Cajal, reeditado

por Francisco García Olmedo

Me ha llegado una preciosa edición de Los tónicos de la voluntad. Reglas y consejos sobre investigación científica (Madrid, Gadir, 2015), de Santiago Ramón y Cajal. Se trata de una reedición con algunos anexos nuevos de la que Leoncio López-Ocón hiciera hace una década en la misma editorial. He releído el libro justo después de escribir sobre Ramanujan para este blog y se me han hecho patentes de pronto los paralelismos entre las aventuras respectivas del matemático indio y del neurobiólogo español. Ambos fueron autodidactas y partieron de cero como investigadores, ya que ni en la España decimonónica ni en la India colonial existían tradiciones científicas de sus respectivas disciplinas en las que pudieran apoyarse para despegar hacia sus altísimos vuelos. Ambos se beneficiaron también del temprano reconocimiento de su genialidad en las mecas del saber desde donde recibieron apoyo, consejos y cauces para la difusión de sus aportaciones científicas: Ramanujan, como vimos, acogido por Hardy y Littlewood, en Inglaterra, y Cajal, a partir de 1880, por los más notables neurólogos alemanes, en cuyas revistas fue acogido con entusiasmo.

Cajal sigue vigente y vivo ‒no sólo como venerada reliquia histórica‒ en todas las vertientes de su múltiple proyección. Como vimos recientemente en este mismo blog, sus trabajos entroncan directamente con los grandes programas de la Neurociencia que se desarrollarán en las próximas décadas. No hay más que comprobar (Google Scholar) que sus publicaciones primarias han sido citadas varios miles de veces en la literatura científica del último quinquenio, algo realmente insólito en la historia de la ciencia. Desde luego, en las ciencias experimentales al menos, es rarísimo encontrar trabajos publicados en el último cuarto del siglo XIX que sean citados en un contexto no meramente histórico en los trabajos publicados actualmente.

Menos explícita es la conciencia del papel crucial de Cajal en la institucionalización de la ciencia moderna en España, pero su influencia directa es evidente en las instituciones y procedimientos actuales. El actual Consejo Superior de Investigaciones Científicas surgió directamente de la Junta de Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, de la que Cajal fue inspirador y director, al igual que los sistemas de becas en el extranjero, la contratación de profesores foráneos o la rigurosa evaluación de los proyectos de investigación. ¡Cuánto debemos directamente los científicos españoles de mi generación a las iniciativas de Cajal!

Don Santiago está también entre los científicos que establecieron una relación fecunda y directa con la sociedad de su tiempo a través de sus libros, el más antiguo de los cuales es el recién reeditado, cuya versión original se publicó en 1897 y cuyas reediciones y traducciones han sido incesantes hasta el presente. En este y en otros libros posteriores, como Recuerdos de mi vida. Historia de mi labor científica, Charlas de café o El mundo visto a los ochenta años, Cajal mezcla en distintas dosis la autobiografía con los consejos a jóvenes investigadores. Las características de la investigación científica en general y, en particular, las de la biológica han cambiado sustancialmente después de tantas décadas, por lo que resulta sorprendente hasta qué punto siguen vivos estos consejos y reflexiones. Es cierto que hace ya unos años que los biólogos dejaron de ir al monte solos y que ahora deben ir no sólo en equipo con otros biólogos, sino con otros científicos de las más variadas disciplinas, pero lo que opina Cajal sigue siendo esencialmente relevante para el individuo que ha de formar parte de un equipo. Naturalmente, si el libro se hubiera escrito hoy, se habrían omitido tal vez los consejos a un joven científico para buscar la esposa adecuada y cambiado la forma de referirse a la mujer en un país prefeminista. También tendrían que matizarse algunas famosas sentencias, como la que afirma: «Para la obra científica los medios son casi nada y el hombre es casi todo», ya que ahora, aunque sigue siendo válida en cierto sentido, conviene recordar que los proyectos actuales, altamente tecnificados, dependen en gran medida de grandes inversiones en los medios materiales correspondientes.

La ejemplaridad de Cajal no se restringe a los aspectos aquí glosados, pero no quiero extenderme más, salvo para señalar sucintamente su ejemplar honradez como figura pública, un aspecto que no puede ser más obviamente actual. Dos anécdotas dan muestra de esta honradez: cuando lo nombran director del Laboratorio de Investigaciones Biológicas, se le asigna oficialmente un sueldo de diez mil pesetas anuales y él solicita que se lo rebajen a seis mil; por otro lado, su hijo hubiera podido aspirar a una beca como investigador en el extranjero, pero decidió pagársela él de su bolsillo ya que, como presidente de la Junta de Ampliación de Estudios, la concesión habría tenido que llevar su firma en última instancia. ¿Volverá a imponerse esa moral pública cajaliana?

21/07/2015

 
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