No es para tomárselo a broma

por Rafael Núñez Florencio

«Dis-moi si tu ris, comment tu ris, pourquoi tu ris, de qui et de quoi, avec qui et contre qui, et je te dirai qui tu es». Esta cita del famoso historiador francés Jacques Le Goff abre el volumen recientemente publicado de José María Perceval, El humor y sus límites. ¿De qué se ha reído la humanidad? (Cátedra). Nosotros podríamos decir de modo más breve y contundente «Dime de qué te ríes y te diré quién eres». La risa, desde luego, nos retrata. Pero nos retrata tanto a escala individual como comunitaria, en nuestros gustos y en los hábitos mentales de la sociedad en que nos insertamos. No en vano, al reírnos, nos reímos sobre algo o alguien pero también a menudo contra algo o alguien, mostrando una actitud o disposición determinadas de modo implícito o explícito. Como sostiene Bernard Sarrazin, y recoge Perceval, la risa «es autónoma y personal [pero] al mismo tiempo […] se encuentra social e históricamente definida». Como somos animales sociales, al final el factor colectivo (cultural) resulta determinante. Cada época y cada sociedad tiene un humor característico y por eso el humor de un determinado momento histórico nos dice mucho sobre la comunidad que lo produce. Los chistes, como casi todo, pasan de moda. Hacen gracia en una determinada situación, pero en otras no. Tienen sentido en un contexto concreto. Desaparecido este, lo más probable es que generen indiferencia o aburrimiento.

Fiel al subtítulo de su libro, Perceval hace un recorrido por los temas, situaciones y elementos que han desencadenado la risa a lo largo de la historia de la humanidad. Un empeño a todas luces excesivo que el autor resuelve por medio de pinceladas o, más bien, brochazos de desigual factura. La brocha gorda, en efecto, resulta casi inevitable ante tan vasto panorama. No es que el asunto esté mal enfocado, pero sí que tiene que resolverse con meras alusiones y planteamientos esquemáticos, amén de múltiples agujeros negros (casi todo el Barroco, por ejemplo). Comenzar por aquello que nos diferencia de los grandes simios para terminar con la posibilidad de que el ordenador nos cuente un chiste supone querer abarcar tanto que, por fuerza, se ha de transitar por las autopistas de la historia dejando a diestro y siniestro, delante y detrás, meramente esbozados, múltiples asuntos que merecen tratamiento o visita más pausados. En todo caso, no es mi intención hacer aquí una crítica de un libro a todas luces estimable –casi una rara avis en el panorama español–, sino tomarlo como punto de partida para fijarme en un aspecto que me ha interesado especialmente: el que yo llamaría la risa inoportuna. La risa en situaciones poco propicias para reír, la risa paradójica, la risa perseguida o, en última instancia, para decirlo con contundencia, la risa trágica.

Dejando al margen ahora entrar de lleno en la risa que incomoda o desafía al poder –de la que me ocuparé en otra ocasión–, me fijaré en unos pocos momentos históricos. En el Medievo, para empezar, con las famosas danzas de la muerte. Los movimientos milenaristas desatan el pánico en poblaciones enteras. Y, sin embargo, ya encontramos aquí que los miedos son inseparables… ¡del humor! El carnaval de la muerte es, entre otras muchas cosas, una representación paródica que trata de liberarnos del terror a través de la fantasía. Se trata de canalizar el espanto convirtiéndolo en simple susto: ¡cadáveres vivientes! Ja, ja, ja… La picaresca –un elemento esencial en nuestra cultura literaria– sería otro ejemplo paradigmático. Cuando ya se ha perdido casi todo, al menos queda el buen humor. «No nos podrán arrebatar la risa», podría ser el lema del pícaro. Perceval carga un poquito las tintas describiendo el mundo del pícaro –las ciudades europeas de la época moderna– como antros de pobreza, suciedad e inmundicia transitadas por sujetos tramposos y criminales. Eran eso, indudablemente, pero también otras muchas cosas más, no siempre del mismo tenor. Con todo, lo esencial es que el humor «se ofrece de nuevo como catarsis», si no exactamente «del terror y el asco», que son palabras muy gruesas, sí desde luego de la miseria y la falta de horizontes.

Pero, sin lugar a dudas, es el siglo XX, el siglo de los grandes horrores, el que nos ofrece el marco más propicio para una reflexión como la presente. Aunque, como en muchas otras ocasiones anteriores, Perceval apenas esboza el tema, su epígrafe del humor bajo los totalitarismos deja algunos apuntes de interés. El poder absoluto, además de corromper absolutamente, desemboca también en el absurdo y el ridículo. Bajo el régimen nazi se promulgó una ley prohibiendo el saludo fascista a los monos. Sabemos que el humor era posible incluso en los campos de concentración. Bajo el estalinismo, el humor podía ser una pequeña válvula de escape y, en ocasiones, una manifestación heroica de resistencia. El humor del absurdo era imposible en los regímenes marxistas, quizá por el simple hecho de que el absurdo era su esencia misma. Por ello el surrealismo, que en las sociedades democráticas solía ser «progresista», era imposible en la “«patria del progreso», la Unión Soviética. Otro tanto sucedía con la abstracción o la vanguardia –arte degenerado– en la Alemania hitleriana. El totalitarismo exige una realidad seria y solemne, a su imagen y semejanza. Y eso, claro, produce mucha risa.

Suele decirse –creo que con demasiada manga ancha– que cuando el hombre vive en circunstancias dramáticas, el recurso al humor deviene en inevitable. Lo que sí es cierto y constatable es que, en condiciones nada propicias para la broma, el humor surge incontenible, estalla (por ejemplo) por entre las costuras de un sistema opresivo. Incluso, como acabamos de ver, cuando se llega a los dramáticos extremos del Lager o el Gulag. Aunque no tiene punto de comparación con estos, quienes vivimos los estertores del franquismo recordamos muy bien el papel del humor como disidencia o, incluso, arma de combate. Por más que el régimen en sí no tuviera «ni pizca de gracia» (como subtitulaba un libro el historiador Gabriel Cardona), los españoles se empeñaban en reírse. En ese contexto, el humor termina siendo siempre menos inocente de lo que a primera vista puede parecer. Lo vemos, por ejemplo, en el caso de Miguel Gila, de quien ya nos hemos ocupado alguna vez en este blog. Bajo su capa de ingenuidad se deslizan cargas de profundidad, revestidas, eso sí, de la necesaria prudencia para no herir susceptibilidades. Pero la conclusión obvia de algunos de sus más celebrados monólogos, como los del soldado en la guerra, es que no hay nada más disparatado que la violencia humana, en este caso la propia guerra: «Lo bueno de la guerra es que te hinchas a matar y la policía [no te dice] nada». ¿Puede tomarse a broma una cosa así? Sí, claro, puede tomarse a broma siempre y cuando la sonrisa, o incluso la risa, resultantes trasciendan la mera frivolidad, y no digamos ya, por supuesto, la actitud complaciente con los victimarios. Frente a esta risa cómplice, o incluso frente a una pretendida risa neutral, cabe reivindicar una risa –o una sonrisa– que nos desvela el sinsentido de una determinada realidad. Esa sonrisa que se nos hiela en los labios con –pongamos por caso– chistes como el que cuenta Luis Carandell en Celtiberia Show:

En una madrugada de invierno, unos guardias llevan conducido a un campesino por la llanura solitaria. Van a fusilarlo en un paraje alejado del pueblo. Marchan en silencio, pero de pronto, el campesino se lamenta: «¡Qué frío hace!» Y contesta uno de los guardias: «Pues, ¡y nosotros que tenemos que volver…!»

Dice Carandell que lo que nos provoca la risa no es, como a primera vista parece, la delectación en la desgracia ajena, sino algo muy distinto, en otro orden de cosas. Lo que nos desencadena la risa es que el chiste en cuestión «nos presenta vívidamente y sin escapatoria lo irremediable del destino humano». Yo no soy tan optimista sobre la condición humana como el bueno de Carandell. Estoy más cerca del Baroja que hablaba de la «maldad desinteresada» que anima en el fondo del corazón de la mayor parte de los seres humanos, es decir, esa complacencia morbosa en el mal ajeno. Pero, sea como fuere, para lo que aquí interesa, tanto da, pues no cambia el destino inexorable del hombre esas dosis de egoísmo y mezquindad. Al fin y al cabo, en lo esencial todos sufrimos la misma condena y estamos sometidos a las mismas penalidades. La genialidad consiste en que esto se expresa sin pomposas disquisiciones metafísicas –como hubieran hecho un Schopenhauer, un Sartre o, entre nosotros, un Unamuno–, sino de golpe y porrazo, como un puñetazo que nos deja secos. Encontramos que hay algo en la condición humana que resulta risible, aun en las circunstancias más trágicas. Otra vuelta de tuerca: en el fondo, más risible cuanto más trágica.

Volvamos al campo de operaciones bélicas para expresar con un caso concreto lo que quiero decir. Al pasar revista en un hospital a los soldados heridos, mutilados y agonizantes, decía Erich Maria Remarque en una de las más célebres novelas antibelicistas del siglo XX, Sin novedad en el frente, que allí uno se daba cuenta «de en cuántos lugares puede ser herido un hombre»: heridos en el vientre, en la columna, en la cabeza, amputados de dos miembros, enfermos de gases, con tiros en la nariz, en las orejas o la garganta, los alcanzados en el pulmón, en la pelvis, en las articulaciones, los ciegos, los que tienen las tripas fuera, y así sucesivamente: una relación tan interminable como impresionante. Pero ahora cambiemos el punto de vista: ¿y si te pegan un tiro en el culo? Lo cuenta, una vez más, Gila en sus memorias: «Al Ignacio, el del Campo de Criptana, le dieron un tiro en el culo. Nos meábamos de risa. Decía: – Estaba cagando tan tranquilo y estos hijos de puta me han dado un tiro en el culo –y añadía–: A traición, porque no tienen cojones para atacar de frente». Cachondeo generalizado entre sus compañeros, como pueden imaginarse, que le dicen: «Pues tú tampoco estabas muy de frente, porque estabas mirando al enemigo con el ojo del culo». Como la herida no parece ser de importancia, le ponen una gasa y un esparadrapo en forma de cruz pero, claro, entonces «el cachondeo fue en aumento. – Ahora mira dónde cagas, porque con la equis en el culo eres como un tiro al blanco».

Es evidente que la risa depende del punto de vista. Pero esto quiere decir que en la mayor parte de las situaciones –yo no me atrevería a asegurar taxativamente que en todas – existe la posibilidad de encontrar una perspectiva cómica. Lo que es indudable es que en la guerra –con todo lo que supone de tragedia y desolación, como decíamos antes– tal posibilidad existe. Bien es verdad que hay risas y… risas. Que no estamos hablando de la risa franca, ingenua, despreocupada, sino de ese otro tipo de risa que se parece más al rictus de asombro que se queda a veces congelado en nuestros labios. Llevándolo al extremo, una risa macabra, como la de las calaveras. Pero, sin llegar a desmesura alguna, podríamos hablar simplemente de esa risa floja que se relaciona estrechamente con la perplejidad o la desesperación: cuando uno ríe sin saber muy bien por qué o porque no sabe qué otra cosa hacer.

Podemos terminar por ello con el testimonio de otro humorista, José Luis Coll, que vivió la guerra en su infancia y que, desde la estatura del niño que fue, retrata a la perfección esa risa siniestra. La situación es la siguiente: unos chicos miran con curiosidad el paso de unos guardias civiles conduciendo a un hombre esposado. Los niños se fijan en detalles nimios, como que el reo lleva desanudada la cinta de su alpargata. Se avisan unos a otros esperando que, de un momento a otro el pobre hombre se pise el cordón y dé un traspiés. Así sucede al fin. El prisionero cae al suelo. Cuando intenta incorporarse, uno de los guardias aprovecha para darle con la culata de su fusil un golpe seco en el costado. Cuenta el narrador cómo sus compañeros no pueden contener la risa y le miran asombrados porque a él «no le sale»:

– ¿Por qué no te ríes, coño? –me gritó el Fede.
– Si me estoy riendo –le dije.
– Pues no se te nota.
– Pues me estoy riendo.
– Este viejo igual es un rojo que ha matao a cuarenta de los nuestros.
– A lo mejor.
– Pues ahora que se joda y baile. ¿No crees?
– Sí.
– Pues ríete, leche.
– Es que no me sale, pero me estoy riendo.
[…]
– O te ríes o te suelto una hostia.
– ¡Espera un poco, joder! –le grité, mostrando una carcajada estúpida.

Hasta que por fin me reí. Reí con grandes carcajadas, al tiempo que me sujetaba el vientre con las manos. Reí hasta que me salieron babas por la boca […]. Y todos se contagiaron de mi risa.

14/01/2016

 
COMENTARIOS

Felipe Nieto 20/01/16 17:10
Querido Rafael:
Cipolla, en un escrito sobre la risa que conocerás, recuerda una conocida anécdota: un aristócrata sube al patíbulo para ser guillotinado por los días aciagos para él de la que luego llamamos Revolución Francesa. El bueno del anciano dio un traspiés que casi le hace caer al suelo. Mirando con sorna al verdugo dijo: «Dicen que tropezar da mala suerte» y siguió su camino hacia su ejecución.
Un abrazo

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