El más negro de todos los humores

por Rafael Núñez Florencio

Cuando mencionamos las palabras «humor negro», de una manera casi automática, poco menos que inconsciente, nos preparamos para algo así como un chiste o una broma sobre la muerte, la enfermedad, la desgracia o, por decirlo en una palabra, el mal que le ha sucedido o puede sucederle a alguien, de modo real o ficticio. En el mundo y en el tiempo en que vivimos, «humor negro» es sinónimo de broma cruel, lindante con lo políticamente incorrecto y, por tanto, susceptible de ser tomada o comprendida como una provocación, sobre todo si afecta a colectivos tradicionalmente marginados: los judíos, quienes sufren alguna deformidad física o enfermedad mental, o incluso las mujeres como un todo (cuestiones de género). A este respecto, dicho sea de paso, lo primero que habría que objetar, si nos ponemos puristas, es la propia denominación, por lo que revela de asociación del negro con la cara más desgraciada de la vida. ¡Qué porvenir más negro me espera!

Es conveniente recordar, no obstante, que «humor», en primer término, significa estado de ánimo, sea este positivo o negativo. De hecho, es usual que tengamos que explicarnos acerca de nuestra disposición personal añadiendo un adjetivo, «bueno» o «malo». Por eso decimos, por ejemplo, que Fulano está malhumorado o que esta mañana estoy de buen humor. Y es que, buceando en la etimología, topamos con que humor viene del latín con el significado de líquido, porque originalmente designaba alguno en particular o, si se utilizaba el plural, el conjunto de líquidos específicos que supuestamente constituían el cuerpo humano. De ahí la famosa teoría de los humores, que se formula en la Antigüedad grecorromana, pasa por Hipócrates y Galeno, se recoge en la Edad Media, pervive en la época moderna y llega hasta nuestros días, nimbada de un halo de esoterismo o inserta en saberes arcanos. En este contexto, como es del dominio público, «humor negro» es sinónimo de melancolía. En efecto, en la división cuatripartita de los fluidos corporales, reflejo de las cuatro estaciones del año y de los cuatro elementos del mundo, la predominancia de la sangre daba el carácter sanguíneo; de la bilis amarilla, el colérico; de la flema, el flemático; y, por fin, de la bilis negra, el melancólico.

Volvamos a la expresión «humor negro», tal como hoy la comprendemos y utilizamos. ¿Podemos seguir manteniendo que tiene algo que ver con la melancolía y con el carácter melancólico? ¿No se distingue este más bien por su reluctancia a las actitudes o disposiciones que solemos entender como humorísticas? Bueno, lo que aquí sostengo y quiero desarrollar es que hay un determinado tipo de humor –que, como mínimo, se parece mucho a lo que habitualmente entendemos como humor negro− que surge del talante melancólico. Si prefieren una formulación más esquemática, les diría que estoy hablando del humor negro como hijo natural del pesimismo y la desesperanza. Como he dicho en algunas otras ocasiones, sería el humor como válvula de escape, el humor del que ya no cree en nada ni espera nada de nadie, el humor del herido en cuerpo y ánimo. Un humor que, por ello mismo, es o suele ser agresivo, por supuesto mordaz y casi siempre bastante despiadado. Es lo que he querido expresar en el título que antecede a todo esto: el más negro de todos los humores.

Quien me siga en esta sección recordará probablemente que ya he escrito en más de una ocasión que este es un tipo de humor muy característico de nuestros lares (véase, por ejemplo, «¿Existe el humor negro en la cultura española?»). Lo digo, claro está, sin ninguna pretensión esencialista o metafísica: no es que haya un humor específicamente español arraigado en un supuesto carácter hispano que se mantenga poco menos que inalterable a lo largo de los tiempos. Lo que hay son unas constantes en la cultura española –que se dan también, por supuesto, en otras latitudes− que dotan a la manera de ver el mundo que se expresa en castellano de unos rasgos de humor feroz, airado, corrosivo. Ello es particularmente ostensible en la literatura, de Quevedo a Cela, de la picaresca al esperpento. También en la pintura, de Goya a Gutiérrez-Solana. Pero en conjunto podría hacerse extensivo sin dificultad a otras artes y exteriorizaciones culturales. Hay un hilo característico o, si se prefiere, una serie de manifestaciones que delatan esa tendencia y marcan sucesivos hitos. Las expresiones concretas, claro está, son bien distintas, al socaire de cada circunstancia histórica y de los rasgos específicos de cada autor, pero al mismo tiempo es innegable la existencia de un basamento común. Como también he señalado en algunas ocasiones, en mi opinión, en ese humor negro que se hace en España prima en demasiadas ocasiones el adjetivo por encima del sustantivo: la negrura es tanta que devora, como Saturno a sus hijos, todo lo demás. La risa queda en rictus, en mueca congelada, en sonrisa de calavera.

Las consideraciones anteriores son el proemio para dar cuenta de dos libros que han llegado juntos, por azares que no hacen al caso, a mi mesa de trabajo. Son muy diferentes en casi todo –contenido, intencionalidad, estilo e incluso público al que van dirigido- hasta el punto de que, casi sin exagerar, podría decirse que lo único que les hermana es precisamente el hecho de compartir esto que aquí llamo el más negro de todos los humores. El primero está escrito por un profesor español, doctor por Harvard y en la actualidad docente en la Universidad de California en Irvine. El autor en cuestión se llama Santiago Morales Rivera y el volumen lleva por título Anatomía del desencanto, con un subtítulo mucho más preciso: Humor, ficción y melancolía en España, 1976-1998. Aunque está escrito en castellano, su publicación se ha realizado este mismo año allende el Atlántico. El segundo libro al que quiero referirme tiene un título más paródico y provocativo: Filosofía para una vida peor, con un subtítulo más convencional, Breviario del pesimismo filosófico del siglo XX. Su autor es Oriol Quintana y lo ha publicado entre nosotros Punto de Vista Editores.

Al expresar lo que he señalado en los párrafos anteriores, caigo en la cuenta de que muy probablemente alguno de ustedes, quizá los más suspicaces, pensarán que al vincular humor negro, tal y como lo entendemos habitualmente, y melancolía –bilis negra−, estoy forzando las cosas y, como se dice vulgarmente, intentando llevar el agua a mi molino. La prueba de que no es así la tienen en la declaración explícita que constituye el subtítulo del primero de los libros que he citado. Les recuerdo que es «Humor, ficción y melancolía en España». Y nada más abrir el volumen, en sus páginas iniciales, el autor establece un par de asertos de suma importancia para lo que quiero tratar aquí. En primer lugar, por decirlo con sus propias palabras, que «el arquetipo de la melancolía informa casi toda la producción cultural española al término de los siglos XVII, XVIII y XIX». Ni yo mismo me atrevo a decir tanto. Pero no quiero entrar al trapo. Me interesa detenerme más bien en la segunda de las afirmaciones, que nos conduce directamente a nuestro objetivo: señala Santiago Morales que persigue recuperar «los vínculos y tensiones que mantiene la noción de melancolía con la estética del humor negro».

A pesar de que antes se ha aludido a un amplio e indeterminado segmento histórico, las pretensiones del estudio de Morales son mucho más limitadas y precisas: se propone aplicar los criterios anteriormente establecidos a la novelística española del tramo final del siglo XX o, para ser más exactos aún, a determinadas obras de cuatro novelistas que, en opinión del autor, son representativos de la actitud que trata de rastrear. Los narradores en cuestión son Juan José Millás, Cristina Fernández Cubas, Gonzalo Torrente Ballester y Javier Marías. Santiago Morales escoge una o dos publicaciones de cada uno de esos autores como centro de su análisis. Siguiendo el mismo orden que acabo de enunciar, esas obras son: La soledad era esto (1990), en el caso de Millás; dos novelas cortas de Fernández Cubas: Mi hermana Elba (1980) y La noche de Jezabel (1983); La muerte del decano (1990), de Torrente Ballester, y Mañana en la batalla piensa en mí (1994), de Marías. Ya he señalado explícitamente en otras ocasiones que en este blog quiero hacer comentarios, divagaciones o experimentos mestizos, pero no reseñas propiamente dichas. Por esa razón no deseo seguir ahora, en las líneas que siguen, el orden y la exposición de Morales en su libro. Quien tenga interés en su contenido –denso, reflexivo, erudito− debe zambullirse directamente en sus páginas.

Pero sí quiero aprovechar la ocasión para enfatizar esa profunda conexión –insisto en que lo dice Morales, no yo− entre desencanto, melancolía y humor negro como rasgos más sobresalientes de la novelística española de finales del siglo pasado. En «el humor negro de la melancolía» halla nuestro analista «una fórmula profundamente irónica». Podría decirse que la ironía es precisamente el combustible que anima la propia indagación de Morales a lo largo de estas páginas, empezando por el guiño irónico del propio título, que remite al clásico libro de Robert Burton, Anatomía de la melancolía (1621). Una mirada irónica que se prolonga en la contemplación de la Transición española como una orfandad: tras la muerte de Franco (contra él era más fácil «vivir mejor», Manuel Vázquez Montalbán dixit), se esperaba el todo y nos topamos con la nada. Morales se refiere a la «dialéctica entre la utopía y el desencanto». Es el momento del fracaso absoluto de los ideales utópicos que albergaron quienes eran aún jóvenes en el momento de la muerte del dictador y soñaban con que un nuevo mundo era posible. Ese fracaso, que puede constatarse como irreversible en un breve lapso de tiempo, produce el pasotismo, la desgana, la apatía. De este subsuelo nace el humor negro que caracteriza la mirada cultural española del momento.

De entre los múltiples ejemplos de esta actitud que aduce Morales a lo largo de las páginas del libro, me parece especialmente significativo el caso de Millás. En La soledad era esto, que es la obra que aquí se analiza, como antes adelanté, Millás sabe extraer un particular sentido del humor –cito la interpretación de Morales− del «sentimiento de duelo acaso más íntimo, agudo y deprimente: el duelo por la muerte de la propia madre». Esta contraposición entre una realidad tenebrosa y el desplante irónico (o incluso la risa sardónica) se produce también, en mayor o menor medida, en el resto de los autores. Así, por ejemplo, Fernández Cubas también despliega su vena humorística –siempre siguiendo a Morales− para enfrentarse al pasado «horrible, siniestro y traumático» de España. Es verdad, por otro lado, que todos estos autores operan en un contexto especialmente favorable para esa amalgama de humor negro y desencanto, risa irónica y melancolía. Así, baste recordar que de esas fuentes bebe el humor corrosivo de lo mejor de la filmografía española de la época, de Luis Buñuel a Luis García Berlanga. Concretamente Morales cita de manera expresa una de las obras culminantes del primero de esos directores, Viridiana (1961), para explicar cómo «el sentimiento melancólico parece degenerar y confundirse con un sentido retorcido o perverso del humor».

Si me piden que les resuma brevemente el contenido del libro, la verdad es que me vería en un aprieto. Anatomía del desencanto no se presta a las sinopsis apresuradas ni a las esquematizaciones triviales. Tiene muchas vueltas y revueltas, innumerables matices y ramificaciones difíciles de condensar. Me limito a citar al propio autor cuando se impone ese mismo reto. El libro, escribe Morales, defiende «que la condición melancólica de España» en el lapso considerado, «no ha producido tanto un sentimiento noble de desencanto [...] como un sentido perverso del humor o [...] un humor negro que cuestiona cualquier nobleza que pueda quedarle al viejo Homo melancholicus». Curiosamente, en el otro libro que antes les cité –Filosofía para una vida peor: también aquí el guiño irónico en el título−, su autor no habla tanto de melancolía propiamente dicha como de su resultante al mirar el universo, es decir, el pesimismo. Aunque Oriol Quintana no desdeña, ni mucho menos, la mirada interior y la introspección, su punto fuerte es el hombre en el mundo. Un mundo –ya pueden imaginarse− hostil, tenebroso, despiadado, la viva imagen del infierno. Su Leitmotiv es que el hombre consciente debe ser, por encima de todo, consciente de eso, del lugar horrible en que debe desarrollar su vida. De ahí que plantee irónicamente su libro como la contraimagen de los libros de autoayuda.

Desde la página inicial, su perspectiva dominante es darle la vuelta a la filosofía optimista de esos manuales que nos dicen que podemos mejorar, que podemos alcanzar nuestras aspiraciones, que está en nuestras manos realizarnos, que de nosotros depende, en fin, alcanzar la felicidad. ¿Mejorar? ¿Realizarnos? Vale, cojamos un típico test de autoayuda y se lo damos… Ummm… ¿A quién podríamos dárselo, a tenor de las experiencias de nuestro último siglo, el simpático siglo XX? Podríamos presentar el test a un soldado atrincherado en algún campo durante la Primera Guerra Mundial, a un interno de un gulag soviético, a un preso en Auschwitz, a una víctima de las hambrunas. La lista de aspiraciones de esos sujetos podía ser de este tenor: no tener hoy que ver cómo a un compañero le explota la cabeza, no practicar esta mañana el canibalismo, que esta semana no vuelvan a obligarme a colaborar en el asesinato de familias enteras.

Quintana piensa que es absurdo plantear en abstracto «una vida mejor» sin considerar la vida realmente existente, lo que ha sido y es la vida real para millones de personas sometidas a las iniquidades de sus semejantes. El infierno, naturalmente, son los otros, pero yo también lo soy, inevitablemente, para mis semejantes. No nos hagamos la trampa –la ilusión− de que nosotros somos diferentes o los son nuestros seres queridos. Nadie es especial, nadie es sustancialmente distinto, por más que eso es lo que intentemos vender como amor. Todos somos intercambiables. Y, sobre todo, en el fondo, ¿qué somos? No somos más que un trozo de carne que podríamos embutir prensado en una tripa, como un salami. El cuerpo humano, nuestro cuerpo, «no es más que un conjunto de tejidos, que podrían ser reducidos a un fiambre como se hace en la industria de la carne». O, como se dice en términos clásicos, somos la calavera que nos espera y que ya tiene dibujada su sonrisa petrificada. Hoy utilizaríamos unos referentes más frívolos, como esos muertos vivientes de las películas de terror, pero siempre, en definitiva, el significado es el mismo. Los zombies son «la versión más moderna de aquello que querríamos ocultar», aunque sabemos perfectamente por qué nos dan miedo: «porque los zombies, en realidad, somos nosotros, o, como mínimo, nuestra última metamorfosis, la que aparece cuando se han quitado las capas de carne que la cultura y la civilización han colocado alrededor de nuestros huesos, para ocultar un desamparo total que nos aterroriza».

Por las páginas del libro desfilan los autores que, a partir de sus experiencias concretas –por ejemplo en Auschwitz: Viktor Frankl, Jean Améry, Primo Levi−, o a partir de sus reflexiones filosóficas –Martin Heidegger, Jean-Paul Sartre−, o a partir de una mezcla de ambas –George Orwell, Simone Weil−, han ido configurando la imagen del hombre arrojado al mundo que caracteriza el legado del siglo XX. Cuando parece que la negrura nos devora, Quintana se zafa del tono apocalíptico y se saca de la chistera un álter ego, el «Profesor Pessimus», que proporciona lecciones magistrales en cómodas dosis, como pildoretazos que parodian las recetas de autoayuda que antes mencioné. De este modo, volvemos a la tesis inicial de este comentario: el melancólico del libro anterior y el pesimista de este coinciden en el uso de la ironía, en el humor como último recurso. Humor negro, claro, negrísimo. ¿Una contradicción? ¡Dejémoslo en simple paradoja! Ya sé que estarán pensando que quienes ven la vida tan negra deberían ser coherentes y quitarse de en medio ¡ya! Podría contestarse a eso con un aforismo de Emil Cioran que se cita en el volumen de Quintana. ¿Suicidarse? «No vale la pena molestarse en matarse porque uno siempre se mata demasiado tarde». Reconozcan que, así las cosas, no caben ya muchas alternativas. Yo, a estas alturas, no digo, por mi parte, nada más. ¡Eso sí, me voy a reír un rato!

29/06/2017

 
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