Los Machado y la ciencia (y II)

Cenizas del fuego heraclitano

por Francisco García Olmedo

Sorprende en Antonio Machado no tanto su adscripción al mundo del espíritu fluyente, sino su militante distanciamiento del ámbito objetivo de la ciencia, el mundo de su abuelo, que mezquinamente ve como mero «mundo de puras relaciones cuantitativas», negando que la alta ciencia pueda compartir un mismo espacio con la alta poesía.

Antonio Machado  únicamente utiliza la palabra «ciencia» en dos versos de los miles que escribió, y lo hace muy de pasada:

XLVI  La noria

Más sé que fue un noble
divino poeta
corazón maduro
de sombra y de ciencia.

LVIII  Glosa

Dulce goce del vivir:
mala ciencia del pasar,
ciego huir a la mar.

Pero puede indagarse sobre la postura de Machado frente a la ciencia a partir de un poema revelador, escrito en el Puerto de Santa María y publicado en La Lectura en 1915, para luego quedar excluido de la poesía completa:

Pensar el mundo...

Pensar el mundo es como hacerlo nuevo 
de la sombra o la nada, desustanciado y frío.                          
Bueno es pensar, decolorir el huevo                                         
universal, sorberlo hasta el vacío.

Las palabras «huevo», «vacío» y «nada» volverán a ser empleadas en otros poemas:

Al gran Cero

Cuando el Ser que se es hizo la nada [...]
Y el huevo universal alzó, vacío,
ya sin color, desubstanciado y frío,
lleno de niebla ingrávida, en su mano.
Toma el cero integral, la hueca esfera […]

Al gran pleno o conciencia integral

Que en su estatua al alto Cero [...]
todo el pez en cada huevo […]
Borra las formas del cero […]

Mairena, glosando a Martín

Dijo Dios, brote la nada
Y alzó su mano derecha
hasta ocultar la mirada,
quedando la nada hecha.

Hablando sobre la nada con el matemático Antonio Córdoba, amigo mío, afloran las siguientes afinidades: en el sistema de axiomas de Zermelo-Fraenkel, el primer postulado consiste en la existencia del vacío. Dice Córdoba en palabras poéticas: «Conjunto es todo lo que es, pero el de todos no es, por aquello de que “no existe el conjunto de todos los conjuntos”, que junto con el axioma de “comprensión” permite concluir la existencia de un conjunto tal que todos sus elementos son distintos de sí mismos y que, por lo tanto, carece de ellos o es el vacío». Llama la atención que Miguel de Molinos (y quizás antes san Juan de la Cruz y otros místicos) ya pensaron que el primer acto de la creación tuvo que ser la creación del vacío, la nada, del que luego se obtuvo el resto del universo. El sistema de Peano, que, según Córdoba, hay que añadir al de Zermelo-Fraenkel, trata de fundamentar la aritmética dando lugar a un modelo que lo verifica siempre que empecemos con el vacío: el número 0 es, en ese modelo, el conjunto vacío; el 1 es el conjunto cuyo único elemento es el vacío; el 2 es el conjunto cuyos elementos son el 0 y el 1: y así sucesivamente.

En este sentido, los versos de Valente:

Y todas las cosas para llegar a ser se miran   
en el vacío espejo de su nada.

Si seguimos con «Pensando el mundo...», Machado remacha su postura en versos como los siguientes:

Yo pienso. (Un hombre arroja una traíña al mar
y la saca vacía; no ha logrado pescar.)

Aunque las presas son,
lo mismo que las garras, pura figuración.

Tus formas, tus principios y tus categorías,
redes que el mar escupe, enjutas y vacías.

Puedes coger cenizas del fuego heraclitano,
mas no apuñar la onda que fluye, con tu mano.

Vuestras retortas, sabios, sólo destilan heces.                                     
¡Oh, machacad zurrapas en vuestros almireces!

Medir las vivas aguas del mundo... ¡desvarío!                             
Entre las dos agujas de tu compás va el río.

Machado reutilizará también la metáfora «cenizas del fuego heraclitano» en otros dos poemas:

CLVI (Galerías) VII

En el silencio sigue
la lira pitagórica vibrando,
el iris en la luz, la luz que llena
mi estereoscopio vano.
Han cegado mis ojos las cenizas
del fuego heraclitano.
El mundo es, un momento,
transparente, vacío, ciego, alado.

Esto soñé

[...] Y un hombre vi que en la desnuda mano
mostraba al mundo el ascua de la vida,
sin cenizas el fuego heraclitano.

Esta metáfora, en la que me centraré ahora, me trae a la memoria de modo inmediato el nombre de Erwin Chargaff, cuya autobiografía, precisamente titulada Heraclitean Fire, leí hace treinta años. Chargaff era un científico cuyo escepticismo respecto a la ciencia podía paradójicamente equipararse al del poeta Machado. Judío centroeuropeo desplazado a Estados Unidos, poseedor de una gran cultura, gran admirador de Karl Kraus, vio reforzada su tristeza innata por lo que consideró falta de reconocimiento de su contribución a la dilucidación de la estructura del ADN. Como origen del título de sus memorias, Chargaff cita unos versos del poema «That Nature is a Heraclitean Fire and of the confort of the Resurrection», del jesuita inglés Gerard Manley Hopkins, quien, en la lengua inglesa, es el poeta heraclitano por excelencia, en la misma medida que Machado lo es en la española. En dicho poema, Hopkins escribe: 

[...] world’s wildfire, leaves but ash: [...]

De nuevo, la ceniza. Sin embargo, el poeta inglés no está tanto decepcionado por la pobreza de la ciencia positiva como obsesionado por el movimiento y el fuego: casi todos sus poemas y, según parece, sus excelentes dibujos (era también magnífico pintor y compositor) están llenos de movimiento, de ritmo tensado (sprung rhythm), de profusas aliteraciones, pies apresurados y palabras encabalgadas. Perteneciente al mundo victoriano, no pudo influir en Machado, porque su poesía se publicó póstumamente en 1918, tres años después que se publicara el poema «Pensando el mundo...» del español. Sí influyó probablemente, aparte de en Eliot y Joyce, en Dámaso Alonso y José Antonio Muñoz Rojas.

Según Heráclito, el mundo es movimiento, flujo y, sobre todo, fuego: «El fuego vive la muerte del aire, y el aire vive la muerte del fuego; el agua vive la muerte de la tierra, la tierra la del agua». Antoine Lavoisier funda la Química Moderna y la Ciencia de la Nutrición al  arrojar luz sobre los experimentos de Joseph Priestley y de Carl Wilhelm Scheele, descubriendo el oxígeno. Concluye: «La vie est donc une combustión» («La vida es, por tanto, una combustión»). En confinamiento, la llama agota el aire de la llama, el ratón devora el del ratón, la llama elimina el del ratón, el ratón roba el aire de la llama y muere al tiempo que se apaga ésta (Priestley). Lo mismo podría haber escrito Scheele, sustituyendo ratón por abeja.

Sea como fuere, la química y la física modernas caben en la famosa ambigüedad sintáctica de Heráclito, en su capacidad de evocación («la llama agota el aire de la llama» de Priestley cabe en «el fuego vive la muerte del fuego» de Heráclito, por citar un ejemplo), pero no para Machado. Según Platón, Heráclito considera que el conocimiento es imposible por el flujo de los objetos sensibles, pero no repudia el conocimiento o la sabiduría que puede derivarse de una apropiada comprensión del mundo. El poeta Machado es más heraclitano que Heráclito.

En Abel Martín escribe: «La segunda [de las cinco formas de la objetividad], el llamado mundo objetivo de la ciencia, descolorido y descualificado, mundo de puras relaciones cuantitativas, es el fruto de un trabajo de desubjetivación del sujeto sensible, que no llega −claro es− a plena realización y que, aunque a tal llegara, sólo conseguiría agotar el sujeto, pero nunca revelar objeto alguno» (Poesías Completas (ed. Oreste Macrì), Madrid, Espasa-Calpe, 1989, p. 674). Y refiriéndose al espíritu (místico), escribe: «Éste, aunque pertenezca al sujeto, no por ello deja de ser una realidad firme e indestructible»; [...] Y concluye: «es, por cercano al sujeto consciente, más sustancial que el mundo de la ciencia y de la teología de escuela» (p. 677).

Para Abel Martín, el dictum heraclitano «Sobre los que cruzan los ríos, otras y otras aguas fluyen» (nótese que, en contraste con la versión descafeinada de Plutarco, en cada acto de cruzar, ni el río ni el que cruza pueden ser los mismos) se extrapola radicalmente al propio acto de pensar: «En todo verdadero razonamiento no puede haber conclusiones que estén contenidas en las premisas. Cuando se fija el pensamiento por la palabra, hablada o escrita, debe cuidarse de indicar de alguna manera la imposibilidad de que las premisas sean válidas, permanezcan como tales, en el momento de la conclusión» (p. 680).

En Juan de Mairena: «Todo el trabajo de la ciencia −que Mairena admira y venera− consiste en descubrir nuevas apariencias; es decir, nuevas apariciones del ser; de ningún modo nos suministra razón alguna esencial para distinguir entre lo real y lo aparente. Si el trabajo de la ciencia es infinito [...] no es porque busque una realidad que huye y se oculta tras una apariencia, sino porque lo real es una apariencia infinita (p. 707).

«[...] la absoluta realidad de lo aparente [...]. Es decir, que la metafísica de Mairena será la ciencia del no ser, de la absoluta irrealidad, o, como decía Martín, de las varias formas del cero» (p. 708). Si me alineara con Don Antonio, tendría que admitir, a los setenta y siete años, que mis «yo» sucesivos han ido disipando una vida mientras trataban de horquillar una realidad inasible y fluyente.

17/03/2015

 
COMENTARIOS

Manuela Martin 18/03/15 15:51
Muy interesante porque tiene información totalmente desconocida y además relaciona ciencias y humanidades.

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