Roald Hoffmann, hombre de teatro

por Francisco García Olmedo

Con frecuencia se proyecta la manida imagen del técnico y del científico como unos seres ensimismados en su especialidad y despreocupados de la visión de conjunto y de los compromisos morales. Hasta el papa los retrata así en su última encíclica. Es una imagen falsa, ya que estos profesionales, como muchos otros, no suelen restringir sus intereses al objeto de su trabajo. Un buen ejemplo de cuán polifacético puede ser un científico es Roald Hoffmann, a cuya biografía y producción poética ya me he referido en este blog. Ahora acaba de escribirme para que le envíe copias adicionales de la edición bilingüe de su poesía, Catalista (Madrid, Huerga & Fierro 2002), un libro que yo traduje y preparé, del que pronto hará una lectura en un festival de poesía en Guanajuato (México). Me dice que últimamente no ha escrito poesía porque su investigación va a todo gas; en Estados Unidos le dejan seguir como emérito más allá de los setenta y ocho años que ahora tiene. También me ha enviado su última obra de teatro, Something That Belongs To You («Algo que te pertenece»; edición en inglés, Loveland, Dos Madres, 2015) y aprovecho para comentarla aquí junto a sus dos obras anteriores.

Hoffmann aparece en algunas enciclopedias biográficas como el químico orgánico teórico más notable de la segunda mitad del siglo XX por haber desarrollado las reglas conocidas como de Woodward-Hoffmann, que desvelan que la determinación de los mecanismos de muchas reacciones químicas está regida por la simetría orbital más que por otros factores. Tenía veintisiete años cuando publicó este trabajo que le valió el premio Nobel. Sólo trece años antes, a la edad de catorce, había llegado a Nueva York, tras haber deambulado por diversos campos de refugiados en la Europa de posguerra y después de haber estado más de un año escondido con su madre en el ático de una escuela en Gribniv, un pueblo que en poco tiempo había pertenecido al imperio austrohúngaro, Polonía, Rusia, Alemania y, finalmente, Ucrania. La obra Something That Belongs To ou gira precisamente en torno a este episodio y la memoria oculta que su madre tiene de él.

He tenido el privilegio de haber conocido a la admirable anciana, quien ha vivido las dos grandes guerras mundiales y el episodio de las Torres Gemelas, edificios no muy distantes de su actual hogar. En la ficción, Frieda Pressner y su hijo Emile, junto a algunos familiares, vuelven a vivir traumáticamente el encierro, empujados a regañadientes entre memoria y olvido, entre el bien y el mal, por la visita a Estados Unidos de la hija del maestro que los escondió en el ático a cambio de dinero. La acción alterna entre Filadelfia en 1992 y Gribniv en 1943-1944. ¿Cómo pasar por encima de la demonización mutua en 1943 y en 1992? Los ucranianos que delataron a los judíos, los alemanes que aplastaron al pueblo y los judíos que colaboraron con ellos y con los rusos, los polacos… La culpa, sus atenuantes, su recuerdo, su olvido.

La obra que la antecedió, Should’ve («Debió ser»; edición en español, Mérida, Universidad de los Andes, 2011), es también trágica e incide sobre la responsabilidad social de los científicos y los artistas, encarnados en tres personajes que tratan de resistir el poder transformador de la muerte y no lo consiguen: un químico nacido en Alemania, Friedrich Wertheim, se suicida, después de poner una forma fácil de sintetizar una neurotoxina en manos de terroristas. Este hecho afecta profundamente a su hija –bióloga molecular con ideas muy distintas de las de su padre sobre la responsabilidad social de los científicos–, al amante de ésta, Stefan, que es un artista conceptual, y a la exmujer del suicida. Ninguno de los tres personajes serán los mismos después de lo que comporta un terrible viaje al pasado.

La primera obra teatral de Hoffmann, Oxygen («Oxígeno»; edición en español, Ciudad de México, Fondo de Cultura Económica, 2003) es alegre y divertida, en contraste con el dramatismo de las otras ya aludidas. La acción bascula entre 1777 y 2001, año en que se cumple el centenario del premio Nobel de Química y la Fundación Nobel decide dar un «Retro-Nobel» al descubrimiento más relevante realizado antes de la institución del premio contemporáneo. La obra fue escrita en colaboración con Carl Djerassi, de quien también hemos hablado en este blog. Los responsables de la Fundación piensan que el retropremio será fácil de adjudicar, ya que se trataría de examinar un tiempo lejano en el que los descubrimientos eran fáciles y puros, exentos de interferencias por las controversias, las pretensiones de prioridad o el pavoneo. El comité Nobel de 2001 se pone enseguida de acuerdo en que el descubrimiento del oxígeno, como acto fundacional de la química moderna, merece el premio, pero discrepan respecto a la persona que debe recibirlo. Joseph Priestley y Carl Wilhelm Scheele fueron los primeros en aislarlo, pero Antoine Lavoisier fue quien entendió de verdad su papel en la respiración, la combustión y la herrumbre. Se plantea un problema común al arte y a la investigación: ¿es el mérito del primero que abre un camino o de quien le da su esplendor? En una de las hilarantes escenas de 1777, en las que aparecen los tres científicos con sus respectivas parejas, el rey de Suecia los invita a su corte para dilucidar quién es el verdadero descubridor. Domina el personaje de Madame Lavoisier, que en la vida real fue una mujer extraordinaria, una verdadera científica marginada por la historia. Una escena de las tres mujeres desnudas en la sauna, discutiendo los méritos de sus parejas mientras se azotan con ramas de fresno, está entre mis favoritas. Las personalidades de los tres científicos contrastan poderosamente, ya que Lavoisier, revolucionario como investigador, es un conservador que pierde la vida bajo el terror jacobino, mientras que Priestley es un radical al que expulsan de Inglaterra por apoyar la Revolución francesa. El sueco Scheele, el tercero en discordia, es un modesto farmacéutico, amancebado con su ayudante, que ha sido realmente el primero en aislar el oxígeno, aunque acabaría siendo quien menos reconocimiento ha recibido por su hazaña. En 2001, este tipo de situación puede seguir repitiéndose. La producción teatral de Hoffmann se ha difundido como representación o como lectura ensayada en más de un centenar de localidades de Europa y América.

En conclusión, puede que el hábito haga al monje, pero no tanto.

20/10/2015

 
COMENTARIOS

m.martin 21/10/15 16:26
Gracias por informarnos de que Hoffman sigue productivo en literatura y en química

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