El humor es una cosa muy seria (y II)

por Rafael Núñez Florencio

Recordarán que les hablé en la última entrega de la reflexión filosófica en torno a la risa –y al humor en general– desde los orígenes del pensamiento occidental. Bueno, la verdad, lo que hice fue un bosquejo muy a bote pronto, una especie de rápidos apuntes para andar por casa y dirigirme raudo a lo que de verdad me interesaba consignar. Al fin y al cabo, ni pretendía ni pretendo ahora ponerme profesoral y largarles una clase de filosofía en torno a la consideración de la risa en nuestra cultura. Recordarán también que había suspendido mi somero repaso al llegar a Schopenhauer, de manera que ahora tendría que continuar en ese punto. Pero, para ser consecuente con lo que acabo de exponer, voy a saltarme a partir de este momento no ya sólo otras múltiples referencias interesantes, sino hasta los nombres más señeros, que dejaré para otra ocasión: omitiré la contribución fundamental de Nietzsche, cuya concepción de la risa vendría a ser en última instancia la confirmación desde la orilla opuesta de que no le faltaba razón al autor de El mundo como voluntad y representación. Tampoco voy a hablar ahora de Bergson ni de Freud. Quiero llegar ya, sin dilaciones, a Unamuno. Les confieso que todo lo anterior era casi un pretexto para llegar al pensador vasco, que era el sujeto que me interesaba (pronto descubrirán por qué).

Aunque, por cierto, antes de proseguir, un par de cosas sobre don Miguel relacionadas con lo que les decía en la primera parte de estas disquisiciones. La primera, que el rector salmantino tiene mucho en común con los autores que mencioné entonces, y muy especialmente con Schopenhauer, de quien fue un devoto seguidor, por lo menos en este campo que estoy tratando. La segunda reincide en la paradoja que también fui recalcando en diversas ocasiones: si alguien les pide el nombre de un filósofo patrio como el más idóneo para una reflexión sobre el humor, ¿se les ocurriría a algunos de ustedes mencionar al cenizo –con perdón– de don Miguel? Reconozcan que bajo ningún concepto. Es difícil imaginar, en principio, un personaje más opuesto a lo que cualquiera entiende por sentido del humor y capacidad para la actitud risueña ante su entorno. Independientemente de su talla intelectual, todos los rasgos de carácter que se asocian con Unamuno –malhumorado, cascarrabias, protestón, angustiado incluso– vendrían a ser la expresión personal de lo que, en un terreno más trascendente, él mismo denominaría el sentimiento trágico de la vida. Si me permiten el apunte personal, les diré que cuando en esta misma revista tuve que comentar la magnífica biografía del rector salmantino que escribieron los Rabaté, no se me ocurrió mejor epígrafe para sintetizar el curso de su vida que una variación paródica de aquel famoso tema de Edith Piaf: La vida en negro. En el fondo, a lo mejor de eso se trataba: de humor negro.

Digámoslo, pues, sin ambages. Sí, en efecto, el punto de partida de la reflexión de UnamunoQuiero dejar constancia expresa de que buena parte de las ideas que expongo a continuación las he tomado o me las ha sugerido el magnífico artículo de Antonio Vilanova «La teoría nivolesca del bufo trágico», un pequeño pero enjundioso ensayo que constituye uno de los capítulos de las Actas del Congreso Internacional del Cincuentenario de Unamuno, que en su momento (1989) publicó la Universidad de Salamanca bajo la supervisión de María Dolores Gómez Molleda. El artículo de Vilanova se encuentra en las páginas 189 a 216. está en consonancia con la principal línea argumental expuesta, es decir, coincide con el talante negativo y pesimista que he venido resaltando en las líneas anteriores como característico de una parte de los filósofos europeos desde el siglo XIX. Don Miguel suscribe íntegramente el criterio schopenhaueriano de que la vida es una tragedia bufa. Curiosamente, el filósofo alemán tomará como referencia para simbolizar esa concepción un arquetipo español, Don Quijote, tan caro y cercano también al pensador bilbaíno. El caballero manchego sirve a los dos pensadores como excelente modelo del desajuste entre las ideas elevadas y los propósitos nobles, por una parte, y la realidad mezquina de la existencia, por otra. Por ello mismo, el humor no es lo cómico sin más. El humor es burla con un trasfondo de gravedad, como intenta plasmar Cervantes en su novela. Algo parecido había ya señalado en sus reflexiones estéticas Jean Paul Richter: el humor es el reverso de lo sublime. En el prólogo de Cromwell, Victor Hugo teorizaba en una línea no muy distinta: lo feo también puede formar parte del arte. De ahí lo grotesco, como lo opuesto (¿complementario?) de lo excelso, de tanta importancia en la estética romántica. Hugo se remite a Shakespeare como genial creador del drama moderno por esa fusión entre lo estrafalario y lo elevado. Lo grotesco puede verse como simplemente trágico, pero con frecuencia presenta componentes risibles, que desembocan en la befa o, por decirlo en términos simplificados, en lo que catalogamos como humor negro.

Unamuno va a moverse en el mismo marco conceptual. Su centro de atención será lo «bufo trágico», que no es otra cosa que la unión de lo sublime y lo ridículo. Nos interesa destacar, en definitiva, que estamos hablando de una risa trágica que se deriva de la farsa de la vida. ¿Qué otra alternativa le queda al hombre consciente salvo la risa? También influido por Victor Hugo, el pensador español siente predilección por la farsa fúnebre, los chistes lúgubres, las gracias funerarias y las humoradas macabras. Como señala explícitamente en los diálogos de Niebla, lo bufo es la variedad cómica de lo grotesco. Unamuno quiere traducir lo trascendente en grotesco. Se trata de una estética preconizada por Richter y Schopenhauer, que llega al Valle-Inclán del esperpento y «¡Viva la bagatela!» La clave de todo no está en cómo es el mundo en sí, ni siquiera en la vida humana contemplada con distanciamiento. La cuestión medular estriba en cómo los hombres afrontamos la vida, sea esta lo que sea. El hombre cabal asume así que el lamento es inútil. Incluso la seriedad absoluta, como lo sublime, es en el fondo ridícula, un alarde pedantesco. De lo grave o excelso a lo involuntariamente cómico, es decir, a lo ridículo, apenas hay un paso. Por decirlo en términos unamunianos, si los dioses tuvieran que vivir en este mundo, entre los humanos, resultarían absolutamente grotescos.

Ya Baudelaire señalaba en su estética que la risa es la rebelión del hombre, como Satanás es la rebelión ante la asfixiante omnipotencia divina. Tanto en uno como en otro caso, una rebelión inútil, pero que, en el fondo, tiene la virtud de reconciliarnos con nosotros mismos. El hombre, como también decía Pascal, es minúsculo desde todos los puntos de vista, pero tiene una grandeza derivada de su consciencia: la capacidad de tomar distancia y de burlarse de sí mismo, poner en solfa el mundo y todo lo que le rodea. Por cierto, el propio Baudelaire, que acuñó la expresión de lo «cómico feroz», señalaba en su Curiosités esthétiques que la cultura española estaba particularmente dotada para ese sentido de lo cómico. Coincidía, de este modo, con otros muchos analistas foráneos que han detectado en la literatura y en la pintura españolas un ramalazo de crueldad mezclado con un profundo sentimiento compasivo. En los bufones que pintaba Velázquez, en las pinturas negras de Goya, en los mendigos de la picaresca o en los desafueros esperpénticos de Valle-Inclán hay una mezcla inextricable de lucidez y burla, de grandeza y miseria, de dignidad e irrisión. Es imposible deslindar risa y llanto, ridículo y angustia: lo bufo trágico, evidentemente.

Voy a cerrar el hilo de la reflexión volviendo al punto en que empecé: la risa es algo muy serio. La equiparación de la superficialidad con lo humorístico no se sostiene. Por eso mismo decía Unamuno que, en contra de lo que suele decirse y de lo que quieren aparentar, los españoles (en términos sociológicos o cotidianos) no están muy bien dotados para el sentido del humor. En el solar hispano, por el contrario, son muy populares y celebrados los chistes fáciles, la jarana espontánea, la alegría epidérmica. En consonancia con todo lo dicho, el humor que propugna y valora el rector salmantino es de un orden muy diferente. Es un humor que no sirve para complacer conciencias o hacer mejor la digestión, sino (usando sus mismas palabras, en un artículo titulado «Malhumorismo») para vomitar lo que hemos engullido, único modo de contemplar más lúcidamente el sentido de la vida. Esto supone que la tragedia de la existencia no se vive como un drama, sino más bien como sainete o farsa (y entiéndanse estos dos últimos conceptos en la valoración unamuniana, desprovistos de toda impregnación peyorativa).

La tragedia deviene en sainete cuando se contamina de irrisión y burla. Eso hace de lo bufo y lo grotesco lo más trágico que pueda concebirse. El sentimiento más trágico de la vida, el más alto y profundo, es el que experimenta el hombre cuando se reconoce un personaje en una mascarada o en una función de comedia chusca. La imagen teatral no es casual, claro está, porque somos lo más parecidos a peleles o fantoches en manos de un supremo Hacedor que maneja los hilos: como esas marionetas que divierten a los niños, que hacen contorsiones y que simulan tener vida propia, pero que se limitan a efectuar las piruetas y saltos que decide el titiritero. Cada cual tenemos nuestro puesto asignado. Muy unamunianamente, don Miguel trae a colación aquí al propio Cristo, que se vio obligado también a cumplir el papel que su Padre le tenía asignado. Y lo cumplió hasta sus últimas consecuencias y en el sentido que aquí estamos definiendo, cuando el hijo de Dios tuvo que aceptar que su inmensa tragedia se trocara en farsa en manos de un hombre mezquino y despreciable como Pilatos: convertido en un rey de pacotilla, desnudo, torturado, ensangrentado, con una caña como cetro y una corona de espinas, aparecía así –o por lo menos eso pretendían los verdugos– no ya sólo como impotente, sino como el hazmerreír de todos. «Hazmerreír»: acertada palabra en este contexto. La vida nos fuerza a reír. Parodiando a Tertuliano, podríamos decir «río porque es absurdo».

13/10/2016

 
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