa de televisión que decir que es aburrido. Internet representa precisamente el modelo a seguir: dinámico, versátil, proteico hasta el paroxismo. El triunfo de la imagen sobre la lectura obedece en el fondo a las mismas pautas. De modo inevitable, la forma se impone sobre el contenido: lo importante es que hablen de uno, y si es mal, mucho mejor. Seguro que aumentan de ese modo las ventas. Los nuevos movimientos sociales intentan, por encima de todo, captar nuestra atención con proclamas vistosas, eslóganes imaginativos, iniciativas rompedoras. No les pidamos encima coherencia o elaboración.

La sociedad de consumo es, cada vez en mayor medida, una sociedad ociosa. El ocio no es tanto la antítesis de trabajo como el sinónimo de diversión o entretenimiento. No queremos ocio simplemente para no trabajar, para estar a solas, por ejemplo, porque eso sería tanto como pretender aburrirnos. Ambicionamos, por el contrario, un ocio ameno, jovial, participativo, sorprendente, excitante. La vida en general se nos ha hecho más fácil y cómoda, aunque seguimos quejándonos y, fuera de nuestro ámbito privilegiado, millones de personas tengan verdaderos motivos para quejarse. Pero en nuestra sociedad opulenta son cada vez menos, pongo por ejemplo, quienes tienen que deslomarse trabajando de sol a sol o quienes pasan hambre de verdad. Del cansancio físico hemos pasado al estrés (¡ahora tenemos hasta estrés posvacacional!), del mismo modo que hemos resuelto en pocas generaciones el problema de las hambrunas y no sabemos ahora cómo resolver el creciente problema del colesterol y el sobrepeso. Los que hasta hace bien poco venían a constituir los mayores problemas existenciales –salud, educación, vejez‒ ahora quedan bajo la tutela de papá-Estado, nuestro nuevo protector en la Tierra que nos provee de todo lo necesario de la cuna a la tumba. No es extraño, por tanto, que nos sintamos liberados y, en consonancia, dediquemos nuestros afanes a evadirnos de nosotros mismos y de los residuos serios que aún perduran.

De hecho, si se fijan, el triunfo de la revolución divertida es tan amplio y completo que no es fácil encontrar facetas o espacios donde no haya penetrado como ideología dominante. Conozco bien, por motivos profesionales, el sistema educativo, desde las primeras etapas infantiles hasta los últimos reductos de especialización universitaria. Desde hace varios decenios, hemos aceptado que la educación en general ha de tener un irrenunciable componente lúdico. Frente a la disciplina y la monotonía de la pedagogía tradicional, la moderna pedagogía proclama que uno de los peores pecados del profesor es aburrir al alumno. Si este es renuente a la enseñanza o, directamente, un zote, el problema es del docente, que no sabe motivarle. La aspiración clásica de instruir deleitando incide ahora mucho más sobre el segundo de los términos que sobre el primero: el profesor deviene en una suerte de animador cultural. La enseñanza se rige también por las leyes del espectáculo, con su intérprete y su público. Lo que digo de la enseñanza puedo extenderlo y aplicarlo, como creo que debe resultar obvio a estas alturas, a todo el entramado cultural, la política, el turismo, las comunicaciones o las relaciones personales. Que cada cual se sirva y elija, porque toda nuestra sociedad complaciente y complacida está impregnada de esta difusa tendencia, explícita la mayoría de las veces, implícita todas las demás.

Yo no sé –nadie sabe‒ cómo será el mundo dentro de pocos años, y no digamos ya al cabo de varios siglos. Yo no sé si este será un fenómeno pasajero o perdurable. Sí sé, como historiador, que no ha habido muchos momentos en la historia del mundo en que haya existido algo parecido a esta sociedad divertida. Y cuando los ha habido –en la Grecia antigua, en la Roma clásica o, más cercanos a nuestros días, en las cortes ilustradas del Siglo de las Luces o en los «felices años veinte» del siglo pasado‒ han sido breves y han afectado a sectores muy reducidos de la población. Nada que ver, por tanto, con la extensión en el tiempo y en el espacio demográfico ‒los millones de seres afectados‒ que caracteriza esta sociedad opulenta en la que vivimos. Yo no despotrico de ella. Sería un desagradecido. Aunque mantengamos teóricamente la insatisfacción inherente al ser humano, nos sabemos y sentimos privilegiados en las presentes coordenadas existenciales que nos han tocado en suerte (nunca mejor dicho). Sin ellas como suelo o basamento, nuestra vida tendría un cariz muy distinto. No hemos vencido a la muerte, ni a la desgracia imprevista, ni a otros muchos males, pero hasta cierto punto sí que los hemos domesticado. Nos sentimos seguros en nuestro refugio. Es verdad que el mundo en general sigue siendo un lugar inhóspito, pero nosotros estamos relativamente a salvo. No es extraño, por tanto, que ahora una de nuestras máximas aspiraciones sea divertirnos.

21/09/2017

 
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