El humor es una cosa muy seria (I)

por Rafael Núñez Florencio

Me temo que lo primero que debo hacer es pedir disculpas por ese título que he puesto. Pensarán, muy probablemente, que menudo mediterráneo acabo de descubrir, y no les faltará razón. Que el humor es algo muy serio lo sabe cualquiera que haya dedicado diez segundos al tema. No hace falta ser precisamente un experto en la cuestión ni un erudito para conocer que desde la Grecia clásica todos aquellos que se han interesado por la condición humana –los filósofos, podría decirse para abreviar– se han ocupado de una forma u otra de la risa como una de las expresiones más genuinas del ser humano. Si Sócrates y Platón deslizaron la humorada del «bípedo implume», con la misma razón y no menos fundamento en la época contemporánea, a partir de Darwin, podría hablarse del «mono sonriente» o del «mono que ríe» para caracterizar lo más específico de la especie humana. Hace pocas décadas recuerdo que se decía que la gran diferencia entre la inteligencia humana y la robótica estaba en que la primera era capaz de elaborar y entender chistes. Hoy, me temo, los avances en inteligencia artificial han dejado obsoleta la distinción, pero no por ello es menos cierto que la risa o, para ser más precisos, el humor sigue siendo un mecanismo que nos distingue a los seres humanos en el conjunto de los seres vivos.

Volviendo a la Grecia clásica, ¿cómo obviar un personaje como Diógenes, el cínico, que hizo de la burla y la risa los rasgos más distintivos de su persona y de su actitud ante la vida hasta un punto que sigue sorprendiéndonos hoy día? Nuestros actuales bufones de pacotilla que montan shows en los mass media (¡y bien que cobran por ello!) no llegan a la suela de las sandalias –si las hubiera tenido– a aquel «Sócrates delirante», mordaz e irreverente hasta extremos desconcertantes. Los cínicos de entonces mantenían una concepción de la existencia bastante similar a lo que en la modernidad llamaríamos «tragedia bufa» (expresión que, por cierto, adelanto ya, suscitará aquí una reflexión dentro de muy poco). Pero lo que me interesa destacar ahora es que Diógenes representa, si así puede decirse, la amalgama perfecta entre teoría y praxis. Si la vida no puede tomarse en serio, riamos. Pero riamos sin tasa, de todo y por todo. En Diógenes hallamos la carcajada perturbadora y el desprecio de facto –y hasta casi teatralizado– de las convenciones humanas. Pero, si se fijan, son pocos, muy pocos, quienes se han distinguido por esa coherencia entre pensamiento y acción. Más aún: me atrevería incluso a decir que buena parte de las reflexiones sobre el humor las han hecho personas de muy malas pulgas o, en el mejor de los casos, que eran unos siesos.

Empezando, naturalmente, por el ínclito Platón, que hubiera condenado a muerte sin muchos miramientos y sin el menor cargo de conciencia a todo aquel que usase la broma subversiva en aquella soñada República ideal gobernada con mano de hierro por los filósofos. También en este caso podríamos establecer una eficaz analogía con la modernidad, es decir, con las momias de la nomenklatura, los mandamases del Partido en los países del socialismo real, tan refractarios a admitir la ironía o la burla en el paraíso proletario como el discípulo de Sócrates en su Estado perfecto. Visto desde nuestra perspectiva, no cabe duda de que mejor le hubiera ido al marxismo de Karl unas gotas del marxismo de Groucho. Pero, volviendo a las reflexiones sobre la risa, la referencia fundamental de la Antigüedad sería, sin duda, Aristóteles, porque el estagirita le dedicó múltiples alusiones en varias de sus obras. En general, en esta como en tantas otras cosas, el discípulo de Platón se distancia del terco dogmatismo de su maestro y no sólo admite la risa como algo positivo, sino que la considera uno de los rasgos más característicos del ser humano. Pero, la verdad, leyendo a Aristóteles, da a menudo la impresión de que habla de la risa con un distanciamiento paternalista, como si en el fondo pensara que reírse es un poco de tontos o, si lo prefieren, que la actitud propia del sabio sería la de una meditación trascendental poco acorde con la flojura de los labios.

Y es que, ya se sabe, a poco que se les deje sueltos, los filósofos tiran para su particular Olimpo como las cabras al monte. En el fondo hay que reconocer que, por lo menos en nuestra cultura, es difícil reconciliar la imagen de retiro espiritual o lugar de meditación –tipo torre de marfil o gabinete de Montaigne– con la risa espontánea, y no digamos ya nada con la carcajada estruendosa. Otro de los que dedicaron bastante atención a la risa fue Immanuel Kant, que, como se sabe, no era precisamente el compañero más apropiado para contar chistes o para irse de farra. El pobre Kant es otro que parece que habla de la risa como de oídas. Es verdad que la admite de buen grado, pero siempre en un contexto –estético, moral o antropológico– que en el fondo parece desnaturalizarla. Yo diría –y perdónenme la simplificación un poco banal– que al pensador de Königsberg no le parece mal que la gente gaste bromas, del mismo modo que admite, o tampoco le parece mal, la existencia de otras manifestaciones o actitudes humanas que, en el fondo, le son igual de ajenas, como vagabundear, emperifollarse o canturrear. Su definición de la risa como «una emoción que nace de la súbita transformación de una ansiosa espera en nada» no está mal en términos estrictos, pero a mí me conmueve de puro candor.

Si ahora les recuerdo que otro de los que elaboraron una teoría de la risa fue nuestro amigo Arthur Schopenhauer, me concederán que parece que se han dado cita, como en una conspiración, las mentes más sombrías o los espíritus más tiesos del pensamiento occidental. Como es sabido, Schopenhauer es uno de los más eximios representantes europeos de una concepción negativa y dolorosa de la existencia humana. Si uno trata de imaginar a alguien que en su vida y, sobre todo, en su obra encarne lo más opuesto a una actitud risueña, el pensador alemán tendría bastantes posibilidades de quedar entre los cinco primeros, por lo menos en el contexto del siglo XIX. Pese a ello, el ultrapesimista Schopenhauer desliza algunas consideraciones muy lúcidas sobre el mecanismo de la risa, como su insistencia en la incongruencia o el absurdo como desencadenantes del humor.

Déjenme esquematizar una vez más: en el fondo, lo que Schopenhauer defiende es que la risa vendría a ser como la válvula de escape del ser humano ante el absurdo de la existencia. Ya sé que, expresado así, queda un poco burdo, pero sin falsear su pensamiento puedo desembocar en el punto que me interesa: el humor es la otra cara de la angustia, pero en su basamento no es muy diferente de esta. Por decirlo en los términos cotidianos que todos hemos empleado alguna vez: reímos para no llorar. El humor no es inconsciencia, sino lucidez. Llegados ahí, podemos empezar a vislumbrar que la convergencia en este punto de pensadores adustos quizá no era sólo una casualidad. Permítanme entonces que vuelva al principio: cuando titulé esta reflexión «El humor es una cosa muy seria» no me refería tan solo a que el tema es susceptible de un tratamiento tan circunspecto como otros que se tienen por más graves, sino a algo más. Este plus es el que nos va a ocupar seguidamente. Pero como soy consciente de que hoy estoy dándoles la tabarra y estoy más trascendente de lo debido, dejo la continuación de estas disquisiciones para el próximo día.

29/09/2016

 
COMENTARIOS

Agustín 11/10/16 20:02
El humor es una cosa muy seria... y, además, muy educativa:
https://www.academia.edu/2345222/El_humor_un_valor_ignorado

Saludos.

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