Tantra

por Andrés Ibáñez

«El Tantra –escribe Arthur Avalon en 1914– no tiene noción de un Dios separado y de visión lejana. No predica la doctrina de que Dios el creador gobierne el universo desde el cielo. Según la visión del Tantra, el cuerpo del Sádhaka es el Universo».

Sir John Woodrofe, que firmaba sus libros como Arthur Avalon, fue una de las mayores autoridades occidentales en el Tantra. El pasaje que transcribo es de su libro enciclopédico Principios del Tantra, aunque su obra más conocida es otra posterior, titulada El poder serpentino, que sigue siendo hoy en día una de las principales introducciones al tema.

Los Tantras son textos sagrados hindúes que se corresponden con el culto a la Madre o a la energía femenina. Las escrituras hindúes comienzan con los Vedas, siguen con los Upanishads y más tarde vienen los Brahmana (tratados filosóficos) y Purana, tras los cuales, tradicionalmente, se ha situado a los Tantras. El Mahanirvana Tantra y el Kularnava Tantra están entre los más famosos, pero también el Hatha Yoga Pradipika, por ejemplo, es un texto tántrico. Todo lo que nosotros denominamos como «yoga» es una reunión de prácticas tántricas. Los Yoga Sutras de Patanjali, un tratado ciertamente extraordinario y un tanto difícil de comprender, apenas especifica el conjunto de técnicas que constituye el yoga. Las prácticas físicas, los ejercicios de respiración, la indagación psíquica, la creación de colores interiores, las complejas técnicas de visualización y de estimulación de las glándulas, todas las técnicas, en fin, que constituyen la esencia del yoga, son de raíz tántrica.

Hay algo extraordinario en el Tantra, que hace que este impresionante conjunto de textos, escuelas, tradiciones y doctrinas sea distinto de todos los otros senderos del conocimiento religioso, filosófico, psicológico, artístico o científico que nos son conocidos. El Tantra parte siempre del cuerpo y pone al cuerpo en primer lugar. El Tantra, en fin, se ocupa de la energía. El Tantra no es moral, ni ética, ni filosofía, ni religión, ni ideología, ni discusión intelectual: es una práctica, un conjunto de prácticas. La enseñanza tántrica siempre ha sido considerada tardía, mucho más reciente que los Upanishads o el Baghavad Gita. Siempre me ha parecido, sin embargo, extraño que una enseñanza que se basa en el cuerpo y en los poderes y energías naturales sea más moderna que las especulaciones metafísicas de los Upanishads o las disquisiciones escolásticas de los Brahmana. ¿No debería ser, lógicamente, más antigua? ¿No debería ser la más antigua?

Antes de la religión está la magia, y el Tantra tiene evidentes vínculos con la magia.

El maravilloso libro Cuando los dioses juegan, de Alain Danielou, viene a situar las cosas en su lugar, y nos descubre, con asombrosa erudición, que en realidad la enseñanza tántrica es la más antigua de todas, la enseñanza original de la India. El Tantra es la enseñanza de Shiva, y en su complejidad abarca la organización social, las leyes, la cosmología, la física, la medicina…

El Tantra es una enseñanza optimista, pero también puede ser terrorífica, porque pretende desvelar al ser humano la totalidad del universo, que es también la totalidad del inconsciente, la totalidad de la psique. El Tantra quiere que conozcamos la totalidad de las energías que nos conforman y que crean el gran Juego de la realidad.

Frente a las ideas de austeridad y renuncia que solemos asociar con las religiones védicas (y con cualquier religión, en realidad), el Tantra propone un camino que no sólo no rehúye, sino que busca decididamente el deseo, el placer, la alegría, el sexo, el vino. El ideal tántrico consiste en partir de la naturaleza animal del hombre para dirigir toda esa energía vital al despertar de las potencias superiores dormidas. «Este estado mental –escribe Arthur Avalon– no sólo extingue la sed de su naturaleza inferior, sino que espiritualiza sus tendencias animales; no sólo lo anima con nueva energía para que prosiga por el Sendero, sino que alcanza la liberación comiendo el dulce fruto del mundo».

«Comiendo el dulce fruto del mundo» es una frase, en mi opinión, muy hermosa.

«Las investigaciones que el tántrico realiza en el templo interior de la naturaleza le revelan muchos secretos de índole tanto objetiva como subjetiva, incluidos los del mecanismo humano. De este modo, el tántrico es teúrgo y taumaturgo, alquimista, herbolario, metalúrgico, médico, astrólogo y astrónomo. La alquimia del tántrico cruzó el océano y llegó a Europa». Continúa Avalon hablando de las técnicas de respiración tántricas (pranayama) y de lo que solemos llamar «yoga», y sigue diciendo: «Por su naturaleza misma, el Tantra es una ciencia enciclopédica. Es práctica y nada tiene que ver con una guerra de palabras».

Aunque llevo muchos años practicando numerosas técnicas tántricas, especialmente en el campo del pranayama, del estudio de la mente, del yoga físico, de la visualización, de la curación energética, de la meditación, de los viajes interiores (yoga nidra), de la creación de fenómenos psíquicos, etc., etc., este pequeño texto tendrá que reducirse a lo que es posible explicar por medio de las palabras. Aclaro que su propósito no es tanto una exposición ordenada del Tantra como practicar la fantasía de las asociaciones, saltar de una flor a otra.

Me gustaría hacer referencia, por ejemplo, esperando no asustar en exceso a mis lectores más pudibundos, a un libro extraordinario que encontré en Londres en una librería no menos extraordinaria, The Art of Tantra, de Philip Rawson, que es un estudio apasionante y erudito de un tipo de arte del que se sabe poco y del que hay pocas exposiciones. Se conocen bien las imágenes eróticas de los templos de Khajuraho y también las del gran templo de Konarak (¡ah, pensar que yo he estado en esos dos lugares!, aunque ya me parece que no era yo, sino otro de hace tiempo), pero la mayoría de las reproducciones que se contienen en este libro pueden sorprender o incluso escandalizar hasta a los espíritus más abiertos.

Me sorprenden y maravillan, por ejemplo, las imágenes de yonis (vulvas) ceremoniales utilizadas en el culto en diversas épocas. Por ejemplo, la imagen de piedra de una escultura de Hyderabad del siglo XI en que la diosa aparece tendida boca arriba y con los muslos entreabiertos mostrando claramente su yoni amplio y mullido, de manera que puedan ponerse sobre él las ofrendas. O una talla de una vulva triangular del siglo XIX ejecutada en madera, rodeada de preciosos motivos decorativos y manchada con el polvo coloreado propio de las ofrendas de los templos. El tantrismo moderno, es verdad, nada tiene que ver con estas tradiciones ingenuas y toscas que nos recuerdan a los cultos campesinos primitivos, con su insistencia en la fuerza animal y en la procreación, pero uno no puede dejar de admirar una cultura que adora a la divinidad bajo la forma femenina y elige como símbolo el órgano sexual.

También en Occidente sucede lo mismo, aunque a lo largo de nuestra historia la adoración de la diosa ha adoptado formas más simbólicas o más temerosas. Es difícil hablar de estos temas sin hacer que todo el mundo sonría o se sienta incómodo, pero, ¿qué es la Rosa del Roman de la Rose, poema alegórico francés del siglo XIII? ¿Por qué Venus aparece flotando sobre la valva de un molusco en el cuadro de Botticelli? ¿Por qué Dante hace que los últimos cantos del Paraíso, cuando incluso Beatriz, que de cualquier modo simbolizaba la teología, ha desaparecido ya, se desarrollen en una inmensa rosa? Esta rosa apenas descrita, en cuyos escalonados pétalos de luz hay ejércitos de ángeles y de bienaventurados, es la verdadera representación del cielo, y la extenuación final de toda su inmensa búsqueda de lo que Goethe llamaría el eterno femenino.

«El alma –escribe Nietzsche en Así habló Zaratustra– no es más que una parte del cuerpo». Pero esto no es verdadero pensamiento tántrico, ya que lo que pretende Nietzsche en este pasaje es negar el alma. Comparémoslo con este otro pasaje, obra de un espíritu que sí era verdaderamente tántrico:

La curiosa simpatía que uno siente cuando acaricia con la mano la carne desnuda de un cuerpo,
los circulares ríos del aliento, y la respiración que entra y que sale,
la belleza de la cintura, y también la de las caderas, y de allí hacia abajo hasta las rodillas,
las finas gelatinas rojas de tu interior o del mío, los huesos y la médula de los huesos,
la exquisita realización de la salud,
¡oh, afirmo que no son partes y poemas del cuerpo solamente, sino también del alma!
¡Yo os digo que son el alma!

Que podemos comparar con otro texto, también absolutamente tántrico:

Que Kamathasana proteja mis caderas,
que Vishalakshi proteja mi ombligo,
que Prabha-vati proteja mi órgano de generación,
que Kalyani proteja mis muslos,
que Parvati proteja mis pies,
que Jaya-Durga proteja mi aliento vital
y que Sarvva-siddhi-da proteja todas las partes de mi cuerpo.

El primero de estos textos es el final del poema «I sing the body electric», de Walt Whitman, y el segundo un mantra que pertenece al capítulo séptimo del Mahanirvana Tantra. Sorprende en el poema de Whitman la afirmación no sólo de que todas las partes del cuerpo «son el alma», sino también referencias concretas a la respiración «circular» o la entrada y salida del aliento en el cuerpo, que parecen recuerdos o menciones de técnicas tántricas concretas que Whitman no podía en modo alguno conocer.

La presencia del Tantra es misteriosa y sigilosa en Occidente. La Biblia, por ejemplo, prohíbe expresamente la magia, rechaza a la serpiente (el Tantra, si recordamos el título del célebre libro de Arthur Avalon, es el «poder serpentino») y condena los poderes obtenidos a través del conocimiento de la naturaleza, pero el Tantra se cuela inadvertidamente en el libro sagrado en el Cantar de los cantares de Salomón, celebración de la belleza, el placer, el mundo de los sentidos y el amor erótico.

Los dos poetas mayores del siglo XVI español, fray Luis y san Juan de la Cruz, tuvieron los dos problemas con este libro de la Biblia, y los dos por la misma razón: por traducirlo de forma libre y personal. Pero la «traducción» de san Juan es la más asombrosa de las dos, porque no es realmente una traducción, sino una imitatio que da como resultado el más grande poema de nuestro idioma, el llamado Cántico espiritual, aunque en realidad el poema no tiene título y aunque técnicamente no es ningún «cántico» sino una «canción».

¡Qué maravillosamente ingenuos son todos aquellos que afirman que la poesía romántica, sensorial, erótica, enamorada, silvestre, frutal, de san Juan tiene toda ella en realidad «un sentido místico»! Pues claro que lo tiene: igual que lo tiene el cuerpo para Whitman, o la rosa para Jean de Meung, o el yoni ceremonial para los devotos del sur de la India. Lo tiene, pero no por eso el cuerpo deja de ser cuerpo ni las escenas eróticas de san Juan dejan de ser eróticas.

«Según la versión del Tantra –escribía Arthur Avalon– el cuerpo del Sadhaka es el Universo». Y dice san Juan: «mi amado las montañas, / los valles solitarios nemorosos / las ínsulas estrañas / los ríos sonorosos / el silbo de los aires amorosos». Es decir, que su cuerpo es el universo.

Muchas, y muy sorprendentes, son las coincidencias tántricas de san Juan. Pero esto podría, quizá, ser objeto de un post futuro.

25/09/2014

 
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