Sólo la risa es la razón

por Rafael Núñez Florencio

Vaya por delante, para dejar las cosas claras desde el principio, que no tengo especial inclinación por el género (¿puede llamarse así?) de los aforismos. Mi escaso entusiasmo por ellos se hace todavía más patente cuando se rompen las fronteras de la mesura y se trata nada menos que de un libro entero. Me pasa con ellos como con el encadenamiento de chistes o, en general, esos sketches de humor que proliferan en televisión y otros medios. En contra de lo que suelen pensar muchos, hacer comedia es una de las cosas más difíciles que hay. Los genios en este ámbito se cuentan con los dedos de una mano (y sobran). Lo normal es que los humoristas se copien unos a otros o, en el mejor de los casos, se copien sin rubor a sí mismos, repitiéndose no diré hasta la náusea, pero sí hasta el tedio. Incluso los buenos o muy buenos resisten hasta un límite (temporal y temático) muy discreto. Tengo para mí que el humor es cosa de chispazos y que la risa, por consiguiente, también: si uno está sobrio o ha pasado la edad del pavo, no se mantiene riéndose –o incluso sonriéndose– más de un puñado de minutos. Lo mismo pienso de los aforismos: pueden disfrutarse en proporciones adecuadas pero, como los sabores fuertes, su consumo sin medida empacha y, a la postre, terminamos con un regusto de saturación desagradable.

Como comprenderán, ese proemio viene a cuento porque voy a tratar de aforismos, de un libro de aforismos para ser más exactos, de un volumen de aforismos de un autor cuyo humor me resulta lejano para más inri, y, como habrán colegido, porque son ustedes muy perspicaces, no va a ser para poner a caldo ni al autor ni al libro en cuestión. Para no dar más rodeos, les diré que ha llegado a mis manos –sin haberlo buscado– un ejemplar del Diccionario satírico de Enrique Jardiel Poncela, publicado recientemente por Biblioteca Nueva (Madrid, 2015). Estamos ante una compilación («selección y edición», reza en la portada) que ha realizado su sobrino-nieto Enrique Gallud Jardiel. Consta de un prólogo sin firma que pergeña un breve panegírico de Jardiel y da un pequeño repaso a su concepción del humor. Las trescientas páginas siguientes acogen sin más clasificación que un simple orden alfabético de conceptos los aforismos –aunque también otros textos nada aforísticos– del conocido humorista madrileño, del que, por cierto, no se traza siquiera una breve semblanza biográfica. En realidad, el volumen se parece bastante a eso que se denomina «cajón de sastre», pues da cabida a múltiples retazos de difícil clasificación y hasta repite algunas definiciones bajo epígrafes distintos, dando así una impresión de cierto descuido formal. Es verdad que el subtítulo nos había advertido que íbamos a encontrar «aforismos, opiniones y exabruptos». Exabruptos propiamente dichos, no muchos; opiniones, en su vertiente más superficial y hasta arbitraria, sí que hay muchísimas, sobre todo lo divino y lo humano; y, en fin, los aforismos en cuestión, que es lo que aquí nos interesa y de lo que vamos a hablar, ocupan la escala intermedia. En el fondo, por lo que antes apuntaba, es de agradecer.

En primer lugar, un libro como este desnuda de un modo hasta cierto punto obsceno la mentalidad de un autor. Pero no me meteré en honduras de índole psicológica. Más allá de la caracterización personal, Jardiel se muestra en estas páginas como uno de los escritores más representativos de una determinada coyuntura histórica: la España de los años treinta, la posguerra y la pax franquista. Una España a la que bien podría aplicarse también el famoso dictamen de Churchill sobre los Balcanes: durante breves años, de un 14 de abril (1931) a un 1 de abril (1939), nuestro país produjo más historia de la que pudo digerir. De ahí el atragantón, el colapso. Jardiel sufrió, como muchos otros, esas convulsiones y no anduvo muy lejos de terminar en el paredón. Pero su obra, lejos de reflejar esas vicisitudes, se empeña en lo contrario: en mirar hacia otro lado en la medida de lo posible, con una frivolidad tan desenvuelta que, en el fondo, nos parece impostada. Su teatro y sus escritos en general constituyen indudablemente el retrato y espejo de aquella incipiente clase media timorata y conservadora, con sus prejuicios y manías, sus aspiraciones alicortas y su mundo más bien provinciano.

Para leer y entender a Jardiel hay que situarlo en su circunstancia (como, por otra parte, sucede con la inmensa mayoría de los llamados –con razón o sin ella– escritores menores). Muchos lo estigmatizarán como comediógrafo escapista, cuando no directamente le colgarán el sambenito de franquista por sus ideas políticas o, simplemente, por cultivar un teatro de evasión que servía a los intereses del régimen. Lo cierto es que, leyendo a Jardiel, y dejando fuera de foco sus actitudes personales, nos topamos de bruces con un creador ingenioso, burlón y ligero que se empeña en convencernos de que sus grandes preocupaciones en la vida son las mujeres, la seducción, la elegancia, el amor en su vertiente más liviana, las apariencias, la ironía, el paso del tiempo, los prejuicios y, en general, las menudencias y comidillas de una existencia ociosa y despreocupada. Pensamos enseguida en señores elegantes entregados a sus caprichos y señoras enjoyadas y con abrigos de pieles. Una burguesía de medio pelo cuya máxima preocupación es meter en cintura a la criada («extraña criatura, natural de un pueblo que nunca está en el mapa y que cobra un sueldo por romper platos») o hacer frente a los criados («enemigos a los que se les da un sueldo por odiarle a uno»). En cualquier caso, no es mi intención aquí analizar a Jardiel y su producción literaria. El lector interesado dispone de una pormenorizada biografía de reciente aparición de más de seiscientas páginas: ¡Haz reír! ¡Haz reír! Vida y obra de Enrique Jardiel Poncela, de Víctor Olmos (Sevilla, Renacimiento, 2015).

Aventuro que quizá para defender a Jardiel hay que defenderlo primero de él mismo. Quiero decir que, en mi opinión, sólo si se consigue traspasar la capa de frivolidad que lo envuelve, y que él mismo contribuyó a formar, encontramos al humorista agudo, inteligente y sagaz que él a menudo parece empeñarse en ocultar. Lo habitual, como ustedes saben, es situar a Jardiel como epítome del humor absurdo, surrealista, despreocupado, poco o nada concernido por el mundo real. Eso es lo que suele destacarse de él y de su teatro más característico, en especial aquellas obras que alcanzaron el éxito en su momento y que aún siguen representándose, como Cuatro corazones con freno y marcha atrás o Eloísa está debajo de un almendro. No es ese precisamente el tipo de humor que me entusiasma. Por eso mismo he leído este libro entre líneas, procurando encontrar ese otro Jardiel que se esconde bajo la pátina del humor blanco. Y he encontrado un escritor con una concepción negra, negrísima, de la vida (reflejo quizá de su propia experiencia personal). Déjenme que les cite algunas perlas: «La vida es una broma de mal gusto»; «El único atractivo de las cosas y las personas es no conocerlas»; «La vida es tan amarga que abre a diario las ganas de comer»; «Vivir es estar en capilla»; «La vida es una rotación continua: por eso acaba por marearnos y producirnos vómitos»; «Todo lo agradable de la vida es un “truco” que hace olvidar que se vive»; «Respecto a la vida, encuentro que, a semejanza del Mississipi, es demasiado larga. Demasiado larga, porque basta volver la vista atrás para resumir cinco, seis, diez años en un solo instante de placer o de dolor; lo demás se ha esfumado, ha desaparecido, no existe, o –lo que es lo mismo– no necesitaba haber existido nunca».

Es verdad –todo hay que decirlo– que, si la vida es mala, peor es su alternativa. «La vida es muy desagradable, sí; pero quizá la muerte es más desagradable todavía»; «Para encontrar gusto a la vida no hay nada como morirse». La consecuencia es, pues, un absurdo existencial: nada tiene sentido y todo es malo. «Se ama la vida porque se sabe que va a concluir; pero cuando se sabe que no va a concluir, se la odia». Por ello se contempla con escepticismo la posibilidad del suicidio, pues, al fin y al cabo, darse muerte por propia voluntad no es más que «la exasperación de la impaciencia». Dicho de otra forma, pero en el fondo exactamente lo mismo: «El suicidio es el alcaloide de la precipitación». O también: «Suicidarse es como subirse en marcha a un coche fúnebre»; «Suicidarse no es más que “descontar” la letra de la muerte». Es verdad que, por lo menos, es una manera de fastidiar a Dios: «El día en que el Hombre inventó el suicidio se llevó Dios el primer disgusto imprevisto». Ese Dios que ha hecho este mundo tan desagradable se lleva unos improperios a primera vista sorprendentes de un hombre de mentalidad conservadora. El aforismo desemboca en blasfemia: «¿Y si Dios fuera en realidad Satanás? Eso explicaría este antro de miseria, de enfermedad y de muerte de todo que es el Mundo. No, de otro modo no hay explicación».

Obviamente, ese sentimiento trágico de la vida se extiende como no podía ser menos a la concepción del hombre: «La Humanidad sigue siendo tan imbécil como hace tres mil años»; «Lo peor de la humanidad son los hombres y las mujeres»; «Los dolores de los humanos constituyen para los demás humanos el espectáculo más entretenido»; «Para ser agradable a una persona, basta con elogiarle para lo que no sirve»; «De lejos todo parece más pequeño, a excepción del hombre inteligente, que de lejos parece mayor». No nos engañemos: en el mejor de los casos, la empatía, o incluso la simpatía, no son más que la máscara de la lástima o la conmiseración: «Se simpatiza al punto con aquellos a quienes se compadece». ¿Por qué? Muy sencillo: «el fondo del corazón humano es negro», «no hay nada en el mundo, ni lo más puro, que no se doblegue al dinero», «todo está edificado sobre mentiras asquerosas y mantenido por injusticias eternas». El hombre es, por definición, cicatero, envidioso y vengativo con los demás hombres. ¿Amistad? «La amistad, como el diluvio universal, es un fenómeno del que todo el mundo habla, pero que nadie ha visto con sus ojos». De ahí que sólo elogiemos sin ambages a los muertos. No hay nada como morirse para que pongan a uno por las nubes. En el fondo, otra mentira: «Los muertos, por mal que lo hayan hecho, siempre salen a hombros».

Aunque el autor tiene buen cuidado en no adentrarse en opiniones políticas propiamente dichas, desliza en varias ocasiones la pobre opinión que tiene de su país y sus conciudadanos. Todo ello a tono, naturalmente, con las opiniones antes bosquejadas en torno a la especie humana, como si Jardiel sustentara implícitamente la tesis de que si malo es estar en este mundo, bastante peor es que a uno le haya tocado en suerte –o sea, mejor dicho, en desgracia– haber venido a nacer en este rincón del globo que es la tierra celtibérica. Curiosamente, tal actitud se expresa acto seguido de asegurar que «el que se queja de su Patria es siempre un descontento de sí mismo». Entonces –colegimos– debe de ser que el autor se odia al punto de no aguantarse. Tras caracterizarse irónicamente como poco español, por ser poco adicto a la manzanilla, al flamenco, a los toros, al pateo en los estrenos y a las discusiones de café –rasgos que, al parecer, marcan a la raza–, define el carácter español medio en broma, medio en serio, como una mezcla de resignación y fatalismo, de religión y lirismo contumaz, de imaginación errabunda y amor al látigo. España es el único lugar del mundo que no precisa millones para dividir el átomo, por la sencilla razón de que «nuestros átomos, por el único hecho de nacer españoles, nacen ya divididos». Dicho de otro modo, lo peor de España, sin duda alguna, son los españoles: «Inmortal realmente tiene que ser España para no haber sucumbido ya a tanto daño como le han hecho, al través de la Historia, los españoles». Y es que, señoras y señores, somos así y no queremos ser de otra manera: «El pueblo español, como los fakires de Samarcanda, vive feliz pisando fuego y siempre ha vivido así al través de su Historia».

El humorismo de Jardiel nace del pesimismo más descarnado acerca de la vida, del mundo, del hombre, de su país y de sus conciudadanos. Como no espera nada de ellos –mejor dicho, no espera nada bueno–, se ríe. Ríe para no llorar. No es que lo diga yo. Lo dice él casi con las mismas palabras: «¡Me río por no llorar! / Por eso río… Además, / ¿qué extraño es que yo me ría, / si de esta tragedia mía / también reirán los demás?» Pero esa risa no es risa franca. Al contrario. Es la risa que nace de la congoja, como una válvula de escape: «¿Si la humana condición / halla sus risas mejores / en lo hondo de los dolores / que estrujan el corazón?» De ahí que su concepción del humor subraye, por encima de todo, la capacidad reconfortante de la risa. El humor negro aparece así como el sustrato de todo humor: «El humor posee como nada un poder confortador, y que consiste en dar de lado al mundo para reírse de sus indicios espantables. Supremo ejemplo de esto es aquel gitano a quien llevaban a ahorcar en lunes, y que por el camino iba diciendo: “¡Bien empieza la semana!”» En un mundo sin esperanza ni consuelo el humor es lo único que nos queda. El humor es el gran recurso del hombre que no cree en nada ni espera nada. Aunque siempre cabe un guiño, ¿no?: «La muerte hace algo muy agradable: viudas».

Si adoptamos un punto de vista diacrónico, podemos ver aún más claramente lo que, en opinión de nuestro autor, significa el humor. Así, en un principio, «en los tiempos oscuros y elementales de la prehistoria, existía lo dramático, pero no existía lo cómico». El humor es la mayor aportación de la civilización: «Han sido precisos siglos de trabajo formidable y de luchas apocalípticas, de pensar, de imaginar, de calcular, de inventar, de ensayar, de tantear, de comprobar, de ejecutar mil y mil esfuerzos inmensos en todos los órdenes de la actividad humana para que en el pantano tenebroso de lo sentimental o dramático brotase y emergiese la flor esplendorosa de lo cómico». El humor es lo que separa al hombre de los animales: «El salvajismo no sabe reírse». Más aún, lo que nos hace propiamente hombres. Ahora se entenderá mejor el título que encabeza este artículo: «Sólo la risa es la razón; por ello el alborear del alma del niño lo denuncia su primera risa; por ello cuando el monstruo ríe deja de ser monstruo». La risa es lo que nos hace seres inteligentes: «La inteligencia es siempre la risa: saber reírse con todo lo que tiene gracia y saber reírse de todo lo que no tiene gracia».

Frente al Jardiel Poncela más superficial y frívolo, parece, pues, que hemos terminado por hallar al humorista que, muy conscientemente, se parapeta en la risa para hacer frente a una realidad deleznable. Una vez más, no lo digo yo, sino él mismo, en unos términos inequívocos: «¿Qué todo va a acabar en un agujero solitario, lleno de mugre, de podredumbre y de barro? ¡Risa, risa, risa!... A los inteligentes no debe ocultárseles la verdad, de la misma manera que a los santos nadie les ocultó el vicio […]. Y cuando podamos contemplar, libres de estremecimiento, aquel semblante repulsivo, entonces… ¡a reír! ¡A reír hasta hartarse!» ¿Lo quieren aún más descarnado? Pues helo aquí: «En el fondo de todo humorismo hay una mezcla de conmiseración y de desprecio».

25/02/2016

 
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