Himnos a la Aurora

por Andrés Ibáñez

Quizá los himnos más hermosos del Rigveda sean los dedicados a Usas, la Aurora. Resulta en verdad extraño que estos himnos de asombrosa antigüedad (quizá sean de hace tres mil quinientos años) puedan tener para nosotros el menor sentido y, más aún, que puedan resultarnos hermosos. ¿Cómo serían los hombres de hace tres mil quinientos años? ¿Tendrían acaso una noción de belleza? Y si la tuvieron, que la tenían sin duda, ¿en qué podría parecerse a la nuestra? Sin embargo, al leer estos textos en la traducción de Francisco Villar Liébana, que de acuerdo con su propia declaración no ha hecho nada por embellecerlos y ha buscado antes la fidelidad que la elegancia, estos antiquísimos himnos nos maravillan. ¿Será, quizá, que hacemos todo lo posible por dejarnos maravillar? ¿Estaremos predispuestos a maravillarnos con un himno de los albores del mundo, diga lo que diga y suene como suene?

Usas, la Aurora, es una de las pocas divinidades femeninas del panteón védico. Los himnos la describen como una muchacha joven, de enorme belleza, vestida de blanco, que conduce un carro con cuatro caballos. Sus colores son el oro y el rosa, y a veces su vestido es del color del oro y sus caballos son rosados. También está relacionada con las vacas, vacas rosadas, y es descrita a menudo como la creadora de las vacas, como la señora de las vacas, el animal sagrado. ¿A qué ideal femenino, a qué estilo de vestir y de vivir, de reír y de danzar, responde la diosa Aurora? Para describir la intensa belleza del amanecer, los himnos repiten a menudo que la diosa desnuda sus senos igual que lo haría para un amante. El amante es el sol, Surya, que sigue a Usas cada día, que la persigue para intentar alcanzarla y lograr su amor. Ella no escapa de su perseguidor, y algún himno la describe engalanada y temblorosa como si fuera al encuentro de su amante. También se interpreta que es la esposa del sol.

En los pueblos primitivos, la mujer es la madre, del mismo modo que el hombre es, ante todo, padre, generador. La mayoría de los himnos védicos insisten en este papel generador del padre, y piden riqueza, botín, salud y muchos hijos. Pero Usas no es una madre, sino una hija ella misma, el ensimismamiento que nos produce la belleza y la atracción sensual. Hay incluso un pasaje oscuro en uno de los himnos que algunos comentaristas interpretan como una referencia a prácticas sexuales rituales.

Como una joven ufana de su hermosura tú vas, o diosa, hacia el dios que te desea con ardor.
Joven sonriente, descubres tus senos brillando en el oriente.
De hermosa presencia, como una joven equipada por su madre, descubre su cuerpo para que se le vea.
Oh, Aurora, tú, feliz, brilla más a lo lejos; las otras Auroras no te igualarán en eso. (1.123)

Una y otra vez insisten los himnos en la desnudez de la Aurora. Esta es su mayor gloria, su mayor contribución: la desnudez, el mostrarse sin velos. Isis inversa, cuyo misterio es su evidencia, Venus del cielo que aparta de sí los velos y revela en su desnudez el misterio supremo, ese que nadie ha sentido con tanta intensidad como Parménides y los maestros de Zazen: el misterio de lo evidente, de lo que es.

La Aurora no es una, sino muchas. Algunos himnos se dirigen no a Usas, sino a Usasas, el plural del nombre. Es una diosa múltiple, distinta y nueva cada mañana. También se le llama «dadora del orden» y se dice de ella que es la que mantiene el orden y la que surge del orden. Es el orden cósmico, el ritmo del sol que surge cada día por el este y se pone por el oeste. Quizá fue este latido terrestre, este ritmo imparable de nacimientos y renacimientos lo que trajo a los hombres de la época védica la idea de la reencarnación, que tardará algún tiempo todavía en manifestarse en el pensamiento indio.

Leyendo los himnos del Rigveda tenemos la sensación de hallarnos en una cultura muy primitiva, una de venganza y no de vergüenza, por usar la terminología de René Girard, una donde los dioses no son potencias del ser, sino amigos o enemigos temibles. La introspección no existe: los himnos piden clemencia, piden riquezas, piden ser eximidos del castigo. Sin embargo, en los himnos a la Aurora percibimos una delicadeza y un misterio distintos. Ha de haber necesariamente vergüenza en aquellos que se maravillan de la desnudez. Ha de haber cultura, ha de haber una teoría del amor, un gran respeto a la mujer. Los pobres no prestan atención a la desnudez. Trabajan desnudos en los campos, pescan desnudos en el mar: así estaban los discípulos de Cristo en los Evangelios, por ejemplo, desnudos como nacieron. En Las muy ricas horas del duque de Berry, los villanos aparecen calentándose desnudos frente al fuego: el impudor primitivo brilla aquí en su alegría un poco maloliente. Equiparar la Aurora, la primera luz que brota de la noche, con los pechos radiantes de una joven, es otra cosa.

Así ella, la primera entre muchas, no elude que la vea nadie, ni ajeno ni pariente.
Ufana de su cuerpo sin tacha, no retrocede ni del pequeño ni del grande, la diosa resplandeciente. (1.124)

¿Qué es esta religión, si es que de religión se trata, que encarna a la divinidad en una mujer que se siente orgullosa de su cuerpo y que lo exhibe a todos, a propios y extraños, sin sentir el menor apuro? Una religión del placer, quizá, de la vida, de la belleza, de la sexualidad.

Frente a los innumerables himnos dedicados a la Aurora, hay uno sólo dedicado a la Noche. En el Rigveda, la Noche no es oscuridad. La oscuridad no es la noche, sino el caos, el error y el terror que la Noche borra con sus delicados ojos de estrellas.

La Noche, al llegar, ha mirado con sus ojos, ella la diosa, en diversas direcciones.
Se ha revestido de todos los esplendores.
Ella, la diosa inmortal, ha llenado el ancho espacio, las depresiones y las alturas.
Con la luz rechaza las tinieblas.

Aparta de nosotros a la loba, al lobo, aparta al ladrón, oh, diosa ondulante.
Que podamos atravesarte con bien.

Luz por todas partes, luz del amanecer, luz del sol, luz de las estrellas. Oh, si pudiéramos entender mejor y conocer mejor a aquellos pueblos remotos de los cuales heredamos nuestros idiomas (pada es en idioma védico, un antecedente del indoeuropeo y del sánscrito, lo que luego será nuestro pie, y ambas palabras se utilizan para medir versos). Aquellos pueblos que veían en la noche sólo otra forma de luz, sólo otra posibilidad distinta de mirar y de ver.

27/11/2014

 
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