Las dos democracias

por Raimundo Ortega

Después de las segundas elecciones generales en seis meses, las dificultades para investir a un jefe de gobierno revelan la existencia en nuestro sistema político de un problema de gran magnitud, cuya comprensión recomienda aclarar ciertos conceptos básicos. Me refiero en concreto, tal y como indica el título de este blog, a la relación entre la democracia «directa» y la modalidad de la misma calificada como «representativa».

Ya desde mediados del siglo XVIII, algunos pensadores políticos habían comenzado a señalar insistentemente los obstáculos inherentes al buen funcionamiento de la democracia entendida «a la griega», es decir, aquella en la que los ciudadanos intervenían y decidían directamente sobre los asuntos generales. Atrás quedaba la representatividad de las cortes medievales y las repúblicas renacentistas, al igual que los momentos esplendorosos de las monarquías absolutas. Lo que se discutía entonces era cómo institucionalizar la voluntad general y si el pueblo estaba en condiciones de elaborar por sí mismo las leyes e imponerlas directamente.

Un clérigo francés, que llegaría a ser presidente del Senado y conde del Imperio napoleónico, el abate Sieyès, lo negaba rotundamente, defendiendo la necesidad de un gobierno representativo cuyos titulares no estuvieran sujetos a un mandato imperativo dictado por los electores. Se afirmaba ya entonces que los representantes representaban a la nación entera y no a quienes concretamente les habían votado. ¡Eso sí, estos podían reemplazarles en las siguientes elecciones! Quince años antes –concretamente en 1774–, un pensador irlandés, mitad católico, mitad anglicano, y parlamentario acomodaticio, a quien hoy en día consideraríamos como «politólogo», Edmund Burke, había afirmado rotundamente, que lo único que los representantes debían a sus representados era su «leal opinión».

Mucho ha llovido desde entonces, siendo la aparición de los partidos políticos el factor más trascendental. Dotados de una disciplina interna apoyada en una ideología oficial, y estructurados mediante una jerarquía rígida que maneja las listas cerradas como instrumento electoral, sus militantes acaban sujetos a una escala de prioridades en la cual la «leal opinión» desaparece casi por completo a favor de las consignas partidistas, a la vez que la mayoría de los elegidos para figurar en ellas, debido a un inevitable proceso de selección inversa, carecen de opinión alguna y únicamente actúan disciplinadamente como profesionales de la representación. Estamos ante la «banalización de la democracia».

Este proceso, que con variantes mínimas se ha extendido en todas la democracias,
permite poner en duda cada vez más que la democracia representativa sea una auténtica democracia. Pero, para nuestra desventura, el esquema se ha complicado aún más, porque han accedido a los parlamentos partidos y grupos cuyas ideologías son tan difusas y accidentales que sus representantes parlamentarios parecen necesitar con sospechosa frecuencia conocer la opinión de quienes les han elegido. De ahí nacen las propuestas de facilitar al máximo las consultas e iniciativas populares y los referendos sobre cuestiones a menudo inverosímiles: en resumen, se trata de conseguir que los representados esclarezcan cada dos por tres a quienes les representan, lo que, se supone, estos estarían obligados a discutir y decidir.

Dicho todo lo cual el lector se habrá apercibido sin el menor asomo de duda de que estos comentarios vienen a cuento del actual atolladero en que parece encontrarse la democracia representativa en España. Todo el mundo se las prometía felices con la anunciada panacea que suponía la desaparición del bipartidismo y su sustitución por un arco parlamentario más abierto a nuevas ideas y modernos grupos políticos. Pero lo que este medio año largo y dos elecciones generales indican es que, al parecer, ninguna de las dos formas de democracia –la de la voluntad general y la representativa– ha funcionado. Ni el electorado ha sido capaz de aclarar sus ideas respecto a lo que realmente quiere –disponemos como único indicio de lo que los modernos augures desentrañan periódicamente de las encuestas–, ni los representantes elegidos –nuevos y viejos–, atados por lo que he denominado profesionalización de la representatividad, están en condiciones de actuar, como diría Burke, de acuerdo con su «leal opinión». ¡Así estamos y así, me temo, podemos seguir durante bastante tiempo!

 

01/09/2016

 
COMENTARIOS

Luz Aparicio 01/09/16 08:06
Buenos días.

En mi opinión, el electorado sabe perfectamente lo que quiere, y así lo ha dejado claro en dos ocasiones en el último año. Ya no quiere un Parlamento de mayorías absolutas o bicéfalo. Quiere un Parlamento plural, donde todas las opiniones estén reflejadas. El panorama ya no es azul o rojo, como antaño. Los ciudadanos quieren que los políticos dialoguen y lleguen a consensos. Y lo que ha quedado claro es que la clase política no está a la altura. Siguen apoltronados en su viejo esquema con una actitud muy prepotente frente a los nuevos partidos y frente a una ciudadanía que les da la espalda, y a la que no terminan de comprender, precisamente, porque nunca han estado en sus zapatos.

Mario Cáceres 01/09/16 14:33
Comparto plenamente la opinión de Luz Aparicio y también agregaría que además debiera ser mitad y mitad la conformación de género del parlamento Porque a ambos nos corresponden las responsabilidades del pueblo ni uno es más ni otro es menos ni tampoco uno decide todo y el otro se lava las manos. Pensar un país juntos eso es. Gracias por permitir la libertad de expresión. Saludos desde Río Cuarto Córdoba Argentina

Antid Oto 11/09/16 19:52
En mi opinión, el electorado sabe perfectamente lo que no quiere, y así lo ha dejado claro en dos ocasiones en el último año. No quiere a un partido que quiere destruir el actual sistema político, por el que tantos españoles sufrieron persecución, y no quiere a un partido que se dedica a insultar la memoria histórica de todos aquellos que lucharon por conseguir la democracia, a los que califica de manera indisimulada de cobardes cuando afirma que es el resultado de una transacción con elementos del antiguo régimen -hay que recordarles que la paz se hace con el enemigo y que el exterminio del adversario político define a los nazis y estalinistas, de donde proceden, por cierto, muchos de los jerarcas de dicho partido- mientras hacen todo lo posible por ocultar los orígenes familiares, pues sus abuelos y sus padres mayoritariamente, y con grandes beneficios personales y económicos, formaron parte tanto del anterior régimen como de la según ellos falsa democracia que le sustituyó.

Ese partido, que mantiene una legión de hooligans para que intervengan en todos los espacios de la red, es el más contrario al supuesto mandato ciudadano de que "los políticos dialoguen y lleguen a consensos", pues considera que todos los demás son corruptos, y mucho peor, fruto de un maniqueismo totalitario y de una mente pueril, considera que no son democráticos pues han sido los pilares y mantenedores de ese sistema que sólo beneficia a las élites, son la casta que hay que destruir. Lo que ha quedado claro es que estos grandes descubridores del Mediterráneo no han estado a la altura y han expuesto sus grandes carencias intelectuales y sus lagunas políticas, por lo que han sido rechazados por 7 de cada 8 ciudadanos, que han votado y confiado en los de siempre, el PP y el PSOE en primer lugar, catalanistas y vasquistas, y a una parte de esa casta tan despreciable que se ha integrado dentro de dicho partido como método de supervivencia y para seguir viviendo del cuento, porque no hay que olvidarlo la casta como tal se ha integrado en el partido supuestamente anti-casta, IU, galleguistas, valencianistas...... sin entrar en el detalle de que la plana mayor, todos sus jerarcas, eran las juventudes de esa casta, basta con ver sus curriculum.

Pero ahí siguen, apoltronados en su viejo, rancio, casposo y podrido esquema con una actitud muy prepotente, pues son gente soberbía y engreída, los chulos de barrio alto que como pregona su Mesías se dedica a pegar a la gentuza de clase baja, frente a los partidos democráticos y frente a una ciudadanía que les da la espalda, y a la que no terminan de comprender, precisamente, porque nunca han estado en sus zapatos, nunca han sido gente en el sentido de gente común, son los niños que han nacido entre algodones con una cuchara de plata en la boca. Toda su indignación es sólo la prisa que tienen para enriquecerse, como decía cierto socialista de sus padres: es que están en la edad de hacerse con un patrimonio.

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