Caspaña (I)

por Rafael Núñez Florencio

El humor como arma de combate. El humor como forma sutil de continuar el proselitismo. El humor al servicio de determinados intereses. El humor como instrumento de penetración y difusión. El humor como bandera de reconocimiento de los nuestros en luchas enconadas. En el fondo, si quieren, todos los matices y variantes se condensan en esto: el humor como continuación de la guerra por otros medios (pretendidamente pacíficos, aunque no estoy muy seguro). Hay bromas que carga el diablo, chistes que disparan sin piedad, caricaturas ofensivas que son peores que muchos reproches, viñetas que incitan al odio, descalificaciones burlescas que hieren más que amenazas formales.

Quienes me siguen en esta sección saben que me he ocupado ya en diversas ocasiones de esta vertiente del humor en situaciones y contextos variopintos. Como la tendencia dominante es considerar el humor algo entre frívolo y banal, me gusta insistir en que no siempre es así. Y cuando no es así, el humor se convierte en un elemento extraordinariamente corrosivo en manos de quien sabe utilizarlo. De modo sutil e insidioso, el recurso humorístico puede llegar más lejos que la argumentación convencional. Puede insinuar de modo malévolo y certero –decir sin decirlo claramente−, puede ser demoledor como quien no quiere la cosa –tirar la piedra y esconder la mano− y puede, en fin, al mismo tiempo agavillar voluntades y despertar una recia solidaridad –reconocernos en el mismo bando−. La familia que se burla unida, permanece unida.

Vayamos al grano. No tengo reparo alguno en confesarles que la idea de este comentario me la dio un pequeño pero enjundioso artículo de Miquel Porta Perales que se publica en el número 54 (abril-junio 2017) de la revista Cuadernos de pensamiento político (pp. 67-76). El título del mismo les pone directamente al tanto del asunto que trata: «El humor gráfico como aparato ideológico de socialización, agitación y propaganda del independentismo catalán». Como se dice ya en la entradilla, lo que el escritor y crítico catalán trata de desentrañar son las claves del humor gráfico que utiliza ese sector político y social «como socializador nacionalista y colonizador de la conciencia». Por decirlo todavía con más claridad y en la línea de lo que les adelantaba en el introito, el humor como instrumento esencial en el proceso de habituación o familiarización de la ciudadanía en general –y no sólo los engagés− en el ideario soberanista o independentista.

El humor tendría con ello un papel fundamental en eso que algunos politólogos (Michael Billig) denominan «nacionalismo banal», es decir, una conciencia nacionalista blanda, natural, cotidiana, que no se constituye tanto en elemento explícito que deba aceptarse formalmente como simple condición previa para entrar en el espacio público y el debate político. Los chistes, las viñetas, la burla o la sátira, o todo ello de consuno, según analiza y argumenta Porta Perales, lejos de reflejar una pluralidad de opciones y perspectivas, se constituyen en elementos dispuestos en un mismo sentido, como batallón al combate. «En el caso que nos ocupa, los autores dan forma al guion oficial del “proceso”. ¿El discurso crítico? Estamos ante un humor y una sátira unilateral y unanimista». El autor concluye, después de examinar una muestra representativa de esas actitudes, expresadas siempre en forma desenfadada pero muy cáustica, que la sátira de este sector político se distingue por su condición intrínsecamente manipuladora y excluyente.

Bueno, como pueden imaginarse, yo no voy a repetir aquí lo mismo que Porta Perales. Para eso ya tienen su artículo. Les digo más: ni siquiera me propongo abordar los aspectos más conflictivos o directamente políticos del contencioso catalán, ni aun limitándome a la estricta faceta humorística. La verdad es que en estas controversias soy bastante escéptico acerca de las posibilidades reales de la argumentación. Dicho en plata, ustedes ya tienen sus propias ideas al respecto y, diga lo que diga yo en estos párrafos, no les voy a convencer de lo contrario. Lo que más me ha interesado del trabajo de Porta, más allá de su análisis de casos y de sus conclusiones, es su esbozo de la idea de España en el independentismo catalán. Entiéndanme bien, no me refiero directamente al partido que hoy gobierna España ni a los gobernantes concretos, sino a España en su conjunto y a los españoles como ciudadanos claramente diferenciados, como se verá a continuación, de los catalanes.

Esta es una cuestión que, como ya he adelantado, Porta se limita sólo a esbozar y que a mí me ha interesado lo suficiente como para que, ni corto ni perezoso, me haya ido a las fuentes mismas: me refiero a cuatro volúmenes que realizan una antología de viñetas –casi siempre políticas− que dan cuenta de los acontecimientos de estos últimos años en clave de humor y que fueron publicadas en su momento por diversos periódicos catalanes: La Vanguardia, El Periódico, El Economista, La Mañana, etc. Por si alguien tiene interés, les cito a continuación los títulos de los mencionados libros, todos ellos bajo el sello de la editorial barcelonesa Efadós: Any d’estelades (2012), Any de sobres (2013), Any de consulta (2014) y Any electoral (2016). A ellos puede añadirse la recopilación de Toni Batllori que lleva como título Breu història del procés (2015). Todos ellos los cita Porta en el trabajo que me sirve de referencia y acicate. Pero ahora insisto en que, a diferencia de su criterio y enfoque, que me parecen muy respetables, yo no trataré a continuación de denunciar o combatir, sino sólo mostrar. Saquen ustedes sus propias conclusiones.

¿Cómo se enjuicia a España o, mejor dicho, cómo se contempla el Estado español? A veces se habla del Estado moderno en general como un gran buque que debe ser conducido con pericia por aguas no siempre calmas. De ahí el sobado recurso del timonel y la firmeza en el timón de la nave, etc. Para Ferreres, nuestro Estado debe ser representado en una escala mucho más modesta. Es un humilde carro tirado por un burro que a duras penas logra vadear un brazo de agua. Un carro que, ya puestos, vendría a ser como el que perdió Manolo Escobar –esto lo digo yo, no Ferreres−. Artur Mas, que va delante con el burro, dice: «Si el gobierno nos paga lo que nos debe, nos comprometemos a tirar del carro para salir de la crisis». A lo que Rajoy, desde el pescante, responde: «Unos valéis para tirar del carro y otros para llevar las riendas del Estado». Lo más significativo desde mi perspectiva –que, como les adelanté, huye de entrar en el debate político propiamente dicho− es cómo se dibuja ese carro del Estado español, no sólo lleno a tope (es decir, sobredimensionado) sino, por encima de ello, caracterizado por su sello folclórico. En efecto, un aparatoso botijo cuelga de un lateral –España, ya se sabe, sinónimo de botijo, como si estuviésemos en la posguerra− y, por si no hubiera quedado clara la alusión, una oronda señora con moño, peineta y vestido flamenco –lunares incluidos− desparrama sus generosas carnes y su inmenso pandero por los bordes del carro, contribuyendo notablemente a su sobrepeso y amenazando su hundimiento.

Aunque quizá hubiera debido dejarla para el final, quiero continuar con la ilustración que en el fondo me parece más representativa. O, para ser más precisos, la que en mi opinión mejor condensa la imagen de España desde la óptica de ese sector político y social. La firma Manel Fontdevila en Público. Parece que nieva. Un ciudadano se refugia bajo un paraguas mientras lee un diario con estos términos: «Aborto. Wert. Matrimonio gay. Garzón». A su lado, también bajo un paraguas, alguien le pregunta refiriéndose a lo que está cayendo: «¿Es nieve o es caspa?» La viñeta en cuestión me suscitó la idea de yuxtaponer los conceptos de caspa y España como adecuada síntesis de la imagen que tienen de este otro país y sus ciudadanos los sectores catalanistas. Luego vi, buscando en Google, que, como resulta inevitable hoy en día, ya muchos se habían adelantado en la acuñación, hasta el punto de que la alusión a Caspaña en ese mismo sentido que acabo de expresar es casi un lugar común en foros, redes, artículos y discusiones del más variado pelaje.

Para que se hagan una idea, no me resisto a citar el comienzo del artículo que, con el título de «Desfascistizar la democracia en Caspaña», publicó Antoni Aguiló –(«filósofo político y profesor del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coimbra») en Diario de Mallorca: «Caspaña es un reino naranjero del sur de Europa donde la Virgen del Rocío intercede en la salida de la crisis (Fátima Báñez), los jóvenes emigran por su «impulso aventurero» (Marina del Corral) y princesitas de ocho años tienen derecho a sustanciosos sueldos públicos. Entre otros logros, tiene el mérito de pasear por el mundo una de las marcas europeas líderes en paro juvenil, fracaso escolar, hambre infantil y desahucios, así como de haber registrado el primer contagio por ébola fuera de África». Caspaña, sigue diciendo Agulló, «tiene una historia reciente atravesada por dictaduras y cuartelazos». Pero ahora no, ¿no? Pues no, porque «la memoria oficial de la Transición olvida que el régimen de 1978 estableció una continuidad renovada con el fascismo». El tono del panfleto me exime de glosa alguna, pero lo traigo aquí a colación porque forma parte de la misma hornada que nos ocupa. Y pergeña con los mismos pinceles y similares tintas el bosquejo de este atribulado país, cuyo nombre ni siquiera puede pronunciarse. Y por ello se le invoca como Caspaña o, en el mejor de los casos, Estado español.

Voy a poner un provisional punto y aparte, a la espera de continuar con más pinceladas en el próximo artículo. No obstante, antes de terminar por ahora, quisiera hacerme eco de una objeción que muy probablemente se les ha ocurrido a algunos de ustedes. Pueden argüir −frente a todo lo que les acabo de exponer− que estos humoristas son en cada caso hijos de su padre y de su madre, es decir, artistas independientes, no voceros de ninguna plataforma política ni mucho menos, por decirlo más concretamente, representantes de partidos y sectores independentistas. Hay que admitirlo. Más aún, eso es una obviedad. Vivimos, frente a lo que ellos parecen insinuar, en una sociedad libre. No soy yo nadie para poner en duda que cada cual escribe y dibuja lo que le viene en gana, sin atender consignas ni directrices superiores. Pero no es menos obvio que, al desarrollar esa sátira inmisericorde pegando palos siempre al mismo lado y hasta en el mismo sitio, desempeñan de buen grado o por fuerza una función específica: la de apoyar, justificar y difundir unas determinadas posiciones políticas y tomar partido resuelto por uno de los contendientes en un conflicto político exacerbado. Pongo un ejemplo incontrovertible: también Forges, Perich, Chumy Chúmez, Summers y toda la ristra de grandes humoristas del tardofranquismo y la Transición escribían y dibujaban a su libre albedrío, sin seguir los dictados concretos de socialistas, comunistas y todo el espectro antifranquista. Sin necesidad de militancia y alineamiento concreto, todos aquellos humoristas sirvieron conscientemente a la causa del cambio político en España. Los que hemos ido examinando aquí también sirven a una determinada causa. Aunque ni aquellos ni estos tuvieran carné.

 

13/07/2017

 
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