Carl Djerassi, «madre» de la píldora anticonceptiva (1923-2014)

por Francisco García Olmedo

El pasado 31 de enero, a los noventa y un años, falleció en California el químico más prolífico del siglo XX, y los obituarios en los periódicos no han dado en mi opinión la verdadera dimensión de este singular ser humano. Me tomo aquí la libertad de traer a colación lo que sobre él escribí hace ya unos años.

«Supongan que se hubiera multiplicado un hombre por clonación y que sus réplicas, en número indeterminado, todas con la misma apariencia y el mismo nombre, se hubieran dedicado a la búsqueda de la excelencia y del éxito social en actividades distintas, y que yo les narrara esa múltiple experiencia. Pensarían que había escrito una novela futurista de ciencia ficción. Sin embargo, lo que yo voy a contarles, aunque reproduce el esquema argumental esbozado, no es ciencia, no es ficción y no es algo que pudiera ocurrir en el futuro, sino que ya ha ocurrido: se trata de un fenómeno que yo no he tenido que imaginar e inventar, sino que he intentado rastrear y reconstruir con mayor o menor éxito. Les invito a que me sigan por el dédalo de espejos y desdoblamientos para que les presente la plétora de personalidades que se han hecho llamar Carl Djerassi.

A nombre de Carl Djerassi aparecen varias provincias de la química –y la adjudicación sucesiva de todos los premios de la American Chemical Society–, una bota de esquiar ortopédica, la gestión y fundación de varias empresas importantes, colecciones de arte precolombino y de arte moderno (la mayor colección privada de Paul Klee), delirantes aventuras africanas, una considerable extensión de tierra silvestre en las montañas de Santa Cruz (cerca de Woodside, California), una especie de orquídea, un nuevo subgénero literario («ciencia en la ficción»), cuentos, novelas, obras teatrales, un libro de poemas, una colonia de artistas y otros mecenazgos, varias autobiografías o autohagiografías, cursos de las más dispares materias en la Universidad de Stanford, sucesivas esposas, innumerables programas de radio y televisión en diversos idiomas, numerosos ensayos sobre control de natalidad y la responsabilidad de que las Conferencias Pugwash se ocuparan de la explosión demográfica durante toda una época.

El primer desdoblamiento en el árbol de réplicas Djerassi afecta ya a la infancia y primera adolescencia. Hay un Carl que habla búlgaro y aprende inglés en Sofía en casa de su padre, un médico judío sefardí especializado en enfermedades venéreas ‒amante de las mujeres y de la ópera‒ que un buen día le revela que lleva años divorciado de su esposa (y madre de Carl). Hay otro Carl en Austria, donde ha nacido en 1922, colegial brillante que vive con su posesiva madre ‒judía ashkenazi, también dedicada a la medicina‒, desde cuya casa ve un buen día pasar las pardas tropas del Anschluss y en cuya compañía huirá en julio de 1938 a Estados Unidos, donde años después rompería toda relación con ella.

Ese joven de dieciséis años que no ha terminado el bachillerato llega desvalido al nuevo continente y no duda en pedir ayuda por carta nada menos que a Eleanor Roosevelt, quien, tal vez sorprendida por su desparpajo, le gestiona una beca en un oscuro college ‒en el que no comprueban su falta de credenciales‒ y de allí pasa al Kenyon College, donde se licencia a los diecinueve años, y a la Universidad de Wisconsin, en la que obtiene el grado de doctor con una tesis sobre la química de los esteroides.

Al graduarse, se incorpora a la empresa CIBA Pharmaceutic Co. y participa en la síntesis del hoy muy conocido antihistamínico piribenzamina, pero su deseo de seguir trabajando en el campo emergente de los esteroides le lleva a dar un paso que sus amigos consideran suicida: en 1945 se va a Ciudad de México a trabajar en Syntex, una pequeña y por completo desconocida empresa especializada en sintetizar productos de interés farmacológico a partir de precursores naturales obtenidos de plantas autóctonas.

Contra pronóstico, antes de cumplir los treinta años, bate a los famosísimos Woodward y Fieser, así como a otros grupos de gran calibre, en la síntesis de la cortisona, cuyas propiedades farmacológicas estaban de moda, lo que determinó que su nombre y retrato apareciera en las portadas de los semanarios más difundidos (Time, Newsweek, etc.). No había acabado el mismo año de 1951 cuando el joven Djerassi completó un trabajo de menos envergadura, sin apenas repercusión inmediata en los medios científicos y periodísticos: la síntesis de la norethindrona, un análogo de la progesterona que era hidrosoluble y biológicamente activo por vía oral; una molécula que resultó óptima como ingrediente de «la píldora».

En la segunda mitad del siglo XX, el mítico nombre aparece de forma prominente en diversas vertientes de la investigación química, asociado a numerosos descubrimientos importantes relativos a distintos tipos de productos naturales ‒no sólo esteroides, sino también alcaloides, antibióticos, lípidos y terpenoides‒ y a la innovadora aplicación de métodos físicos a la química orgánica –dispersión óptica rotatoria, dicroísmo circular y espectrometría de masas‒, así como a la aplicación de técnicas de inteligencia artificial a la resolución de problemas químicos. La publicación de más de mil doscientos trabajos de investigación sólo puede explicarse por el repetido desdoblamiento de su autor.

La síntesis de la norethindrona, apenas una gota en el inmenso mar de la aludida producción científica, por cuya patente Syntex pagó un simbólico dólar, tal vez abrió a Djerassi nuevas avenidas fuera de la ciencia. En cualquier caso, de la experiencia mexicana sale un Djerassi que ocupa una cátedra en la prestigiosa Universidad de Stanford; otro Djerassi que, sin dejar su puesto como científico industrial, se involucra en la gestión de la empresa Syntex, hasta trasladarla a California y ocupar su presidencia durante varios años; y al menos un tercero que se obsesiona con las consecuencias sociales de la anticoncepción y escribe innumerables ensayos sobre el tema, incluido el famoso libro The Politics of Contraception (1981). En un sentido más amplio, los problemas de la explosión demográfica llegarán de mano de este Djerassi a las conferencias periódicas que organiza el movimiento Pugwash, donde estarán presentes como tema de debate durante varios años.

El empresario Djerassi acaba desentendiéndose de Syntex cuando unas acciones que empezaron valiendo dos dólares por unidad superan la barrera de los ocho mil. Esto le reporta una considerable fortuna, buena parte de la cual invierte en la adquisición de un inmenso y salvaje rancho, al que no duda en bautizar Rancho SMIP (Syntex Made It Possible). De Syntex surgieron también otras empresas pilotadas por Djerassi, de las que cabe mencionar Zoecon Corporation, que irrumpió con un nuevo concepto de insecticida, basado en la acción anticonceptiva de ciertas sustancias en los insectos. Esta aportación le llevó a ocupar un lugar en el National Inventors Hall of Fame y a recibir la National Medal of Technology, uno de los pocos casos en que esta distinción aparece adjudicada a la misma persona que la National Medal of Science.

Como tantos inventos de envergadura, el de un anticonceptivo oral fue el resultado de las aportaciones de diversos científicos y se sustentó inevitablemente sobre investigaciones precedentes. Sin embargo, la idea de una píldora que inhibiera la ovulación tuvo como principales protagonistas a los biólogos Gregory Pincus y Min Chueh Chang, y su demostración clínica fue realizada por John Rock y Celso Ramón García. Para que esta idea fuera viable, se requería un análogo de la progesterona que reprodujera su acción hormonal por vía oral, ya que ésta era inactiva por dicha vía, y ese ingrediente esencial resultó ser la norethindrona, sintetizada por Djerassi en México y patentada por Syntex como posiblemente útil en el tratamiento de los desarreglos menstruales y de la infertilidad (no como anticonceptivo). Pincus escribió una monografía, Control of Fertility, en la que describía el desarrollo de la píldora anticonceptiva sin mencionar la aportación de Djerassi, y esto motivó que durante casi medio siglo, en decenas de entrevistas y en multitud de ensayos, éste reivindicara insistentemente su papel como «madre» de la píldora.

Para cualquiera ajeno a la controversia, resulta obvio que Djerassi merece ser citado de modo prominente como alguien que ha contribuido con algo esencial requerido para el invento, pero no al invento en sí. Pincus debió citarlo, pero no creo que en el papel de «madre», una metáfora de todos modos chirriante e impropia de alguien bajo cuyo nombre se han publicado numerosos poemas (incluido el libro The Clock Runs Backwards).

Hay (¿finalmente?) un Djerassi que a los sesenta y un años de edad se reencarna como autor literario cuando su amante de más de un lustro le abandona por otro: “Fue el 8 de mayo de 1983 ‒atestigua con precisión‒. Yo, que nunca había compuesto un poema o escrito una sola palabra de ficción, decidí vengarme de aquella pulida poeta y profesora de literatura en su propio terreno”. La amante, Diane Wood Middlebrook, reputada escritora que incluye entre sus obras una conocida biografía de Sylvia Plath, vuelve con Carl al cabo de un año para convertirse en su tercera esposa, y llega a tiempo para impedir la difusión de unos poemas sentimentales de dudoso gusto y de una novela-alegato “sobre el terrible lapso de juicio amoroso cometido por una elegante feminista”. Esto no frena en absoluto la carrera literaria ya iniciada, que en los últimos años ha rendido regularmente abundantes frutos, entre los cuales se incluyen, aparte del libro de poemas ya mencionado, cinco novelas (Cantor’s Dilemma; The Bourbaki Gambit; Marx, Deceased; Menachem’s Seed; y NO), una colección de historias cortas (The Futurist and Other Stories), tres obras de teatro (An Immaculate Misconception; Oxygen, cofirmada con Roald Hoffmann; y Calculus) y escritos autobiográficos tales como The Pill, Pygmy Chimps, and Degas’ Horse (1992). Buena parte de esta obra ha sido publicada en español por la editorial Fondo de Cultura Económica.

Parafraseando a Watson, nadie ha sorprendido a un Carl Djerassi en actitud modesta. No he sabido de nadie tan actor de sí mismo y con un ego tan desmesurado y a flor de piel: “A todos les impulsa el ego. Muchos pretenden que no es así. Yo tan solo soy honesto y lo admito”, dice un Djerassi que luego confiesa cómo le gustaría leer su propia necrológica. “No me basta con los honores concedidos”, dice alguien que ha recibido todos los honores posibles, excepto el Nobel, una omisión que tal vez se deba a que sus colegas piensan que ya lo recibió o, más probablemente, a que hay demasiados Djerassi con méritos suficientes, y es conocido que dicho premio no puede concederse más que a tres personas cada vez.

Uno de los capítulos de su entrega autobiográfica, The Pill, Pygmy Chimps, and Degas’ Horse, se titula “Pavoneo” y en él se describen sin pudor actos de la más flagrante coquetería, del narcisismo más extremado, como, por ejemplo, la búsqueda de singulares piezas de seda por los mercados de Asia, para luego encargar exóticas prendas a medida que poder lucir en la ópera y en las inauguraciones artísticas. Si creyéramos en la reencarnación, deberíamos prepararnos para la futura aparición, bajo el nombre de Carl Djerassi, de un deslumbrante y bello pavo real, inteligente y vanidoso».

24/03/2015

 
COMENTARIOS

m.martin 25/03/15 16:25
La verdad es que no sabia que era tan "pavo real" ni con tantas posesiones.Siempre aprendo algo nuevo leyendo tu blog

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