El humor negro como Schadenfreude (I)

por Rafael Núñez Florencio

Les supongo sobradamente conocedores de lo que voy ahora mismo a decir, pero, aun así, señalaré en atención a los posibles despistados que el término alemán Schadenfreude hace referencia al secreto goce que nos causa el mal ajeno. El concepto es simplemente el resultado de la unión de los términos Schaden –literalmente, daño− y Freude –alegría−, es decir, como he adelantado antes, la satisfacción por o ante el daño que sufren nuestros semejantes. Dicho así, sin más, resulta un poco fuerte, porque uno puede imaginarse que está hablándose de un regocijo incontenible ante una profunda desgracia. Pero esto no es lo normal, porque la mayoría de los seres humanos tienen –tenemos− unos mecanismos de empatía o, en el peor de los casos, de contención o autocensura, que nos impiden mostrar o incluso sentir alegría ante el sufrimiento ajeno. En términos porcentuales, no abundan, afortunadamente, las personas que se feliciten porque en su país se produzca un terremoto con miles de víctimas, porque se desate en su ciudad un incendio devastador o, simplemente, porque a un buen amigo le diagnostiquen un cáncer incurable. Ahora bien…

¿Y si el incendio ha afectado sólo a la vecina zona residencial, la cara, esa en la que a usted le hubiera gustado vivir, y ha dejado su barrio indemne y, ahora, encima, revalorizado? ¿Y si el cáncer terminal se lo han detectado a su irascible jefe, a ese pelota marrullero con el que compite por el ascenso o, sin ir más lejos, a su cuñado ostentoso y prepotente? Usted tiene la conciencia tranquila, no ha movido un solo dedo para provocar el mal. Pero, ¿no siente algo en su estómago, como un cosquilleo que se sube incontenible y se extiende luego a su rostro y relaja los labios en una mueca que muchos dirían que se parece bastante a una sonrisa involuntaria?

Si aun así les parece excesivo, accedo a rebajar los tonos. Podría incluso trazarse un cuadro mucho más matizado, pues la Schadenfreude no tendría necesariamente que desencadenarse ante un mal objetivo del prójimo, ni siquiera ante la vivencia de un daño considerablemente menor o subjetivo (por ejemplo, un percance que, visto con distanciamiento, puede luego hasta desencadenar la risa). Cabe la posibilidad de que, en vez de regodearnos en el perjuicio –grande o pequeño− de nuestros semejantes, nos aflijamos o reconcomamos por sus éxitos o por la felicidad ajena. Baroja –que sabía mucho de estas cosas de la naturaleza humana− lo expresaba muy bien. En un relato de su primera época titulado «Elizabide el Vagabundo», pregunta un personaje «Y usted, ¿por qué está tan triste?», y otro le contesta: «¡Yo! No sé. Esta maldad de hombre que, sin querer, le entristecen las alegrías de los demás» (Cuentos, Madrid, Alianza, 1966, p. 254). Repárese en ese «No sé» y en el no menos sintomático «sin querer», que parecen restar responsabilidad al sujeto que siente la Schadenfreude. En líneas generales, esta es una vertiente más sutil y digerible para el común de los mortales, que atenúa los perfiles antipáticos, y hasta obscenos, de la abierta complacencia en la desventura ajena. Resulta, hasta cierto punto, más fácil de racionalizar. En español hablamos con frecuencia de «sana envidia», sobreentendiendo todos que el adjetivo es un recurso retórico y eufemístico.

Bueno, después de esa andanada, así, por las buenas y sin anestesia, es normal que se pregunten a qué viene todo esto. Muy sencillo. Acabo de terminar un libro que lleva en su frontispicio el susodicho vocablo germano, seguido por un subtítulo inequívoco: La dicha por el mal ajeno y el lado oscuro de la naturaleza humana (traducción de Alejandro Pradera Sánchez, Madrid, Alianza, 2016). Su autor es un profesor de Psicología de la Universidad de Kentucky, Richard H. Smith. No teman: ni soy psicólogo, ni tengo grandes conocimientos de esa especialidad, ni pretendo dar cuenta aquí de modo pormenorizado del contenido de la obra. Pero ahora que, como les he dicho, he finalizado la lectura del volumen, me he quedado un largo rato pensativo. El libro del profesor Smith no es un mamotreto abstruso y complejo, sino todo lo contrario: una obra sencilla y directa, un volumen de divulgación dirigido al gran público, entendible por cualquier persona. Por eso mismo es tan eficaz en su empeño por iluminar parcelas escondidas de la naturaleza humana. Dado que esta es una sección en torno al humor, puedo adelantar ya que lo que me interesa analizar es la relación que tiene la Schadenfreude con el humor negro. De hecho, así lo he consignado explícitamente en el epígrafe que antecede a esta reflexión. Pero aquí hay mucha tela que cortar. Así que es mejor que procedamos con un cierto orden.

Empecemos por el principio, el propio término, que resultará casi impronunciable a los no familiarizados con la lengua de Goethe. Como no presumo de ser políglota ni experto filólogo, me considero incapaz de dictaminar si el concepto existe o no como tal en otros idiomas. Parece que en inglés tienen que emplear la expresión the joy of pain. El propio título original del ensayo lo pone de manifiesto: The Joy of Pain. Schadenfreude and the Dark Side of Human Nature. Una nota al final del volumen, que puede pasar casi inadvertida para un lector que no sea meticuloso, precisa que resulta «difícil saber por qué la lengua alemana tiene una palabra para designar ese concepto y la lengua inglesa no. Algunos idiomas la tienen (por ejemplo, el neerlandés, leedvemaak), pero otros no (por ejemplo, el francés)». Por lo que yo sé o ahora se me ocurre, en la lengua española no hay un término que coincida exactamente con el mencionado vocablo alemán.
Dejémonos de disquisiciones filológicas y vayamos a lo que importa. Exista o no el término específico en tal o cual idioma, lo cierto, lo irrefutable, es que esa malquerencia existe de facto en todas las comunidades habidas y por haber. Pero no es menos cierto que, por lo menos en principio, la mayoría de las personas negarán (o les costará mucho admitir) que sientan en su interior nada parecido a esa, llamémosle emoción, la Schadenfreude. Es frecuente que la veamos en los demás, pero nunca –o rara vez− en nuestro interior y, en este último caso, desencadenando sentimientos de culpa. Es natural porque la mayor parte de las personas consideran –consideramos− que confesar tristeza por la felicidad ajena o, todavía peor, alegría por el mal del vecino, no nos proporciona un retrato muy edificante de nosotros mismos. Es como la imagen que nos devuelve el espejo después de una noche en vela. Quienes dan un paso adelante y sí se reconocen abiertamente en la Schadenfreude alegan de inmediato que lo único que les diferencia del resto de los mortales es su sinceridad: ellos admiten lo que los otros hipócritamente callan. Según este criterio, la Schadenfreude estaría presente en el seno íntimo de todos los seres humanos. El cínico también compartiría el dictamen y bajo ningún concepto transigiría en rebajar la universalidad de la mencionada afección. Con respecto a este matiz, fíjense que en la cita de Baroja se habla, significativamente, en términos impersonales de «esta maldad de hombre», que es como decir esta maldad que compartimos todos los seres humanos.

Desde mi punto de vista, la discusión en esos términos no arriba a puerto alguno. Porque la cuestión no reside en si la Schadenfreude existe o no en todos los seres racionales, como elemento indeseado pero consustancial a la naturaleza humana, sino de la clase de Schadenfreude de que estemos hablando. Es un miserable quien se alegra sin más del padecimiento de sus semejantes, pero es usual y está socialmente admitido en todas las culturas que disfrutemos y nos riamos abiertamente de las desgracias menudas de los demás. Precisamente, el autor de este libro, Richard Smith, argumenta que «el humor realmente no cambia mucho de una generación a otra. Si uno se fija en los superfluo, puede que vea alguna diferencia de contenido, pero el proceso subyacente sigue siendo el mismo […]. El hombre rico y gordo que se apea de un Cadillac y cae en un charco de barro siempre nos hará gracia». El proceso de socialización incorpora de modo natural esas reacciones y disposiciones emotivas. Así, hasta el humor más infantil y los shows de los payasos más tradicionales integran esos mecanismos elementales como recursos infalibles: el resbalón que lleva a la caída aparatosa, la bofetada por equivocación, el pisotón del pazguato, el vestido que se quema o el tartazo en pleno rostro. No es infrecuente que las lágrimas ajenas nos hagan reír mucho.

A todo esto habría que añadir algo elemental, pero que suele olvidarse por cuestiones de procedimiento. Vale, estamos hablando de la Schadenfreude y nos tenemos que atener a ella, pero, ¡caray!, no podemos ignorar el conjunto complejo de sentimientos que constituyen la vida emocional de cualquier persona ni el contexto sociocultural en que esta se inserta. La Schadenfreude no opera en el vacío, sino en concordancia o conflicto con otras muchas pulsiones y afectos. Por ejemplo, las situaciones de competitividad propician el desarrollo de una cierta satisfacción por el mal ajeno. En un juego de suma cero, cuanto peor les vaya a mis rivales, mejor me irá a mí. Y es obvio que voy a alegrarme (¡y mucho!) de cualquier conflicto o dificultad que afecte al otro o a los otros. En ámbitos que se caracterizan por ser muy competitivos, como la política o el deporte, esto es incuestionable. Y no digo ya nada en el contexto bélico. Lo refleja la famosa frase de Napoleón: «Nunca interrumpas a un enemigo cuando esté cometiendo un error». El general Patton lo expresaba con una fórmula más insolente y descarnada: «El objeto de la guerra no es morir por tu país, sino conseguir que el tipo del bando contrario muera por el suyo».

Hay otro factor a tener en cuenta, particularmente importante en el mundo en que vivimos. Me refiero a determinadas coordenadas sociales que en última instancia posibilitan, o incluso fomentan, la Schadenfreude: la comparación con los demás (en riqueza, inteligencia, belleza y cuatrocientas mil cosas más) crea un caldo de cultivo propicio para ese tipo de actitudes. A veces, como antes he dicho, porque esa comparación implica que yo saque ventajas relativas del mal ajeno. Pero a veces puede darse una satisfacción morbosa, desinteresada. Aunque no tengo nada concreto que ganar, me complace en mi fuero interno que caiga el ídolo o, simplemente, que la desgracia se cebe con mis vecinos ricos. Quien sea de pueblo o haya vivido la vida cotidiana de un pueblo sabrá perfectamente de qué hablo: esos personajes que, como aves de mal agüero, cifran el sentido de su existencia en olisquear a los demás –por supuesto, en sus desgracias, ¡faltaría más!− y luego, en un aparte, en susurros y con alborozo mal contenido y apenas disimulado, desgranan con pelos y señales catástrofes reales y ficticias.

Admito que el chismorreo tradicional está en declive, pero sólo para argüir que los modernos medios de masas del mundo globalizado no han transformado tanto los cotilleos como la escala de los mismos. Y, por supuesto, la resultante emocional es la misma: una vez más, la Schadenfreude, o cosas que se parecen mucho a ella. Cuando la vida real por sí misma no proporciona suficiente Schadenfreude, la telerrealidad (reality show) proporciona dosis suplementarias. No hay más que fijarse en esos programas de esparcimiento que inundan las televisiones del mundo entero. El autor utiliza para referirse a este tipo de espectáculos el término de «humillaentretenimiento», un concepto acuñado por dos investigadores de los medios de comunicación, Brad Waite y Sara Booker. Fíjense que aquí no es ya sólo que nos regocijemos del mal que aqueja a otros. Hemos dado un paso más: encontramos una satisfacción particular en verles hacer el ridículo. Cuanto mayor es la degradación a que se les somete (y que ellos mismos aceptan), más sube la audiencia. ¡Más madera, que es la guerra! ¡Cómo disfrutamos! ¡Cómo nos reímos!

19/01/2017

 
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