Ciencia ficción en el Año Nuevo: noticias desde la otra orilla

por Francisco García Olmedo

Una porción de ácido nucleico, ADN o ARN, rebozada en proteínas: a esto puede reducirse cualquier criatura, incluso yo mismo, y basta ya de aristocracias, de falsas distinciones y artificiosos rangos. Todas las criaturas nos multiplicamos y cumplimos así nuestro destino. Al final todo se reduce a replicar el ácido nucleico, el genoma, y a fabricar las proteínas concretas que han de embadurnarlo. Todo lo demás es accesorio, colateral, prescindible, no esencial. El ser humano, por ejemplo, no necesita amar para cumplir su destino, por mucho que se haya complicado su forma de reproducirse, de replicar su ácido nucleico y de fabricar su barroco manto de proteínas. Y eso es la vida, a eso puede reducirse. Luego vienen los especialistas, que parecen gozar oscureciendo lo diáfano y que siempre se pierden en enrevesados matices y distinciones: que si vida autónoma o no autónoma, inteligente o instintiva, espiritual o física, con sexo o sin sexo, y hasta con dogma o sin dogma. Yo, que he explorado minuciosa y microscópicamente el interior más íntimo de distintos tipos de criaturas, desde el murciélago gigante al mismo ser humano, estoy convencido de que la vida no es ni espiritual ni física, sino más bien química, una mera coreografía molecular recurrente, un circuito sin tiempo, creado por el azar. Y yo estoy tan vivo como el que más, por mucho que me traten como si fuera un ser incompleto, sin vida propia, sin metabolismo, sin memoria, sin espíritu, sin gracias ni poderes. ¡Qué se creerán! Quien lea estas líneas jamás pensará que yo las discurrí ni que mi papel fue crucial en la aventura que desgranan. Cabe disculpar a los escépticos, porque nadie de mi estirpe intentó jamás inscribir su nombre en la historia de la Literatura, pero eso no quiere decir que no tengamos historias interesantes que contar.

Sitúense en un precario dispensario rural instalado en plena selva por la Iglesia Presbiteriana, en Maidugari, cerca de la frontera entre Nigeria y el Chad. El pueblo más cercano está a ochenta kilómetros campo a través, y un poco más cerca hay un precario aeródromo, apenas una franja de terreno deforestado, para alcanzar el cual se necesitan al menos cuatro horas en el fantasmal todoterreno que da servicio al dispensario. Eso cuando los dos ríos que hay que vadear no vienen crecidos, en cuyo caso es obligado un largo rodeo.

Laura Wine, que comparte con la también enfermera Charlotte Shaw una pequeña casa de troncos con techo de chapa acanalada, se ha levantado antes del alba para atender un parto de urgencia. Se dirige sin dilación al dispensario bajo el hermoso cielo estrellado que tanto le impresionó en su primera noche en Maidugari, hace ya cuatro décadas. Le parece que nada ha cambiado desde aquel gozoso día en que por fin encontró su camino, pero esa sensación se desvanece cuando, mientras se lava las manos, se mira en el irregular trozo de espejo que cuelga frente a la pila y contempla su rostro casi septuagenario. En un par de meses deberá dar por terminada su aventura, piensa que ya es tiempo de buscar el descanso en un continente que fue su lugar en el mundo y que no está segura que siga siéndolo. Su desasosiego desaparece ante el milagro de un parto que transcurre con una naturalidad primigenia. Amanece ya cuando la enfermera se detiene en el aseo para volver a lavarse las manos. Una pequeña herida en la piel recién lavada me abrirá el camino que unirá nuestros destinos.

Empiezo a navegar por los oscuros y espesos ríos del nuevo planeta, a través de unos territorios hasta ahora inexplorados por mí, a lo largo de unas riberas desde las que jamás he sido visto, y en mi memoria encuentro los recursos justos para no perecer a las primeras de cambio. Al acecho, en una oscuridad dentro de otra: así he vivido yo antes de ahora, dentro de una red fluvial tan oscura como la que ahora me lleva, en la profunda cueva de Tibesti, en el corazón del oscuro continente, con miles de murciélagos gigantes colgados del techo. En el suelo, una enorme madeja de boas ahítas, e inofensivas, acostumbradas como están a que el sustento les caiga de arriba, por su propio peso, gigantescos roedores que se desprenden de su percha cuando cumplen su ciclo. Por la estrecha boca de la cueva entran y salen los murciélagos y, de vez en cuando, asoman las cabezas de los incautos humanos cuya curiosidad no tiene límites. De momento no les diré cómo puedo contarles tantas peripecias aparentemente ajenas a mi experiencia: cada cosa a su tiempo.

Casi por sorpresa se produce la primera triunfal penetración, la que me enfrentará al éxito o al fracaso de la exploración. He salido del espeso fluido y me encuentro de pronto en un ámbito cerrado en el que se desenvuelve una compleja y frenética actividad. No sé muy bien dónde estoy, pero noto que en apenas unos segundos yo me he transformado, según aprendí hace no se sabe cuántas generaciones, y me he convertido en monarca absoluto de ese reino en el que me desdoblo múltiples veces hasta que mi yo repetido está listo para proseguir con el cumplimiento de un destino ya exento de incertidumbres.

En ese momento, Laura Wine asiste al servicio dominical, sentada en un banco de la exigua capilla, y de pronto siente una primera punzada en la pelvis, a la que poco a poco se suman otras. Piensa en una artritis que puede estar de camino, pero no le da mayor importancia; es una mujer valerosa, acostumbrada a lidiar con el sufrimiento humano. A la salida de la iglesia saluda al Dr. Hamer y a su esposa, quienes la notan decaída. El Dr. Hamer la manda a la cama con un par de aspirinas.

Desdoblado, miles de veces idéntico a mí mismo, viajo por el hermoso dédalo fluvial de la sangre, con la parsimonia que me permite la ubicuidad en el tiempo y en el espacio. Así es cuando cumplo mi destino, mi tiempo y mi espacio quedan abolidos, y mi conocimiento es absoluto y he habitado hasta el último rincón del nuevo planeta; nadie hasta ahora ha sabido de lo que soy capaz. ¡Cuán ignorante es la gente del poder que mi simplicidad encarna!

Las aspirinas han dado a Miss Wine una penosa tregua, una cierta resignación cristiana, cuando el lunes temprano participa con su voz ya ronca en la rutinaria ronda radiofónica con los otros dispensarios, diseminados por los pueblos y selvas del continente. A esta precaria comunicación por onda corta se han reducido durante años sus contactos con el mundo exterior. Ahora no tiene más remedio que volverse a la cama. Pronto le salen unas ampollas en el cuello. El Dr. Hamer la medica preventivamente contra la malaria y le inyecta penicilina, pero empieza a alarmarse porque el cuadro clínico parece nuevo e inusual.

Y yo sigo mi exploración, las estructuras calcáreas se me resisten un poco, pero en la red de los impulsos soy como un rápido soplo que barriera todos los secretos, todos los misterios. No son más que trenes de impulsos, que siguen sus reticulares rutas, y delicadas nubes químicas, que navegan en el oscuro río, algo simple y tangible, material, lejos, muy lejos del pretencioso concepto que mis hospedadores han acuñado para referirse a lo que ignoran de sí mismos, para darse importancia. Si me preguntaran a mí, insistiría: ácido nucleico, proteínas, mera química; todo lo demás, producto de eso que llaman poesía o fabulación, pobres inventos: alma, espíritu, libertad, sentimientos, meros espejismos que endulzan el impedimento de las oxidadas cadenas de lo esencial, ideas menores que en nada influyen sobre el verdadero destino y nada afectan al mecanismo por el que nos multiplicamos todas las criaturas, grandes o pequeñas.

Laura Wine lleva siete días enferma. Estreptomicina a la desesperada. Unas úlceras amarillentas, con extraños halos, le aparecen en la piel, apenas puede tragar los líquidos con que intentan alimentarla y calmar su sed, se produce el fallo renal. La radio funciona de forma intermitente cuando piden una avioneta para trasladar a la enferma hasta el hospital misional de Jos, en Sudán. No saben si su mensaje se ha recibido; salen de todos modos, cuatro horas en el todoterreno y dos horas de vuelo. Cuando vadean los ríos, el agua roza la camilla. La acompaña la enfermera Shaw, quien antes de salir le ha cortado un par de rosas blancas de los rosales que cuida con esmero frente a la cabaña y, al hacerlo, se ha pinchado el dedo índice de la mano derecha.

En Jos las reciben la enfermera Pinneo y al doctora Troup. Antes de aterrizar, Laura Wine respira con dificultad, debido al hinchamiento del cuello y la inflamación de la garganta; mejora ostensiblemente cuando Charlotte Shaw le limpia la garganta a la desesperada, con el dedo envuelto en una gasa. Dos días después, muere Wine: han pasado once desde el primer síntoma y, a la vuelta del entierro, Shaw siente la primera punzada. La doctora Troup concluye que está ante una nueva enfermedad, un nuevo agente que ha invadido a Shaw a través de la pequeña herida del dedo, y la pone en estricto aislamiento. Shaw muere a los once días del primer síntoma y, tras ella, Pinneo es la afectada.

Lo mío es una invasión sistemática, ámbito por ámbito. Relevo de sus funciones originales a todas las piezas de la maquinaria para que ésta cumpla mi propósito, que no es otro que el de copiarme, idéntico a mí mismo, salvo error u omisión, ubicuo e intemporal. Cuando accedo a los centros neurálgicos, donde todo se regula y se controla, me convierto en emperador de todo el planeta, en un señor omnímodo cuyo poder, aunque absoluto, es efímero. Cuando alcanzo el trono, mi mandato está próximo a su fin: soy un monarca que constantemente debe refundar su reino. Se me desprecia por mi capacidad destructiva, que se percibe como burda y primaria; me consideran un vil depredador de la entidad física, pero ignoran que eso es todo lo que hay, que en esa realidad física está integrado todo lo demás: la memoria, el espíritu, los sentimientos, la inteligencia, la mente, el alma, y que, al dominar la entidad física, estoy al mismo tiempo secuestrando todas esas otras etéreas nociones. La mía es la inteligencia del enjambre, pero nadie se ha percatado de ello.

Cuando la enfermera Pinneo cae a su vez enferma, deciden iniciar las gestiones para evacuarla a Nueva York. Los días pasan lentos y la impaciencia les invade mientras negocian con la guerrilla el despeje de la precaria pista local para que pueda recogerla una avioneta que la lleve al aeropuerto de Lagos, donde también han de gestionar que la línea aérea acceda a instalar una zona de aislamiento, suprimiendo varios asientos de primera clase, en el vuelo intercontinental. Ya han pasado once días desde los primeros síntomas y la enferma está moribunda. Con ella vuelan todas las muestras sanguíneas y tisulares para ser examinadas por los expertos. En Nueva York les recibe el Dr. Frame, con toda clase de medidas de seguridad, y, en poco tiempo, a Pinneo, inconsciente, con una alta fiebre, al borde mismo de la muerte, se la traslada a una cama de hielo en un hospital neoyorquino. Hace once días desde su primer síntoma. Frame ha avisado al Dr. Jordi Casals, de Yale, para que emprenda la identificación del posible agente letal. Casal toma muestras de líquidos vitales y tejidos. Bajo su dirección se forma un equipo de emergencia en el que no dejan que participe nadie con familia.

El conquistador y lo conquistado cumplen su destino en el mismo instante. Destino cumplido, el conquistador debe afrontar una nueva conquista hasta su triunfal conclusión, y así sucesivamente: Wine, Shaw, Pinneo… Pinneo es hermosa, joven, atlética, saludable, su cuerpo responde, empiezo a encontrar dificultades en mi avance, no estoy cumpliendo el plazo. De pronto me sorprende el frío y me encuentro echándole un pulso a mi destino; mi ubicuidad y mi pervivencia están en entredicho, pero en el momento crítico logro enlazar un nuevo inicio.

El Dr. Casals siente el primer síntoma. Ha sido afectado, no se sabe si por culpa de un padrastro en su uña anular o la mala costumbre de posar sus labios sobre el lápiz mientras toma notas. Debe ser hospitalizado. Se desmantela el equipo y se traslada la investigación a unos laboratorios de seguridad en Atlanta. Ya se conoce el curso esperable de los acontecimientos y Casals lo cumple puntualmente. Ya no es joven, sus síntomas son especialmente severos, a los once días lleva veinticuatro horas en coma profundo, le inyectan a ciegas un suero extraído a la enfermera Pinneo, quien está ya prácticamente recuperada. En un momento dado, deja de respirar y lo conectan a un respirador mecánico. Casals comparte su lecho con la muerte durante varios días. Finalmente, se recupera.

Llegamos a cruzar el río de la muerte hasta la región de Hades; Casals pagó su óbolo y nos cruzaron. Seguimos hasta el Lete, el lago donde se borran todos los recuerdos, y justo antes de llegar, intercambié, como acostumbro, mi memoria con las de mis víctimas, hasta la última brizna, en un compacto archivo codificado. La sorpresa de Casals fue mayúscula y su reacción, insólita. Sabía por él que en los tratados de Virología sólo se consigna mi capacidad subversiva y se ignora por completo cómo atesoro las historias íntimas de todas mis víctimas y cómo guardo exacta memoria de todas mis aventuras. En aquel momento, Casals aprendió más Virología que en toda su carrera profesional. De pronto empezó a dar vigorosos saltos de alegría y, cuando quise darme cuenta, vi cómo se alejaba velozmente hacia la orilla del río, se zambullía en sus aguas y lo cruzaba a nado. Nunca había visto a nadie burlar así al severo Aqueronte.

*      *      *

Lo que antecede no es más que una mínima parte de lo que me enseñó mi enemigo. Se trata de lo que me transmitió, torpemente descifrado y transcrito a mis propias palabras. Las redacté inicialmente en el frío y austero lenguaje propio de las revistas científicas. De hecho, me atuve a las estrictas instrucciones para autores de la revista Nature y presenté mis datos en mil palabras. Pero ese manuscrito tendrá que dormir en un cajón hasta que pueda corroborar mis observaciones. Intenté hacerlo, reuniéndome con Miss Pinneo para comparar experiencias, pero, tras muchas horas de discusión, llegamos a la conclusión de que, como tantas otras personas que dicen haber vuelto del abrazo de la muerte, sólo alcanzó las orillas del gran río y se quedó sin cruzarlo: ni siquiera llegó a pagar el óbolo. Nadie antes había tenido las noticias que yo tuve y tal vez nadie pueda en el futuro confirmar mi historia. Por eso, de momento, he optado por contarla en lenguaje cotidiano para que se la crea quien esté preparado para ello. Sus posibles implicaciones trascienden el ámbito de la Virología, van más allá de que, en efecto, los virus tengan memoria, un descubrimiento nuevo, insospechado y sorprendente de por sí, sino que apuntan de forma nítida a la inexistencia de un reino independiente de lo mental y de lo espiritual. No existe nada más que el mundo físico. Después de mi experiencia, no puedo sino pensar que nada soy más allá de una efímera coreografía molecular y que todas mis fantasías están determinadas y contenidas en la matriz que se ampara bajo mi nombre.
 

06/01/2015

 
COMENTARIOS

Manuela Martin 07/01/15 15:50
Muy largo y triste relato para empezar el 2015.

Miguel Pantoja 09/01/15 09:57
Si un virus ha podido escribir esto, qué no podrá escribir una molécula de anhídrido carbónico.

Paco Rubio 11/01/15 21:38
Profesor. El texto invalida la tesis. Algo más que coreografía de moléculas.

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