Ciencias Naturales para mis nietos

por Francisco García Olmedo

Interrogo a dos de mis nietos, de ocho y doce años, sobre lo que han estudiado de Ciencias Naturales este año. No parecen muy entusiasmados y trato de averiguar los motivos de su frustración examinando los libros de texto que han utilizado, libros que, de acuerdo con los tiempos, son digitales. Apelo a mi memoria para recordar cómo fue mi introducción a dicha materia, dentro de la cual se ha desarrollado mi carrera profesional durante casi medio siglo, y he de confesar que sólo recuerdo de un modo genérico cómo se produjo. Tuve el privilegio, raro para la época, de haber asistido a un colegio inglés, en Oxford, y a otro en el Estado de Washington (Estados Unidos), además de haber cursado el bachillerato en España.

Desde mi temprana adolescencia he preferido el pragmático sistema anglosajón de enseñanza a los rigores de la rígida pedagogía de nuestro país que, desde la escuela primaria a los estudios universitarios, adolece, entre otros, de los siguientes males: la sobredimensión programática con sus secuelas, el método cíclico reiterativo por el cual el alumno tiene la sensación de estar aburridamente estudiando lo mismo año tras año y, en tercer lugar, un rígido énfasis en lo teórico y memorizado que deja en segundo plano, como mero adorno, la observación directa y el experimento.

Consulto el índice del texto utilizado por mi nieto mayor y salta a la vista la sobredimensión del programa y la necesaria superficialidad con que habrá de cubrirse. El universo, el sistema solar, la Tierra, lo vivo y su taxonomía, la atmósfera, la hidrosfera, la geosfera y, finalmente, la materia y su estructura. El contenido tiende a encadenar definiciones, que necesariamente habrán de memorizarse, con hieráticas taxonomías y enumeraciones que no siempre se conectan de un modo lógico. La evolución del universo y la evolución biológica ni aparecen en los enunciados del programa y apenas quedan aludidos en el propio texto. ¿Qué queda de la Cosmología, la Geología y la Biología sin la idea de evolución? Aparte de la superficialidad obligada, una secuela de la sobredimensión programática es la necesaria rebaja de la exigencia al alumno sobre la asimilación de lo estudiado. Para no restringirnos a lo negativo, cabe subrayar que, aunque el método didáctico siga siendo el mismo que el que yo sufrí en mi colegio español, las ilustraciones del actual texto son deslumbrantes en comparación con las que a mí se me ofrecieron.

Constato que lo estudiado por mi nieta de ocho años es demasiado parecido a lo que ha debido asimilar mi nieto de doce. Da la sensación de que todo programa escolar de Ciencias Naturales debe contener todo lo divino, lo humano y muchas cosas más. ¿Por qué no se cambia de lo cíclico a lo secuencial? Tengo la impresión de que podría ganarse tanto en la profundidad de lo aprendido como en el grado de asimilación si se simplificaran los programas de cada año en beneficio de un programa global que podría ser incluso más completo que el antes enunciado.

Por último, la principal objeción al modo imperante en nuestro país para la enseñanza de muchas materias, muy especialmente de las ciencias de la naturaleza, es la de que siempre se parte de los esquemas teóricos para ir demasiado tarde, y de forma muy insuficiente, a la realidad palpable y observable, un sistema que es capaz de aburrir hasta a las famosas cabras de la sierra de Gredos. Así como miles de posibles vocaciones musicales se han frustrado por la exigencia previa de tres años de solfeo, el método enumerativo y memorístico como punto de partida hace árido y aburrido lo que debiera ser apasionante indagación. Las ciencias experimentales deberían enseñarse en el campo y en el laboratorio, es decir, experimentando y buscando la teoría desde la observación y la práctica: del laboratorio a los libros, y no viceversa.

He contado en otro sitio que yo me enganché a la Biología en el colegio inglés: durante el primer semestre se estudiaban sólo cuatro tipos de organismos que fui a recoger vivos al Museo de Historia Natural. Ayudado por una docena de libros, un microscopio y una cámara clara, suministrados por el profesor, hube de escribir una monografía sobre cada uno de ellos, relacionándolos con el resto de los organismos. Libros y materiales eran aportados gratuitamente por el colegio. Los alumnos no eran clientes obligados de ninguna editorial, pero debían devolver en buen estado el material recibido. En el segundo semestre se disecaba minuciosamente un conejo, se leía intensamente sobre el mundo animal y se escribían las correspondientes monografías. Las clases de Química y de Física también se realizaban en los laboratorios y partían siempre de la práctica.

Nunca he suscrito la tesis de que el aprendizaje debe ser divertido, pero soy un defensor convencido de que aprender debe ser, sobre todo, interesante.

22/09/2015

 
COMENTARIOS

M.Martin 23/09/15 16:38
No sabes tu como está de mal la enseñanza de las ciencias, unos libros desastrosos y también hay cada profesor que sería necesario saber de dónde ha salido.
Hace tiempo que los libros de texto son bastante desastrosos, que los programas no tiene mucho sentido, la profesora de los hijos de nuestra limpiadora en tercero de ESO le exige toda la nomenclatura química habida y por haber, hasta el pone en los trabajos carbonito de potasio

Agustín 26/09/15 00:30
Pues yo intento poner en práctica la máxima de "instruir deleitando". Véase: http://pulgarcity.blogspot.com.es

ALLAN 14/01/16 04:27
Pues asi de mal estará tambien pueden visitar mis blogs http://allan-astronomia.blogspot.com y http://julesverneastronomia.blogspot.com

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