La curación por la belleza

por Andrés Ibáñez

La sensación de contemplar el milagro, de ver con los ojos abiertos aquello que no se puede ver sin morir, la he tenido con unos pequeños vídeos de Carlos Kleiber que descubrí hace algún tiempo en YouTube. Son seis vídeos muy breves filmados en el interior del foso de Bayreuth, seguramente por uno de los músicos o quizá por algún técnico, y con algún aparato de grabación muy poco sofisticado, ya que la imagen es en blanco y negro y tiene muy mala calidad. Otra posibilidad es que se trate de las grabaciones del director que se hacen en todos los teatros de ópera para que los vean los cantantes, el coro, etc. y que en Bayreuth son especialmente importantes. Pero no es posible que esas grabaciones tengan una calidad tan pésima.

Hay que tener en cuenta cómo es el foso de Bayreuth. De acuerdo con el diseño original de Wagner, la orquesta no está a la vista, como en todos los teatros de ópera del mundo, sino oculta completamente debajo del escenario. Desde luego, los cantantes pueden ver al director desde el escenario, si bien con ciertas dificultades, pero no así el público. El foso de Bayreuth es, por esa razón, particularmente oscuro, profundo y misterioso.

En el foso de Bayreuth hace mucho calor (el aire acondicionado está absolutamente prohibido en el teatro) y, por esa razón, y teniendo en cuenta que resultan invisibles para el público, algunos directores visten ropas sencillas y ligeras durante las tremendas sesiones. Una ópera de Wagner, con intermedios incluidos, puede llegar a durar seis horas. Cuando llega el momento de saludar, el director en cuestión se pone su ropa de gala y sale al escenario.

Eso explicaría por qué en estos vídeos Carlos Kleiber lleva una simple camiseta oscura. Los vídeos se presentan como «ensayos» de Tristán e Isolda, pero es posible que sean verdaderas representaciones, como corresponde a la intensidad casi agónica que transmiten orquesta, director y cantantes.

Los dos primeros vídeos recogen el preludio de la ópera. El tercero, cuarto y quinto, el dúo de amor del segundo acto, con algunos cortes violentos y no carentes de misterio en el quinto, donde la música alcanza un frenesí de asombrosa belleza. El sexto está reservado al Liebestod. La soprano es, probablemente, Catarina Ligendza. Espléndida, por cierto, a la altura de las más grandes Isoldas de la historia.

Y la dirección de Kleiber, ¡qué locura! La intensidad desconcertante, la mezcla de precisión y pasión, la alegría, la sensación de verdad. Es una verdadera lástima que en la grabación de la ópera que hizo para Deutsche Grammophon no lograra el milagro que queda recogido en estos breves vídeos.

Cojamos el último, por ejemplo, apenas nueve minutos de Liebestod. Es necesario no sólo escucharlo, sino también verlo, para comprender realmente qué es la belleza. Kleiber dirige con amplios movimientos de brazos, en ocasiones cruzándolos uno sobre el otro, y con un continuo movimiento corporal que le hace encogerse hasta que su rostro despeinado y poseído por una sonrisa extática (que sólo podemos entrever, dada la pésima calidad de la imagen) se ilumina con las luces del podio, y luego estirarse en toda su altura hasta que su rostro desaparece del cuadro. Los intensos movimientos horizontales de los brazos y verticales del cuerpo al agacharse y estirarse, al encogerse y erguirse en toda su altura, crean una extraña danza hipnótica, un lenguaje secreto que habla de cruces, de martirios, de entrecruzamientos, de cuerpos que se abren y se entregan, de cuerpos que se inmolan, de un hombre transformado en un ángel, de un hombre atravesado por el fuego, de un hombre entregado al fuego de la música, de un hombre transformado, devorado por la música. Hablan también de una música que sólo se hace verdad cuando atraviesa un cuerpo, lo devora y lo domina. Porque la música necesita encarnarse para ser, y encarnarse en un hombre o una mujer. No puede imprimirse, no puede colgarse, no puede guardarse, no puede meterse en un estante: ha de hacerse en un cuerpo, ha de poseer un cuerpo. Eso es lo primero que comprendemos al ver estos vídeos de Kleiber: que la música sólo existe en los cuerpos, y que necesita del cuerpo para existir.

Lo mismo sucede con la danza y con el teatro, artes en las que el cuerpo es el material, el tema, el medio, el protagonista. Quizá por esa razón música, danza y teatro son las artes supremas.

Todo es gris, borroso, negro o resplandeciente en estos vídeos. Kleiber pasa como un poseso las blancas páginas de la partitura, a las que apenas puede mirar de reojo y que se doblan grácilmente en el aire como si estuvieran hechas de pétalos de flor o de muselina y no de papel.

Es asombroso mirarlo, mucho más asombroso que sólo escuchar la música. Es asombroso comprobar, al verlo, lo que la música puede hacer a un ser humano, lo que un ser humano puede llegar a ser gracias a la música.

Nos asombra su belleza. Es algo más que atractivo físico, presencia, carisma, elegancia, fascinación puramente coreográfica de su movimiento corporal, energía vibrante y joven, alegre y desprendida, en ocasiones casi desenfrenada, alegría desbordante, felicidad en estado puro. Es algo más que todo eso, pero quizá no sea algo más que todo eso, sino precisamente todo eso.

Si queremos saber lo que es un dios, deberíamos contemplar estos vídeos. Si queremos saber qué es la vida, para qué hemos nacido, para qué vivimos, para qué morimos, deberíamos contemplar estos vídeos.
Nos enseñan muchas cosas sobre la belleza.

Nos enseñan que la belleza es joven, es alegre, está llena de energía, es rápida y ligera. Que la belleza es fácil y es evidente. Que la belleza es verdad. Que la belleza nos hace felices. Que su lenguaje es la felicidad.

Que la belleza nos posee y nos utiliza, y que sólo en la belleza es posible encontrar la verdad de la forma. Que la verdadera forma del hombre sólo puede alcanzarse mediante la posesión de una energía que, por su precisión e intensidad, no puede combatirse, y que nos arrastra a movernos, a comportarnos, a actuar y a hablar como jamás habríamos podido imaginar. Que la belleza es lo inimaginable y, por tanto, es real y es lo real, porque sólo lo inimaginable puede ser real.

Que la belleza es un viaje, una despedida, una llegada a otro mundo, una navegación, un vuelo y un exilio. Que en la belleza todos somos viajeros. Que para la belleza todos somos pobres y todos estamos desnudos. Que frente a la belleza no puede mentirse. Que la belleza lo destruye todo, y quema nuestra forma, nuestra mente, nuestra memoria, y que ese fuego abrasador deja sólo, al final, una única nota mantenida que finalmente también desaparece y nos conduce suavemente al silencio, al gran silencio, al silencio de la gran noche, el gran mar de la conciencia que está más allá de lo imaginable y donde comienza, quizá, nuestro viaje verdadero.

14/11/2014

 
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