De cómo y por qué el cielo es el infierno (I)

por Rafael Núñez Florencio

En nuestra civilización, desde Platón y Aristóteles –por lo menos‒, la felicidad es un tema recurrente en el discurso filosófico, así como una de esas cuestiones que llenan páginas de periódicos, revistas y, hoy en día, Internet cuando llega el verano o, simplemente, no hay otros asuntos más urgentes que tratar. Es verdad que el tratamiento filosófico de la cuestión poco o nada tiene que ver con las coordenadas en que se plantea el tema el hombre común, hasta el punto de que, si este busca alguna respuesta practicable en los textos clásicos, o incluso en el ensayo más cercano a nuestros días, es casi seguro que termine, como dicen en mi familia, con los pies fríos y la cabeza caliente.

Los filósofos propiamente dichos –de Séneca a Spinoza‒ le parecerán a buen seguro muy alejados de los afanes cotidianos. Ante el pensador que baja de su nube a la tierra –como Bertrand Russell o, entre nosotros, Fernando Savater‒, es probable que este hombre común que nos sirve de referencia no pueda evitar una cierta incomodidad traducible poco más o menos al orteguiano «no es eso, no es eso». Si lee a los ensayistas más sensibles al pulso de nuestro tiempo (Alain de Botton, André Comte-Sponville), se encontrará retratado en la vacuidad existencial, pero con pocas respuestas operativas. De modo que, así las cosas, no sería nada extraño que nuestro conciudadano perplejo termine decantándose por uno de esos libros positivos de Luis Rojas Marcos o Albert Espinosa o, por descender ya hasta el escalón más bajo, esos manuales de autoayuda o paródicos tipo «cómo ser feliz y no morir en el intento». Ya que no podemos saber qué es la felicidad –ni, por supuesto, alcanzarla‒, riámonos de ella.

No es este el lugar más adecuado para ponerse circunspecto. Pero, decirlo, no tengo más remedio que decirlo. Ahí va: los grandes conceptos se han trivializado hasta la inanidad y la estupidez en el mundo en que vivimos. No lo digo, obviamente, como descubrimiento, sino como simple constatación de lo sabido por todos. Esto de la felicidad ha seguido el mismo proceso. Si hablas de ella medianamente en serio, es muy posible que te tomen por tonto. Desde luego, frivolizar es una vía más útil y segura, un poco en la línea de esa frase que se atribuye a Sigmund Freud: «Existen dos maneras de ser feliz en esta vida: una es hacerse el idiota y la otra, serlo». El aserto queda como un contrato blindado o una fortaleza inexpugnable. Y, encima, te otorga un plus de superioridad: cínico, escéptico, divertido y profundo. ¿Quién da más?

Al principio me cabreaba esa muletilla que se ha generalizado en los medios, esa clase de despedidas como «Por hoy hemos terminado. Mañana volveremos. Hasta entonces… ¡sean felices!» A veces he escuchado ese mensaje buenista –a ustedes, supongo, les habrá pasado igual‒ bien pasada la medianoche, cuando, vencido ya por el cansancio del día y medio somnoliento, me dirigía derrengado y un poco zombi a la cama. ¿Cómo que «sean felices» a la una de la madrugada, después de levantarte a las seis y media, y estar todo el día sin parar? ¡Me conformo con que me dejen dormir! Les habrá pasado igualmente que algún vendedor –hombre o mujer‒ después de una transacción convencional se despide de usted con una sonrisa y le dice: «Hasta luego. Que pase un feliz día». La primera vez me quedé pensando: ¿qué es eso de un «feliz día»? ¿Cómo se pasa un «feliz día»? ¿Qué tengo que planificar, cómo me tengo que disponer desde ahora mismo para pasar un «feliz día»? Y si la felicidad, como le pasa al humor, está más relacionada con la improvisación o la sorpresa, ¿no hago imposible la felicidad si me preparo para ella?

Todo esto tiene que ver con algo que todo el mundo sabe por propia experiencia. Cuando hablamos de nuestra felicidad, la íntima, la de cada uno de nosotros, usamos el pasado y el futuro, rara vez el presente. Nos reconocemos felices en un tiempo pasado o aspiramos a una felicidad futura cuando consigamos tal puesto de trabajo, cuando lleguen las vacaciones, cuando hagamos tal viaje, cuando nos casemos, cuando podamos mudarnos por fin a la casa que deseamos, cuando nazca nuestro hijo o nuestro nieto, etc. Dicho sea de paso, luego comprobamos que la esquiva felicidad jugueteaba entre los pliegues de la aspiración misma (era la ilusión que nos daba alas) y no en la consecución del objetivo, como si del célebre viaje a Ítaca se tratara. Pero esta es otra guerra en la que ahora no quiero entrar. Retomemos el hilo. En definitiva, a lo que quería llegar era a la incompatibilidad de la felicidad con el tiempo presente. Lo que argumentaba es que yo no he escuchado a nadie decir en serio «¡Qué feliz soy ahora!» Reconozco que esa expresión se utiliza a menudo cuando alguien se ha desembarazado de un problema grave, como el burro al que le queman la albarda. Pero, en realidad, con ella no estamos subrayando tanto un estado positivo actual como el contraste con un grave problema pasado que hemos logrado superar. Por eso, cuando pasa algún tiempo y desaparece el recuerdo de ese pasado ominoso, ya no volvemos a utilizar la frase de marras porque «¡Qué feliz soy ahora!» pierde todo su sentido.

Es probable que algunos de ustedes juzguen que estoy dando muchas vueltas para algo que es muy fácil. De hecho, mucha gente piensa que la felicidad es o consiste en hacer realidad nuestras ilusiones. Así por lo menos se vende cada año la lotería de Navidad, y lo cierto es que funciona. Millones de españoles dan por buena la formulación, entran al juego e invierten su dinero. ¿«Invierten» sería el verbo apropiado en ese caso? Bueno, no sé, quizá sí, porque compran no tanto un billete físico como un intangible, la ilusión a que antes me referí. Entonces, según eso, el cielo, el paraíso, la gloria o como quiera llamársele, vendría a ser el reino donde se hacen realidad todas nuestras aspiraciones. En principio esa es la situación en que se encuentra el protagonista de una narración de Julian Barnes, contenida en su libro Una historia del mundo en diez capítulos y medio. El relato en cuestión lleva por título «El sueño» porque en principio de eso se trata, tal y como ponen de relieve las líneas iniciales (que, por cierto, son las mismas que el lector hallará al final): «Soñé que me despertaba. Es el sueño más antiguo de todos y acabo de soñarlo. Soñé que me despertaba».

Escrito en primera persona, el protagonista –cuyo nombre nunca llegamos a saber‒ empieza contándonos los pormenores de su sueño, que parecen particularmente vívidos, sobre todo en lo relativo a un opíparo desayuno: su desayuno ideal en todos los aspectos, el desayuno perfecto o, más bien, la perfección absoluta hecha desayuno. Lo cierto es que, antes de que el lector se distraiga con la meticulosa descripción de los deliciosos platos que ha llevado la camarera, esta ha deslizado unas palabras inquietantes que pasarán inadvertidas y sólo después se cargarán de significado: «Tómese tiempo. Tiene usted todo el día. Y ‒añadió con una sonrisa más amplia‒ todo el día de mañana también». Como todos sabemos, nuestra relación con el tiempo es siempre paradójica: nos quejamos del poco tiempo de que disponemos para nuestros quehaceres, pero la perspectiva de disponer de todo el tiempo del mundo suena más perturbadora aún que su opuesta.

Pero no adelantemos acontecimientos, porque nuestro protagonista aún no ha reparado en ello y, en cambio, su atención se ve colmada por las exquisiteces culinarias en primer término y, luego, por una sucesión de pequeñas satisfacciones que le dejan en un estado plenamente gozoso: ponerse su ropa preferida, ir de compras, divertirse como un niño conduciendo carritos con motor en el supermercado, comprar por puro capricho todo tipo de comidas y bebidas. A estas alturas, el narrador sospecha que ustedes –o nosotros, lectores todos al fin y al cabo‒ estamos mirándolo con una cierta condescendencia, como si fuera tan solo un niño caprichoso. Así que se ve en la necesidad de interpelarnos: «Y, por cierto, no me miren por encima del hombro. Ustedes hubieran hecho más o menos lo mismo. Quiero decir, supongamos que no fuesen de compras, ¿qué habrían hecho? ¿Conocer gente famosa? ¿Tener relaciones sexuales? ¿Jugar al golf? No hay un número de posibilidades infinito».

En esta última frase está la clave. En efecto, las posibilidades son siempre limitadas. Aunque tengamos todo el tiempo del mundo y se hagan realidad todos nuestros caprichos. Mejor dicho, en este caso es precisamente porque ni el tiempo ni la realidad nos coartan. Recuerden que el escenario que dibuja la fábula de Barnes es como un vacío insondable que debe llenarse grano a grano. Recapaciten ustedes mismos. Aplíquenselo a sus circunstancias personales. Todo lo que quieran, cuando quieran, como quieran, el tiempo que quieran, las veces que quieran, sí, pero al final llegarán a la conclusión de que todo lo que pidan o todo aquello a lo que aspiren ‒placeres, emociones desconocidas, ilusiones nunca satisfechas, capacidades insospechadas (hablar mil idiomas, por ejemplo)‒ se inscribe en el ámbito de lo finito. De lo descorazonadoramente finito. Tiene razón el narrador. Quizás usted pueda ser menos primario que él, más sofisticado o intelectual, pero en el fondo no habría diferencia: su lista de peticiones o anhelos mostraría el mismo carácter limitado que es consustancial al ser humano.

En otro sentido, pero en el fondo complementario, podría decirse que, tarde o temprano, el peso de nuestras limitaciones nos aplasta. No me refiero ahora a nuestra panoplia de aspiraciones, sino a un tipo de limitación más metafísica que podríamos denominar el estigma de la insatisfacción. El objetivo conseguido se revela inmediatamente banal, insuficiente o hasta fastidioso. Ese desayuno ideal, esa exquisitez de desayuno que embelesa a nuestro personaje hasta el punto de pedirlo para desayunar, almorzar y cenar, ¿hasta cuándo nos deleitaría? ¿Cuánto tiempo aguantaríamos su perfección absoluta? ¿Un año, dos, diez, veinte, cien? Da igual, más pronto o más tarde llegaríamos a un punto de saturación. Hay otro matiz concurrente: incluso en el mejor de los casos, cuando disfrutamos plenamente de haber conseguido nuestro propósito, esa satisfacción nos dura el tiempo justo para que surjan otros afanes, otros deseos, otras necesidades.

Déjenme que abra un paréntesis e interrumpa la exposición de «El sueño», de Julian Barnes, porque en este punto me asaltó la memoria el recuerdo de unas páginas de La inmortalidad, de Milan Kundera. Picado por la curiosidad, recuperé el volumen de un estante de mi biblioteca. No me fue difícil dar con el pasaje que buscaba, a pesar de que hacía la friolera de veintisiete años que lo había leído. Pero recordaba el episodio con particular nitidez, casi palabra por palabra. A Agnes y Paul, felizmente casados o voluntariosamente enamorados, un extraño visitante les pregunta: «En la próxima vida, ¿quieren estar juntos o prefieren no volver a encontrarse?» Orillemos ahora los innumerables matices de la situación y centrémonos en lo esencial. Demos por bueno incluso que su vida matrimonial es realmente feliz, que el amor que les une es más que pura ilusión. Aceptemos, por llegar hasta el límite de lo improbable, que su matrimonio –o el de usted que me lee ahora‒ es el epítome de la felicidad. ¿Estaría dispuesto a repetirlo? ¿Con la misma persona? Y, si me contesta de modo afirmativo, yo tendría que preguntarle inevitablemente: ¿cuántas veces? ¿Dos vidas? ¿Tres? ¿Cinco, diez, cien, mil?

Podríamos seguir con las fantasías más pedestres (volvemos de nuevo a la parábola de Barnes). Por ejemplo, que nuestro equipo favorito, ese que nunca ha ganado nada o casi nada, ahora lo gane todo. Todo. Siempre. O que, a partir de ahora, usted sea un virtuoso en ese deporte que tanto le gusta y que, la verdad sea dicha, usted practicaba con más afición que acierto: el golf en el caso de nuestro relator. Mejora tras mejora, llega a un punto en el que es imposible hacerlo mejor. Sólo cabe la repetición de la excelencia o la perfección. ¿Hasta cuándo la aguantaríamos sin una mueca de hastío? Si usted es hombre, comprenderá también plenamente al sujeto de esta historia cuando hace realidad el sueño recurrente de la mayoría de la población masculina: mantener unas relaciones sexuales que, en confesión de nuestro tipo, son difíciles de describir en términos habituales. «¡Uah! ¡No sabía que yo fuera capaz de aquello! ¡No sabía que nadie fuera capaz de aquello!» También las proezas sexuales sucumben al Diktat del hartazgo, pues, al fin y al cabo, como todo lo demás, están sometidas a la tiranía de los límites. Durante un tiempo, nuestro hombre quiere conocer a gente famosa y celebridades históricas en general. Ni que decir tiene que el deseo es satisfecho con creces: «Conocí a John F. Kennedy, Charlie Chaplin, Marilyn Monroe, el presidente Eisenhower, el papa Juan XXIII, Winston Churchill, Rommel, Stalin [...]. La mayoría de ellos eran muy simpáticos, en general, así como naturales, nada engreídos ni condescendientes». Pero hasta la nómina de los próceres resulta tremendamente raquítica cuando se dispone de todo el tiempo del mundo.

A estas alturas, hay que mencionar a favor del simpático cuentista que también es capaz de romper su solipsismo: se alegra, por ejemplo, de que, en este nuevo mundo en el que está instalado, los periódicos sólo contengan magníficas noticias, como que se ha logrado hallar «una cura contra el cáncer», que las viejecitas «se hacían ricas con las quinielas todas las semanas», que los «delincuentes sexuales se arrepentían» o que todo el mundo «se deshacía de las armas nucleares». Un poco como continuación de esta exigencia ‒o autoexigencia‒ moral, nuestro individuo necesita que una especie de magistrado lo juzgue en el sentido de que examine su vida. El veredicto, aunque formalmente favorable –incluso impecable‒ le deja extrañamente decepcionado: «Es usted buena persona», le dice el juez. ¿Nada más? Sí, nada más. Pero, ¿nada, nada más? Pónganse ustedes en la misma situación. ¿No notan un regusto de insatisfacción? Inexplicable, ¿verdad? O quizá no tanto. Porque también aquí queremos algo más.

He sembrado hasta aquí muchos interrogantes y he procurado orillar las respuestas contundentes. Espero haberles dejado con una cierta curiosidad. No quiero seguir ahora mismo, porque ya me he extendido demasiado. Les prometo culminar mi reflexión en la siguiente entrega.

30/11/2017

 
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