¿Puede el humor cambiar el mundo? (I)

por Rafael Núñez Florencio

Esto de cambiar el mundo es una manía –o una aspiración, si pretendemos ser correctos− que sigue dando guerra hoy en día, bien entrado ya el siglo XXI. Como todo el mundo sabe, en su formulación más influyente en el devenir del mundo contemporáneo procede del insigne Karl Marx –aunque no fue él, ni muchísimo menos, ni el único ni el primero que se consagró a dicha causa− y luego fue una aspiración que guió la vida –y la muerte− de incontables filósofos, intelectuales, profetas y líderes políticos, amén, naturalmente, de las decenas de millones de personas que confiaron en ellos y que creyeron también que cambiar el mundo era posible y que valía la pena intentarlo. En nuestro entorno tiene un gran predicamento entre los jóvenes un movimiento político cuyo líder habla de asaltar el cielo o los cielos, una expresión que curiosamente puso en órbita el antes citado Karl Marx, ¡hace siglo y medio!, al referirse a los revolucionarios de la Comuna de París (1871). Lo que me interesa resaltar de ese objetivo es su hipérbole, esa tendencia megalómana que sigue caracterizando toda pretensión revolucionaria que se precie. Digo yo que bastante sería ya lo de tomar al asalto la Tierra entera, objetivo que incluso a duras penas podrían cubrir unos alienígenas de esos que salen en los blockbusters. Pues no señor, la Tierra se queda pequeña para el revolucionario militante y su aspiración es, como se ha dicho, la conquista del cielo, aunque sea, obviamente, para cobrar los réditos aquí abajo.

Decía Salvador de Madariaga que esta era una pasión muy española. No me resisto a transcribir sus argumentos porque siempre me han hecho gracia, tanto por lo que dice como, sobre todo, por la manera en que lo expresa: «El inglés, alemán, francés, que piensa en la cosa pública, se contenta con entrar en la organización local de su partido, trabajar en pro de un hospital, dar su tiempo a la administración de un municipio, a la asociación local en pro de la Sociedad de Naciones o a otra de las numerosas instituciones colectivas privadas o públicas que halla a mano. Su patriotismo es modesto, pero práctico, cotidiano pero activo. El español ve a su país en su conjunto, y lo local le parece pequeño para la inmensidad e importancia de su yo. Ansía arrancar de un tirón todos los males del país. Se halla dispuesto a explicar lo que haría si le confiasen el Poder, al primer hijo de vecino que quiera escucharle en el casino, café, vagón u oficina» (Salvador de Madariaga, España. Ensayo de Historia contemporánea, Madrid, Espasa-Calpe, 13ª ed., 1979, pp. 271-272). No hace falta que señale expresamente mi desacuerdo con Madariaga. Concediendo la parte de verdad que puede tener el planteamiento respecto a algún espécimen nacional –el español visceral, agresivo y vociferante− y obviando el pequeño detalle de que tal tipología puede hallarse en otras muchas latitudes, no cabe duda de que el diagnóstico del conocido escritor se inscribe en la tendencia –hoy ya ampliamente superada en el conjunto de las ciencias sociales− de juzgar los asuntos patrios con las anteojeras de la supuesta especificidad hispana.

Volvamos al principio. No, la manía de cambiar el mundo –ya sea asaltando los cielos, tomando el Palacio de Invierno o por cualquier otro atajo− no es específicamente española, ni mucho menos, sino una pretensión que podemos detectar en todas las sociedades, en todas las culturas y en todos los tiempos. Bien es verdad que, por razones que no nos compete analizar aquí, debemos reconocer que este mundo que vivimos –entiéndase en sentido amplio: el período contemporáneo, los dos últimos siglos− es uno de los momentos históricos en que con más insistencia se habla de cambios revolucionarios, aunque no necesariamente en el viejo sentido de la política clásica. Me refiero, como es obvio, a esas revoluciones que están en la mente de todos: la revolución de Internet, de las comunicaciones, de la información, de la globalización, de la participación de las mujeres en la esfera pública, de la sanidad y la esperanza de vida. Hoy en día la inflación del concepto ha llevado a que no sepamos muy bien a qué estamos refiriéndonos. Revolucionario resulta ser a la sazón casi todo lo que nos ofrece la técnica. De creer estas directrices, la revolución estaría produciéndose casi cotidianamente −¡una aporía!−, en los ámbitos más insospechados y por los medios más peregrinos.

Teníamos que entretenernos un poco en esos prolegómenos para ofrecer un contexto adecuado (y para dotar de un mínimo sentido) a la pregunta que encabeza esta reflexión. En un mundo en el que todo cambia, y cambia aceleradamente y por los más variados vericuetos, ¿puede erigirse también el humor, esa expresión o ese recurso en principio tan ajeno a lo que venimos tratando, en arma o agente de transformación social y política? Si se me permite la formulación contundente que he empleado antes, podría decir en términos irónicos, ¿también sirve el humor para asaltar los cielos? Bueno, ya sé que queda un poco raro, pero eso es lo que a su modo defiende un historiador, Roberto Fandiño, en un libro que –juzguen ustedes− titula inequívocamente 50 viñetas que cambiaron el mundo (Barcelona, Ariel, 2016). Y para que no crean que exagero o que llevo el agua a mi molino, copio literalmente de la contraportada: «La caricatura fue un importante impulso para que a Luis XVI le cortaran la cabeza, para que Estados Unidos entrara a combatir contra el fascismo, para que los imperios europeos liberaran a sus colonias, para que se acabara con la esclavitud o incluso para que España iniciara la senda democrática». Hombre, así de principio yo diría que se les ha ido un poco la mano en ponderar la trascendencia del humor, ¿no creen?

Un prólogo cargado de buenas intenciones constituye el pórtico que debe atravesar el lector antes de zambullirse en la sucesión de caricaturas, ordenadas según un criterio cronológico. El título de la introducción, sin embargo, es un poco desconcertante: «Una mirada irónica del pasado al servicio del presente». ¿Al servicio del presente? Comparto con el autor la idea de que el conocimiento histórico no debe ser «tan solo un almacén de datos». Coincido también en que la tarea del historiador «no es recitar el pasado a la manera de un cronicón, sino tratar de comprenderlo». Desconfío en cambio de la coletilla que sigue: «para que ilumine el presente», que coincide con el epígrafe transcrito líneas arriba. La historia, claro está, nos sirve para entender el presente, pero su función no es sólo esa. No estudiamos el pasado sólo –subrayo: tan solo− para comprender el presente, sino porque nos interesa el pasado en sí, por múltiples motivos. La historia, el pasado en general, no puede estar al servicio de, es decir, pendiente de las necesidades del momento en que vivimos. El llamado «presentismo» es precisamente uno de los males más frecuentes en muchos de los actuales enfoques del pasado. Por esa vía, en el peor de los casos, se desemboca en la utilización del pasado de forma torticera –como pasa en las controversias políticas−, es decir, en función de las necesidades partidistas e incluso cerradamente sectarias.

No quiero decir con todo esto que el autor del libro incurra en el desarrollo de su obra en estos defectos. En realidad, lo que hace Roberto Fandiño de un modo tan didáctico como lineal es algo bastante más sencillo: nos ofrece en cada uno de los breves cincuenta capítulos que siguen el contexto histórico y la explicación concreta de otras tantas viñetas –cincuenta en total, como he señalado− que supuestamente contribuyeron a cambiar el mundo. Bueno, a estas alturas ustedes ya se harán cargo de que la expresión «cambiar el mundo» no tienen que tomársela al pie de la letra. Es, como antes apuntaba, el recurso hiperbólico que acompaña, al parecer inevitablemente, a todos los anhelos revolucionarios. Es más, cuando uno lleva leído una buena parte del libro –y no digamos nada de cuando lo termina–, casi de modo espontáneo le sale o puede venirle a las mientes aquella expresión coloquial de «¡Menos lobos, Caperucita!» Vamos, que las viñetas en cuestión pueden ser todo lo vitriólicas o subversivas que se quiera –de hecho, muchas lo son−, pero de ahí a otorgarles el papel de muñidoras de transformaciones revolucionarias media un abismo.

Podría poner todos los ejemplos que me diera la gana para concretar ese planteamiento. De hecho, podría decir, casi sin exagerar, que tantos ejemplos como viñetas se incluyen en estas páginas. Porque, en el fondo, todas ellas −diré más bien que la gran mayoría, para no pillarme los dedos− son, más que adalides de cambios revolucionarios, reflejo o expresión de la mala leche, la impotencia, la rabia o la decepción que causan situaciones injustas. El ejemplo paradigmático es, en mi opinión, esa magnífica caricatura de Robert Minor que, con el título de At last a perfect soldier! (1916), presenta a un médico militar ante un hombre gigantesco, desnudo de cintura para arriba, con unas proporciones físicas admirables. Al soldado sólo le falta… la cabeza. La denuncia del uso de las tropas como simple carne de cañón –el soldado perfecto es el autómata que obedece y no piensa− no tuvo el más mínimo impacto sobre el desarrollo de la más mortífera contienda que se había visto nunca en suelo europeo, la Primera Guerra Mundial. Millones de jóvenes fueron movilizados y utilizados como animales, llevados a las trincheras como ovejas al matadero. Bueno, ahora que lo pienso, la comparación con las ovejas no es precisamente la más exacta, porque estas van obligadas y con la cabeza gacha, mientras que los otros, supuestamente racionales, iban con orgullo, la cabeza bien alta, el pecho henchido de entusiasmo. No parece, pues, que las caricaturas contra el militarismo hicieran mucho efecto.

Otro tanto podría decirse, en definitiva, de todos y cada uno de los dramáticos acontecimientos que jalonan la trayectoria del mundo contemporáneo. La magnífica litografía de James Rosenberg Dies Irae (1929) presenta con una gran fuerza expresiva el crack de Wall Street. Pero, más que revolucionaria, la caracterización del Jueves Negro como un impresionante terremoto que derriba los más poderosos rascacielos sobre una multitud aterrada es simplemente la constatación de una realidad que marcaría trágicamente el siglo XX. Quiero decir que, lejos de cambiar el mundo, la viñeta en cuestión reflejaba el cambio del mundo, a pesar de lo que quisieran, pensaran y sintieran millones de seres humanos. Y, todavía más claramente, la caricatura de Clifford Kennedy Berryman Wonder how long the honeymoon will last? (1939), se limitaba –con gran agudeza, eso sí− a reflejar la perplejidad y angustia del mundo ante el imprevisto matrimonio de un apuesto novio, Adolf Hitler, con una bigotuda novia, Iósif Stalin. Desasosiego e impotencia que venían a repetirse en la composición de David Low The Harmony Boys (1940), que en el libro se presenta como «Los chicos del coro»: Mussolini, Franco y Stalin cantando bajo la dirección de Hitler, en una especie de Coro de la Internacional Totalitaria. En el fondo es el mismo mensaje de ansiedad y de fragilidad que –una vez más− transmite la composición de David Low de 1945 (Baby Play with nice ball) sobre el riesgo nuclear: un bebé que representa a la Humanidad gatea sobre el globo terráqueo frente a un científico que le ofrece, como si fuera una inocente pelotita, el poder del átomo. Insisto, por tanto, en que, si hay un denominador común en el conjunto de las viñetas, este sería no tanto el poder transformador del humor sino el uso del mismo como último recurso. Hay, no obstante, otros aspectos interesantes que me gustaría comentar y que merecen un tratamiento más pausado. Los dejo para el próximo día.

08/12/2016

 
COMENTARIOS

trovador 09/12/16 13:44
El humor no cambia el mundo, pero si nuestro posicionamiento para explicarlo y explicarnos.Es uno de los recursos más potentes que tiene el homus digitalus para conectar con los otros humanos y transmitir cosas bajo ese codigo que, afortunadamente, es aun aceptado por la mayoria.

Precisamente el otro dia leí una joya que se llama "Diario Alucinante de un currante" y me reafirmó en este convencimiento.Vale la pena.

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