Hilary Putnam: el último de los grandes filósofos

por César Gómez

Hace unos días me llegaba un correo en el que mi amigo y gran filósofo Hilary Putnam me anunciaba que se estaba muriendo. La simplicidad y la sinceridad del correo me sobrecogió. Anteayer por la noche, su hija Rebecca me comunicaba que Hilary había muerto.

No se trata de hacer una necrológica, un arte que gracias a Dios no domino y que espero no tener tiempo de dominar, sino de utilizar el blog de Revista de LibrosEl lector interesado puede encontrar en Revista de Libros algunas colaboraciones escritas por Hilary Putnam y por su mujer, Ruth Anna. para dar la triste noticia y expresar algunos pensamientos que se agolpan en este momento, desordenadamente mezclados con los recuerdos de muchos años de amistad.

Hilary representaba una manera de hacer filosofía que, en cierto modo, está muriendo. Una manera de hacer filosofía en la que primaba la tersura de la claridad argumental frente al aburrido amaneramiento de la oscuridad y la mala metáfora. Una forma de hacer filosofía que se había iniciado con Gottlob Frege y Bertrand Russell al comenzar el siglo pasado y que tiene en Ludwig Wittgenstein, Rudolf Carnap, Hans Reichenbach (su maestro), Willard Van Orman Quine, el propio Putnam y el aún vivo Saul Kripke a sus mayores exponentes. El problema filosófico se identifica con aquellas parcelas de la racionalidad donde al pensar sentimos que hay mayor rozamiento. La esperanza del filósofo radica en desvelar el origen de la fricción y acomodar, en consecuencia, los instrumentos de la razón crítica para que la fricción no recaliente ni colapse la actividad racional. Para que la fricción ni nos desmoralice, ni nos ciegue, ni –lo que es más importante– nos a-moralice.

Hilary dedicó gran parte de sus esfuerzos como filósofo a demoler y reconstruir sus maneras de pensar, a cambiar sus puntos de vista, no dejando que su pensamiento se anquilosara ni diera lugar a forma alguna de dogmatismo. Por eso, lo que mejor podríamos denominar putnamiano no es un punto de vista particular ni sobre el lenguaje, ni sobre las matemáticas o la mecánica cuántica, aunque fueran muchas y muy valiosas sus iniciativas en todos estos campos. Lo realmente putnamiano fue la convicción del valor moral de la Razón y del pensar filosófico como la práctica más emblemática de la virtud. Hilary siempre creyó que es del mundo (que hay ahí fuera) de lo que hablamos y en lo que pensamos (y sobre esos mimbres se organizó siempre su filosofía del lenguaje), pero también pensó siempre que nuestra aprehensión de la realidad y nuestro uso y participación en la misma es inevitablemente evaluativo.

Putnam nunca cayó en el manierismo académico en el que, desgraciadamente, ha caído la filosofía analítica: siempre fue, en el fondo, un humanista y siempre estuvo convencido de la existencia de múltiples formas de conocimiento no científico, donde adquieren vida práctica muchos de los significados, en los que apoyamos nuestras formas más científicas y puras de pensar. En sus últimos años sospechó del valor explicativo de la ontología, del interés, en suma, de la pregunta acerca de lo que hay. No para responder con un relativista «depende», sino para focalizar la enjundia del problema ontológico en la comprensión profunda e inevitablemente práctica (y, en consecuencia, humana) de ese «depende», de sus múltiples caras.

Hilary visitó España en múltiples ocasiones, la primera hacia el año 1983, por invitación del ya desaparecido Manuel Garrido y actuando yo, que en aquella época estaba en Harvard, como intermediario. Recuerdo su exaltación cuando visitamos juntos la Sinagoga del Tránsito en Toledo y también su desconcierto cuando de vuelta, y ya cansados, un aún joven Jesús Mosterín hizo gala de su cientificismo, obligándole a confesar, un poco incómodo, que él sí era religioso. No había nada de irracional en ello y los años decantaron con más y más fuerza el impulso creador que anidaba en aquella confesión. En el fondo, la religiosidad de Hilary era una manifestación sobre su falta de interés en la ontología, que el cientificista ingenuo suele, por el contrario, tomarse demasiado en serio.

En aquellos años en los que casi se inauguraba la democracia en España, la filosofía (me refiero a la española) empezaba a perder parte del impulso que había tenido durante el tardofranquismo. Un impulso que había dado lugar al nacimiento de la revista Teorema, a la recopilación en Alianza de Javier Muguerza y a las traducciones en Tecnos, entre otros, del influyente Karl Popper. Empezaba un tiempo en el que había que comenzar a hablar de otras cosas, un tiempo en el que los problemas que habían sustanciado la tradición analítica empezaban a adquirir un tinte académico y aséptico que, en nuestras inexpertas y mal preparadas manos, daba lugar a un tono ramplón e hinchado por un formalismo que malograba, como una salsa sin ligar, lo poco de bueno que había en el intento. Poco a poco, las mil caras de la realidad de Putnam iban a confundirse, con el paso del tiempo, con un caleidoscopio de entramados puramente culturales, la mil caras iban a cuajar en un formato de magazine más adecuado al turismo de la Razón (también hay turismo de la Razón y también puede hacerse, y desgraciadamente se hace, a la manera japonesa) que al ejercicio de la Razón como virtud (en su sentido más aristotélico).

Lo complicado del problema filosófico no radica en buscar una ingeniosa solución: lo complicado está en entenderlo, en percibir la fricción de la Razón, en sentir que se recalienta el motor del pensamiento y que esa fricción nos impide andar o, lo que es lo mismo, pensar con claridad. Percibir ese rozamiento, escuchar cómo las poleas chirrían e intuir en qué parte del motor está el problema es el arte de la mecánica filosófica, que, mucho me temo, esté perdiéndose y que, sin duda, acaba de perder a uno de sus mayores, más honestos y más lúcidos practicantes.

Zijronó LiBerajá.

15/03/2016

 
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