Parrillada de anticiencia

por Francisco García Olmedo

Cuando yo era un joven estudiante, hace más de medio siglo, parecía estar claro lo que se entendía por Ciencia. Todavía no se le había hurtado su definición. No estaban de moda términos tales como «ciencias políticas» o «ciencias del espíritu». Entonces la Ciencia tenía una sola frontera, la del conocimiento positivo sistematizado, y un solo frente, el del esfuerzo por el progreso de dicho conocimiento. Al cambiar de milenio, la situación es muy distinta: en el país de la Ciencia se vive otro clima y ésta tiene múltiples frentes abiertos en sus relaciones con las restantes vertientes culturales. Nos referimos a la Anticiencia.

Para afrontar la situación, se me ocurre proponer una «parrillada o barbacoa de Anticiencia». La parrillada, sea de mariscos, de carnes argentinas o de productos de matanza, es una forma de exponer a las brasas un material variopinto y dispar durante el tiempo que cuadre mejor con nuestros gustos. Una parrillada como la que propongo podría incluir, entre otros, los siguientes elementos.

Empezaríamos por poner en la parrilla la ya mencionada marginación cultural que lleva implícita la nefasta expresión «Ciencia y Cultura». Yo siempre he pensado que el concepto de Cultura debe incluir al de Ciencia.

Podemos seguir con las ideas de quienes piensan que ya sabemos todo lo que hay que saber, que incluso sabemos más de lo necesario, y que de todas formas la investigación científica es un lujo que no podemos permitirnos. Según los abogados de estas ideas, lo que ya sabemos sobre la evolución y el ADN en Biología, sobre el Big Bang en Cosmología, sobre el modelo estándar en relación con la materia y sobre la relatividad y la mecánica cuántica como leyes de la Física equivale a tener a la Verdad atada y bien atada con una supercuerda. No podemos abandonar el esfuerzo científico, a no ser que pensemos como lo hacía James Watt, secretario de Interior de Ronald Reagan, para quien no había por qué preocuparse por los recursos no renovables, ya que el Juicio Final estaba al caer.

No deberían faltar en la parrillada las ideas propugnadas por los sociólogos posmodernos, según las cuales «el conocimiento científico no es más que un sistema comunal de creencias con una dudosa conexión con la realidad» ‒«una construcción cultural»‒ y «no hay obligación para nadie, al enmarcar una visión del mundo, de tener en cuenta lo que la ciencia del siglo XX tiene que decir». Poco menos que se acusa a los científicos de no producir otra cosa que simples mitos ‒aseados por un consenso artificioso‒ y de que estos mitos sobre distintos aspectos de la realidad no valen más que los que crean otros grupos de ciudadanos sobre esos mismos aspectos. Frente a este frívolo relativismo, no cabe más que resaltar la creciente capacidad predictiva de la ciencia del siglo XXI y la eficacia con que esta ha complementado y contribuido a estimular a una floreciente tecnología. El consenso social no hace volar a los aviones, aunque puede determinar las prioridades de la investigación. La violación de las reglas del juego científico por imperativo ideológico sólo conduce al desastre. Así, por ejemplo, el mitchurinismo atizado por Lysenko trajo la ruina agronómica y alimentaria a la antigua Unión Soviética, una ruina que perduró incluso hasta después del cambio de régimen.

Debemos asar al punto la incomprensión respecto al científico por parte de muchos filósofos, así como el desinterés del científico por la Filosofía. Pienso que ambas situaciones no pueden por menos de evolucionar ante los nuevos avances biológicos, que están cambiando la idea que tenemos sobre los seres vivos y sobre nosotros mismos.

Churrasquemos la vigorosa inquisición laica contra la Ciencia, que ‒a través de tribunales y comisiones variopintas‒ acusa a los científicos, implícita o explícitamente, de falta de ética, de anteponer sus intereses personales y gremiales a los generales y de traficar con mercancías peligrosas. A este respecto, opino que sólo existe la Ética, pero no la Nucleoética, la Termoética o la Bioética. Los principios éticos generales son tan aplicables al uso de las armas de fuego como a la biotecnología. La Ética no tiene nada que decir sobre el avance del conocimiento: sólo sobre algunas de sus aplicaciones concretas.

Doremos, sin pasarnos, la marginación de las opiniones científicas en la vida política. El científico como tal sólo debería verse involucrado (no con carácter exclusivo) en la política cotidiana en dos contextos: en el establecimiento de las prioridades de la investigación y en la elaboración de las decisiones políticas que impliquen aspectos científicos o tecnológicos de la vida cotidiana. En el segundo contexto, conviene señalar que la Ciencia no suministra las soluciones a los problemas que tiene planteados la sociedad, sino sólo algunas de las bases para encontrar esas soluciones: es un componente necesario, pero no suficiente, de una solución dada.

Asemos, con mimo, la incultura científica. Hay que preocuparse por erradicar las bolsas de incultura científica que existen en nuestra sociedad y por el uso parcial, sesgado y contundente que del conocimiento científico está haciéndose en algunas contiendas civiles entre los más variados grupos de intereses. Los medios de comunicación están desempeñando, en su mayor parte, un papel arbitral sobrio y eficaz a la hora de hacer contar a la Ciencia y a los científicos en la vida cotidiana, si se exceptúa de esta apreciación una postura en exceso superficial y simplista sobre los problemas del medio ambiente. El sistema educativo primario y secundario está sobrecargado de enseñanzas científicas que, por otra parte, sólo pueden ser abordadas con un bajo nivel de exigencia.
No caigamos en la tentación de echar a los verdes directamente a la hoguera, pero sometamos a las brasas algunas de sus ideas. La acción verde usa el eslogan y la media verdad para proponer soluciones sin fundamento a problemas que nos preocupan a todos y para los cuales no existen todavía soluciones fiables.

Toda buena barbacoa debe incluir las ideas de los pardos. La reacción parda quita importancia a los problemas y expresa su confianza en que las leyes económicas, los mercados y el imparable avance de la tecnología darán buena cuenta de ellos.

Podríamos seguir añadiendo elementos a la parrilla, pero baste con señalar que resulta paradójico que, en un momento en que la Ciencia y la Tecnología tienen un protagonismo sin precedentes, se encuentren cercadas por tanta incomprensión.

10/06/2014

 
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