Memes de humor negro (I)

por Rafael Núñez Florencio

Un colega y amigo que dice ser seguidor de este blog aprovecha nuestra cita después de mucho tiempo sin vernos para hacerme una serie de sugerencias sobre lo que aquí escribo. Como lo tengo por persona competente y aguda, atiendo a sus observaciones, que son críticas pero amables, con un interés que no excluye cierta dosis de sorpresa. La causa de esta última no es más que la tenaz constatación –¡ya debía de estar curado de estos espantos!– de que lo que uno da por evidente y poco menos que obvio resulta no serlo tanto a los ojos de los demás y, más aún, que determinados sobreentendidos que uno cree compartir con el lector –incluso un lector tan culto y avezado como mi amigo– se interpretan en sentido muy distinto al que han sido concebidos. Le contesto personalmente en nuestra plácida sobremesa sin poderme desprender, no obstante, de la molesta impresión de que mis respuestas espontáneas son como los manotazos desmañados de un mal nadador. La libertad de enfoque y tono que me proporciona una tribuna de estas características me permite ahora reproducir sus observaciones y darles una respuesta más adecuada de la que en su momento improvisé. Lo hago, como bien pueden comprender, no sólo por el prurito personal de explicarme mejor sino con el convencimiento de que dicho empeño servirá para perfilar mejor el fondo y sentido de este blog.

Iré de menos a más, para centrarme finalmente en la cuestión que me parece más relevante. La primera objeción de mi interlocutor afectaba a la propia estimación de lo que es humor negro o su problemática delimitación en nuestras actuales coordenadas culturales. Con todo, no se trataba, en su opinión, tanto de la posibilidad o imposibilidad de precisar sus límites cuanto de algo más complejo: su inserción inevitable en un contexto más amplio que difumina sus perfiles e incluso lo hace indistinguible de otras manifestaciones, que van desde el humor en general, por un lado, hasta los exabruptos de las redes sociales o las ásperas controversias mediáticas, por otro. Sinceramente, poco tengo que argumentar frente a planteamientos de esa índole, más allá del puro y simple reconocimiento de esas circunstancias. Pero, para ser francos, tampoco creo que esa situación sea muy distinta de la que puede encontrarse no ya el investigador o el ensayista, sino cualquier persona corriente ante una realidad que cada vez resulta más difícil de parcelar en términos categóricos o inequívocos. Si algo distingue a nuestro mundo –líquido, tendría que añadir para completar el tópico–, es precisamente esa difuminación de los límites tradicionales y las barreras convencionales. Por no salirme del campo de juego que me es familiar, hemos aceptado, por ejemplo, como moneda corriente que se entremezclen, hibriden y confundan la novela, la historia, el ensayo o la biografía en un totum revolutum en el que todos compiten por no ser lo que parecen y por aparecer como lo que no son. ¿Por qué iba a suceder algo distinto con el humor negro? De hecho, ya desde el principio adopté la prudente actitud de no empeñarme en trazar fronteras, con el riesgo –real, por lo que parece– de que «mis improbables lectores» (como dice mi admirado Manuel Rodríguez Rivero) no supieran muy bien el terreno que estábamos pisando. Ocioso sería, por tanto, subrayar que pienso que cualquier otra opción por mi parte conllevaría peores resultados y, sobre todo, que me constreñiría innecesariamente a un reducto tan artificioso como, sobre todo, empobrecedor.

La segunda objeción de mi amigo me descolocó más, si cabe. Me dijo algo así como: «Entré en tu blog para oxigenarme de tanta espesura, de tanta farfolla, para reírme un poco –si quieres que te diga la verdad–, pensando que encontraría algo así como una columna de humor y, chico, francamente, aquello parecía tan sesudo y alambicado como todo lo demás que lo rodeaba. ¡Menudo chasco!» Claro, le contesté, o yo no me he explicado bien o tú estabas buscando algo muy concreto en el sitio equivocado. El blog se titula, en efecto, Morirse de risa, pero no precisamente porque el autor tenga la pretensión de matar de risa al lector incauto que pinche el enlace, sino porque es –o pretende ser– una reflexión sobre el papel y el sentido del humor negro en nuestras coordenadas culturales. Columnas, viñetas y otras colaboraciones de humor las hay a porrillo en los cientos o quizá miles de periódicos y revistas tradicionales y online que saturan nuestro mundo sin fronteras. Lo que no hay tanto –de facto, apenas hay, por lo menos en nuestro país, en nuestro pequeño mundo informativo y cultural– es una reflexión sobre la función que desempeña el humor en el panorama actual. Ese es el hueco en el que modestamente aspira a insertarse este blog. No pretendo descubrir piedra filosofal alguna, ni convencer a nadie de que este sea el aspecto más relevante del tiempo que nos ha tocado vivir. Se trata simplemente de transitar por un camino que, en mi opinión, ha sido soslayado de modo tan improcedente como sistemático.

Creo que la tercera y última observación que me hizo mi colega merece más espacio, quizá porque confluye con una cuestión que ya no puede denominarse propiamente equívoco, sino que constituye uno de los retos más peliagudos a que debe enfrentarse cualquier tipo de reflexión de nuestro tiempo. Con un tono algo displicente me espetó: «Estás haciendo, en todo caso, algo así como una arqueología del humor. El humor que tú llamas de nuestra cultura –es decir, para entendernos, el humor tradicional, el humor literario desde el Lazarillo al tremendismo de Cela– es humor del pasado, humor obsoleto y periclitado, que nada dice ya a la mayor parte de la gente de hoy… y no te digo nada a las generaciones jóvenes». ¡Hombre! –le contesté un poco touché–, no seas tan reduccionista, no me ocupo sólo, ni mucho menos, del humor de nuestra literatura, sino de otros múltiples ámbitos y expresiones, desde el periodismo a la televisión, desde el cine a otras expresiones artísticas, desde los espacios cotidianos a las redes sociales. Fue nombrar estas y desencadenar un torrente de argumentos en boca de mi interlocutor. Como no quiero marear la perdiz más de la cuenta, resumiré en pocas palabras sus planteamientos.

En síntesis, lo que él defendía era que el humor más vivo, más imaginativo y más inteligente se hace hoy por hoy de una u otra forma en esa realidad virtual que nos succiona. De hecho –me insistía–, esa es cada vez más la auténtica realidad o, por lo menos, la realidad en la que pasamos más tiempo instalados, la de Internet en general o, por especificar, la del WhatsApp, Facebook, Twitter y las innumerables redes sociales, sin contar los blogs, los diarios y revistas online, etc. Hasta que no admitamos, comprendamos y asumamos eso, los antiguos (y me acusaba con la mirada, para que no hubiera duda de a quién se refería) seguiremos estando fuera de juego y poco menos que amortizados para toda la población de menos de cuarenta años.

El planteamiento no es, como a primera vista pudiera entenderse –o yo, al menos, así lo entendí en principio– del orden de «todo está en la red» o «todo pasa por la red», porque nada más obvio y fácil de asumir que eso. No, me aclaró en seguida, no se refería a que Internet sirviera de soporte, vehículo o correa de transmisión a unos contenidos previamente establecidos y ajenos al universo digital, pues en ese caso –siguió pontificándome– no estaríamos hablando más que de mero cambio formal, como cuando leemos un artículo o incluso una novela en la pantalla de un ordenador, un e-book o una tablet en vez del periódico en papel o el libro convencional. No, no se trata de eso, me repitió con énfasis. Él estaba refiriéndose al humor específico que surgía en el entorno digital, con características –siempre en su opinión, claro– completamente distintas al humor de los medios tradicionales. No era un simple cambio de forma o de fachada, sino de contenido, de fondo, de concepción. Un humor –insistía– más espontáneo, más sagaz, más corrosivo, más «democrático», si se admitía la tradicional terminología política. «Fíjate en los memes, por ejemplo». En realidad, los memes, como enseguida comprendí, no eran exactamente un ejemplo, sino su auténtico caballo de batalla. ¡Los memes, sí! Una nueva forma de humor («revolucionaria, te diría, si el término no estuviera tan desgastado») que ponía patas arriba las fórmulas consabidas y las condenaba al pasado herrumbroso, cuando no simplemente a la irrelevancia.

Forzoso es admitir de entrada que ese tipo de argumentación tiene el viento a favor. Se presenta como el futuro barriendo el pasado. Y, por lo pronto, le hace a uno ponerse a la defensiva. Lo primero que a cualquiera le viene a la mente y a los labios es una protesta de reafirmación y, más adelante, algunas justificaciones, pero, para ser sinceros, esas reacciones son como las del jugador que se descubre arrinconado al fondo de la pista y trata con apuros de romper la presión. Eso fue lo que yo hice y eso es lo que no quiero hacer aquí. Operaré, pues, en sentido inverso. Cambiemos el rumbo. ¡Adelante! Marchemos todos, y yo el primero, por la senda del futuro… a ver qué nos depara el nuevo mundo. Pero ya está bien por hoy. Dejaremos la relación de nuestros descubrimientos para el próximo día.

10/03/2016

 
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