España, el horror

por Andrés Ibáñez

Memeces aparte, una de las características principales de los pueblos y ciudades españolas, especialmente de las pequeñas, es su extremada fealdad. Claro que todos conocemos maravillas como Santillana del Mar, Ronda o Pedraza, pero no nos engañemos: son excepciones. La mayoría de los pueblos y ciudades españolas, dejando aparte las obvias maravillas de todos conocidas, son horrorosos.

El clima es en parte responsable de esta fealdad. Un pueblo inglés se llenará automáticamente de poéticos árboles, románticas enredaderas, verdes prados y abundantes flores, y eso sin hacer el menor esfuerzo, mientras que los pueblos españoles a duras penas pueden mantener unos pocos arbolillos que, de cualquier modo, tampoco crecen mucho. La sequedad espantosa de nuestro clima, nuestro famoso «buen tiempo», crea una forma de vida extrovertida y un carácter expansivo y abierto, pero ayuda muy poco a la belleza de nuestro paisaje físico y humano.

Pero no es sólo la falta de lluvia, el horrible secarral que aqueja a la mayor parte de España, dejando aparte la franja verde del norte, lo que hace que nuestros pueblos, ciudades y urbanizaciones sean tan feas. Hay también un elemento puramente civil, voluntario, en ese océano de hormigón que sepulta a tantos pueblos, en esas espantosas esculturas que afean plazas y rotondas, en la agresiva fealdad de las partes «modernas» de nuestras ciudades, donde el buen gusto y a veces el simple sentido común parecen haber sido desterrados por decreto.

Nuestros pueblos y ciudades no son sólo feos en conjunto, sino también en detalle. Los pueblos más pequeños son aquellos en que los disparates arquitectónicos son más llamativos. Pero tampoco la naturaleza que los rodea se libra de esta fealdad endémica. Los campos están llenos de plásticos, de redes verdes, de alambradas desnudas, de somieres que hacen la función de puertas, y los basureros, vertederos y escombreras afloran por doquier en cuanto tomamos un camino con idea de adentrarnos en la naturaleza. El cutrerío nos acecha por todas partes.

Por cada establecimiento rural ejecutado con encanto e inteligencia, diez mil baretos llenos de moscas. Por cada edificio restaurado con gusto y sensatez, diez mil horrores.

Pero no es sólo una cuestión de fealdad. Hay otra cosa quizá peor y es el aburrimiento, la falta de cosas que hacer. Claro que en todos los pueblos hay ludotecas, bibliotecas públicas, concursos de fotografía, clases de yoga, liguillas de baloncesto o de fútbol, cines de verano y cosas parecidas, pero el súmmum de la diversión siguen siendo las corridas de toros y las añoradas fiestas del santo patrón o de la santa patrona, paraísos del chorizo a la brasa, los churros, la noria, los coches de choque, los tenderetes variados y, de noche, el ruido estremecedor bum-bum-bum hasta las cuatro de la mañana.

¿Qué puede hacerse en un país así? Ir a la playa, donde haya playa y cuando haga buen tiempo, hacer obras en casa, comprarse un coche nuevo, ver la tele y, en general, cultivar las relaciones humanas, dado que otra cosa no se puede hacer ni merece tampoco la pena intentarlo. La conversación, la tertulia, la charla, el vermú, las comidas, las cenas, la copa, el tapeo, el bailoteo, el cachondeo, la charla, la risa, el ser gracioso, el tener labia, el ser buena gente, en fin, la amistad. Y la familia, sin duda. En resumen, hablar, comer y beber.

España es un gran país para ser niño. La diversión comienza a desvanecerse a los catorce años, cuando uno empieza a presentir que hay más cosas aparte de jugar con los amigos. Entonces comienza el horror.

 

01/09/2014

 
COMENTARIOS

Francisco de Borja 03/09/14 16:29
La diferencia entre un pueblo de Inglaterra y otro de España no sólo está en el verdor de uno y la aridez de otro. En un pueblo de Inglaterra, o en toda Inglaterra, no existe "conversación, tertulia, charla, vermú, risa, el ser gracioso, el tener labia, el ser buena gente, en fin, la amistad". Aún mucho menos existe "comer". Sólo "beber" hasta caer desmayado o desmayados. Los bonitos y verdes pueblos de Inglaterra están llenos de personas enfermas de soledad, de personas que no cruzan una palabra con otras durante años y de personas que odian a los demás. Esa es la diferencia entre un pueblo inglés y otro español.

José Martínez ROs 04/09/14 08:41
Sr Ibáñez, le recuerdo que en España hay mucha más masa forestal que en la notablemente pelada Gran Bretaña y no sólo en la mitad norte. De hecho, en Madrid hay muchos más árboles que en Londres. Hay gran cantidad de pueblos de montaña y bosques bastante idílicos, incluso al sur de Madrid (sólo tiene que ir a la sierra de Cádiz, a las de Jaén o a la parte húmeda de Castilla la Mancha y Extremadura). Por otro lado, las corridas de toros son un entretenimiento, por así llamarlo, que interesan a un porcentaje muy, pero que muy bajo de la población, incluso donde tienen más arraigo como en Andalucía: más de un 60% de sus ciudadanos ni han ido ni piensan jamás a una corrida y es más que probable que sin ayudas públicas hubieran desaparecido. Un cordial saludo.

Alfredo J Ramos 04/09/14 13:30
Es verdad que buena parte lo edificado en el rural durante los últimos cinco o seis lustros parece haber salido de la cabeza de un zombi. Y el horror se multiplica en las zonas costeras, que se dirían arrasadas por una vasta y desaforada horda de esas mismas criaturas. Tampoco da para muchas alegrías observar cómo supuestas fiestas como la Tomatina (ritos populares, dicen algunos) gozan no sólo de un extendido apoyo popular sino de la atención inusitada de los medios de comunicación públicos, hasta el punto de abrirse un hueco amplio en los telediarios. Pero resultaría simplemente falso no admitir que el cambio de las condiciones generales de vida de esos mismos pueblos han sufrido un evidente cambio positivo (por ejemplo, en cuanto a las condiciones de higiene) en las últimas décadas. Por otro lado, el feismo no parece una exclusiva de nuestro tiempo. En nuestra geografía, igual que en nuestra historia, la abundancia de adefesios se remonta a tiempos inmemoriales. Además, como apuntan otros comentaristas, si nos paramos a mirar alrededor, tampoco en esto somos diferentes.

Gabriel 19/02/15 12:24
Me parece muy divertido su comentario, se habrá desahogado provocando de paso al personal, un poco. Pero lo cierto es que estas enmiendas a la totalidad son muy fáciles de hacer. Pueden elaborarse de cualquier sitio en un momento de enfado. Por otra parte me sorprende tanta exquisitez estética no sea capaza de ver la estética, al menos eso, de una corrida de toros o de tantos paisajes españoles. La generación del 98 tan amiga de estas diatribas incendiarias tenía el ojo más entrenado.

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