Aguja palá: una historia poco conocida

por Francisco García Olmedo / Jaime Costa

Hoy quiero incidir sobre el tema de la pesca en la segunda mitad del siglo XX español, un elemento importante de nuestra historia que tiende a ser olvidado por ese sector del público que sospecha que el pescado surge del fondo de los congeladores ya troceado e incluso pelado. Me voy a referir a un libro cuya lectura ha llegado a emocionarme y cuyo título es Aguja palá, que es como llaman los pescadores andaluces al pez espada. Su autor es mi admirado Jaime Conde, en otro tiempo presidente de una importante compañía cervecera, aventurero capaz de cruzar el Atlántico, al timón de un velero, y el Sahara, en la caja de un camión datilero, y más recientemente, eremita en la costa atlántica de la isla de Chiloé, desde donde escribió en su día para Revista de Libros sobre las consecuencias de uno de los grandes terremotos chilenos.

Mi madre decía que, en aquel Cádiz de la inmediata posguerra, la primera palabra que yo pronuncié fue «pascata», que quería decir «pescado», mi alimento favorito. Recuerdo aquellos tiempos infantiles en que la fuente de proteínas más barata y popular era la procedente de las pesquerías, ante la escasez de los productos de la matanza del cerdo y la casi ausencia en el mercado de los derivados del vacuno, incluidos los lácteos. Cuando pasaba los veranos en la Huerta del Tamarit, en plena vega de Granada, a media mañana aparecía el gitano Nicodemus tirando de un pequeño burro cuyas angarillas venían repletas de pescado. Me impresionaba aquel hombre tan alto que para promover su venta masticaba boquerones crudos. Pasado el mediodía, se podía ver pasar de vuelta al burro, camino de Armilla, de donde había partido por la mañana, llevando a Nicodemus cruzado sobre su lomo, tras haber gastado en vino parte de sus ganancias. A los pueblos rurales de Andalucía llegaba tal vez más variedad de pescados que en la actualidad.

El libro de Conde trata, en primer lugar, de la vida de un pescador andaluz, Rafael Montoya, y a través de ella, del mundo de los marrajeros, que capturan el pez espada, el atún, el marrajo y otros tiburones, en aguas lejanas, así como de la evolución de las pesquerías en uno de los países con mayor consumo per cápita de pescado en el mundo. Este libro circuló hace unos años por todas las cofradías de pescadores de España y por algunas librerías, a instancias exclusivas del protagonista y del autor, y está pidiendo a gritos una edición comercial generalista. En definitiva, es un homenaje a «tanta gente que ha latido durante tantos años en las orillas y en las aguas del Mar de Alborán, el estrecho de Gibraltar, el golfo de Cádiz y otros caladeros más lejanos».

Es de admirar la riqueza y precisión con que en el texto se maneja el lenguaje del mar y la amenidad con que se narran las muy variadas artes de la pesca y sus emocionantes lances. Tomás Montoya nació y creció en Almería, en un barrio pobre al pie de la Alcazaba, en el seno «de una familia de pescadores que practicaban casi todos los tipos de artes de pesca: nasa, rastro de almejas, boguera, boliche, trasmallo, palangre de fondo para la merluza y de superficie para el marrajo, sardinal, golondrinera para peces voladores, etc.» Su familia se sacrificó para que pudiera completar los estudios de piloto mercante, aunque nunca ejerció como tal, ya que enseguida descubrió que su destino era la pesca.

Almería fue el último bastión republicano. Cuando terminó la guerra, el ambiente allí se endureció. Sus hermanos mayores, excombatientes del Ejército Rojo, resultaban sospechosos por naturaleza, así que se mudaron a Algeciras, y pronto se llevaron a Rafael con ellos, y poco después al resto de la familia. Lo mismo hicieron muchos otros pescadores de Almería.
No se trataba solamente de descolocarse. Empezaban a descubrirse los caladeros de Marruecos, y España, muerta de hambre, necesitaba los nutrientes que podía aportarle esta pesca. Barbate creció mucho alrededor de la pesca de cerco, y Algeciras, donde afluyeron los arrastreros alicantinos y los palangreros almerienses, se configuró muy pronto como el primer puerto pesquero de la costa Sur.

Rafael inició así su vida como palangrero. Iban con sus barcos por toda la costa de Marruecos y el Sahara Español. Pescaban la merluza con palangres de fondo, y su gran enemigo eran los trawlers de Cádiz, contra los que sostuvieron muchas batallas sangrientas. También pescaban el pez espada y el marrajo en las aguas del Estrecho y de Canarias. Conocieron a los moros mucho mejor que los otros pescadores españoles de cerco o arrastre, porque tenían que entrar en sus puertos a comprar carnada fresca, sardinas y caballas recién pescadas, para sus anzuelos.

Cuando Marruecos se independizó en 1956, empezó la cuenta atrás para esta forma de vida. Pescar era cada día más difícil, las prohibiciones crecían. Llegaron los apresamientos, y hubo más de una batalla emocionante contra las patrulleras moras. Los palangreros tenían que pescar más y más afuera. Empezaron a limitarse a ser marrajeros, pescadores de grandes peces en la alta mar, en aguas profundas y cada vez más lejanas. Fueron bajando por la costa africana hasta sobrepasar el río Gambia, cada turno un poco más al Sur, y llegaron a olvidarse de los moros caucasianos, pues ahora confraternizaban con los negros senegaleses, que siempre fueron leales con ellos. Al mismo tiempo, iban adentrándose más y más en el gran Océano, sobrepasando hacia el Oeste las islas de Cabo Verde, Madeira o Azores. Cada vez estaban más solos, pero la mar era muy grande, la pesca abundante, y se ganaba un buen dinero. Fueron años de prosperidad, en los que un simple pescador ganaba más que un maestro albañil en tierra.»

El declive de esta época dorada se produce por circunstancias tales como la independencia de Marruecos, la ampliación de las aguas territoriales, la aparición de los esquilmantes barcos-factoría procedentes de Asia, el agotamiento de los caladeros por la sobrepesca y las normativas comunitarias. A mediados de los años sesenta, se implementa en España una vigorosa política para incrementar la producción ganadera, poniendo a disposición de los consumidores a precios asequibles la carne de vacuno y los productos lácteos. El pescado deviene eventualmente casi en un producto de lujo.

Rafael Montoya, que durante cuatro décadas había sido un sacrificado patrón de pesca, lleno de inteligencia y arrojo, «ante la fuerza de estas circunstancias, se comprometió en la defensa de su gente, a través de la Cofradía de Pescadores de Algeciras, de la que fue patrón mayor a lo largo de unos años críticos. Luchó contra la incomprensión de los políticos, que vivían de esquemas mal aprendidos, diseñados además por gente que no sabía nada de la mar. Organizó y comandó la última gran batalla naval que el sector pesquero fue capaz de dar, el cierre del puerto de Algeciras, así como otros muchos enfrentamientos».

* Francisco García Olmedo es redactor y voz narradora del blog. Jaime Costa colabora en la prospección y documentación de los temas.

28/03/2017

 
COMENTARIOS

Fernando 29/03/17 13:30
En mi casa familiar, en Almería, que lo consumíamos mucho, lo llamamos siempre emperador, que es como se le decía también en el mecado central de la ciudad.

Uxio Labarta 29/03/17 18:26
He buscado referencias del libro y no lo encuentro. Podrían darme la editorial?. Gracias

M.Martin 29/03/17 19:37
Interesante historia

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