El síndrome de la colmena vacía sigue sumido en el misterio

por Francisco García Olmedo

Hace seis años, a raíz de la noticia de que un apicultor del Estado de Florida había sufrido un masivo colapso de las colmenas de su explotación, escribí en estas páginas una «Carta a Amalia» sobre el tema. En ella resumí los datos científicos que entonces afloraron sobre el llamado «síndrome de despoblamiento de la colmena» en revistas como Science y Nature, las ideas que obtuve por entrevista telefónica con Mariano Higes, del Centro Regional Apícola de Marchamalo (Guadalajara) y lo que a lo largo de los años aprendí de mi suegro, Leandro Carbonero Bravo, que por afición había enseñado Apicultura en la Facultad de Veterinaria de Madrid a todo el que quiso aprender y cuyas colmenas todavía surten de rica miel a mi familia, años después de su fallecimiento. Ahora veo por los periódicos que el problema no sólo sigue sin resolverse, sino que se ha agudizado y ha dado lugar a que se hayan planteado programas urgentes para solucionarlo en Estados Unidos, el Reino Unido e incluso a escala de la Unión Europea. La urgencia se debe a que las abejas y sus parientes silvestres son los polinizadores indispensables para numerosas especies herbáceas y arbóreas, incluidas más de un centenar de frutas y verduras que contribuyen a nuestro sustento.

El síndrome se manifiesta como una maldición. En el caso del apicultor de Florida antes mencionado, de cuatrocientas colmenas que estaban sanas por completo en una inspección realizada tres semanas antes, 368 aparecían prácticamente vacías, ya que sólo conservaban la reina y un cierto número de crías, sin que quedara rastro siquiera de las obreras o de sus cadáveres. Parece que este tipo de incidente se detectó por primera vez hace un par de décadas y está repitiéndose con demasiada frecuencia en distintas partes del mundo. Por ejemplo, en el invierno de 2006-2007, el problema afectó en Estados Unidos a un 25% de los apicultores, con pérdidas medias para éstos del 45%; en España, el problema podría involucrar a más de veinte mil apicultores profesionales y aficionados.

En la solución del problema están dándose palos de ciego, el último de los cuales ha sido el de la prohibición para uso en semillas de los insecticidas neonicotinoides, sin que existan pruebas convincentes de que sean los causantes. Estos insecticidas son variantes estructurales de la nicotina, compuesto natural que se utiliza desde antiguo en el control de plagas, y son bastante específicos y menos adversos para el medio ambiente que otros alternativos. Los residuos químicos que se encuentran en mieles y colmenas corresponden a compuestos que usan los propios apicultores para defender su producto –la miel– de toda suerte de agentes adversos, y no a los neonicotinoides.

Debo insistir en que la generalidad del fenómeno del despoblamiento, que puede dañar tanto a colmenas industriales como artesanales, difícilmente puede adscribirse a factores cuya presencia no casa con el ámbito de manifestación del síndrome. Tal es el cado de las veleidades del tiempo atmosférico, plaguicidas concretos o los modos de manejo, factores que cambian notablemente de unas a otras áreas afectadas, aunque puedan influir sobre la gravedad del resultado. Todo apunta a la hipótesis de un origen patogénico no reconocido previamente. Apoyarían esta idea algunas observaciones preliminares sobre la transmisión del síndrome por la reutilización del material de las colmenas afectadas y su bloqueo por esterilización de dicho material.

Un grupo español, dirigido por Mariano Higes, viene investigando la identidad del posible patógeno. Existen pruebas convincentes de que, muy recientemente, el parásito Nosema ceranae se ha adaptado a la abeja común (Apis mellifera) y se ha diseminado rápidamente por Europa de forma concomitante con un notable aumento de las muertes de colonias registradas por los apicultores. Se ha demostrado también que el citado microsporidio, relativamente inocuo para la abeja asiática (Apis ceranae), es altamente patogénico para la europea en condiciones de laboratorio, así como que existe una alta asociación causativa entre la presencia del parásito y la ocurrencia del despoblamiento en las colmenas. En concreto, el microsporidio se encuentra en todas las colmenas afectadas y en una fracción de las no afectadas. Estas últimas, según la explicación de Higes, estarían en un período más o menos largo de incubación asintomática, previo a la crisis rápida de la despoblación.

Por último, repitamos lo que solía repetir don Leandro Carbonero: «Quien sin saber se mete a colmenero, perderá su tiempo, su paciencia y su dinero».

16/09/2014

 
COMENTARIOS

Manuela Martin 18/09/14 18:54
Esperemos que los investigadores sean capaces de encontrar una solución a este problema.

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