Humor feminista

por Rafael Núñez Florencio

Vivimos en un mundo en el que no podemos sustraernos a la información y a las opiniones que nos llegan de todas partes. ¿Qué digo? ¡Yo creo que me quedo corto con esa aseveración timorata! En realidad, sucede otra cosa, que parece que es la misma o muy parecida a la que acabo de expresar y al final resulta ser otra muy distinta: lo que sucede es que nuestra conformación de esa realidad que nos circunda viene dada por opiniones heterogéneas e inconexas que nos llegan de aquí y de allá. Esas opiniones van asentándose en el interior de cada uno de nosotros y terminamos haciendo con ellas un gazpacho al que le concedemos el marchamo de opinión propia. Como en la caverna platónica, opinamos de opiniones, es decir, sabemos o, mejor dicho, creemos saber de sombras, hurtando, o hasta despreciando olímpicamente la realidad, aquellos objetos que son las fuentes primigenias de las sombras. ¿Opinión propia? ¡Váyase a freír espárragos!

Voy a ser más concreto. Ustedes, personas cultas que me leen –pocas o muchas, las que sean‒ tienen a gala exhibir un bagaje de conocimientos. Cuando están con los amigos, con la familia, en el trabajo o en las relaciones públicas en general, sienten la necesidad de manifestar su opinión y, si no la sienten, son los demás quienes, en un momento u otro, se dirigen a ustedes. Pongo un ejemplo entre los millones posibles.

‒ ¿Qué te parece lo último de Muñoz Molina?
‒ No sé, no lo he leído.
‒ ¡Ah, ya!

Observas un tonillo de decepción y una mirada comprensiva. Tu interlocutor intenta echarte un cable:

‒ A mí me da la impresión de que la literatura española está en franca decadencia. Mira a Javier Marías, repitiéndose una y otra vez. Lo mismo que Marsé, Landero o Vila-Matas ¿no te parece? ¡Y hasta Vargas Llosa, joder con los últimos libros del mejor escritor vivo en español! (buscando tu complicidad en el tono irónico).

Pues eso, que notas que busca tu asentimiento o tu sonrisa cómplice y te quedas un poco desconcertado.

‒ Lo siento, es que… no los he leído.

A estas alturas, ante la mirada sorprendida de tu interlocutor, no tienes más remedio que improvisar una respuesta a modo de coartada.

‒ Verás, es que yo no leo últimamente literatura en español.
‒ ¿Ah, no?

No le vas a decir algo tan socorrido, pero también tan pedestre, como que no tienes tiempo.

‒ No, no me interesa. ¡Me aburre tanto!
‒ ¡Ah, claro! ¿Ves? En el fondo, es lo mismo que yo te decía…
‒ Sí, claro.

Suspiras aliviado. Y ahora, si es posible, desvías rápidamente la conversación hacia el próximo Madrid-Barça o cómo se come en ese restaurante de tres estrellas Michelín en el que recalaste la semana pasada. Pero puede ser que no tengas tanta suerte o que tu interlocutor sea recalcitrante o que se agregue otro contertulio o…

‒ ¿Habéis leído al último premio Nobel? Sí, este… ¿cómo se llama…?

Te miran, pero te callas un poco envarado porque no te acuerdas o, simplemente, no tienes ni puñetera idea.

‒ Sí, es un medio chino o medio japonés, algo oriental… Inziguro, creo, o Ishikuro, algo así…

Alguien saca el móvil y lo mira en Google:

‒ Kazuo Isihiguro. ¡Joder, con ese nombre cualquiera se acuerda!
‒ Se lo hubieran tenido que dar a Murakami, que es mucho mejor. O, si querían alguien en lengua inglesa, a Margaret Atwood…
‒ ¡Que encima es mujer! (en estos casos, habrán observado, siempre hay alguien sin el mínimo pudor para recalcar lo obvio)

¿Ahora intervienes tú para decir que no has leído a ninguno de ellos? ¿No es mejor que te lances a la piscina? Disimula tu absoluta falta de conocimientos con aplomo y habla ex cathedra:

‒ Si es en lengua inglesa, donde esté Don DeLillo que se quiten los demás. Y no os olvidéis por el hecho de que sea italiano de un autor delicioso como es Claudio Magris.

Aquí, entre nosotros y sin que nadie se entere, es mentira, tampoco has leído a Don DeLillo ni a Claudio Magris o, por lo menos, hace años que no lees nada de ninguno de ellos pero, eso sí, has quedado de p…m... Si ahora la conversación deriva hacia las recientes series de éxito, la última exposición del Thyssen, el cambio climático, Blade Runner o la nueva edición de las Obras Completas de Ortega y Gasset –esto último es bastante menos probable‒, mantén la misma línea de conducta. Estás a salvo.

Ya sé que me dirán que todo lo anterior es una caricatura y resulta bastante estereotipado, pero reconozcan que no está lejos de la realidad, de nuestra realidad, la de cada uno de nosotros a nivel cotidiano. Vivimos en un mundo con tantas solicitaciones que no podemos dividirnos –hoy se diría clonarnos‒ para atender a todo. Necesitamos echar mano continuamente de recursos elementales, simplificaciones, tópicos. Y, para qué engañarnos, digo todo lo anterior por todos, empezando naturalmente por mí mismo. Porque, en el fondo, lo que hoy quiero contarles es algo que, parodiando el título de un celebrado libro de José Antonio Marina, bien podría llamarse «elogio y refutación del humor feminista». O, por lo menos, de un cierto humor feminista, el más cool, el que hoy por hoy pasa por ser el más novedoso, el más rompedor, lo más de lo más. Como se decía en los espectáculos clásicos, «¡Señoras y señores, con ustedes... Bridget Christie!»

Ahora comprenderán por qué he empezado como he empezado. Verán, yo de esta mujer sabía poco, muy poco, prácticamente nada. Había leído su nombre en alguna que otra ocasión, me sonaba vagamente, pero, la verdad, aparte de saber que era una cómica, apenas podría haber dicho nada más, ni siquiera si era inglesa o estadounidense ni, mucho menos, que había escrito un libro. He aquí que, revisando la lista de novedades –cosa que hago sistemáticamente por razones profesionales‒, me encuentro con que un sello tan prestigioso y, por lo general, tan cuidadoso en su catálogo como Anagrama, anuncia un volumen de la tal Bridget Christie, con el título ciertamente prometedor de Un libro para ellas. Uno parte de la base de que dicho título destila ironía y, en cierto modo, lo ve confirmado por la sinopsis que, en la página web, publica la misma editorial: «Bridget Christie es una humorista sin pelos en la lengua, célebre en el Reino Unido por sus monólogos teatrales, en los que denuncia el machismo que sigue imperando en la sociedad contemporánea y reflexiona sobre la condición femenina. Y, para que sus agudas reflexiones cargadas de sarcasmo quedasen negro sobre blanco, una editora –sobre la que Christie se apresura a explicarnos que también ha publicado en inglés el Mein Kampf de Hitler (eso sí, en edición crítica y anotada)– le pidió que escribiese todo eso que explica, parodia y condena sobre un escenario».

Con esos presupuestos, no dudé en pedir el libro. Aunque llegó pronto a mi mesa de trabajo, por razones que no hacen al caso, pasó bastante tiempo sin que tuviera hueco ni siquiera para hojearlo. En ese intervalo, en mis búsquedas de información por Internet, me topé casualmente con el nombre de la autora y, tirando del hilo, hallé dos artículos que me interesaron. El primero de ellos, publicado en El País, se titula «Intenta no reírte leyendo a Bridget Christie, la feminista que necesitaba Trump». Aunque al principio se alude al libro y a su contenido, calificándolo de «humor inteligente», la mayor parte del artículo –prácticamente la totalidad‒ es una entrevista con la autora, a quien se presenta como «la humorista más sarcástica del panorama actual». No es una entrevista particularmente incisiva, pero, aun así, las respuestas de la autora están por lo general bastante por encima de la estupidez de algunas de las preguntas. Así, por ejemplo, a la cuestión de «¿Te unirás a la huelga internacional femenina del próximo 8 de marzo?», la entrevistada contesta: «Estoy algo confundida con esto. No sé si las huelgas funcionan conmigo porque, técnicamente, mi trabajo va sobre escribir y actuar sobre feminismo y política. Así que, si hago huelga, dejo a las mujeres huérfanas de los muy necesitados LOLs de su vida. Eso sí, no haré tareas domésticas, como planchar o llenar el lavavajillas, ni me acostaré con mi marido. ¿Eso ayuda?» Aunque en ningún lado se consigna, la entrevista en cuestión debe de ser un corta y pega traducido de un medio inglés, porque ni siquiera se han tomado la molestia de explicar al público español qué significa el acrónimo en lengua inglesa que se cita en la contestación, ese LOLs, o sea, Laughing out loud, que equivale a nuestro «no parar de reír» o «morirse de risa».

El segundo artículo lleva un título todavía más provocativo, «Hitler y vaginoplastias: llega el feminismo divertido de Bridget Christie» y apareció publicado en eldiario.es. En este caso, el reportaje no es una entrevista ni una crítica del libro, sino algo que participa de ambas facetas, una especie de recorrido por la vida y la obra humorística de Bridget Christie, sobre la que no se ahorran valoraciones encomiásticas, pero también, y esto es lo más interesante, se deslizan cautamente algunas reservas. Vean ustedes mismos: «Probablemente desde otros foros, se le acusará, a ella o a sus editores, de seguir la estela del bestseller de Caitlin Moran, Cómo ser mujer. El libro feminista 2.0 se ha convertido en un nicho de mercado y sólo puede quedar uno. La burbuja editorial ‒o así se ha denominado en algún espacio de crítica literaria‒ con respecto a los libros escritos por mujeres con perspectiva de género le dará a Christie, con toda seguridad, el título de “La segundona de Caitlin Moran”».

Comprenderán ahora que, con esos antecedentes, en cuanto tuve ocasión me abalanzara sobre el libro de Bridget Christie que dormía el sueño de los justos en el estante de mi biblioteca que reservo a los libros de lectura (supuestamente) inmediata. ¡Había llegado el momento! Supongo que me creen, por todo lo dicho hasta ahora, si les digo que lo abrí con ganas, con gran expectación. A los diez minutos me acordé de aquellos chistes viejos y malos que proporcionaban una imagen, un chino subiendo una escalera empinada, por ejemplo, y preguntaban lo de «¿Cómo se llama la película?»: «A-li-ba-bá y los cuarenta escalones». En mi caso, el título era «Más dura será la caída». No recuerdo un caso en que tanta expectación se desinflara tan pronto. A las cuatro o cinco páginas, el libro ya se me caía de las manos. Confieso que me embargó como pocas veces una sensación de perplejidad o incredulidad: ¿era problema mío? ¡Santo cielo, dónde se escondía, no digo ya la genialidad, sino tan solo la gracia! ¡Mi reino por una mísera mueca de sonrisa!

Reconozco que no siento especial predilección por el humor escatológico. A mí todo eso de «caca, culo, pedo, pis», como decía aquella añeja canción de Los Punkitos, me parece un recurso elemental y zafio, pero, por encima de todo, infantil. Dicho esto, tampoco tengo nada especialmente en contra de ese tipo de humor. Comprendo que en algunas ocasiones la mierda puede provocar hilaridad, pero, eso sí, hay que saber contarlo. Que desde la contraportada se nos anuncie que Bridget Christie nos va a referir «cómo un pedo la convirtió en feminista» no me hace sonreír, ni me parece brillante, pero tampoco desencadena mis defensas. Bien, me digo, allá cada cual con las razones o motivos de su conversión a un determinado credo. Hasta reconozco que la anécdota, que intenta pasar por cierta, tiene su punto: relata qu,e al penetrar en la sección de libros feministas de una librería, constató que el dependiente se había tirado una descomunal y maloliente ventosidad, muy probablemente con el convencimiento de que en aquel rincón no aparecería nadie o, peor aún, que, si alguien aparecía, no era digno/-aa de que se le tratara con mejores modales. Una metáfora perfecta del desprecio machista.

El problema, para que me entiendan, no está en lo que cuenta Bridget Christie, sino en cómo lo cuenta. La primera frase del libro es «No era mi intención hablar de pedos en este libro». Vale. Si dices eso es porque ahora mismo, a continuación, vas a hablarnos de pedos, ¿verdad? ¡No lo sabes bien! En las páginas siguientes, en efecto, se habla de pedos, aunque Christie confiesa que el humor escatológico le «pone de los nervios» (¡qué sería entonces si le gustara!). Bueno, también se habla mucho de Hitler, traído a colación porque la obra de ambos –es decir, los libros de Hitler y Christie‒ aparecen bajo el mismo sello editorial. Luego sigue hablándose de pedos en general. Aunque, como he dicho, a Christie el humor escatológico le pone nerviosa, considera que debe «explorar siquiera de forma sucinta las complejidades y matices de los pedos y la acción de peerse». Y es que, continúa argumentando, «los pedos pueden decirnos tanto acerca de una persona como la intención de voto o los hábitos de compra por Internet, si no más». A estas alturas, yo reconozco que voy impacientándome. Pienso que ya es hora de dar carpetazo a tantas vueltas y revueltas sobre los pedos. «Lasciate ogni speranza», como escribía el Dante.

La autora no ofrece el menor atisbo de piedad: «Por cierto, si creéis que ya basta de pedos para un solo libro, debo decir que apenas he empezado a abordar la cuestión». ¡Tiembla, lector! Y, lo que es peor, doy fe de que, en este aspecto, la autora no miente ni amenaza en falso. Hasta la página 44 –es verdad que con la interpolación de las más diversas divagaciones, vengan o no a cuento‒ estamos dándole vueltas al asunto. En la página citada, el lector halla por fin la tierra prometida, el fin de las disquisiciones escatológicas, en forma de caída en el camino de Damasco. El pedo del dependiente le permite a la autora «ver mi propia existencia bajo una nueva luz». ¿Cómo? «De pronto fui consciente de toda la violencia y la opresión que las mujeres sufrían a lo largo y ancho del mundo, día tras día, minuto a minuto». Así van desencadenándose las reflexiones de la autora hasta la apoteosis suprema: «El pedo de aquel hombre me brindó no sólo la luz bajo la que vería el mundo a partir de entonces, sino también la clave de toda una carrera artística».

Aliviado –por lo menos yo‒ con haber dado carpetazo al asunto de los pedos, me sumerjo a esas alturas ya con pocas esperanzas, más resignado que expectante, en los diversos capítulos que integran el libro. Miro el índice y compruebo desalentado que me quedan más de trescientas páginas. Trato de agarrarme a los recursos más elementales, buscar un tema interesante, una anécdota significativa, una frase luminosa, hasta un chiste que sea pasable. Es inútil. Voy pasando páginas con creciente desánimo. Me resulta insufrible el egocentrismo y el narcisismo de la autora: eso sí, bien disfrazado de burlas y pullas, como queriendo decirnos que ella misma es la primera que no se toma en serio. Pero, por encima de todo, el problema es que nos dice cosas ya muy sabidas y, encima, las dice de un modo deslavazado e inconexo, sin ton ni son. El humor feminista transita casi siempre por una delgada línea saboteada por dos trampas mortales: la facilidad y lo obvio. A estas alturas, jugar con los tópicos machistas sobre las feministas –«Son todas unas lesbianas peludas y marimachos»‒ me resulta simplemente cansino. Ya lo hemos oído muchas veces. Mezclar frivolidades de chica rica y progre con cosas serias –como las minas antipersonas o la mutilación genital femenina‒ sin discriminar ni jerarquizar, en una especie de totum revolutum en el que todo viene a ser lo mismo o todo vale lo mismo, pues, ¿qué quieren que les diga? A mí no me convence.

Para que vean una vez más cómo se las gasta la autora, menciono otra perla. Refuta la tesis machista de que las mujeres no tienen gracia porque rehúyen el riesgo: «Eso es falso. Las mujeres se pasan la vida asumiendo riesgos. El coitus interruptus es un método anticonceptivo usado por las mujeres, y es a la vez arriesgado y gracioso (sobre todo cuando le dices al hombre que estás embarazada de ese hijo que ninguno de los dos desea tener)». Pero, si no les ha convencido, Christie acude a la prueba definitiva, es decir, ¡a ella misma! «Yo no rehúyo el riesgo. Lo asumo a todas horas. Por ejemplo, el otro día me puse las zapatillas sin comprobar primero si mi gato había vuelto a meter en ellas un ratón muerto. Siempre me pilla, el muy cabrón». Bueno, pues así todo. A lo mejor a ustedes le resulta genial y yo soy el equivocado. A estas alturas ya no sé qué pensar.

En bastante de sus páginas, Un libro para ellas trata asuntos serios, incluso yo diría que muy serios, sobre todo cuando la autora se refiere a la situación de la mujer en muchos países del planeta. Aquí ya no estamos hablando de cosas como la utilización mercantilista del cuerpo femenino, que es deleznable, pero asunto bastante menor si lo comparamos con la mutilación, la tortura, la guerra, el hambre, la cárcel y la muerte. Admito y comparto que es difícil hacer humor con estos parámetros. Aun así, hay un amplio campo de juego para el humor feminista. El problema, desde mi punto de vista, es el humor específico que hace la autora. Por ejemplo, dado que la industria del sexo y Margaret Thatcher provocan división entre las feministas, Christie propone que Maggie sea «la cara visible de Conejitos Rampantes, la línea de vibradores de la marca de juguetes eróticos Ann Summers,  o de cualquiera de esos artilugios concebidos para la penetración anal». Encantada con la idea, sugiere incluso que se podría utilizar un eslogan como «Primero nos joden el Estado del bienestar y luego nos dan por culo».

Comprenderán y disculparán –espero‒ que no siga. Tuve la santa paciencia de leerme el libro de cabo a rabo, entre la extenuación y el cabreo, hasta que el segundo se impuso sobre el primero. No quiero infligirles la misma tortura, aunque sea en una dosis menor. De hecho, mucha gente me ha interpelado en numerosas ocasiones sobre los motivos por los que los críticos nos ocupamos de libros malos. ¿No sería mejor castigarlos con el duro látigo de la indiferencia, esto es, el silencio? No, suelo decir. Por varias razones: primero, porque si el crítico sólo se ocupara de los libros buenos o que merecen la pena –en su opinión, claro‒, el resultado sería que todo lo que reseñaría sería magnífico, lo cual, como mínimo, despertaría las reservas y suspicacias del respetable. Además, ocuparse únicamente de obras excelentes es como empeñarse en que cada día sea extraordinario: por razones obvias, es una contradicción en sus términos. Creo además sinceramente que el  lector común o el interesado tiene todo el derecho a exigir que un profesional seleccione y lea por él lo bueno, lo menos bueno y lo malo, para así poderle indicar –siempre según su opinión, claro‒ lo que merece la pena y aquello en que no debe malgastar su tiempo. Pero la razón más poderosa es la que guardo para el último lugar y que está relacionada con las consideraciones con que empecé este artículo.

Como no soy masoquista, no puedo decirles que he pasado unas buenas horas leyendo este libro. Pero tampoco puedo decir que me arrepiento de haberlo hecho. En caso contrario, probablemente tendría que haberme fiado de los artículos que les cité al principio. O, como hacen muchos que yo me sé, de la breve sinopsis de la contraportada. En el peor de los casos, tendría que haber improvisado una respuesta ante la más que previsible interpelación de un colega o amigo:

‒ ¿Qué tal esa obra de Bridget Christie, Un libro para ellas? ¿La has leído, verdad? Me han dicho que muy buena, ¿no?

02/11/2017

 
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