¿Quién alimenta a los cerdos europeos?

por Francisco García Olmedo

En aquellos tiempos del estraperlo, en plena posguerra, los piensos había que comprarlos en el mercado negro. El tío Quico, cuando se le preguntaba por cómo conseguía que sus cerdos estuvieran tan bien cebados, contestaba: «No sé, yo les doy ocho pesetas a cada uno y que se busquen la vida como puedan». En la actualidad, los europeos estamos imitando al tío Quico a gran escala, al utilizar extensiones crecientes de suelo no europeo para alimentarnos, mientras los detalles de dicho abastecimiento quedan en una nebulosa. No menos de treinta y cinco millones de hectáreas extrafronterizas han sido ya cooptadas para este fin, justo cuando el suelo laborable está convirtiéndose progresivamente en un bien estratégico.

En los últimos años, el suelo agrícola ha atraído las inversiones tanto de grandes especuladores financieros como de adinerados personajes famosos, sean sus capitales de origen lícito o ilícito. Así, por ejemplo, cada vez que he visitado Argentina he sabido por los periódicos de alguna de estas adquisiciones: ya los Benneton, ya Julio Iglesias, ya John Travolta, ya algunos españoles cuyos nombres prefiero omitir. De este modo, una docena de propietarios ha llegado a acaparar más de una docena de millones de hectáreas, un territorio que cubre más de la mitad de los acuíferos argentinos. Si se visitan países como Chile, Uruguay, Namibia o Etiopía, el panorama es parecido.

Más recientemente, han sido los países como tales ‒China, India, Corea del Sur, Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Qatar o incluso Suráfrica‒ los que andan respaldando la compra o el arrendamiento a largo plazo de millones de hectáreas fuera de sus fronteras, sobre todo en África. En un momento dado, un intento de venta de miles de hectáreas a Corea del Sur hizo caer al gobierno de Madagascar, abortando así el sigiloso acuerdo. Este nuevo fenómeno ha pillado por sorpresa incluso a instituciones especializadas como la FAO. Es indudable que la limitación del factor suelo hará gravitar sobre otros factores de producción el cumplimiento del objetivo de aumentar un setenta por ciento la producción de alimentos, tal como se considera necesario para atender a la humanidad en el año 2050.

Europa Occidental disputa a África el puesto como primer importador de alimentos, a pesar de que tiene menos de la mitad de población. Cuarenta de las casi sesenta millones de toneladas importadas se destinan a los cerdos, las vacas y las gallinas europeas para convertirlos en carnes, huevos y productos lácteos, alimentos que consumimos más de lo que resulta apropiado para nuestra salud. Esta situación puede acentuarse si, de acuerdo con los objetivos comunitarios, importamos alimentos potenciales para convertirlos en biocombustibles. Europa es un continente cada vez menos rico que debe importar alimentos y energía a precios que se hacen crecientes conforme su escasez va en aumento a escala global.

A primera vista, cabrían dos reacciones no mutuamente excluyentes ante esta situación: moderar en mayor o menor medida nuestro apetito por esos alimentos, por un lado, y estimular la producción agrícola europea, por otro. Europa es una rica región agrícola y sus agricultores son ciertamente competentes, pero existen toda suerte de trabas, prohibiciones y objetivos políticos que limitan nuestra productividad, lo cual conduce a la situación grotesca de que esas estrechas normas son imposibles de exigir, y en la práctica no se exigen, a nuestros proveedores extraeuropeos, que compiten así ventajosamente con respecto a nuestros propios agricultores. En Europa, y especialmente en España, los chuletones de ternera se fabrican con granos transgénicos procedentes de las Américas, granos cuya producción está coartada a esta orilla del océano, en contra de los dictámenes de las comisiones científicas competentes. Hay también productos fitosanitarios, como los nicotinoides, infundadamente prohibidos en nuestros pagos, que no lo están, sin embargo, en los de nuestros proveedores. Y, en suma, se prima una agricultura más cara, menos productiva y que carece de muchas de las virtudes que se le atribuyen sin fundamento. Esta política está influyendo negativamente en el progreso y la innovación agrícolas, no sólo en nuestras tierras, sino a escala global.

29/11/2013

 
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