Agosto 2017
Revista de Libros
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¡Felices vacaciones!

El humor agresivo: el caso de Gracia y Justicia (I)

por Rafael Núñez Florencio

Un pleonasmo, sé que dirán algunos –no sé si muchos− al leer el título de esta entrega. El humor es agresivo o no lo es. También suele decirse que el humor dispara siempre contra alguien. Ya he señalado aquí mismo en otras ocasiones que entiendo el humor como un vasto universo en el que cabe de todo y en el que no tiene sentido despachar patentes de corso. Puede hacerse humor de muchos tipos y no necesariamente contra o a la contra. Aunque en esta ocasión es precisamente de este tipo de humor del que quiero tratar aquí. De un humor combativo, vitriólico, corrosivo. Un humor que nace precisamente como arma de combate. Normalmente, a lo largo de la historia –por lo menos, de nuestra historia, es decir, en el ámbito occidental− el humor de esas características se ha dirigido contra los poderes establecidos y, en particular, contra los grandes pilares de la sociedad, la Corona (o, en su defecto, el Gobierno o la cúspide del Estado), el Ejército y la Iglesia. Se trataría en todos estos casos de un humor político, entendiendo el adjetivo en un sentido amplio: humor subversivo, humor antimilitarista, humor anticlerical. En última instancia podría decirse, resumiendo, que estaríamos ante el uso del humor como arma eficaz contra el poder. Con ese título, exactamente El humor frente al poder, apareció no hace mucho un interesante volumen colectivo, resultado de las investigaciones de un grupo de profesores de la Universidad de Valencia. Tuve ocasión de dar cuenta de él en una amplia reseña en estas mismas páginas: la titulé, en línea coherente con lo que estoy aquí argumentando, La sátira como arma de combate.

Quien me siga en esta sección recordará que, en un sentido y en un ámbito más amplios, nos ocupamos también de estas cuestiones recientemente al comentar el libro 50 viñetas que cambiaron el mundo, de Roberto Fandiño. ¿Puede el humor cambiar el mundo?, nos preguntábamos entonces. ¡Hombre! Cambiar el mundo, lo que se dice cambiar el mundo, es un objetivo a todas luces desmesurado para un arma de las características del humor. Dese por contento, decía yo, si logra incomodar al poder –a cualquiera de los poderes establecidos− o si logra poner las bases para desenmascarar y deslegitimar al tirano o al demagogo de turno. Que no es poco. Y no es poco porque lo diga yo o lo juzgue subjetivamente así, sino porque, como nos muestra la misma historia, a pesar de las apariencias, el poder tiene la piel muy fina y, en lo tocante a esta cuestión de la crítica, la sensibilidad muy exacerbada. Paradójicamente, son las dictaduras y los gobiernos en teoría más duros los que muestran más resquemor hacia los desafectos o los simples indiferentes. Necesitan, como Franco, de «adhesiones inquebrantables». Y no digamos ya nada cuando esa desafección o distanciamiento se expresan en forma humorística. Nada más refractario a la risa que una dictadura. ¡Qué bien lo expuso Milan Kundera en aquella su primera novela, La broma, que mostraba cómo el humor puede desactivar sutilmente la maquinaria de un sistema opresivo! Algún día me ocuparé más ampliamente de ella en este rincón.

Pertenezco a una generación que vivió su juventud en los estertores del franquismo y los agitados años de la transición. Cuando aún vivía Franco, pero se aflojaba el dogal del régimen, la sociedad española respiraba en buena medida gracias a la válvula de escape del humor. Sobreentendidos, medias palabras y dobles sentidos, acompañados de una sonrisa cómplice, nos permitían a muchos reconocernos en la oposición. Después, cuando empezó la Transición, pero aún no le habíamos dado ese nombre y, por tanto, aún no sabíamos muy bien hacia dónde transitábamos, muchos compensábamos la incertidumbre o, incluso −¿por qué no decirlo?− una cierta frustración con el socorrido recurso de la humorada. Era como si nos dijéramos: ya que no somos capaces de escapar del yugo de los «poderes fácticos» –como se decía entonces−, por lo menos, riamos. Riámonos de ellos, de dichos poderes, y, sobre todo, en primer término, de los políticos, que son los que están más a mano. Y así, en la medida en que lo posibilitaban los resquicios de una censura todavía vigorosa, la sátira alcanzaba cotas de ferocidad implacable. Yo recuerdo que a Suárez –luego elevado a la categoría de san Adolfo, con toneladas de cinismo e hipocresía− se lo llamó en su momento de todo, absolutamente de todo, y otro tanto podría decir de muchos protagonistas del momento, ridiculizados y zaheridos a veces con auténtica saña. Pero, como he apuntado, nos parecía natural. ¿Qué digo natural? Era, al fin y al cabo, nuestro desahogo: ¡leña al mono!

Nada nuevo bajo el sol. No hacíamos más que continuar una vieja, viejísima tradición, bien asentada fuera y dentro de nuestras fronteras. Recuerdo precisamente un viejo libro que compré en aquella época y que aún sigue en mi biblioteca, Sátiras políticas de la España Moderna, en una edición de Teófanes Egido que había publicado Alianza Editorial. En esas páginas estaban, no diré que todos, pero sí una parte significativa de los que, hartos por una razón u otra, habían tomado la pluma en un momento dado contra el poder o los poderes establecidos en la España de los Austrias y los Borbones. Muchos de esos panfletos y libelos eran anónimos, por razones obvias. Otras sátiras venían firmadas por nombres ilustres, siendo Quevedo sin lugar a duda el más mordaz y representativo. Pero sin necesidad de remontarme tanto en el tiempo, tendría que mencionar aquí un elemento que me pareció especialmente significativo cuando leí uno de los libros que mencioné antes, El humor frente al poder. El elemento en cuestión era la crueldad despiadada de que hacía gala el semanario La Traca en sus caricaturas del depuesto rey Alfonso XIII. Es verdad que, como dice el refrán, del árbol caído es fácil hacer leña, pero aun así, el odio que rezumaban las páginas de la revista valenciana resultaba impactante, incluso a los ojos de un lector de hoy. Dejando al margen las frecuentes asociaciones de la figura del rey con elementos necrófilos –esqueletos, calaveras, ataúdes, etc.−, la viñeta más significativa en este sentido era la que presentaba a don Alfonso colgado de la horca, las manos atadas a la espalda y la lengua fuera, y frente a él un manifiestamente satisfecho Juan Español con este epígrafe: «Por ahí se debía haber empezado para que en España brillara el sol de la justicia».

Cuando mencioné antes mi adscripción generacional lo hice además con otra intención que ahora ya puedo explicitar. Dije que nos parecía natural compensar mediante el humor nuestros desengaños y, si era posible, socavar los diques que contenían nuestras aspiraciones. Pero ahora añado un matiz muy importante: usábamos la sátira también de modo inmisericorde −y sobre todo− porque nos creíamos en posesión de la verdad. No me refiero, claro está, a la verdad absoluta, pero sí a una determinada concepción de la verdad que podríamos llamar histórica y política. Nuestra causa era el progreso, la libertad, la democracia y, tal como nosotros entendíamos estos objetivos, todos los que obstaculizaran la marcha por ese camino merecían, como mínimo, que fueran despellejados (por lo pronto, simbólicamente; luego, ya se vería). Pero, ¿cómo juzgaríamos ese mismo tipo de crítica radical, interesada, insidiosa, si se dirigiera contra nosotros o contra quienes nosotros apoyamos? Estoy harto de leer libros y artículos que celebran el humor, incluso el humor más chabacano y cruel, cuando los dardos se dirigen contra los otros, sean adversarios o, directamente, enemigos. Cuando hablamos del humor como arma de combate se nos ve el plumero hemipléjico. Entendemos o sobreentendemos que el arma humorística apunta y dispara contra quienes consideramos malos: los tiranos, los dictadores, los verdugos, los genocidas. Pero, ¿y si no fuera así? ¿Y si, haciendo uso de la libertad que nos reconocemos a nosotros mismos, los otros, quienes no piensan como nosotros, quienes defienden intereses opuestos, usan el humor con los mismos fines particulares o particularistas?

Me han surgido todas esas preguntas y, en general, todas las reflexiones que anteceden a partir de la lectura de uno de esos libros que suelen pasar poco menos que clandestinamente por nuestro saturado escaparate editorial. Se trata de Gracia y Justicia o el humor político de la derecha española en la II República, firmado por José Peña González, con prólogo de Antonio Linage Conde y editado por la Asociación Católica de Propagandistas (Madrid, Fundación Universitaria San Pablo CEU, 2016). Hay muchas cosas interesantes en este libro y me gustaría tratar al menos algunas de ellas, aunque ya preveo que, por la extensión que va adquiriendo esta reflexión, será forzoso dejarlas para el siguiente día, esto es, la entrega siguiente. Pero, en consonancia con lo que llevo escrito en los párrafos anteriores, y como continuación del hilo argumental, no me gustaría terminar ahora sin hacer mención de un rasgo que me parece muy significativo. El libro, como queda dicho, no procede de la pluma de un socialista o un radical, ni mucho menos de un comunista o un militante sectario de extrema izquierda. Si fuera así, se entendería perfectamente el tono combativo en sus páginas contra lo que fue y representó el semanario Gracia y Justicia en el panorama político de la Segunda República. Pero el libro viene avalado por la Asociación Católica de Propagandistas. Como dice una nota a pie de página nada más abrir el volumen, «el propagandista antepone su compromiso cristiano y su afán de testimonio evangélico a cualesquiera otras consideraciones e intereses, adoptando actitudes inequívocas a favor de la verdad y la justicia y en defensa de la persona humana». Cito todo ello para que se vea que una de las constantes del libro, su repulsa más o menos explícita a la línea editorial de Gracia y Justicia, no proviene tanto de una convencional polarización política o ideológica cuanto de la internalización de un dictamen políticamente correcto en los tiempos que corren. Por decirlo claramente, que nos causa repulsa la saña que desplegó Gracia y Justicia −desde posiciones de derecha extrema, casi protofascista− para combatir al régimen del 14 de abril y desacreditar a sus cabezas rectoras, muy particularmente a su presidente, Manuel Azaña.

El concepto de saña no proviene de mi cosecha, sino que lo tomo prestado del propio autor, que ya en la primera página habla de la fobia, desprecio y saña con que la revista en cuestión trataba a la Segunda República y a sus dirigentes. Y es que, como subraya Peña González, la «sátira –más que el humor− que practica Gracia y Justicia busca la degradación de los personajes que caen bajo su observación. Procura resaltar con extrema crudeza los defectos físicos de los mismos y hace gala de una extrema agresividad». Como dice más adelante, Gracia y Justicia hacía a veces gala de un humor macabro en esa línea tremendista que ha caracterizado una determinada rama de la literatura española. En 1932 publicaba la esquela mortuoria del dirigente catalán Francesc Macià (el óbito se produciría realmente en 1933), con esta coletilla: «El duelo se despide más contento que unas pascuas, que ya nos ha hecho bastante la ídem». El recurso a la esquela mortuoria se repitió en otros casos. El más significativo es el que se dedica a la propia República en unos términos de singular desprecio: «La Excma. y Molestísima Señora Dª DEMOCRACIA DE LAS CORTES CONSTITUYENTES la ha diñado, con todo el equipo de Casas Viejas». También en esta ocasión se adelantaba un poco al deceso. Aunque lo que no podía ponerse en duda era que la revista hacía todo lo que estaba en su mano para que éste se produjera lo más rápido posible. No es de extrañar que, visto desde nuestra perspectiva, nos genere pocas simpatías. Pero esta no es la cuestión.

16/03/2017

 
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