El hombre (y la mujer) de Vitrubio

por Jorge Bustos

Durante siglos la crítica occidental vivió a salvo de Oscar Wilde y pensó pacíficamente que el arte imitaba a la naturaleza y no al revés. El arquitecto romano Vitrubio, conservador devoto de los órdenes griegos y formulador del canon arquitectónico indiscutido hasta el Barroco, expresó la idea de que las columnas, por ejemplo, no son sino las copias artificiales de los árboles sobre los que en edades primitivas se apoyaban las techumbres de los edificios. Fue el mismo Vitrubio quien calculó la medida armónica del hombre que luego plasmaría famosamente Leonardo. Y fue Vitrubio quien explicó que las proporciones de las columnas clásicas se basaban en las proporciones del cuerpo humano, con tres órdenes correspondientes a tres formas ideales de lo corporal: el dórico a las del varón, el jónico a las de la mujer y el corintio a las de la doncella, señorita o muchacha en flor.

Sería interesante recorrer, por ejemplo, los edificios públicos de Madrid con el libro de Vitrubio en la mano y con ganas de aplicarlo rigurosamente. Las consecuencias son fastuosas, seguramente injustas e indudablemente cómicas. Sin salir de la almendra central, nos topamos con la sede de la Real Academia Española, cuya limpia fachada neoclásica se sustenta sobre columnas de orden dórico, como expresando el predominio de lo masculino en una institución que aún hoy cuenta con solo seis académicas de cuarenta y seis sillones ocupados. Y si la dórica RAE se resiste a la feminidad, como decía Vitrubio, qué diremos de los pintores de El Prado, cuya fachada precedida por Velázquez repite el orden dórico con sereno, sobrio, viril neoclasicismo.

La idea vitrubiana de feminidad señorea, en cambio, la columnata jónica del Instituto Cervantes, con sus imponentes cariátides custodiando el chaflán. Si reparamos en que el hoy Instituto Cervantes se diseñó para Banco Central, podríamos concluir que su arquitecto vino a subrayar el tópico bíblico de la mujer hacendosa, o bien la deidad grecolatina de la feracidad, es decir, ese talento crematístico, ese don para la administración de los dineros que siempre se ha atribuido a las mujeres, según Pla «el ser antirromántico por excelencia».

Yendo un paso más allá, metafórica y literalmente, llegamos a la Bolsa de Madrid. La inauguró precisamente la regente María Cristina y su frontal se yergue con gracia sobre seis formidables columnas corintias que, Vitrubio en mano, proclamarían la fragancia siempre juvenil, inocente y tintineante de la guita. ¿Hay algo más cobarde, más fácil de asustar, que un millón de dólares? ¿Puede encontrarse mejor comparación para un valor bursátil que la impresionabilidad de una perfecta jovencita? Yo estoy convencido de que el capricho femenino es el más fiable motor del capitalismo, y de que, si los sistemas alternativos se han estrellado siempre contra él, se debe a un gusto natural e irreprimible por el consumo, compatible con el ojo administrativo, que impulsa a seres humanos como mi novia o mis amigas.

Así que, según los clásicos y tres edificios emblemáticos del centro de Madrid, al arte y a la sabiduría le compete el orden masculino, y al pragmatismo y al negocio el femenino, sea en su madurez que aconseja el control, sea en su juventud que propende a las emociones del juego bursátil.
Por supuesto, todo esto no es más que un ejercicio demasiado literal de extrapolación erudita. No será uno quien caiga en la trampa grosera del estereotipo sexista.

01/11/2013

 
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