Se nos cayó el Kremlin

por Sergio Campos Cacho

Hubo exiliados españoles en la Unión Soviética que publicaron el testimonio de su experiencia soviética una vez que pudieron salir del país. Algunos –poquísimos– emplearon sus memorias como denuncia directa, cruda y sin ambages, de la experiencia comunista; otros hicieron un ejercicio propio de prestímanos para no criticar abiertamente el régimen liberticida que les había dado refugio, centrándose en la importancia de su propia experiencia y absteniéndose de juzgar nada; y hubo, incluso, quienes utilizaron las páginas de sus autobiografías para aplaudir con orgullo un sistema dictatorial que había terminado con la vida de cientos de sus propios camaradas.

Habían sido víctimas de la propaganda soviética en España. El surgimiento de las editoriales de izquierdas poco antes de instaurarse la Segunda República (Ediciones Oriente, Editorial Cenit, Ediciones Hoy, Ediciones Ulises, Dédalo, C.Y.A.P.) inundó los quioscos de libros de orientación revolucionaria a precios populares. A esta expansión editorial se sumó la llegada de revistas propagandísticas de gran impacto estético, como Rusia hoy y, muy especialmente, URSS en construcción, cuyos ejemplares hoy en día pueden alcanzar precios en torno a los seiscientos euros. Al pisar suelo soviético, los camaradas se vieron obligados a confrontar la propaganda y la realidad, la mentira y la verdad. No todos reaccionaron de la misma manera ante aquella discordancia.

Tras su derrota en la Guerra Civil, los comunistas españoles que se exiliaron en la Unión Soviética se unieron a un contingente de niños que habían sido enviados a partir de 1937 junto a sus profesores, a un grupo de pilotos que estaba formándose en una escuela soviética de aviación y a un grupo de marinos de nueve barcos republicanos que llevaban varios meses anclados en diversos puertos después de haber transportado víveres y material de guerra. En 1945 se unió a ellos un grupo de republicanos procedentes de Berlín. En total, el número de exiliados ascendía a unos cuatro mil trescientos. Convertidos en apátridas, y pese a su condición privilegiada (se les consideraba héroes pese a su derrota en la Guerra Civil), tenían prohibida la salida de la Unión Soviética y grandes dificultades para moverse por el interior; exactamente igual que el resto de súbditos de nacionalidad rusa.

Cerca de trescientos cincuenta españoles terminaron detenidos o internados en el Gulag. En un informe del Partido Comunista de España a la Cruz Roja soviética, se cuentan más de cien desaparecidos y unos seiscientos españoles muertos, algunos como soldados durante la Segunda Guerra Mundial. No lo tuvieron fácil los afortunados que se refugiaron en el supuesto paraíso soviético. No fue sólo la guerra la que condicionó una vida de privaciones, y aun de miseria (excepto para quienes formaban parte de la cúpula del Partido): la vida en la Rusia de Stalin no podía ser fácil, ni siquiera para los fieles estalinistas españoles. Sobrevivieron como pudieron, algunos rebelándose y otros acogotados por el terror que impuso el partido a sus propios miembros. La historia del Partido Comunista de España y el trato que dio a sus propios hombres en la Unión Soviética es, sin duda, un capítulo siniestro y mezquino de la historia de España.

Se ha publicado recientemente un título de gran interés sobre la vida de estos hombres: el que la hija de Pedro Cepeda ha escrito basándose en las memorias de su padre, que intentó huir de la Unión Soviética escondido en el baúl de un diplomático argentino. Se trata de una lectura adecuada para conocer las condiciones de vida en el comunismo y la determinación de unos hombres lúcidos que no quisieron transigir con una dictadura. Se suman estas memorias a las de los otros españoles que vivieron en la Unión Soviética: Valentín González, Jesús Hernández, José Gros, José Antonio Rico, Enrique Castro, Ramón Barros, Juan Blasco, Manuel Tagüeña, Carmen Parga, Irene Falcón, Ettore Vanni, Rafael Pelayo… Todas ellas y extractos de otras localizadas en diferentes archivos aparecen en el libro de la historiadora Luiza Iordache En el Gulag. Españoles republicanos en los campos de concentración de Stalin, el estudio más completo publicado hasta ahora sobre este tema. No obstante, ha escapado a la atención de historiadores, eruditos y curiosos un testimonio más que interesante: el del comunista Francisco Pintos, que publicó en México en 1995 sus memorias, tituladas Se nos cayó el Kremlin. Un libro casi desconocido del que apenas hay rastro en Internet y ninguno en trabajos académicos.

Francisco Pintos Lecusán había nacido en Madrid en 1914. Obrero, ingresó en 1936 en el Partido Comunista de España. Durante la guerra fue comisario de la Primera Brigada de Tanques del ejército republicano. Logró salir de España por la frontera francesa poco antes del fin de la guerra y fue internado en un pequeño campo antes de pasar al de Saint-Cyprien. Cuenta con brío y desenfado –escribió su libro durante el mandato de Yeltsin, cuando Pintos contaba casi con ochenta años– sus desventuras en el campo y la forma que tuvieron los franceses de tratar a los refugiados españoles. Son páginas de gran interés. Por orden del partido huyó de Saint-Cyprien junto a otros cuatro camaradas, entre los que se encontraba Luis Villasante, uno de los asaltantes del Cuartel de la Montaña durante los primeros días de la guerra. Debían hacerse cargo de una división de guerrilleros y entraron de nuevo en España. Pero el coronel Casado, a quien Pintos ya conocía, y del que cuenta anécdotas de cierta trascendencia, ya se había ocupado de manera bochornosa de finalizar la guerra por su cuenta. Pintos llegó a París, donde se unió a otros compatriotas que fueron trasladados a Le Havre. Allí tomaron un barco a Leningrado: según él, el Sibir, aunque no concuerda la fecha que él da con la fecha en que realmente partió. Viajó junto a su mujer, Mercedes Mimo Espinal (Barcelona, 1917), con la que tuvo tuvo dos hijos nacidos en suelo ruso. Vivieron en Stalingrado y Leningrado y, durante la guerra, Pintos se unió al ejército soviético y llegó hasta Alemania en 1945. Fue condecorado con las órdenes Guerra Patria y Estrella Roja. Se exilió en México con su familia en 1957.

Como todo libro autobiográfico, contiene algunos errores. Pintos escribe de tal manera que parece contar que llegó con la unidad de su ejército a Auschwitz, aunque fuera falso. Sí es cierto que atravesó Polonia y llegó a Alemania, pero lo hizo por el norte del país. Tampoco es verdad, como él supone, que los dirigentes españoles del Partido Comunista tuvieran una salida cómoda de Moscú cuando los alemanes cercaron la ciudad en junio de 1941. Para desmentirlo basta leer las memorias de Jesús Hernández y, muy especialmente, las de Enrique Castro, que hizo una narración expresionista, cínica y vitalísima de sus once días de viaje en tren hasta Ufá, en la actual República de Baskortostán.

Pese a todo, el libro de Pintos es un documento imprescindible para conocer la intrahistoria del exilio español en Rusia. Hizo lo posible por aprender el idioma, por integrarse con el pueblo ruso; se hizo estajanovista, luchó contra los nazis y se enfrenta de la forma más honesta posible a sus contradicciones ideológicas. Al poco de llegar a la Unión Soviética se topó con un campo de concentración que le produjo una honda impresión: «Cada día descubría cosas inesperadas que no correspondían a nuestras convicciones y nuestra fe», reconocerá. En 1954, un «viejo miembro del Partido» le preguntó: «¿Esto tiene cierto parecido con una dictadura fascista?» Pintos no contestó. «Aquello era algo creado por nosotros, aunque estuviera lleno de equivocaciones». Quizá la clave de la fidelidad de aquellos hombres a unas ideas criminales esté en esa palabra y en su verdadero significado: «equivocación». Adoctrinados durante años con palabras que estaban al servicio de la política, por decirlo a la manera de cierto gobernante contemporáneo, fueron incapaces de entender que aniquilar la libertad del hombre no es una equivocación, que asesinar a cientos de miles de personas no es una equivocación, que encerrar a otros tantos en condiciones abyectas tampoco es una equivocación. Un crimen no es una equivocación: es un crimen. Para ellos fue siempre muy difícil, casi imposible, asumir su responsabilidad. Habían apoyado y habían luchado por un régimen criminal. Pretendían haber combatido por la democracia en España y lo que vieron en Rusia no se apartaba un ápice de lo que hizo Franco tras la guerra; y, de apartarse, era para añadir aún más brutalidad y sevicia. Se agarraban como podían a la supuesta cara amable del comunismo: la igualdad de la mujer o el derecho a una educación para todos. No obstante, como él mismo narra, «el deseo de salir de la URSS y todo aquel atolladero se convirtió para nosotros en una obsesión». La conclusión de Pintos es en apariencia contundente: «Habíamos aprendido en el transcurso de dieciocho años cómo no hay que hacer la Revolución». A los desencantados no les había entrado en la cabeza que lo que no hay que hacer es, precisamente, la Revolución. Jamás llegaron a aprender la diferencia que hay entre un rebelde –alguien que lucha por no darle más poder al poder, por evitar que éste se convierta en una tiranía– y un revolucionario: alguien que trata de imponer su credo con la violencia y el terror.

Pese a las reticencias que puedan tenerse respecto a las reflexiones de Pintos, su testimonio es importante. Su autobiografía agavilla un conjunto muy valioso de anécdotas y unas reflexiones valientes. Fuera de los escritos por supervivientes del Gulag o por los renegados más feroces del comunismo, ningún comunista español llegó nunca a plantearse de forma tan seria su error fundamental. Sólo por esto merecería una lectura atenta, y quizás una nueva edición.

30/06/2015

 
COMENTARIOS

Ana Cepeda 01/07/15 13:57
Gracias, Sergio por dar más luz en lo que aún permanece en penumbra, pero creo que entre todos sacaremos la gran verdad de lo que no nos han contado.

Un abrazo.

Jorge Miguel 01/07/15 20:31
Iluminador sobre un régimen de terror. De una dictadura del partido comunista; feroz y sanguinaria. No era la dictadura del proletariado como decía la propaganda.
Un saludo fraternal

César Fernández 04/07/15 13:14
El tono de este texto más que sobrio y analítico es panfletario.

Tiene razón el autor al decir que los errores son errores y los crímenes son crímenes. Por ello la Urss hoy no es un ejemplo para imitar sino una referencia historica. Y lo es de la justicia y la emancipación individual y colectiva. La cuestión es que el comunismo en el siglo XX en parte fue estalinismo. A eso debemos responder los comunistas.

Como otros deben responder de las guerras coloniales, las matanzas del Congo, de Indonesia, los programas de eugenesia en Australia o EEUU, las bombas de Hiroshima y Nagasaki, el intervencionismo asesino en América Latina o en Oriente Medio, la guerra imperialista en Iraq y Libia... Estas fruslerias, ¿las adjudicamos también a la Urss?

Luis Artime 04/07/15 19:33
Por si hacía falta una ilustración al texto, el último comentario cubre cumplidamente esa necesidad.

César Fernández 04/07/15 20:38
De nada, Luis.

Sergio Campos 05/07/15 20:50
César Fernández 04/07/15 13:14
Estas fruslerias, ¿las adjudicamos también a la Urss?
***
No, evidentemente. Pero la pregunta no iba en serio, ¿verdad?

munis tercero 06/07/15 18:53
Stalin fue el mayor asesino de comunistas de la historia, y el estalinismo fue la expresión de la contrarrevolución en Rusia, es decir, fue la forma específicamente rusa del fascismo, cosa que algunos entrevieron como comenta el artículo "En 1954, un «viejo miembro del Partido» le preguntó: «¿Esto tiene cierto parecido con una dictadura fascista?» Pintos no contestó", pero el estalinismo no se quedo en Rusia ni acabó con la muerte del padrecito de los pueblos, el estalinismo es un campo político que va más allá de esas limitaciones. Y quien reconoce el estalinismo de la URSS y dice que lo considera una referencia de justicia y emancipación individual y colectiva, muestra un cinismo característico de los estalinistas, de los fascistas al estilo ruso.

César Fermández no oculta su nostalgia por los buenos tiempos en que aquél régimen que tiene como referencia, y sus compañeros españoles, podían asesinar impunemente desde a Andrés Nin, torturado y despellejado vivo, y enterrado en el distrito de Madrid que hoy regenta el antisemita Zapata, o a Trotsky, de cuyo asesinato se cumplirán 75 años el próximo 20 de agosto, y a los cientos de miles de comunistas anónimos que cayeron en el gulag y ante los pelotones de fusilamiento. Cambiemos la primera parte de su mensaje por uno que diga que los crematorios nazis fueron un error y dejemos el resto y veremos que el argumento sirve para disculpar el genocidio. Aquí en España se ha enterrado con honores a los responsables de los crímenes contra la clase obrera como Pasionaria, Ignacio Gallego o Carrillo, incluso se soporta la ignominia de que colegios, hospitales y otros edificios públicos lleven sus nombres.

Sr profesor César Fernández, el único error que cometieron sus antepasados es que no pudieron matar a todos los comunistas, a todos los marxistas, todo lo demás fueron crímenes, desde su colaboración con los nazis en los años 30 en referendum llamados rojipardos, como ahora han colaborado en el referendum griego, a la invasión de Polonia, el asesinato de los comunistas vietnamitas y chinos, a su colaboración con la junta militar argentina, calificando a Videla de militar progresista y anti-imperialista porque le vendía el trigo a la URSS, o los de tendencia maoísta con su colaboración con Pinochet porque le compraban el cobre, por no hablar del respaldo al régimen de Franco al apoyar su ingreso en la ONU.

Sr. profesor César Fernández confiese la verdad ¿está usted de acuerdo y apoya políticas que tienen como consigna "Todo en el Estado, nada contra el Estado, nada fuera del Estado", lo que significa que el Estado se haga cargo de la sanidad, de la educación, de la vivienda, de la regulación del crédito, la nacionalización de la banca recuerdo que era una consigna falangista, la determinación de los ingresos, por arriba y por abajo, la imposición de lo que es bueno y malo moralmente, de una moral estatal, etc. etc.? Mírese al espejo y responda, se encontrará junto con Benito y Adolfo, cosa que por otro lado tuvo el valor de confesar el verdadero jefe del PCE durante la guerra civil, el estalinista Palmiro Togliatti, lea lo que escribió en el verano del 36 mientras se celebraban los siniestros Procesos de Moscú, por cierto un discurso con un lenguaje muy parecido al que ahora han puesto de moda las hordas de la juventud dorada.

http://contralacorriente.foroactivo.com/t74-llamamiento-a-los-fascistas-de-togliatti

Mig 12/07/15 17:07
A estas alturas del siglo XXI es sangrante que haya revisionistas del Holocausto. Hasta ahí, espero, casi todos de acuerdo.
Es doblemente sangrante que presuntos izquierdistas no hayan sacado ni una sola lección del monstruo espantoso del estalinismo. Dejemos aparte las disquisiciones sobre si el mal llega hasta Lenin, la prima segunda de Marx, Hegel , tal congreso o tal sigla. Que con la honrosa excepción de los antiestalinistas de izquierdas se tenga que dejar la investigación y análisis de todo ésto en manos de la derecha cuando debiera ser una tares de primer orden y de partida para todo socialista y comunista decente e inteligente de hoy en día es tan penoso que produce una vergüenza infinita.

No es sospechoso que los políticos e historiadores herederos de las mayores estupideces e infamias en la guerra civil – la mayoría del oportunista PSOE y el ínfimo PCE y sus no menos oportunistas y a menudo criminales compañeros de viaje– hayan construído con convicción el compromiso con el régimen del 78 y a la vez defiendan a capa y espada una versión de la guerra civil directamente mentirosa. Hasta en el PSUC y PCE de hoy hay gente decente e inteligente que son conscientes –dentro de que tienen una visión inevitablemente mediatizada por su fidelidad a su adscripción política– de los errores brutales de la política del estalinismo y que no son meros excesos.

Yo soy de izquierdas y mi adscripción a la tradición marxiana y de internacionalismo socialista, comunista o como demonios se quiera etiquetar es profunda pero me repugna que estos comunistas de chorizo frito sigan queriendo tapar el sol como un pulgar y dejando a otros lo que debería estar en nuestro ADN de firme repulsa hacia el estalinismo en toda su amplitud . Se que hay excomunistas renegados que usan por bandera los crimenes y errores inmensos del estalinismo para denostar toda contraria a la defensa de los privilegios criminales de las oligarquías pero nosotros somos los primeros interesados en esclarecer y sacar conclusiones de todos los errores de la izquierda e el siglo XX y si las investigaciones y comentarios son honestos me parecen imprescindibles.

Bienvenidos sean. Pero de nuevo, que sean investigadores completamente lejanos a la izquierda o de ésta pero perseguidos y denostados incluso a día de hoy (no puedo dejar de mencionar a los herederos del POUM como la Fundación Andreu Nin, Pelai Pages, etc) es triste y demuestra la bajeza moral e indolencia intelectual de mucha gente.


César Fernández 15/07/15 08:58
Sr Campos, la pregunta va en serio.

Munis, todas las ideologías políticas o religiosas, entre ellas el comunismo, debe responder por sus crímenes. Todas los tienen, también el cristianismo, el islam o el capitalismo, especialista en masacres.

Sólo el fascismo y el nazismo tienen en sí mismos un núcleo criminal por definición, sólo ellos son crimen y totalitarismo per se. Si no, ¿por qué todo lo abominable es calificado como fascismo: ruso, rojo, islámico...? Claro, menos el capitalista, pues sensu stricto, como ya dije en otro sitio el fascismo es capitalismo en apuros...

Vale.

César Fernández 15/07/15 14:46
Ah, munis, por favor, cuando se dirija a mí, prescinda del tono faltón. Yo me he apeado de él para dirigirme a usted, así que ídem o estará incurriendo en fascismo de baja intensidad o totalitarismo light, por decirlo en un lenguaje que comparte.

Por otro lado, si lee atentamente, he dicho ya por dos veces que los crímenes estalinistas qua crímenes son repudiables, de modo que, si es posible, no estire la goma y no me achaque nostalgias ni me apele de forma prepotente a confesar nada, ni pretenda aún menos (con unas maneras muy poco liberales) que entone un mea culpa por ser comunista o abjure o me avergüence de ello.

Un saludo.

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