Putas y sumisas (y algunas monjas)
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

Yo creo que quien mejor entendía este asunto era Manolo Escobar. Por lo menos, era el que mejor lo sintetizaba: «No me gusta que a los toros / te pongas la minifalda». Además, la cosa tenía su gradación. «No me gusta», le decía al principio, y enseguida se lo volvía a repetir: «No me gusta...» Aunque la chica fuera un poco tonta (y dábamos por sentado que si era guapa o estaba buena, algo lela sí era, ¡no lo iba a tener to!) sabía perfectamente que ese «no me gusta» significaba algo más una mera opinión. Además, el hombre –suponemos que con santa paciencia− se lo explicaba bien clarito: «La gente mira parriba / porque quieren ver tu cara». Bueno, eso era un eufemismo (¿sabría la chica lo que era un eufemismo?), porque, como cualquiera de los españolitos de los años sesenta sabía de sobra, no se miraba parriba en esas circunstancias para ver precisamente la cara. Las caras se ven de frente, como es obvio, no de abajo arriba. En fin, dejémonos de zarandajas. 
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El humor agresivo: el caso de Gracia y Justicia (y II)
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

Gracia y Justicia fue una de las principales revistas satíricas que existieron durante la Segunda República. Nació algunos meses después del 14 de abril, fecha de proclamación de aquel régimen. Exactamente, el primer número vio la luz el 5 de septiembre de 1931. Se mantuvo durante casi todo el tiempo que duró el sistema político que tanto criticaba, con un largo paréntesis de suspensión –cuatro meses− después de la sanjurjada (la fallida sublevación del general Sanjurjo del 10 de agosto de 1932). Como tantos otros diarios y revistas de la época, sufrió otras prohibiciones y secuestros porque, en contra de lo que suelen pensar los no versados en asuntos históricos, la República no fue nada complaciente con la prensa (de derechas y de izquierdas). Más bien se distinguió por todo lo contrario: una confrontación bastante reiterada con las actitudes y publicaciones críticas, a las que en buena medida se les aplicó durante un largo intervalo aquella auténtica ley de excepción que fue la «Ley de Defensa de la República».
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El humor agresivo: el caso de Gracia y Justicia (I)
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

Un pleonasmo, sé que dirán algunos –no sé si muchos− al leer el título de esta entrega. El humor es agresivo o no lo es. También suele decirse que el humor dispara siempre contra alguien. Ya he señalado aquí mismo en otras ocasiones que entiendo el humor como un vasto universo en el que cabe de todo y en el que no tiene sentido despachar patentes de corso. Puede hacerse humor de muchos tipos y no necesariamente contra a la contra. Aunque en esta ocasión es precisamente de este tipo de humor del que quiero tratar aquí. De un humor combativo, vitriólico, corrosivo. Un humor que nace precisamente como arma de combate. Normalmente, a lo largo de la historia –por lo menos, de nuestra historia, es decir, en el ámbito occidental− el humor de esas características se ha dirigido contra los poderes establecidos y, en particular, contra los grandes pilares de la sociedad, la Corona (o, en su defecto, el Gobierno o la cúspide del Estado), el Ejército y la Iglesia. 
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Nada para todos
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

En mi juventud tenía yo un amigo, en realidad excompañero de militancia política, que se distinguía por su radicalismo antimilitarista. Para ser más exactos, su rechazo visceral se dirigía hacia todo aquel que gastara uniforme, en especial si el uniforme iba acompañado de armas. Más que contra el ejército, guardaba particular inquina hacia la Guardia Civil, de la que hacía continuas chanzas con una mordacidad sólo comparable al sectarismo cerril que era marca de la casa. Su persistencia, inmune a cualquier seña de cansancio por mi parte, es la responsable de que aún hoy recuerde algunos de aquellos viejos chistes que perpetraba con insistencia digna de mejor causa: «¿Por qué la Guardia Civil va siempre por parejas? Porque uno sabe leer y el otro escribir». En el fondo casi todos eran chistes ingenuos, pequeña válvula de escape para su frustración revolucionaria. 
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El humor negro como Schadenfreude (y III)
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

Ahora que caigo, me doy cuenta de que quizá no he sido suficientemente explícito en las dos entregas anteriores señalando, como hubiera debido hacer, que todo esto de entender el humor negro como Schadenfreude es fruto de mi cosecha, para bien o para mal, y que el profesor Richard H. Smith, autor del libro al que vengo refiriéndome, es completamente inocente de las disquisiciones que yo estoy perpetrando a su costa. Quede, pues, constancia de que su ensayo (Schadenfreude. La dicha por el mal ajeno y el lado oscuro de la naturaleza humana) no tiene de por sí en absoluto el sesgo con que yo lo he leído y que muy probablemente estoy transmitiéndoles. A Smith le interesa, como es normal, la vertiente psicológica del asunto y, en función de ese objetivo, hace un repaso de los diversos mecanismos que ponen en funcionamiento los seres humanos cuando se relacionan y comparan con sus semejantes. 
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El humor negro como Schadenfreude (II)
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

Una portada puede sintetizar en una sola imagen el contenido esencial de todo un libro. No es usual, desde luego. Más bien es absolutamente excepcional. Hay que ser un diseñador muy bueno y dar con la tecla exacta. En el caso que nos ocupa, Manuel Estrada lo ha conseguido plenamente. El libro en cuestión es un ensayo de Richard H. Smith: Schadenfreude. La dicha por el mal ajeno y el lado oscuro de la naturaleza humana. Recordarán que empecé a hablarles de él en la entrega anterior. En la portada, sobre fondo blanco, resaltan las siluetas oscuras de cuatro cuchillos de distintas dimensiones que penden de sendos enganches. Se supone que lo de desigual tamaño será para incitar a que cada cual se sirva coger el que necesite, según sea la ocasión. 
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El humor negro como Schadenfreude (I)
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

Les supongo sobradamente conocedores de lo que voy ahora mismo a decir, pero, aun así, señalaré en atención a los posibles despistados que el término alemán Schadenfreude hace referencia al secreto goce que nos causa el mal ajeno. El concepto es simplemente el resultado de la unión de los términos Schaden –literalmente, daño− y Freude –alegría−, es decir, como he adelantado antes, la satisfacción por o ante el daño que sufren nuestros semejantes. Dicho así, sin más, resulta un poco fuerte, porque uno puede imaginarse que está hablándose de un regocijo incontenible ante una profunda desgracia. Pero esto no es lo normal, porque la mayoría de los seres humanos tienen –tenemos− unos mecanismos de empatía o, en el peor de los casos, de contención o autocensura, que nos impiden mostrar o incluso sentir alegría ante el sufrimiento ajeno. 
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¡No es para tanto! Es peor ser inmortal
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

No sé qué pensarán ustedes, pero yo soy de la opinión de que lo peor de las navidades –mucho peor que la cena familiar de Nochebuena, incomparablemente peor que el cotillón de fin de año−, lo peor con diferencia desde mi punto de vista, son esas cenas de colegas/compañeros de trabajo que suelen celebrarse casi por definición el último fin de semana antes de Navidad, como si fueran el pistoletazo de salida de las fiestas y el anticipo de lo que nos espera durante las tres semanas siguientes. Además, normalmente cogen a uno con el estómago desprevenido, en absoluto preparado para zamparse cuatro o cinco platos a las tantas de la noche, rematados por unos turrones que ponen a prueba el último empaste y esos botellones de cava −¡odio el cava!− que hay que beberse, quieras o no, porque no vas a ser el único soso que no brindas. 
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¿Puede el humor cambiar el mundo? (y II)
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

Quienes tuvieron en su momento su cachito de educación sentimental con la Mafalda de Quino recordarán seguramente aquella viñeta en la que la combativa criatura daba caña a sus atribulados compis con la típica proclama progre que muchos queríamos creernos: «¡Sonamos, muchachos! ¡Resulta que si uno no se apura a cambiar el mundo, después es el mundo el que lo cambia a uno!» Como digo, era una cuestión de voluntarismo o, si prefieren, un asunto de ímpetu juvenil más que propiamente revolucionario. Quedaba bien y, como todas las consignas de ese tenor, tan universales, tan aparentemente apodícticas, en el fondo comprometía poco, casi nada. Después uno se hacía más cínico de una manera natural y paulatina y, casi sin darse cuenta, terminaba suscribiendo con una sonrisa resignada el dictamen del Forges en otra viñeta no menos clásica: «Nos creíamos que íbamos a cambiar el mundo… / … y casi no podemos cambiar ni de compañía de móvil». 
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¿Puede el humor cambiar el mundo? (I)
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

Esto de cambiar el mundo es una manía –o una aspiración, si pretendemos ser correctos− que sigue dando guerra hoy en día, bien entrado ya el siglo XXI. Como todo el mundo sabe, en su formulación más influyente en el devenir del mundo contemporáneo procede del insigne Karl Marx –aunque no fue él, ni muchísimo menos, ni el único ni el primero que se consagró a dicha causa− y luego fue una aspiración que guió la vida –y la muerte− de incontables filósofos, intelectuales, profetas y líderes políticos, amén, naturalmente, de las decenas de millones de personas que confiaron en ellos y que creyeron también que cambiar el mundo era posible y que valía la pena intentarlo. En nuestro entorno tiene un gran predicamento entre los jóvenes un movimiento político cuyo líder habla de asaltar el cielo o los cielos, una expresión que curiosamente puso en órbita el antes citado Karl Marx, ¡hace siglo y medio!, al referirse a los revolucionarios de la Comuna de París (1871).
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