¡No es para tanto! Es peor ser inmortal
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

No sé qué pensarán ustedes, pero yo soy de la opinión de que lo peor de las navidades –mucho peor que la cena familiar de Nochebuena, incomparablemente peor que el cotillón de fin de año−, lo peor con diferencia desde mi punto de vista, son esas cenas de colegas/compañeros de trabajo que suelen celebrarse casi por definición el último fin de semana antes de Navidad, como si fueran el pistoletazo de salida de las fiestas y el anticipo de lo que nos espera durante las tres semanas siguientes. Además, normalmente cogen a uno con el estómago desprevenido, en absoluto preparado para zamparse cuatro o cinco platos a las tantas de la noche, rematados por unos turrones que ponen a prueba el último empaste y esos botellones de cava −¡odio el cava!− que hay que beberse, quieras o no, porque no vas a ser el único soso que no brindas. 
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¿Puede el humor cambiar el mundo? (y II)
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

Quienes tuvieron en su momento su cachito de educación sentimental con la Mafalda de Quino recordarán seguramente aquella viñeta en la que la combativa criatura daba caña a sus atribulados compis con la típica proclama progre que muchos queríamos creernos: «¡Sonamos, muchachos! ¡Resulta que si uno no se apura a cambiar el mundo, después es el mundo el que lo cambia a uno!» Como digo, era una cuestión de voluntarismo o, si prefieren, un asunto de ímpetu juvenil más que propiamente revolucionario. Quedaba bien y, como todas las consignas de ese tenor, tan universales, tan aparentemente apodícticas, en el fondo comprometía poco, casi nada. Después uno se hacía más cínico de una manera natural y paulatina y, casi sin darse cuenta, terminaba suscribiendo con una sonrisa resignada el dictamen del Forges en otra viñeta no menos clásica: «Nos creíamos que íbamos a cambiar el mundo… / … y casi no podemos cambiar ni de compañía de móvil». 
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¿Puede el humor cambiar el mundo? (I)
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

Esto de cambiar el mundo es una manía –o una aspiración, si pretendemos ser correctos− que sigue dando guerra hoy en día, bien entrado ya el siglo XXI. Como todo el mundo sabe, en su formulación más influyente en el devenir del mundo contemporáneo procede del insigne Karl Marx –aunque no fue él, ni muchísimo menos, ni el único ni el primero que se consagró a dicha causa− y luego fue una aspiración que guió la vida –y la muerte− de incontables filósofos, intelectuales, profetas y líderes políticos, amén, naturalmente, de las decenas de millones de personas que confiaron en ellos y que creyeron también que cambiar el mundo era posible y que valía la pena intentarlo. En nuestro entorno tiene un gran predicamento entre los jóvenes un movimiento político cuyo líder habla de asaltar el cielo o los cielos, una expresión que curiosamente puso en órbita el antes citado Karl Marx, ¡hace siglo y medio!, al referirse a los revolucionarios de la Comuna de París (1871).
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¡Usted, sí, usted! ¡Identifíquese! (y II)
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

La verdad es que las consideraciones anteriores sobre la identidad me surgieron el otro día, después de ver en el Teatro Español de Madrid el montaje que ha realizado en castellano Josep Maria Flotats de la comedia dramática de Jean-Claude Grumberg Serlo o no. Para acabar con la cuestión judía. Dos personajes –vecinos− se encuentran, uno subiendo y otro bajando, o viceversa, en la escalera de la casa que habitan. Un escenario –la escalera, el descansillo, el portal− que va a mantenerse invariable a lo largo de la función, ámbito único de los encuentros físicos y desencuentros (en casi todo lo demás) de los dos únicos personajes de la representación. Podría decirse que la obra empieza en el más puro estilo cómico, con un diálogo chispeante, lleno de equívocos y un tanto vodevilesco.
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¡Usted, sí, usted! ¡Identifíquese! (I)
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

Mi primera experiencia política no fue correr atropelladamente delante de los grises, como sucedió a tantos de mis compañeros de los primeros cursos de Filosofía y Letras de la Universidad de Sevilla. Lo mío fue algo no sé si más nimio, más sutil o más alambicado. Les cuento. Si no recuerdo mal, se cumplía por aquellas fechas el primer aniversario de la revolución portuguesa, ya entonces «la revolución de los claveles». Nos corría un escalofrío tarareando Grândola, Vila Morena, adorábamos a Otelo Saraiva de Carvalho, mitificábamos el Movimento das Forças Armadas −el ejército al servicio del pueblo− y, por si fuera poco, nos complacíamos en aquellas imágenes idílicas de claveles en la bocacha de los fusiles.
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Filosofía del humor (y viceversa)
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

Esto que voy a escribir no debería decirlo, primero porque en sí mismo no queda bien y, segundo, porque yo mismo, profesor de filosofía, debería ser el último en reconocerlo, aunque sólo fuera por prurito profesional. Pero, a pesar de todo, voy a lanzarme y, como dicen por ahí, que sea lo que Dios quiera. Voy a decirlo porque pienso que es así: cuando los filósofos se deciden a reflexionar sobre la risa y el humor en general –algo no muy frecuente en el gremio, dicho sea de paso– se ponen graves, solemnes, trascendentes. Adoptan el mismo tono que si estuvieran tratando del noúmeno o el Dasein. Más aún. No hace mucho señalaba yo en esta misma sección que, como si se hubieran puesto de acuerdo o se tratara de una ominosa conjura, los filósofos más circunspectos, envarados y pesimistas de la tradición occidental eran los que paradójicamente más atención habían dedicado en sus obras a preguntarse acerca de las causas, significados e implicaciones de la risa en el comportamiento humano.
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El humor es una cosa muy seria (y II)
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

Recordarán que les hablé en la última entrega de la reflexión filosófica en torno a la risa –y al humor en general– desde los orígenes del pensamiento occidental. Bueno, la verdad, lo que hice fue un bosquejo muy a bote pronto, una especie de rápidos apuntes para andar por casa y dirigirme raudo a lo que de verdad me interesaba consignar. Al fin y al cabo, ni pretendía ni pretendo ahora ponerme profesoral y largarles una clase de filosofía en torno a la consideración de la risa en nuestra cultura. Recordarán también que había suspendido mi somero repaso al llegar a Schopenhauer, de manera que ahora tendría que continuar en ese punto. Pero, para ser consecuente con lo que acabo de exponer, voy a saltarme a partir de este momento no ya sólo otras múltiples referencias interesantes, sino hasta los nombres más señeros, que dejaré para otra ocasión: omitiré la contribución fundamental de Nietzsche, cuya concepción de la risa vendría a ser en última instancia la confirmación desde la orilla opuesta de que no le faltaba razón al autor de El mundo como voluntad y representación.
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El humor es una cosa muy seria (I)
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

Me temo que lo primero que debo hacer es pedir disculpas por ese título que he puesto. Pensarán, muy probablemente, que menudo mediterráneo acabo de descubrir, y no les faltará razón. Que el humor es algo muy serio lo sabe cualquiera que haya dedicado diez segundos al tema. No hace falta ser precisamente un experto en la cuestión ni un erudito para conocer que desde la Grecia clásica todos aquellos que se han interesado por la condición humana –los filósofos, podría decirse para abreviar– se han ocupado de una forma u otra de la risa como una de las expresiones más genuinas del ser humano. Si Sócrates y Platón deslizaron la humorada del «bípedo implume», con la misma razón y no menos fundamento en la época contemporánea, a partir de Darwin, podría hablarse del «mono sonriente» o del «mono que ríe» para caracterizar lo más específico de la especie humana.
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¡No, por favor, no me lo explique...!
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

Recuerdo un tiempo en el que mi familia, que no era ni mucho menos de andaluces típicos y tópicos, pero que sí era –y es– de andaluces de toda la vida, se reunía para agasajar a la nueva incorporación familiar, normalmente una chica o un chico «del norte» –si era de Despeñaperros p’arriba ya era «del norte»– que se integraba en calidad de novia o novio de alguno de mis primos. En la reunión de la entonces familia amplia en torno a la mesa –bien provista de embutidos y copas de manzanilla– el recién llegado –y, mucho peor aún si era recién llegada, por aquello de la timidez femenina que se estilaba entonces– se afanaba inútilmente en descifrar las bromas e insinuaciones que a la velocidad de una ametralladora y con un seseo prácticamente ininteligible para ellos, descargaban los miembros más veteranos de la familia entre las risas y la complicidad de quienes estaban en el ajo.
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Humor y guerra: las caricaturas de Sileno
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

Sostengo que, por lo general, hacer humor es bastante difícil, mucho más difícil de lo que habitualmente tiende a concederse. Pero, claro, hay humores y humores, es decir, formas o maneras muy disímiles de hacer humor, tan distintas que a veces diríase de ellas que resultan contrapuestas e irreductibles. Seguro que al leer la primera frase muchos de ustedes han disentido pensando en el llamado humor que inunda Internet y las pantallas de televisión, aparte de otros muchos medios: me refiero a ese tipo de «humor» –habrá que llamarlo así, ¿no?– simple, elemental o facilón, en el mejor de los casos o, mucho peor aún –y más frecuente–, faltón, grosero y, en el fondo, desprovisto de inteligencia o gracia alguna. Yo no sé si a ese tipo de ocurrencias mezquinas debe llamárselas humor.
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