Nada para todos

por Rafael Núñez Florencio

En mi juventud tenía yo un amigo, en realidad excompañero de militancia política, que se distinguía por su radicalismo antimilitarista. Para ser más exactos, su rechazo visceral se dirigía hacia todo aquel que gastara uniforme, en especial si el uniforme iba acompañado de armas. Más que contra el ejército, guardaba particular inquina hacia la Guardia Civil, de la que hacía continuas chanzas con una mordacidad sólo comparable al sectarismo cerril que era marca de la casa. Su persistencia, inmune a cualquier seña de cansancio por mi parte, es la responsable de que aún hoy recuerde algunos de aquellos viejos chistes que perpetraba con insistencia digna de mejor causa: «¿Por qué la Guardia Civil va siempre por parejas? Porque uno sabe leer y el otro escribir». En el fondo casi todos eran chistes ingenuos, pequeña válvula de escape para su frustración revolucionaria. En particular recuerdo un sonsonete recurrente cada vez que pasábamos frente a una casa-cuartel, cuyo lema «Todo por la patria» él traducía con sonrisa aviesa y cansina recurrencia en «Todo por nada», lo que le daba pie a tararear una canción de Camilo Sesto que se titulaba así, de moda por aquel entonces: «La voz desnuda de la vida / me cambió / ¡todo por nada!» Ahí radicaba la supuesta gracia.

Las asociaciones de ideas circulan a veces por caminos muy elementales o mediante mecanismos muy simples. He recordado a mi amigo, al que, por cierto, hace siglos que no veo, al leer este demoledor dictamen de Javier Orrico sobre la enseñanza en España: «En lugar de extender los conocimientos y la cultura a los grupos sociales a los que siempre se les habían negado, la LOGSE los degradó bajo la especie de que así los ponía al alcance de todos. En vez de alzar a los humildes, rebajó el saber. Y sobre esta inmensa patraña, nada para todos, se dispusieron sus defensores a conducirnos hasta el progreso» (pp. 33-34). De pronto, se encendió en mi interior algo así como esa bombillita que se dibujaba en los tebeos de mi infancia. «Nada para todos». La frase me sonó familiar: ¿dónde la había oído yo antes? Pero, por encima o por debajo de las resonancias que la acuñación me traía, pensé que era la más acabada expresión de la demolición del sistema educativo español. Por supuesto, demolición democrática, ¡faltaría más! Todos estamos convidados al evento, al banquete podríamos decir, a tenor de la propaganda. Todos sin excepción. Sólo hay un pequeño problema: nada hay que repartir. Hemos combatido tanto los contenidos tradicionales, lo que pomposamente se llamaba antes el saber, que este ha quedado reducido a la mínima expresión. Apenas queda nada y, lo que es peor, no importa, más bien estamos orgullosos de la destrucción. Nada para todos. ¡Insuperable formulación! La concisión hubiera hecho las delicias del clásico, un tal Bartolomé Gracián, ¿no? ¿O era Las Casas? Bueno, ¡qué más da! Como decía un alumno mío, Leopoldo Alias Azorín.

El libro de Javier Orrico se titula La tarima vacía y es la continuación o, mejor dicho, la culminación de una larga lucha en la que el autor lleva empeñado desde hace años. Como no conozco personalmente a Orrico, tengo que limitarme a lo que sé de él por las publicaciones, y así, de este modo, tengo que decir que supe por primera vez de su existencia hace más de una década, cuando llegó a mis manos por casualidad un alegato revelador que llevaba por título La enseñanza destruida (Madrid, Huerga y Fierro, 2005). En aquellos años, aunque el desastre educativo era ya una realidad más que palpable, eran escasísimas las voces críticas que se atrevían a salir a la palestra para gritar que el rey estaba desnudo. Bueno, ahora que lo pienso, estoy incurriendo yo mismo en una ingenuidad imperdonable. Hoy día, con cerca de dos generaciones de damnificados por la LOGSE y las leyes clónicas que la antecedieron y sucedieron, siguen pudiéndose contar con los dedos de una mano los especialistas y educadores que alzan su voz en las tribunas públicas contra los estragos del pasado, los desmanes actuales y los que ineluctablemente tendrán lugar en el futuro. Diré más: excesos, necedades y tropelías que cuentan con la cooperación y el beneplácito de la inmensa mayoría de los integrantes del sistema educativo –los profesores actuales son ya hijos del sistema− y, ¿por qué no decirlo?, del conjunto de la sociedad española, instalada en una modorra complaciente en todo este ámbito.

Sé de lo que hablo. Es verdad que no soy pedagogo, ni orientador ni especialista en cuestiones de aprendizaje sensu stricto. Menos aún puedo presumir de tener grandes conocimientos de psicología ni haberme doctorado en ciencias de la educación. Soy o, mejor dicho, he sido, simplemente profesor de a pie durante cerca de cuarenta años. No sé si mi experiencia le dará o no un valor añadido a mi opinión. A lo mejor me he pasado cuatro décadas en Babia y, como el marido cornudo, soy el último en enterarme. ¡Qué digo! Alguno pensará que ni a estas alturas me he enterado todavía. No lo digo a humo de pajas. La religión dominante en el ámbito educativo no discute contigo, quiero decir, con el discrepante. Simplemente te marca, te encasilla, te relega: autoritario, discriminador, reaccionario, inflexible, añorante de los viejos tiempos, defensor de la clase magistral. Les da igual si eres de izquierdas, tolerante, receptivo, moderno, democrático, innovador. Al contrario, si eres algo de esto, carga con más saña contra ti porque las líneas divisorias las ponen ellos y se reducen al viejo esquema: si no estás conmigo, estás contra mí.

Los que barruntamos el diluvio allá por la segunda mitad de la década de los ochenta –con Maravall y Marchesi navegando a todo trapo− éramos silenciados a golpe de consigna: éramos los agoreros, frustrados, resentidos, catastrofistas, carcas, ¡y hasta fascistas! Un simpático colega, tan adicto ya entonces a los cargos directivos como refractario a coger la tiza, nos llamaba –muy ocurrente él− los Picapiedra. «Vosotros, decía, no hacéis más que quejaros año tras año de que se rebajan los niveles» (de conocimiento y exigencia). «Vuestra época dorada debió de ser el Jurásico Superior, pues a partir de aquella fecha –según vosotros− no se ha hecho más que devaluar la enseñanza». Con eso estaba dicho todo. Daba igual lo que replicases. Estabas estigmatizado: ejemplar del Parque Jurásico. Los papeles estaban ya repartidos: un diplodocus frente a un pedagogo progresista (esto último, una redundancia, según ellos). En fin, entiéndanme, quiero decir que no tenías nada que hacer. Date por fotut, decía mi amigo Jordi.

Para que se vea cómo se gastaba el paño, añadiré un apunte personal. Recuerdo que por aquel entonces estaba yo destinado en un instituto de Sabadell. Quienes apoyaban la enseñanza comprensiva, constructivista y competencial (perdonen la jerga, pero eso es lo que había; lo que hay ahora es mucho peor) querían que los alumnos dejaran de estudiar una realidad lejana y se volcaran en el conocimiento directo e intuitivo del medio más cercano. Así que las diversas asignaturas se reorganizaron en función de ese objetivo innovador: se estudiaría únicamente la Geografía del Vallés Occidental; la Historia se ocuparía exclusivamente del pasado del Vallés Occidental; la Biología se ocuparía de los seres vivos del Vallés Occidental; la Física y la Química se aplicarían a la realidad concreta del Vallés Occidental; el Dibujo, naturalmente, se impartiría frente al paisaje majestuoso del Vallés Occidental; la Educación Física se haría no en el gimnasio, sino al aire libre del Vallés Occidental; aunque puso algunas pegas, finalmente también se convenció a la profesora de Matemáticas para que explicara su asignatura vinculándola al espacio –distancias, mediciones, proporciones, formas geométricas− del Vallés Occidental. Al final, me llegó el turno a mí, que era el profesor de Filosofía. Cuando intenté argumentar que, por lo menos en lo que a mí se me alcanzaba, ni Platón ni Aristóteles –no me atreví a mencionar a Kant o Marx− habían hollado en momento alguno de sus vidas el Vallés Occidental, el director me miró con reprobación y me dijo como quien corrige a un alumno torpón: «¡Hombre, no te fijes en los de fuera, céntrate en los filósofos del Vallés!»

No suelo decir estas cosas, pero por esta vez haré una excepción: admiro a Javier Orrico. Lo digo completamente en serio. Mi admiración podía venir por el hecho de que ha escrito un libro necesario, apasionado, vibrante. También polémico –este hombre no respeta las más elementales normas de la corrección política−, porque se mete en múltiples charcos y salpica a diestro y siniestro. No comparto, como es comprensible, todas sus estimaciones, juicios y condenas. Con todo, lo más determinante para mí en este caso es que me siento implicado por lo que se disecciona en muchas de estas páginas. Para ser más preciso, hallo reflejados mis afanes de tantos años: los empeños cotidianos, los esfuerzos sin eco, las protestas en el vacío, la lucha sin fruto apreciable. Confieso, sí, que las frustraciones que veo expresadas son o han sido también las mías. Como decía un amigo mío, también profe, parodiando a Ortega, la melancolía de esta profesión inútil. Orrico llega a ser más contundente aún, casi brutal, espero que injusto: «Sin advertirlo por completo, durante treinta años hemos estado caminando hacia el fin de un oficio: el de profesor» (p. 108). El vacío –continúa− lo viene a llenar el hombre nuevo, el psicoeducador, encargado a su vez de moldear al alumno nuevo, al que se le piden destrezas y no contenidos.

Ya me he ido por las ramas. Ahora mismo volveré sobre este punto, pero antes déjenme que termine de argumentar el porqué de esa admiración que acabo de admitir. Reitero que no procede exactamente de la calidad del libro o la pertinencia del diagnóstico. Lo que realmente me fascina de personajes como Orrico es que no se rinden. Están en una situación semejante a las que estamos hartos de ver en las películas de Hollywood: el protagonista está solo, herido, rodeado y en un callejón sin salida. «¡Tu resistencia es inútil!», le grita el portavoz enemigo. «¡Ríndete!». En la ficción, el interpelado –que para eso es el héroe− puede tirarse todos los faroles que quiera, que ya vendrá el guionista para soltarle un cabo al que asirse. En la prosaica realidad, el héroe lo es precisamente porque no tiene salvación y lo sabe. Es un héroe trágico, sino de nuestro tiempo.

Vale, admito que me he pasado un poco hablando de héroes y tragedias. La cosa no llega a tanto. Podría decirse incluso que el género es comedia bufa. Por eso acudo a los humoristas, porque ellos desenmascaran como nadie esa impostura. No hay mejor arma contra un adalid de la nueva pedagogía que la risa, la carcajada abierta. Tip y Coll eran los más consumados pedagogos: hacían complicada (¡complicadísima!) la sencilla tarea de llenar un vaso de agua. ¿Qué es todo esto? Una mascarada. Y, como dicen por ahí, si cuela, cuela. Recuerdo un chiste gráfico de Perich, con un chico que le dice a su compañera a la salida de clase: «¿Y cómo convenzo a mi padre de que el suspenso de “Mates” es culpa de una mala política educacional de la Administración?» Como en un vodevil, cada cual asume su parte, aparentando no ser consciente del rol ridículo que desempeña. Esto lo expresa magistralmente Forges en una viñeta en la que aparece el burócrata de turno preguntando «¿Profesión?» y una desgreñada ciudadana contesta: «Animadora, educadora, actriz, mamá, psicóloga, guía turística, acompañante, traductora, ponente, lingüista, psiquiatra, diseñadora, formadora, escritora, dibujante, gesticuladora y paseante». «Todo eso no cabe», dice el interrogador. «Pues ponga maestra, que es lo mismo», concluye la interpelada.

Como bien sabe cualquiera que se encierre en el aula con cerca de cuarenta adolescentes asilvestrados, la coña de Forges es menos exagerada de lo que parece. Lo dice Orrico en términos serios: el profesor ya no es el transmisor del saber, sino un animador cultural, y digo lo de cultural en un alarde de optimismo. Y hasta lo de animador, ¡si le dejan!, que bastante tiene con poner silencio y hacerse oír. La imagen de la tarima vacía, título del libro, es buena, pero peca también de un optimismo infundado. La tarima no está vacía –no puede estarlo−, por la sencilla razón de que no hay tarima. No hay mejor símbolo que este para contar lo que pasa en las aulas: el pavimento elevado que permitía al profesor hacerse visible hasta para las últimas filas, abarcar el conjunto y proyectar la voz ha desaparecido, como elemento clasista y autoritario. El profesor es sólo uno más, uno entre iguales, que puede enseñar, sí, pero siempre a condición de que aprenda a su vez de sus alumnos. Nadie tiene la llave de la sabiduría ni el monopolio de la verdad. La democracia hay que practicarla para que sea efectiva. El profesor no impone, propone. No dirige, coordina. No exige, transige.

No quisiera parecer apocalíptico, porque no es esa mi intención ni, sobre todo, responde a lo que en mi opinión debe ser un diagnóstico desapasionado. Reconozco que en este terreno es fácil dejarse llevar por las vivencias, que conducen a la vehemencia. Quizá mi única reserva ante el libro de Orrico va en este sentido. Es verdad todo lo que dice, pero no es toda la verdad. Creo que se le va un poco la mano y carga en exceso las tintas. O eso quiero creer, pese a mi talante escéptico y mi propensión pesimista. Es sano relativizar todo. Hasta el desastre educativo es relativo. Mi generación sobrevivió en los estertores del franquismo a los castigos corporales −azotes en la palma de la mano y en el culo−, a las catequesis de curas tridentinos y a la Formación del Espíritu Nacional impartida por falangistas con gomina y bigotito recortado. Comparada con aquella, la educación de hoy –con todas sus taras− es infinitamente mejor. Además, no sería justo generalizar la crítica hasta el punto de ignorar que hay múltiples ámbitos en que se mantiene una enseñanza digna o, simplemente, en los que la innovación no es sinónimo de degradación.

Desde mi punto de vista, los grandes damnificados de las sucesivas leyes de educación españolas han sido las capas de población más desfavorecidas. En el libro se dice −una vez más− con una aspereza lacerante: «el auténtico saber para el que pueda pagarlo» (p. 65). En efecto, las familias que disponen de medios envían a sus hijos a colegios privados o centros de elite o, directamente, al extranjero. Como explica muy bien Orrico, la paradoja en el caso español es que en nombre del igualitarismo a ultranza se ha conseguido un efecto perverso, casi opuesto. Como la exigencia y el esfuerzo han perdido su condición de valores de referencia, la cultura y el saber no pueden desempeñar ya la función de promoción social que en su momento cumplieron: la única vía de ascenso para quienes no disponían de dinero, pero sí de talento. Ahora bien, seríamos injustos si intentáramos cargar la postergación y trivialización de la cultura tan solo en el debe del sistema educativo. Recuerdo una viñeta de Mingote de hace ya bastantes años en la que aparecía un chaval muy ufano dándole patadas a un balón y al fondo dos señoras, una de ellas su madre. Esta le decía a una amiga: «No hay que hacerse demasiadas ilusiones. También su padre prometía mucho de pequeño, y ya ves: rector de universidad».

En cualquier caso, frente a lo que nos quieren hacer creer los partidos políticos y sus ideólogos, los defectos e insuficiencias del sistema educativo español no se arreglan con más leyes, ni con reformas, reglamentos o disposiciones en uno u otro sentido. El llamado «fracaso escolar» tampoco se arreglará, como lleva intentándose desde hace años, rebajando los niveles a ras de suelo. Los problemas tienen raíces más hondas: hay que examinar críticamente, sin apriorismos ni anteojeras, por qué la escuela no cumple su función y por qué, en cambio, pongo por caso, España tiene una nómina impresionante de deportistas de excelencia mundial. Ya sé que esto molesta mucho, pero creo que la enseñanza no levantará cabeza mientras no se sacuda el yugo de los pedabobos. No son, empero, los únicos culpables. No es prudente minusvalorar la inagotable capacidad que tienen nuestros dirigentes para profundizar hasta la exasperación los males ya existentes. Sobre todo si persisten en sus apriorismos y cuestiones doctrinales. Apelo nuevamente a un viejo chiste, en este caso de Chumy Chúmez, que resumía a la perfección esto que trato de decir. La caricatura presenta a dos señoras sonrientes a las que alguien les pregunta: «Y vosotras, ¿qué analfabetismo les vais a dar a vuestros hijos: religioso o laico?» A su vez, no podemos entender, enjuiciar ni criticar la enseñanza en España si no consideramos el país en su conjunto. No nos engañemos: en el terreno universitario, en investigación, en ciencia, patentes, tecnología, laboratorios o innovación, el país da para lo que da. Y eso por no atender a los índices de lectura. Déjenme que termine con una genial viñeta de Forges, modélica en su concisión. Una pareja, ella sentada con un libro y él, de pie, detrás, mirándola, quizás un poco como asombrado. Él dice: «Hola, ¿qué haces?» Ella: «Leer» Y él exclama: «¿Por?»

02/03/2017

 
COMENTARIOS

Juan Vázquez 03/03/17 19:57
Muy de acuerdo en todo. Sólo recordar que no "estamos" solos; afortunadamente contamos con autores como: Ricardo Moreno Castillo, Inger Enkvist, Mercedes Ruíz Paz, Carmen Leal, José Penalva, Alicia de San José, Xavier Pericay, Luisa Juanatey, Salvador Cardús, Francisco Robles, Gregorio Salvador, Alberto Royo y seguro que muchos más. Todos dan una visión crítica del sistema educativo que padecemos, derivado de la LOGSE.

Isabel Den Haag 08/03/17 14:45
Qué bueno lo de los filósofos del Vallés... Lo malo, en el caso de las humanidades, es que esa chorrada se está haciendo cada vez más amplia: conozco a una profe de Literatura que decidió explicar solo a mujeres, algo así como que si los alumnos leen a Gertrudis Gómez de Avellaneda, jamás a Clarín, dejarán de producirse crímenes machistas...

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