Tópicos (I)

por Rafael Núñez Florencio

Por esta vez, no me andaré por las ramas y lo diré con una contundencia que no deje la más ligera sombra de duda: me encantan los tópicos. Sí, me gustan los tópicos y voy a dedicar este artículo a contar por qué y argumentar a favor de ellos. Por supuesto, sé perfectamente que con esto me expongo a que más de uno que yo me sé me mire desde las alturas de su superioridad intelectual con una mezcla de desprecio y conmiseración. ¡Qué digo! ¿Más de uno? En realidad, lo difícil sería encontrar una excepción a la regla general de desaprobación. Simplemente calificar algo de tópico en una controversia política, en una tertulia o en la más modesta charla insustancial, deja inerme al así interpelado: «¡Eso que dices es un tópico!» «¡No estás más que sosteniendo tópicos!» ¡No se hable más! La consideración de tópico −¡y no les digo ya nada de topicazo!− deja un argumento para el arrastre y al que lo sustenta en una posición más que incómoda, a la defensiva, con apremiante necesidad de justificarse. ¡Hombre, sí, quizás, pero...! Aunque se agarre al último clavo, aquello de «será un tópico, ¡pero es verdad!», no deja de ser una dulce derrota. El tópico está tan desacreditado que, aunque te reconozcan eso de que puede haber algo de cierto, te deja en situación de indigencia intelectual.

Y, sin embargo... No quiero ponerme pedante ya en estos prolegómenos, pero es inevitable que constatemos o recordemos algunas cosas elementales, como que nuestro conocimiento –el mío, el de ustedes, el de cualquier ser humano− del mundo que nos rodea es abrumadoramente limitado. Donde he puesto ese último adverbio podría haber puesto asombrosa o hasta dramáticamente limitado. ¿Qué sabemos realmente? Quiero decir, ¿qué sabemos por nuestros propios medios? No es que lo diga yo, ni que haga falta un filósofo en plan analítico o un científico con datos concretos. Tan solo hace falta la verificación más elemental, al alcance de cualquiera: sabemos muchas cosas, evidentemente, pero casi todo lo que sabemos lo sabemos por libros, vídeos, recursos digitales, explicaciones o enseñanzas en las que hemos depositado una confianza más o menos justificada. No podría ser de otra manera. No tengo más remedio que confiar en que, pongo por caso, la luna tiene determinadas características físico-químicas, por la sencilla razón de que no puedo ir hasta ella para comprobarlo y lo mismo cabría decir del 99,99% −quedándome muy corto− de los fundamentos y conclusiones de cualquier ciencia. Al final, en buena medida, todo resulta ser una cuestión de creer. No es una creencia a ciegas o puramente irracional, desde luego, sino una actitud que busca coherencia y pistas sólidas. Pero, en última instancia, creo que es verdad eso que me dice este libro o esa página de Internet porque, en el fondo, deposito mi confianza en esas abstracciones que habitualmente utilizamos, la «ciencia», los «científicos», el «progreso» del «conocimiento humano». Fórmulas vacías, estereotipadas. No digo que la ciencia use fórmulas vacías, sino que nosotros, los profanos –y todos los somos respecto a tales o cuales saberes−, no tenemos más remedio que confiar en lo que nos dicen los expertos.

Esa fe desde el punto de vista epistemológico, es pura filfa, algo etéreo, evanescente. La prueba está en que, de vez en cuando, nos las cuelan. Nos tragamos casi cualquier cosa si la revestimos de los ropajes adecuados. Recuerden las Imposturas intelectuales de Alan Sokal y Jean Bricmont. Si esto les pasa incluso a los especialistas, ¡qué decir de quienes no lo somos o de aquellos campos que nos resultan ajenos! Hoy hasta el más concienzudo de los investigadores termina recurriendo a la Wikipedia para obtener un reader’s digest de aquellas materias que quedan lejos de su ámbito de competencia. Necesitamos hacernos una idea global de lo que nos rodea, pero la realidad es tan compleja y el conocimiento se ha diversificado tanto que es tarea imposible. En el campo de las ciencias sociales, que es el que mejor conozco, nuestro conocimiento está compuesto de modo inextricable de los materiales más heteróclitos: algunas evidencias constatables (muy pocas en verdad), elementos empíricos susceptibles de valoraciones diversas e interpretaciones divergentes, teorías más o menos sólidas que cada tanto sufren un revolcón copernicano y un sinfín de prejuicios, medias verdades, opiniones y valoraciones subjetivas. Por decirlo en términos usuales y reconocibles, todo eso es lo que hace que los economistas fallen en sus estimaciones y predicciones de manera clamorosa, que los sociólogos y politólogos yerren en lo relativo a las tendencias sociales y movimientos colectivos o que la visión del pasado que nos ofrecen los historiadores esté contaminada de mitos y vaya cambiando espectacularmente según la atalaya desde la que se contempla.

Dejemos de andarnos por las ramas. Usted, lector culto que ahora me lee, dígame francamente qué sabe de teoría de juegos, de mecánica cuántica, de biología molecular, de química inorgánica, de programación informática, de gestión empresarial y de tantas y tantas otras parcelas de la ciencia o del conocimiento de nuestros días. Quizá sepa mucho de una materia concreta o un poco de algunas de ellas, pero no va a convencerme de que es experto en todas. Se lo voy a poner más sencillo, limitándome a nuestro entorno más inmediato: ¿qué sabe y cuánto sabe del pasado de nuestro país? ¿Podría explicar las líneas básicas de la balanza comercial española actual? ¿Conoce cómo está organizado el sistema educativo a nivel estatal y en las Comunidades Autónomas? Más fácil todavía: usted, que ve todos los días la televisión, que se conecta a diario a Internet, que lee la prensa y está al día de lo que ocurre en el mundo, ¿qué podría decirme de las diversas realidades que constituyen nuestro mundo? Por ejemplo, hábleme de las grasas trans, de la situación en Crimea, de la legislación comunitaria, de las relaciones entre globalización y desigualdad, del cambio climático, del último premio Pritzker, del dumping, de la represión religiosa en el Tíbet... Seamos sinceros: en el supuesto de que usted pudiera ahora mismo hilvanar un discurso o pergeñar un artículo sobre alguno de esos temas −¿sobre cuántos: uno, dos, más...?−, no haría más que disponer con mayor o menor habilidad una serie de tópicos que muy probablemente despertarían, como mínimo, una displicente sonrisa irónica en cualquier auténtico especialista en el asunto en cuestión.

Ahí es adonde quiero llegar. Esos tópicos que tanto despreciamos en la boca o en la pluma de otros constituyen nuestro pan de cada día en la mayor parte de los asuntos que abordamos. No se puede saber de todo y, por tanto, nos vemos abocados a servirnos de simplificaciones, esquemas, generalizaciones. O, por decirlo más crudamente, recelos, prejuicios, lugares comunes. La diferencia está en que si yo hablo de los chinos como un todo −¡y son más de mil millones!−, nadie en mi entorno va a ponerme la cara colorada, pero si un chino dice en televisión que los españoles somos jaraneros, reaccionaremos todos a una: «¡Ya estamos con los tópicos!» Tópica nos parece siempre la etiqueta que me adjudican a mí –o a los míos, o a mi entorno−, no la que yo aplico a los demás. Es en este punto donde puedo retomar la frase con que iniciaba este comentario: dije antes que me encantan los tópicos, pero quizá habría sido más correcto decir que me interesan los tópicos por lo que indican, por lo que traslucen, no ya sólo del objeto que se examina, sino del sujeto que observa.

Los tópicos constituyen, en mi opinión, una materia fascinante, porque siendo una construcción ideológica terminan siendo más reales que lo que impropiamente llamamos realidad. De hecho, esta última –sea lo que sea, que, en cualquier caso, no es lo que nosotros pretendemos− acaba siendo moldeada por el tópico que se superpone a ella como una segunda piel. Esto que acabo de señalar resulta particularmente patente, en mi opinión, cuando pretende establecerse el marco de conjunto –los rasgos característicos, para entendernos− de una determinada comunidad. Me interesan, obviamente, como ya me he encargado de deslizar sibilinamente en las líneas anteriores, los tópicos nacionales y, más concretamente, el caso de España. Desde el punto de vista de las generalizaciones inevitables, lo relevante no es lo que los españoles realmente seamos –en el supuesto improbable de que pudiera establecerse que somos en realidad de tal o cual manera−, sino cómo somos a los ojos de los demás. Cómo nos ven, cómo nos vemos.

Los tópicos de los caracteres nacionales arrastran tras de sí una ya larga –en el tiempo− y amplia –por el número de obras− publicística reprobatoria. En particular, la historiografía reciente, de unas décadas a esta parte, ha sido inmisericorde con ellos, en buena medida como reacción al uso y abuso de ese criterio analítico en el ensayismo contemporáneo, particularmente en España. En efecto, desde el tramo final del siglo XIX y buena parte del XX –en especial el primer tercio−, la literatura regeneracionista de nuestros lares se refirió a la trayectoria histórica del país y a los males del momento en términos metafísicos y esencialistas que hoy nos resultan obsoletos y, en algunos casos, hasta risibles: el ser de España, dolor de España, alma española, vocación, destino, genio, raza y tantos otros conceptos retóricos y grandilocuentes. Aquello fue una plaga, una auténtica obsesión de la que no se libraba ensayista alguno, fuera ilustre o del montón. Hoy en día, en cambio, no hay casi nadie que suscriba o defienda tales asertos. Sin embargo, sotto voce, con un registro menos estentóreo, siguen publicándose numerosos ensayos que se marcan como objetivo ese retrato de conjunto, es decir, dar cuenta de cómo es una determinada comunidad.

Es verdad que las publicaciones actuales no tienen el halo de trascendencia de las pasadas. Casi podría decirse –o eso al menos quiero yo creer− que intentan no tomarse ellas mismas muy en serio. Aceptan como punto de partida la inevitable subjetividad del observador, su peculiar punto de vista, sus limitaciones de todo tipo y aun sus prejuicios. Podríamos decir que asumen el tópico de manera festiva. Pero la materia prima −no nos engañemos− sigue siendo esa: el tópico. Lo necesita el autor para bosquejar el cuadro en su conjunto y, según parece, se lo reclama un público que sigue necesitando estas simplificaciones. A mí, sinceramente, me hacen mucha gracia. El próximo día les hablaré concretamente de las dos últimas aportaciones que he leído. Les advierto desde ahora que no vienen firmadas por dos advenedizos ignorantes, sino por dos observadores foráneos que son buenos conocedores de la realidad hispana y, al mismo tiempo, figuras señeras en sus respectivos campos: John Carlin e Ian Gibson. Espero que también a ustedes sus relatos les resulten reveladores e incluso divertidos.

01/06/2017

 
COMENTARIOS

Aurelio Arteta 07/06/17 13:57
Tal vez lo que usted escribe valga para los tópicos de naturaleza teórico. Pero en modo alguno para los prácticos, que son peligrosos o letales en sus supuestos y consecuencias morales y políticas. Si no le parece vanidad por mi parte, le recomiendo la lectura al menos de las introducciones de mis dos libros dedicados a ellos: "Tantos tontos tópicos" y "Si todos lo dicen. Más tontos tópicos", ambos en Ed. Ariel. Muchas gracias.

Rafael Núñez Florencio 07/06/17 23:46
Conozco ambas obras. Las leí en su momento con sumo placer. Pero creo que hay que entenderlas en su contexto. Ahí sí que los tópicos desempeñaron una función letal. Mi enfoque es más teórico. Además, yo me he limitado en el artículo a hablar básicamente de un determinado tipo de tópicos. El tema es fascinante, como digo, pero imposible de abarcar en todas sus implicaciones.

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