De los que fueron felices en la guerra (o, al menos, disfrutaron un rato)

por Rafael Núñez Florencio

«Un golpe de ataúd en tierra es algo / perfectamente serio». Como decía un buen amigo mío, hay algo de acongojante en estos conocidos versos de Antonio Machado («En el entierro de un amigo», Soledades). Quizá es el tono, el matiz –el ruido seco de la caja en el hoyo–, la expresión redonda… «perfectamente serio». Seriedad como la única opción posible ante determinados acontecimientos: la muerte, el dolor, la miseria, la guerra. Pertenezco por edad y profesión a esa generación de historiadores que, habiendo nacido bastante después de la guerra (la del 36, claro), han sentido suficientemente de cerca sus consecuencias –sin ir más lejos, los rescoldos y prolongaciones del franquismo– como para tomarse en serio, muy en serio, todo lo relacionado con la contienda fratricida. Luego, por si fuera poco, el propio examen de los documentos y los testimonios de primera mano conducen a cualquiera con un mínimo de sensibilidad y empatía a mirar aquello, aparte de otras muchas consideraciones, como una inmensa tragedia. Como toda guerra, evidentemente, pero en este caso no como una guerra de esas que se otean en la distancia o se siguen en las pantallas sino que se sienten a flor de piel.

Dejemos, pues, claro como punto de partida ese dictamen obvio: que, más allá de las controversias políticas e historiográficas, la Guerra Civil fue, ante todo y sobre todo, una catástrofe, un desastre, una calamidad… y puede seguir cada uno poniendo los sinónimos que desee. Bien, ya lo hemos dicho. ¿Y qué más? Pues que habiendo ya pagado el inevitable tributo a nuestra conciencia (y a lo políticamente correcto, ¿por qué no decirlo?), no podemos seguir ignorando una cosa. Que para algunos –no sé si muchos o pocos– de los que vivieron aquella desgracia, la guerra no fue precisamente eso, una desdicha, ni siquiera un pequeño percance sino… otra cosa. Sí, ya sé que están pensando en tipos humanos característicos: el violento, el sádico, el que disfruta con el peligro o que carece de empatía. O quizá se les ha ocurrido el oportunista, el tipo sin escrúpulos o el simple aprovechado que hace su agosto en el río revuelto sin importarle las consideraciones morales o humanitarias. También podría ser válido dentro de esta gama de tipos citar al militante más o menos fanatizado (de uno u otro signo) que, lejos de tomar la beligerancia como un mal, se muestra entusiasmado y gozoso por poder matar y morir por la causa en la que cree. Todos ellos, desde luego, servirían para mostrar que la condición humana es diversa, desconcertante e impredecible y que, como mínimo, no debe ser contemplada con apriorismos y esquematismos elementales.

Pero, sin embargo, no es de ellos, de ninguno de esos tipos, de los que yo quiero hablar. Mi enfoque se sitúa, ¿cómo decirlo?, a una altura más modesta, a ras de tierra, podríamos decir. Me serviré como punto de partida de las memorias de un humorista hipocondríaco (como él mismo se definía), cuyo provocativo título nos introduce ya abruptamente en lo que quiero decir: Yo fui feliz en la guerra. Chumy Chúmez, pues de él se trata, nos presenta la guerra no como la tragedia que un adulto puede sufrir o lamentar, sino desde la óptica de un niño que ve que el mundo se pone patas arriba y con ello se le presenta una ocasión única de vivir lo que en otras circunstancias normales hubiera sido completamente imposible. Dejaré que sea él mismo quien lo exprese. Después de los bombardeos, dice, «salíamos de los refugios para ver los destrozos causados por las bombas. Los mayores intentaban ahorrarnos el horror de ver los cadáveres […]. Pero nosotros nos escabullíamos para ver bien de cerca los muertos […]. Nosotros éramos felices en aquel hermoso desorden en el que se derrumbaban casas, morían nuestros amigos y, además, para coronar nuestra felicidad, no había escuela». Desconcertante en su sencillez. Pero las anécdotas concretas son las que verdaderamente nos introducen en la dimensión macabra, en este caso no atemperada sino acentuada por la condición infantil de los protagonistas. Cuenta Chumy que un día un amigo les llevó

a un huerto solitario y nos enseñó lo que fue durante mucho tiempo nuestro tesoro: la cabeza ensangrentada de una vieja. La había encontrado separada del cuerpo después de un bombardeo y se la había llevado como recuerdo. Era una vecina nuestra. Por la noche oímos los lloros de su familia, que había estado todo el día buscando la cabeza de la pobre descabezada. Nosotros no nos atrevimos a decir que la teníamos en nuestro poder. Todas las tardes íbamos a ver cómo le cambiaba el gesto, que cada vez era menos humano. Parecía que a aquel fragmento de difunta le hacía gracia nuestra protección. La mimábamos. En el cementerio se habría encontrado más sola seguramente. A la semana estaba ya un poco descarnada y empezaron a asomarle los dientes. Parecía que nos sonreía.

Los juegos y la muerte se entremezclan de tal modo que uno no sabe bien si sonreír o estremecerse. ¡Cuánto partido puede sacarle un niño a un muerto! No ya sólo las calaveras, sino hasta los propios huesos:

Yo solía ir con mis amigos con mucha frecuencia al cementerio a robar huesos […]. Nosotros solíamos coger los cráneos más limpios, quitábamos luego la tierra que estaba adherida a los recovecos interiores y nos los llevábamos al barrio para jugar a los bolos. Vivíamos en una sociedad necrófila, porque yo no recuerdo que nunca nadie nos prohibiese nuestros juegos macabros. Al revés. Las vecinas se partían de risa al vernos intentar colocar las tibias en posición vertical sin poder conseguirlo.

Y, en fin, el despertar sexual, como no podía ser menos, se tiñe también de elementos necrófilos:

Las chicas mayores nos habían iniciado en pequeñas liturgias sexuales y algunas niñas, sacerdotisas precoces, se ofrecían gentilmente al sacrificio ritual. Se tumbaban en el suelo y se quedaban quietas como si estuviesen muertas. Nosotros les bajábamos las braguitas húmedas aún por el susto y la emoción de los bombardeos y les acariciábamos sus tiernas entrepiernas.

Otro que vivió la guerra de niño y que también hizo del humor su profesión, José Luis Coll, relata episodios tremendamente parecidos en sus memorias (El hermano bastardo de Dios). ¡Qué divertido, por ejemplo, echar un partidillo de fútbol con cráneos a falta de balones! Con algunos inconvenientes, es verdad: «Las mandíbulas se desprendían. Las que aún tenían dientes picoteaban las baldosas, ya de por sí depauperadas. Las calaveras pequeñas rodaban mejor». La violencia, la crueldad y la muerte, lejos de presentarse como obstáculos, se incorporan a las coordenadas vitales. No sólo puede vivirse con ellas (con-vivir): puede gozarse a pesar de ellas o, lo que es más desconcertante, puede disfrutarse precisamente gracias a ellas, porque crean unas condiciones excepcionales que rompen la monotonía de la existencia. Por lo menos para los ojos de un niño (aunque, me temo, también para muchos adultos). Si los juegos infantiles tienen normalmente un componente sádico, en la guerra o en la represión de la posguerra, ese ingrediente queda legitimado como recreación exacta del mundo de los mayores: «Nuestros juegos –rememora– se hicieron más crueles, más machistas, más despiadados». Por ejemplo, al compañero del bando contrario se le ata un árbol y se le azota. A renglón seguido, el prisionero era «meado en la cara y en el pecho» por los vencedores. Y si era un jefe, «se le obligaba a cagar sobre un pañuelo, que luego se le restregaba por ojos y boca».

Bien es verdad que, en nuestras coordenadas históricas y sociales, quien más y mejor ha popularizado un enfoque cómico de la guerra ha sido el humorista Miguel Gila, hasta el punto de que la expresión «la guerra de Gila» forma parte de nuestro acervo cultural. Es casi imposible encontrar un español a quien no le suenen determinadas expresiones gilescas, empezando, claro está, por aquel recurrente «¡Que se ponga!», que anunciaba disparatadas conversaciones telefónicas con los personajes más variopintos. El teléfono era, como todos recuerdan, el arma preferida de un supuesto soldado que trenzaba disquisiciones desopilantes sobre unos presupuestos completamente surrealistas: «¿Es el enemigo? ¿Ustedes podrían parar la guerra un momento?» O también aquel inolvidable «¿Por fin cuándo piensan atacar…? ¿A qué hora…? ¿No podrían atacar por la tarde…, después del fútbol?» Para terminar con aquella tremenda despedida: «Adiós. ¡Que usted lo mate bien!» Lo de matar bien era chusco, pero menos simple de lo que a primera vista parecía, porque una de las peores cosas en la guerra podía ser que te mataran mal, o sea, que te dejaran agonizando –sin ese remate que no por casualidad se llama «tiro de gracia»– durante interminables horas y a veces hasta días. Y es que el propio Gila confesó en diversas entrevistas y en sus propias memorias que a él lo fusilaron mal, en este caso por suerte, porque el piquete de ejecución lo componían soldados borrachos que no apuntaron cómo debían.

Hay que reconocer que Gila normalmente hablaba de la guerra sin especificar clara o explícitamente que se refería a la nuestra, la Guerra Civil, pero la aludida continuidad entre sus escenificaciones y sus experiencias dejaba poco lugar a dudas. Al narrar sus recuerdos como combatiente, Gila refiere anécdotas que bien podrían haber figurado en sus sketches más extravagantes. Así, por ejemplo, aquel episodio en que se encuentra perdido, sin saber dónde están los suyos y hacia dónde tiene que dirigirse. Al fin divisa un grupo de soldados y, creyendo que son los de su bando, pregunta con toda naturalidad: «¿Sabéis dónde está el Quinto Regimiento?» Sin darle mayor importancia, uno de los uniformados se vuelve y le responde con absoluta naturalidad: «Nosotros somos nacionales. Tu regimiento creemos que está por allí». Le señala el camino y ahí acaba todo, sin más. ¿Real o inventado? Tenemos todo el derecho del mundo a pensar que la imaginación del humorista ha contaminado sus recuerdos involuntariamente o, en el peor de los casos, que Gila ha asumido su papel hasta tal punto que es capaz hasta de trivializar sus sufrimientos de guerra. Sea como fuere, hay una realidad que trasciende al propio Gila, aunque utilicemos su apellido para caracterizarla: lo que queremos decir con ello es que, como está ampliamente documentado, la Guerra Civil tuvo situaciones y episodios grotescos, casi surrealistas, que podían situarse por derecho propio en el esperpento, es decir, lo que vulgarmente conocemos como «la guerra de Gila».

Por ejemplo, lo de hablar de una trinchera a otra a voz en grito o con un altavoz no es un invento del humorista. A veces se hacía eso por iniciativa o con el consentimiento de los mandos, que entendían que una guerra de alpargatas como la nuestra debía tener, por lo que tocaba a los planteamientos ideológicos, su correspondiente dosis de propaganda cutre. Era más eficaz –o así lo entendían los concernidos– apelar al estómago que a los grandes ideales. Como decía una versión bufa del «Cara al sol», estaba bien lo de colocarse «Cara al sol / al sol que más calienta». Cada bando prometía a sus contrincantes buenas raciones de comida, tabaco y alcohol si desertaban y se unían a sus filas. Los franquistas llegaron a prometer tres horas de siesta a los republicanos que pasaran a engrosar sus líneas. Pero no siempre era una cuestión de propaganda o, como diría Gila, de «desmoralizar» al adversario (recuerden el chiste del enano montado en el Seiscientos para suplir la falta de tanques: «No mata, pero desmoraliza»). A menudo, cuando las trincheras estaban estabilizadas y relativamente próximas, se trataba simplemente de diálogos de parte a parte, con las más peregrinas excusas, o incluso sin ellas. Al fin y al cabo, el enemigo hablaba el mismo idioma o incluso podía ser vecino, paisano o conocido. En la guerra no sólo se matan hombres: casi tan importante como esto era matar el tiempo. De ahí que hubiera tantos tiempos muertos, que se hacían más insoportables por el frío, el hambre, el cansancio, los piojos… Los que podían lanzaban un globo sonda: «¡Eh, los del otro lado! ¿Me oís?» Era el primer paso. Si había respuesta, de ahí a la confraternización había sólo otro paso, que se dio con frecuencia.

A pesar de que los oficiales prohibían por razones obvias esas manifestaciones de concordia con el enemigo –y amenazaban con draconianos castigos a quienes las pusieran en práctica–, hay constancia de que se dieron con bastante frecuencia. Lo que nos interesa subrayar aquí es el aspecto de guerra chusca que ello inevitablemente comportaba. Así, por ejemplo, en los citados tiempos muertos, los combatientes salían de sus trincheras respectivas, intercambiaban cigarrillos, periódicos o comida, compartían algunos tragos, se contaban impresiones y experiencias, y a menudo hasta se abrazaban. En alguna que otra ocasión nos consta que se pusieron de acuerdo para salir a cazar perdices. Otras veces preparaban juntos alguna comida especial: con decir que a estas expresiones de camaradería se las llamaba «hacer paella», ya está dicho todo. Luego, cuando acababa la fiesta –normalmente al caer el sol–, cada uno regresaba a su puesto. Aquella misma noche o al alba del siguiente día podía comenzar un ataque y podían ser muchos los que perecieran por una granada lanzada por la mano que poco antes habían estrechado o incluso por el disparo a bocajarro de quien les había estado abrazando. Como siempre sucede, la realidad supera a la ficción y, en este caso, hasta al humor absurdo.

Lo malo de las guerras, si adoptamos una perspectiva gilesca, es que producen muertos. Si son muertos lejanos, pase. Pero si están cerca, resultan molestos. Los cadáveres huelen o, mejor dicho, hieden, apestan. Y a veces, cuando se quedan en medio de una tierra de nadie, sin enterrar, descomponiéndose poco a poco, echan un pestazo insoportable. Claro que siempre quedaba la posibilidad de ponerse de acuerdo de trinchera a trinchera para retirarlos. Y, de paso, compartir, como antes apuntábamos, alcohol, tabaco, algunas provisiones. Y gastar bromas, contar chistes, reír abiertamente. Y hacer así de todo ello el mejor momento del día. Algunos estudiosos de la Guerra Civil –pocos, a decir verdad– han indagado en esas condiciones materiales de vida que se dan en las trincheras o en los frentes de batalla: así, por ejemplo, el hispanista Michel Seidman. Termino mi reflexión con un apunte que tomo de uno de sus libros, A ras de suelo, que pone de relieve cómo la confraternización entre los supuestos enemigos llegaba a tales niveles –no solo de diversión puntual, sino de absoluta complicidad– que se comprometieron en algunas ocasiones en avisar al bando contrario «si los oficiales ordenaban un ataque». Y cuando algunos recién llegados –esto es, no avisados de las costumbres del frente– disparaban sus fusiles, del otro lado surgía una protesta a voz en grito: «¡Eh, no tiréis, que nosotros no tenemos la culpa!» Al final resulta que los chistes de Gila eran, no ya realismo, sino puro costumbrismo.

26/11/2015

 
COMENTARIOS

Agustín 26/11/15 20:42
Berlanga es otro gran narrador de vivencias bélicas en La vaquilla.

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