El humor negro como Schadenfreude (y III)

por Rafael Núñez Florencio

Ahora que caigo, me doy cuenta de que quizá no he sido suficientemente explícito en las dos entregas anteriores señalando, como hubiera debido hacer, que todo esto de entender el humor negro como Schadenfreude es fruto de mi cosecha, para bien o para mal, y que el profesor Richard H. Smith, autor del libro al que vengo refiriéndome, es completamente inocente de las disquisiciones que yo estoy perpetrando a su costa. Quede, pues, constancia de que su ensayo (Schadenfreude. La dicha por el mal ajeno y el lado oscuro de la naturaleza humana) no tiene de por sí en absoluto el sesgo con que yo lo he leído y que muy probablemente estoy transmitiéndoles. A Smith le interesa, como es normal, la vertiente psicológica del asunto y, en función de ese objetivo, hace un repaso de los diversos mecanismos que ponen en funcionamiento los seres humanos cuando se relacionan y comparan con sus semejantes. Entre ellos, destaca, en primer término, como ya se advierte en el título, la dimensión del goce por el mal ajeno. Es verdad que hay un par de epígrafes que abordan directamente el tema del humor, pero son apenas diez páginas (69-78) del total de 403 que tiene el libro.

Por el contrario, lo que a mí me ha interesado desde el principio, llevando naturalmente el agua a mi molino, es la relación que tiene la Schadenfreude con el humor en general y, dadas las características de aquella, con el humor negro en particular. Donde digo humor negro podría decir más específicamente humor vitriólico y cruel, pues en el fondo de eso se trata. Si estamos hablando de la satisfacción que nos causa la desgracia del prójimo, ¿cómo no vamos a acordarnos de ese humor y de esos chistes que se regodean en los defectos, carencias o errores de los demás? El chiste de esas características intenta operar además sobre un suelo conocido, es decir, unas creencias compartidas (aunque a menudo no pasen de ser simples prejuicios). Por eso se busca la víctima propiciatoria entre un colectivo previamente estigmatizado. Así, los negros que, en el fondo, son como los monos («¿En qué rama quieres matricularte?», decía un conocido chiste, que he oído contar en innumerables ocasiones. «No, yo quiero pupitre, como los blancos»). Así, las mujeres, que constituyen el colectivo más estúpido de la creación («¿Cuántas veces se ríe una mujer con un chiste? Tres: una cuando se lo cuentan, otra cuando se lo explican y una semana más tarde, cuando lo entiende»). Así, los enanos (recuerdo aquella letra de una sevillana que decía «Me casé con un enano, salerito, pa jartarme de reír»). Y podríamos seguir con todos aquellos colectivos que de un modo u otro no encajan en una normalidad, no por convencional, o incluso arbitraria, menos determinante: quienes se salen de la norma sexual, quienes presentan algún tipo de anomalía física o psíquica… Los distintos, por decirlo en una palabra, que, por el hecho mismo de ser diferentes, son más vulnerables.

En las escuetas páginas que dedica al humor, Smith subraya esta dimensión de la carcajada burlesca. El humor, escribe, «surge a expensas de otra persona o de otro grupo». ¿A expensas de quién? ¿Cómo se busca la víctima? Como en otras facetas de las comparaciones humanas, «lo mejor es un blanco seguro. El público se ríe con los chistes que se centran en las personas de estatus inferior». Hay gente –cómicos famosos− especializados en estos menesteres. Smith los llama «cómicos del insulto». Aplicando los parámetros que hemos ido exponiendo, podemos entender mejor los mecanismos que conducen a este tipo de humor y por qué a mucha gente le satisface tanto: «Cuando la gente se ríe es debido a que es consciente de su superioridad sobre otra persona». Entramos así, sutilmente, en el terreno de la Schadenfreude. En este caso no lo digo yo, sino el propio autor: «En cierto sentido, la Schadenfreude implica algo divertido. La desgracia provoca que sonriamos, y en ocasiones riamos de la misma forma que si hubiéramos oído un buen chiste». Dicho en otros términos, «el humor a menudo entraña que le ocurra un evento negativo a otra persona, lo que provoca una reacción placentera en el público». Puede argüirse que en el caso del humor nos movemos por regla general en el terreno de la simulación: nadie en realidad hace daño a nadie. ¿Quién se queja? ¿De qué se queja? Nadie, por ejemplo, resulta dañado de facto porque yo cuente un chiste racista, machista u homófobo, ¿no?

Bueno, no creo que las cosas sean tan sencillas. Aunque yo personalmente sea incapaz de matar una mosca ni tenga la más mínima voluntad de promover un movimiento político, dudo mucho que me permitieran desplegar en la Puerta del Sol una enorme pancarta diciendo «Las pizzas y los judíos, ¡al horno!» Es una broma, claro, no sean tan delicados. Lo que pasa es que, como decía Gila de aquella que le habían matado al marido con el cepo, hay gente que no sabe aguantar una broma… Quizá piensen que exagero. Puede ser. Pero ya mencioné en los inicios de esta reflexión los niveles de degradación a los que ha llegado el show business, eso que en el libro llaman «el humillaentretenimiento», es decir, los placeres de la humillación como espectáculo. Sí, ya sé que eso sigue siendo una gran simulación, pero reconozcan que, deslizándonos por esa pendiente, los límites de la realidad virtual y la realidad de carne y hueso se difuminan. Smith cita en el libro los famosos experimentos de las descargas eléctricas como castigo: los participantes en los mismos, desconocedores de su condición simuladora, no dudaron en aumentar las descargas hasta el máximo, sin que les importara un ápice la vida de un semejante. Los límites, insisto, son difusos. Las snuff movies son una clara muestra de ello. Los vídeos de pederastia inundan la red. Lean La muerte como espectáculo, un breve ensayo de Michela Marzano, que pone los pelos de punta.

Rebajemos el tono. Dejemos la muerte, la violencia, el atropello feroz, la crueldad descarnada y el sufrimiento desmedido. Al fin y al cabo, estos son los límites y, como tales, constituyen la excepción, no la regla. Es verdad que en el libro Smith dedica muchas páginas a las atrocidades nazis y a la abierta satisfacción que la ferocidad inhumana de los verdugos proporcionaba a mucha gente. En primer lugar, naturalmente, a quienes ejercían las sevicias, pero también a muchos espectadores que disfrutaban viendo torturar, sufrir, agonizar y finalmente morir a seres inocentes o indefensos, algunos incluso niños. Aunque el autor engloba todo ello bajo la etiqueta de Schadenfreude, yo a eso lo llamaría simplemente sadismo. No quiero entrar en ese terreno. Me interesa más llevar la Schadenfreude al ámbito de la vida cotidiana, ese en el que nos movemos ustedes y yo. Aquí por lo general no hay sangre derramada. Más bien rige eso que en los antiguos duelos llamaban «a primera sangre»: cuando hay un atisbo de que nos hemos pasado, damos un paso atrás. Somos civilizados. Nuestra crueldad es más sutil.

Déjenme que me ría. ¿De qué me río? Me río de tu metedura de pata. Me río del tartaja que está poniéndose cada vez más nervioso. Me río de la leche que acaban de pegar a tu coche. Me río de la hostia que te ha arreado tu novia. Ya puestos, hasta me puedo reír del gilipollas que, para ver si estaba cargada la pistola, la probó disparándose en la sien (estaba cargada). ¿De qué nos reímos en estos casos? De las flaquezas, yerros y desventuras de los demás. Buena parte de los espectáculos cómicos convencionales se basan en esas premisas. «¿Qué cómico desperdiciaría la oportunidad de lanzarse a la yugular cómica cuando tiene ante sí ejemplos de personas que manifiestan una fragilidad humana?», se pregunta Smith en el libro. La mayoría de los chistes de los magacines televisivos, sigue diciendo nuestro autor, se basan precisamente en eso, en resaltar «las conductas estúpidas de los demás». Como vimos en su momento, reírnos en esos casos alimenta la autoestima, nos hace sentirnos superiores. Naturalmente, los estúpidos son siempre los otros.

Los otros, es decir, el resto de la humanidad descontándome yo, pueden ser buenos o malos, inferiores o superiores. En cualquiera de los casos o posibles combinaciones, la risa desempeña una función catártica, siempre sobre la base comparativa. Por simplificar, reírme de quienes son mejores o superiores a mí, los rebaja, y eso me sirve. Por eso disfruto tanto con el árbol caído. ¡Ay, tanto más cuanto más aparatosa es la caída! En el libro se menciona el caso emblemático del golfista Tiger Woods, pero, ¿cuántos cientos, miles de casos semejantes surgen por doquier como carne de cañón de los cotilleos en las televisiones y las redes sociales? Schadenfreude, el placer del ídolo revolcándose en el barro, como un cerdo. Por otro lado, reírme de quienes son peores, refuerza mi rol y mis convicciones. Sobre esto ya hemos dicho bastante. Y Mark Twain lo expresaba de forma insuperable: «Demos gracias por los tontos. Si no fuera por ellos, los demás no podríamos triunfar».

Ya advertí en su momento que no puede entenderse la Schadenfreude si no se la sitúa, por una parte, en el conjunto de la vida afectiva del individuo y, por otra, en un determinado contexto social y cultural. Habrán pensado ustedes, con toda la razón, que la envidia es el combustible básico de la Schadenfreude. Yo no he querido meterme en ese avispero para no hacer más largo aún este artículo. Pero sí, es verdad que sin la envidia difícilmente habría Schadenfreude. Hay otro elemento fundamental, que simplemente apunto, porque tampoco puedo ocuparme de él con detenimiento: nuestro subjetivo sentido de la justicia. «¡No hay derecho!» «¡Qué injusticia!» Exclamaciones de esta índole constituyen el pan de cada día. Todos consideramos, con razón o sin ella, que la vida es injusta. Para empezar y sobre todo, injusta con uno mismo. Todos o casi todos pensamos que mereceríamos más: más sueldo, más suerte, más salud, más amor, más reconocimiento, más posibilidades. Comparativamente –siempre las comparaciones− los demás, con mucho menos, parecen tener mucho más. Estamos rodeados de gente que no se merece lo que tiene, ya sea riqueza, fama, poder, prestigio o belleza. Por tanto, ¿cómo no voy a alegrarme cuando les llegue su hora? «Se lo tenía merecido», decimos habitualmente. ¡Si ya decía yo! «¡Ah! −diremos con una sonrisa− ¡A cada cerdo le llega su San Martín!»

La línea que separa lo que consideramos justicia del sentimiento de venganza es muy difusa, por lo menos en términos psicológicos. Ya señalamos antes que, cuando logramos estigmatizar al otro, todo es más fácil. Si identificamos ese otro como pederasta, violador, terrorista o asesino –o lo incluimos en una comunidad previamente estigmatizada, como ha pasado históricamente con los judíos−, podemos dar rienda suelta sin remordimiento alguno a nuestra satisfacción: su padecimiento es nuestro gozo. Si se fijan, gran parte de nuestras construcciones culturales –novelas, películas, etc.− juegan con esos mecanismos psicológicos. Aquí la Schadenfreude se manifiesta abiertamente: cuanto más malo es el malo, más despiadado debe ser el castigo (diremos ejemplar, para disimular) y más disfrutaremos con su sufrimiento. A fuego lento, por favor.

Es hora ya de cerrar el círculo de nuestra reflexión. Partíamos de una obviedad: que todos nosotros vivimos en una sociedad altamente competitiva. Desde luego que también existen la empatía, el altruismo, la ayuda mutua y la solidaridad, pero aun así no podemos desconocer el hecho de que, objetivamente hablando, algunas desgracias de mis semejantes me favorecen. Sería hipócrita no alegrarme de ello. Los aficionados deportivos saben mucho de esto. Es verdad que le digo al rival «¡Buena suerte!», pero lo cierto es que si este la pifia, yo voy a salir ganando. En la política pasa lo mismo. Y en una oposición para un puesto de trabajo. Y hasta en las conquistas amorosas. Escribe Smith que «a menudo sentimos Schadenfreude porque podemos sacar provecho de la desgracia de otra persona». Suena fuerte, pero es realista.

En efecto, a menudo el mal ajeno repercute en nuestro beneficio, implica nuestro bien. O, si lo prefieren, el bien propio sólo puede lograrse a costa de dejar en la estacada a los demás, es decir, impedir que otros consigan lo que nosotros anhelamos. No hablamos de un mundo ideal ni de lo que sería deseable, sino de la cochina realidad. Déjenme que termine con un conocido chiste que Smith reproduce en su libro: el de los dos excursionistas que se topan frente a frente con un gigantesco oso. No disponen de defensa alguna. Antes de que el animal ataque, uno de ellos se calza apresuradamente unas zapatillas deportivas. El otro le dice perplejo: «¿Qué haces? ¿No sabes que es imposible correr más que un oso?» Y el primero le responde antes de salir raudo: «No tengo que correr más que el oso. Me basta con correr más que tú». Sinceramente, si me dan a elegir, preferiría ser el excursionista de las zapatillas deportivas. No hace falta que les diga que no deseo ningún mal a mi amigo ni, mucho menos, voy a alegrarme de que le suceda algo malo. Pero, eso sí, procuraré correr más que él. Y, por si acaso, venceré la tentación de mirar atrás.

16/02/2017

 
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