Transgresores

por Rafael Núñez Florencio

¿En qué punto convergen el sexo y el humor? Cualquiera de nosotros lo tiene claro a nivel intuitivo, aunque tan solo sea porque nos viene inmediatamente a la cabeza esa modalidad humorística que aquí, en España, llamamos chistes verdes y que en otros países denominan chistes rojos o picantes, o simplemente humor para adultos. El hecho de que este tipo de humor exista en todas partes muestra la universalidad de esa tendencia, pero no por ello resulta más fácil contestar de modo razonado a la pregunta con la que he iniciado este artículo. Además, la dimensión humorística del sexo no se agota en el chiste verde, que es únicamente una expresión –la más epidérmica o, si se prefiere, la más popular‒ de esa consideración jocosa de la actividad sexual de los seres humanos.

Como en otros muchos casos, las relaciones entre sexo y humor se asientan sobre un complejo juego de equívocos. En particular, el concepto de juego me parece aquí determinante. Ya de por sí, en los humanos, el propio mecanismo de atracción sexual se funda en una dosificada mezcla de lo sugerido y lo explícito, con una serie de convenciones y pautas culturales que todos asumimos para poder integrarnos en dicho juego. Un desnudo integral en términos naturalistas no suele parecernos tan atractivo como unas poses determinadas, sobre todo si conllevan una estudiada proporción de destape y ocultamiento. Sugerir se revela aquí mucho más eficaz que entregar. Se ha dicho muchas veces que todos los organismos tenemos que alimentarnos, pero sólo el hombre ha inventado la gastronomía. Del mismo modo, la reproducción sexual es una constante en la naturaleza, pero tan solo el ser humano ha concebido el erotismo.

Ahí puede estar la clave de lo que estamos persiguiendo: porque, en el fondo, la relación no se da entre sexo –que es algo puramente biológico‒ y humor, sino entre este último y el erotismo, que es ya una expresión genuinamente humana. El erotismo es un arte. Como todo arte, cuando está bien ejecutado, contiene y conlleva sutileza y armonía, refinamiento y placer. Y –no nos pongamos trascendentes‒ también unas gotas de humor. Me atrevo a decir incluso que, sin este último ingrediente, el erotismo se esfuma y nos adentramos simplemente en una estricta cuestión biológica, la mera atracción sexual presente en la mayor parte del reino animal. El humor es lo que dota al erotismo –e incluso a la propia pornografía: ya sabemos que los límites son imprecisos‒ de un sentido propiamente humano: copulamos ‒como el resto de los animales‒ pero somos conscientes de que nuestra cópula es también un juego libremente asumido. Buena parte de la atracción sexual viene de que queremos jugar, cada cual con el rol que elegimos.

Todo juego tiene reglas. Esas reglas nos indican cómo jugar, evidentemente, pero también, y sobre todo, lo que se puede hacer y lo que no se puede hacer. Lo que está permitido y lo que está penalizado. El juego sexual no es una excepción, claro está. Pero en él, de modo quizá más patente que en otros ámbitos, se manifiesta la tentación de traspasar las normas. Creo que sin ese desafío a los límites no hay verdadero erotismo. En el ser humano, por lo general, la sexualidad ejercida según pautas rígidas y establecidas conduce a la monotonía. El mandamiento bíblico establece aquello de «No desearás la mujer del prójimo» por razones del todo obvias. Hoy en día habría que modificarlo en aras de lo políticamente correcto, pero no haríamos con ello más que duplicar el mismo significado.

Porque el tabú no hace otra cosa que excitar aún más el deseo. Desde Adán y Eva con la manzana del Paraíso, lo prohibido siempre ha tenido un plus de atractivo, hasta rozar lo irresistible. En el caso que estamos tratando, el sexo se viviría, pues, como transgresión. Si se fijan, de este modo humor y erotismo vuelven a encontrarse de un modo natural. El humor –sobre todo determinados tipos de humor‒ representa también un desafío a las normas, al orden establecido. No es extraño que las tiranías hayan querido proscribir al unísono sexo libre y humor corrosivo como dos brazos de una misma amenaza contra un poder que ansía controlar al individuo. No es casual que hermanemos erotismo y risa como dos vástagos de la libertad: distintos, sí, pero hijos de la misma madre.

Si no lo ven claro, abran las páginas de Libertinos, pornógrafos e ilustrados, un primoroso volumen que han compilado Ana Morilla y Miguel Ángel Cáliz para Ediciones Traspiés. Lo primero y más evidente es esto: que el lector no puede hojear sus páginas sin que sus labios se relajen en una mueca de sonrisa cómplice o, al menos, comprensiva. Contribuye a ello, desde luego, el hecho de que contiene múltiples ilustraciones sumamente explícitas de lo que hombres y mujeres son capaces de hacer cuando abren o flexionan sus piernas. El descubrimiento de esas posibilidades no es precisamente de hoy o de hace unos días. El recorrido empieza con una itifálica figura del Antiguo Egipto, continúa con la imagen de una penetración acrobática de una cerámica griega y sigue con un clásico fresco pompeyano antes de desembocar en el conjunto de escenas que constituyen el grueso del volumen, las procedentes del siglo XVIII, que es definido con justeza como el momento de esplendor del goce sexual como liberación (aquí no hablamos del tratamiento del sexo en la época contemporánea).

Desde luego que en estas páginas se encontrarán los clásicos de todos conocidos: Diderot, Casanova, Sade, Mirabeau... También otros que suenan algo menos, pero que son los responsables de obras fundamentales como Choderlos de Laclos, autor de Las amistades peligrosas, o John Cleland, autor de Fanny Hill. Pero, además de ellos, están otros muchos escritores menos conocidos –Restif de la Bretonne, Andrea de Nerciat, Gervaise de Latouche‒ que contribuyeron con su sátira y osadía a ensanchar el campo del placer. Ahora bien, como subrayan los responsables de la compilación, hay que entender esa nueva concepción de la sexualidad que empieza a abrirse paso trabajosamente en el Siglo de las Luces como «una estrategia de liberación», auspiciada por las mentes más avanzadas de la época. Aunque hoy en día nos resulte lejano, en ese momento –y durante bastante tiempo después‒ el «libro erótico y el libro con ideas ilustradas formaron un tándem». En las bibliotecas de los más conspicuos representantes del mundo ilustrado, junto con tratados de filosofía, antropología, historia y las más variadas ciencias del momento, había un hueco, normalmente secreto, para estos divertimentos.

¿Divertimentos he dicho? Bueno, según cómo se mire. En una época en la que el control eclesiástico era poco menos que absoluto, prestas las garras de la Inquisición para abalanzarse contra aquel que osara desafiar la moral imperante, el divertimento en cuestión podía salir muy caro: detención, torturas, calabozo, la muerte incluso. En muchas naciones, la propia maquinaria del Estado absoluto asumía con gusto esa función de perseguir a los súbditos sospechosos. La delimitación entre la política y la moral era confusa. Al fin y al cabo, ya es suficientemente expresivo que se utilizara el término libertino, que también procede, como es obvio, de libertad, para designar al individuo de vida licenciosa. El conocidísimo caso del Marqués de Sade, que se pasó la mayor parte de su madurez en la cárcel, es sumamente revelador al respecto. Es verdad que Sade fue encarcelado en buena medida por sus actos y no sólo por sus escritos, pero otros muchos episodios revelaban que el poder político y el religioso perseguían con denuedo esta literatura erótica, secuestraban o censuraban libros y condenaban a sus autores. Juzgaban, no sin razón, que lo inmoral, al cabo, podía ser doblemente subversivo.

El libro que me sirve aquí de referencia no es una obra erudita, sino todo lo contrario, un pequeño volumen ‒ciento veinte páginas‒ dirigido al gran público, casi como una breve introducción al tema. Tras unas breves referencias al erotismo en los orígenes de nuestra cultura occidental –Antigüedad grecorromana, el Medievo, el Renacimiento‒, llega pronto a los libertinos ilustrados, que constituirán el centro de atención de ahí en adelante. Afirman los autores que estos libertinos dieciochescos «recuperaron una frescura y una naturalidad que parecía perdida desde hacía siglos». Me parece que la afirmación es demasiado rotunda. La franca exposición de la sexualidad también puede hallarse en las centurias anteriores. Ellos mismos mencionan a Giovanni Boccaccio (Decamerón), a Geoffrey Chaucer (Cuentos de Canterbury) o, más cercanos a nosotros, La Celestina de Fernando de Rojas y La lozana andaluza de Francisco Delicado. Precisamente acaba de editarse un libro, con participación de diversos especialistas, que disecciona de modo erudito los temas y expresiones de la poesía erótica española en el siglo áureo: En la concha de Venus amarrado. Erotismo y literatura en el Siglo de Oro. Lo que sí es verdad y resulta incuestionable es que los ilustrados alzan notablemente el listón de lo que se puede decir y hacer en materia sexual. Aportan, desde luego, «frescura y naturalidad», pero sobre todo, diría yo, un cambio revolucionario en la manera de afrontar la sexualidad: la valoración del placer por el placer. En este sentido, no puedo estar más de acuerdo en que nosotros –nuestra época‒ somos, culturalmente hablando, herederos de ese cambio copernicano y deudores de estos pioneros.

La idea fundamental que subyace en el recorrido que efectúan Ana Morilla y Miguel Ángel Cáliz por los libertinos y pornógrafos dieciochescos es precisamente esa: que el cambio que introducen estos escritores en la concepción de la sexualidad forma parte indivisible del empeño ilustrado por ensanchar la libertad del individuo. Y aún podría decirse más: que esa ruptura de las convenciones morales y sociales no es más que la otra cara de la lucha general por la libertad, tal y como se fraguó al final del siglo en las diversas revoluciones políticas a un lado y otro del Atlántico.

Una vez dicho y reconocido eso, déjenme que retome antes de finalizar algunas de las insinuaciones que deslicé párrafos arriba. El sexo ‒perdón‒, el erotismo, es juego pero, asimismo, más allá del juego o como parte del mismo, conlleva un reto a los límites y, en el caso de los más audaces, una decidida voluntad de transgresión. Como el humor, ya lo señalé antes. Basta hojear el volumen –da igual si la parte ilustrada o los capítulos que dan cuenta de las obras libertinas‒ para constatar que el juego íntimo camina siempre sobre el delgado filo de lo prohibido. El tabú no es cortapisa, sino acicate. En una sociedad en la que la religión era una presencia asfixiante, la subversión moral tenía por fuerza que ajustar cuentas con la Iglesia. Los textos procaces se complacen en presentar reiteradamente las cópulas de monjas y sacerdotes, o en imaginar que detrás de los gruesos muros de los conventos y otras instituciones eclesiásticas se desarrollaban tremendas orgías. Cito tan solo una obra particularmente fantasiosa en este sentido: un poema llamado Parapilla (1776) que está «ambientado en un convento en cuyo jardín crecen penes». En este caso, bien pudiera decirse que aquel viejo consejo de cultivar el huerto acarrearía unas implicaciones insospechadas.

En general, cuanto más insólito es el lugar del encuentro amoroso, más puede asegurarse que van a disfrutar los amantes. Hace unos siglos, las posibilidades eran más limitadas que hoy, porque la visibilidad excesiva constituía un peligro evidente, pero eso no era obstáculo para que, más allá de la típica alcoba, se aprovechen determinados escenarios para las prácticas sexuales: salones, bibliotecas, jardines, baños, oratorios, etc. Por supuesto, el libertino, puesto ya a ejercer su libertad de modo pleno, no va a conformarse con un coito convencional, sea en el lugar que fuere. Las más diversas modalidades de fetichismo constituyen otros tantos ingredientes que transforman el acto propiamente dicho en una sofisticada ceremonia con innumerables variantes, desde sucedáneos o parodias de cortejo a rituales de sumisión total. La excitación con los pies femeninos es una de las parafilias que aparecen con insistencia, pero en dura competencia con las nalgas, los senos o la espalda.

Esas partes de la anatomía femenina –no se olvide que los escritores libertinos son normalmente hombres‒ hechizan hasta el punto de operar como centros de atracción sexual en detrimento del conjunto. El sujeto encandilado por esas zonas las quiere besar, lamer, acariciar, poseer, pero también pellizcar, arañar, morder, golpear. El goce llevado a su máxima expresión requiere de una compleja negociación con el dolor. Llegados a un cierto punto, la propia delimitación es imprecisa. Castigo y premio se suceden hasta llegar a convertirse en la misma cosa. Los azotes en el trasero –o en cualquier otra parte‒ constituyen un clásico, un rito iniciático que tensa los cuerpos antes de liberarlos en un arrebato pletórico. La ruptura de la intimidad convencional es, por supuesto, total. El libertino quiere por definición compartir: mejor tres que dos y cuatro que tres. Con la participación de otros, las posibilidades se multiplican. En una lámina particularmente expresiva a este respecto, se ve cómo unos dan, otros reciben, unos chupan y otros azotan: todo al mismo tiempo y todos entrelazados en una posición inverosímil. Es imposible reprimir una sonrisa. Una vez más, humor y erotismo nos conducen al mismo punto.

05/10/2017

 
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