¿Existe el humor negro en la cultura española? (y II)

por Rafael Núñez Florencio

Cristóbal Serra (1922-2012) fue un polifacético escritor mallorquín, autor de una obra variopinta, difícilmente clasificable con los criterios convencionales. ¿Se acuerdan de la colección titulada «Cuadernos marginales» de Tusquets? Eran libros de formato pequeño, un poco como los llamados tuñoncitos de Siglo XXI, que se pusieron tan de moda en la década de los setenta, libros de bolsillo dirigidos a un público progre, editados un poco de aquella manera, pero que calmaban sobradamente la sed de cultura de un público imagino que joven y al tiempo ávido de lecturas comprometidas. El fondo importaba entonces incomparablemente más que las formas. Pues bien, en aquel pequeño formato de «Cuadernos marginales», concretamente con el número 51, se publicó una Antología del humor negro español, subtitulada Del Lazarillo a Bergamín, que firmaba el susodicho Cristóbal Serra. Se trata de un libro prácticamente inencontrable hoy día y ni siquiera se conserva el ejemplar preceptivo en la Biblioteca Nacional. He de confesar, a fuer de sincero, que yo mismo lo tenía olvidado en los anaqueles de mi biblioteca, casi perdido entre otros cientos de volúmenes de la época. Debo a mi amigo Paco Fuster, que me habló del autor y del libro al saber que había centrado mis pesquisas en el humor negro, el recordatorio de su existencia. Fui al lugar correspondiente y, en efecto, allí estaba el Serra, conservando en sus ya bastante ajadas páginas los extensos subrayados que hice cuando tenía ¡casi cuarenta años menos! ¡Caramba, caramba, cómo pasa el tiempo! ¡Que no son los veinte años del tango, sino casi exactamente el doble! Mejor dejémoslo y vamos a lo que íbamos.

Lo primero que sentí al volver a tener el librito en mis manos fue algo parecido a aquella sensación agridulce que tuve en su momento. No sé muy bien cómo explicarla. Yo me compré el libro a raíz de leer una crítica en El País, firmada por Emilio Temprano. No era una crítica especialmente elogiosa. Esto, en verdad, no lo recordaba y lo he constatado ahora al buscar el artículo en cuestión en Internet. Lo he releído, pero como si fuera la primera vez. Lleva por título «Humor bastante negro» y viene a dar una de cal y otra de arena: pondera la dificultad del empeño, resalta que el autor hace una selección muy personal, discute algún que otro criterio, valora las aportaciones críticas de Serra y, en fin, aunque el libro «no nos descubre nada nuevo –dice–, puede ser un buen comienzo», dada «la escasa bibliografía sobre el humor español». Sigo pensando que en esta última aseveración está la clave, tanto entonces como ahora. Ahora mucho peor que entonces, porque han pasado cuatro décadas y la situación apenas ha cambiado, ergo es peor. La prueba de ello –no ya sólo de la escasa bibliografía que denunciaba el crítico, sino de la aún más escasa atención que el tema concitaba– es que el libro pasó prácticamente inadvertido, sin que nadie o casi nadie mostrara el menor interés siquiera en apuntar su existencia. Yo no recuerdo haber visto o leído en su momento ninguna crítica más. No he hecho a día de hoy una búsqueda concienzuda, porque no merece la pena, pero no me extrañaría que ningún otro reseñista o medio cultural se hubiera hecho eco de la publicación. Pero, en fin, dejemos también por ahora ese asunto y volvamos a lo de la sensación ambivalente.

Yo no sé si leí en su momento la crítica con mejores ojos. Lo cierto es que, a raíz de ella, me compré el libro con altas expectativas que, sin embargo, pronto quedaron defraudadas. Al menos, en parte. No sabía muy bien si era problema mío, pero el caso es que aquel no era el libro que yo esperaba. La idea, por supuesto, estaba bien, incluso muy bien: confeccionar una antología del humor negro en la cultura española a través de los siglos, desde los tiempos áureos a los actuales. Sobre el papel, enormemente atractiva. ¿Los comentarios del autor? Pasables, quizá demasiado convencionales para mi gusto, es decir, muy tradicionales, nada rompedores para un libro que, por sus propios objetivos, debía ser iconoclasta. Y en cuanto a la selección de autores, bueno, la mayor parte de los autores elegidos estaban fuera de toda duda, aunque ni estaban todos los que eran ni (lo que era peor) eran todos los que estaban. Quiero decir, por ejemplo, que algunos rechinaban, bien porque no daban la talla (Silverio Lanza, Antonio Espina), bien porque, dándola, su obra no se distinguía precisamente por la presencia del humor (Antonio Machado). Pero, más allá de esas puntualizaciones, el problema era en su mayor parte de las obras escogidas, de los fragmentos seleccionados y, sobre todo, del criterio (o, si nos ponemos duros, de la ausencia de él). Es decir, volviendo a lo de antes, por qué estaban unos y por qué faltaban otros muchos que un servidor, modestamente, hubiera considerado imprescindibles. Eso, más o menos, fue lo que pensé en su momento, según creo recordar. Es verdad que entonces yo era mucho más severo e intransigente. Hoy tiendo a ser más comprensivo. Aun así, al abrir de nuevo las páginas del Serra he rememorado aquello y he constatado que, aunque sea más flexible, no me faltaba razón –o, al menos, eso sigo creyendo, a pesar del tiempo transcurrido– en las estimaciones que acabo de transmitir. Por decirlo en plata, el libro –la antología, quiero decir– resulta en su conjunto poco atractiva y a veces hasta un poco plúmbea. Un pecado imperdonable en una obra de estas características.

Lo primero que he pensado al releer el volumen es que muy bien hubiera podido titularse también Antología del pesimismo español o La presencia de la muerte y lo sombrío en la literatura española. Permítaseme una acotación personal, extraída del rasgo antedicho: cuando algunos colegas y amigos que siguen mis publicaciones me han preguntado cómo he transitado desde el estudio del pesimismo español a la cuestión de la muerte y lo macabro en nuestra trayectoria histórica, y de ahí seguidamente al examen del humor negro en la cultura española, en vez del esfuerzo que en su momento hice para mostrar el hilo de Ariadna de la continuidad temática e interpretativa, tendría que haberles contestado simplemente: «Léete el Serra: ahí tienes la respuesta». Y no sólo porque en el contenido seleccionado la presencia de la negrura sea tan avasalladora que asfixia hasta al propio humor, sino porque, por si fuera poco, el autor, Cristóbal Serra, se dedica sistemáticamente en sus prologuillos a los diversos autores seleccionados a resaltar los aspectos más siniestros y ominosos de la concepción de la existencia de todos ellos.

Abre el turno El Lazarillo, espejo de una España que «va bajando los peldaños del sepulcro» y retrato de «una vida en cueros, despellejada», teatro de una «sórdida lucha» que termina en polvo, huesos, nada. Sigue un fragmento de El Quijote, «el libro más tristemente adulto que existe». Continúa con Quevedo, «el mayor pesimista que ha dado nuestra raza»: su humor es más bien malhumor, producto de la amargura, de la rabia y de la angustia. Quevedo –nos dice Serra– pulveriza cuanto toca. Frente a él, Gracián parece contenido, pero sólo en apariencia: su humor negro, «secuela del horror de su concepción ultrapesimista, tiene mucho de fantasmal, de ultratúmbico». Por ello, «la destrucción del lenguaje es, si cabe, más profanadora que en Quevedo […]; en una palabra, se nos muestra más destrozón». Le llega el turno luego a Torres Villarroel, más alegre que unas castañuelas: este –nos informa Serra– es el que se «hizo preparar en un convento de capuchinos su tumba y se mandó retratar en un cuadro con la Muerte a su lado en ademán de embestirle». Para estar bien preparado para el inevitable resultado de la embestida, tuvo la precaución de «hacerse el ataúd» y tenderse «en él para ver si le venía bien». Aparece luego Cadalso, al que se presenta como uno de los adalides de la «literatura del desengaño». El fragmento seleccionado es de las Noches lúgubres, «una letanía disparatada y melancólica». Le llega el turno al chistoso Espronceda, el romántico «que se estremece en las llamas torturantes de una filosofía pesimista hasta el escepticismo». El simpático Larra aparece en su faceta menos costumbrista, como si la sombra de su suicidio planeara sobre toda su vida anterior: pesimista integral, sin «fe en nada», angustiado, solitario, receloso de «la felicidad de los individuos» y aún menos de «la de los pueblos». Podía seguir… Voy más o menos por la mitad del libro y con decir que ahora viene Unamuno, ya se pueden imaginar. Comprenderán ahora que mi arranque del párrafo anterior era cualquier cosa menos gratuito: a estas alturas, el lector que se haya despistado un poco puede alzar la cabeza, ciertamente perplejo, y preguntarse si está leyendo un libro de humor –todo lo negro que se quiera, pero humor al fin y al cabo– o una antología del existencialismo más descarnado.

Aun a riesgo de parecer que ahora soy yo el que me contradigo con el tono y sentido de lo anteriormente expuesto, tengo que decir que, en mi opinión, algo de razón –o mucha, según se mire– le asiste al urdidor de esa antología. No quiero decir con ello que suscriba sus comentarios y su selección, pero sí que reconozco que su margen de maniobra era relativamente estrecho. Intentaré explicarme. En el fondo, la razón es bien sencilla y estriba en las características específicas del humor negro español, tal como de hecho se ha dado en nuestros lares. Un humor negro excesivo y descompensado, aunque sólo fuera por el hecho de que, como apunté antes, la negrura corre riesgo siempre de engullir al humor propiamente dicho. Un humor que suele ser hijo de la desmesura, del tremendismo, cuando no directamente de la amargura, de la inquina o, para entendernos, de la pura y simple mala leche. El humor negro español raramente es neutro, mucho menos piadoso o, simplemente, comprensivo. Normalmente es hijo de la envidia, de la maledicencia, del mal… humor. Dispara casi siempre contra algo o contra alguien y, por supuesto, dispara a matar. Entra a saco, para despellejar y luego, si es posible, exhibe el botín de guerra. Se dice en la contraportada del libro de Serra que esta Antología «viene a rectificar de cierto modo el singular “olvido” de André Bretón» en la suya, al excluir a autores españoles. En el fondo, pretensión inútil y falaz. Quien lea ambas antologías tendrá por fuerza que admitir que, en el fondo, apenas hay puntos en común entre una y otra, por más que ambas se reclamen transidas del espíritu del humor negro. Lo que se entiende por esta expresión –humor negro– en una y en otra son cosas disímiles, y no diré que opuestas para no llevar al extremo mi argumentación, aunque no me faltan ganas de decirlo.

Ya sé que me dirán que ahora soy yo quien incurre en una generalización excesiva. Que, aunque en el mejor de los casos no me falte razón, hay múltiples excepciones a ese panorama que he esbozado del humor negro español. No me duelen prendas en reconocer el fundamento de tales objeciones. El humor negro de Ramón Gómez de la Serna no es de esa índole por lo general. Tampoco lo es, por ejemplo, el humor negrísimo de Max Aub en, pongo por caso, Crímenes ejemplares. Ni el de Castelao en Un ojo de vidrio. Memorias de un esqueleto. Son tres referencias que se me ocurren ahora, casi a voleo (por cierto, ni Aub ni Castelao aparecen en la Antología de Serra). Aún podría precisar más: es verdad que, sobre todo en los últimos tiempos, ha ido desarrollándose en nuestro ámbito cultural una vena de humor negro que se separa y se diferencia del tronco quevedesco, valle-inclaniano y solanesco que ha impregnado nuestra disposición ante la vida de modo secular. Pero, precisamente por ello, esta tendencia que, como digo, parece despuntar en las décadas más recientes a nosotros, constituye la excepción o el contrapunto a ese curso general de mal-humor que ha caracterizado la vida española a lo largo de los últimos siglos. Dígase lo que se quiera, lo rufianesco, lo tremebundo, el esperpento o el chafarrinón han constituido las tendencias dominantes.

Por eso, a pesar de que su selección es más que discutible y sus criterios parecen casi arbitrarios; a pesar de sus subrayados excesivos y, en el fondo, gratuitos, hay que comprender a Cristóbal Serra. Es incuestionable que, a lo largo de la historia, y así lo ha recogido la literatura, el humor español ha sido así, áspero, seco, descarnado, tan poco propicio a la ironía y tan volcado al sarcasmo, tan refractario a la finura como cercano a la simple befa. No me quiero con ello apuntar tantos que no me pertenecen. Para ser cabal, debo reconocer que todo esto que estoy diciendo está ya en el libro de Serra, tanto en su conciso prólogo como en la misma contraportada. En esta última, por ejemplo, podemos leer que los autores españoles aquí seleccionados, coinciden, pese a su disparidad, en una «visión discordante, poco grata, malhumorada y casi siempre despiadada de la vida». Ríen, en efecto, pero ríen… para no llorar. Así, «el humor negro español pocas veces arranca la risa franca y abierta y cuando lo logra (como en el Quijote), está siempre impregnada de la más honda melancolía o cargada de veneno». Sea. Llegados a este punto, desde esta perspectiva global que nos ha ocupado en este comentario, poco tengo que añadir. Otra cosa será que desgranemos más concienzudamente temas, épocas y autores. Pero esa, como digo, será otra historia: la dejaremos para otra ocasión.

11/02/2016

 
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